Giorgio Caproni

Entre los grandes autores de la poesía italiana del siglo XX puede situarse, aunque su nombre no haya aparecido en muchas ocasiones para los lectores hispanos, a Giorgio Caproni (1912-1990), una figura que comienza a escribir alrededor de sus veinte años, hasta integrar su primer poemario: Como una alegoría (1936), con textos que van desde 1932 hasta 1935. Había nacido en Livorno, a los diez años se muda a Génova con la familia y más tarde, en 1938, pasa a Roma, pero de nuevo se traslada a Génova porque, ante la inminencia de la guerra, es reclutado por el ejército. Su estancia de poco más de un lustro en esa ciudad fue de suma importancia para su formación intelectual y artística, entre otras razones por sus estudios de música, centro vital de su obra y de su espiritualidad. Al concluir la contienda, en la que combatió desde el propio 1939 hasta 1945, se muda a Roma, donde realizará su obra literaria, será maestro de primera enseñanza y, al mismo tiempo, cumplirá tareas de asesor editorial. Moviéndose entre diferentes tendencias y estilos, el más significativo el hermetismo de varias figuras de renombre en esos años, como Giuseppe Ungaretti, Salvatore Quasimodo y Eugenio Montale, este último notorio por sus problemáticas de orden metafísico, en las que se resume su hermeticidad, en especial en su libro La tormenta y otros poemas (1956). Cuando leemos a Caproni a la luz de esos y otros relevantes creadores de su lengua, nos percatamos de la rica individualidad de su voz y de las sustanciales diferencias que lo separan de esos maestros, igualmente destacados por el carácter único de sus creaciones. La especulación y la angustia de raíz filosófica y existencial no son rasgos dominantes en los poemas de este autor, como puede apreciarse, por ejemplo, en este texto de su primera entrega, pletórico de una delicada sensualidad y de una imaginación muy refinada:
RECUERDO
Recuerdo una iglesia antigua,
perdida,
a la hora en que el aire se anaranja
y la voz se nos quiebra
bajo los arcos del cielo.
Estabas cansada,
y nos sentamos en un escalón
como dos mendigos.
Sin embargo, la sangre hervía
maravillada al ver
cada pájaro en el cielo
convertirse en estrella. 1
Poesía sin cuestionamientos ni angustias, sin desequilibrios emocionales ni intuiciones inquietantes: simple fluir íntimo, con impresiones sensoriales y un leve dejo de tristeza en un paisaje que el poeta rememora en sus más conmovedores detalles, con una visión de sí mismo y de la amiga que nada tiene que ver con grandilocuencias ni estados jubilosos o sombríos: pura memoria afectiva sin aditamentos que nos alejen de la vibración espiritual de lo que el poeta percibió con tanta fruición. Sus tres entregas sucesivas, integradas por Baile en Fontanigorda (1938) –con textos de 1935 a 1937–; Ficciones (1941) –1938-1939– y Cronohistoria (1943), de 1938 a 1942, constituyen, para J. C. Reche, la primera etapa de este autor, caracterizada en líneas generales por un diálogo fecundo con la realidad cotidiana o con un acontecer en soledad, dentro de un paisaje en el que percibimos detalles que lo embellecen o le dan cierto toque particular, como vemos en “A las mondadoras de arroz”, de la compilación de 1938, una página signada por un discurso lírico distante de todo drama y angustia:
Que el sol golpee vuestras
carnes tiernas, que el trabajo
os incline sobre el olor estancado
de las aguas. Mas tened siempre
en el rostro húmedo
por el sudor, la risa encendida
de los soldados en las maniobras
estivas.
Y luego, al atardecer,
cuando sobre vosotras
más bajo chille la golondrina,
que se abra a vuestro coro
disperso de juveniles
voces la llanura
iluminada donde el joven
potro, con alegra carrera,
se desboca.
Su segundo período, siguiendo a Reche, lo hallamos ya en la década de 1950 (El paso de Eneas [1956], de 1943 a 1955, y La semilla del llanto [1959], de 1950 a 1958) con páginas muy ricas formalmente y, en el caso del segundo título, de una estatura que permite que pueda ser considerado su volumen mejor en lo que concierne a sus percepciones de la realidad y al manejo de una técnica acabada, muy cuidada por el autor. Las imágenes que nos entrega en el recuerdo y en la figura de Anna Picchi revelan una delicada nostalgia que, no obstante, no logra conmovernos como lo hacen otros momentos de sus restantes libros, en los que encontramos un elocuente sosiego y paisajes de una hermosura ciertamente inolvidable. De esos años, en los que la forma poética adquiere para Caproni una relevancia mayor, tenemos ejemplos de una arrasadora evocación y de una contenida rememoración del tránsito por la vida, una experiencia que está presente en la poesía como una problemática muy frecuente. Así, en “Los lamentos” (el tercero), de El paso de Eneas, leemos la tristeza de traer el pasado propio con la imagen de su padre:
¡Qué solo estoy sobre la tierra
con mis errores, mis hijos, el infinito
caos de nombres ya vacuos y la guerra
penetrando en mis huesos…! Tú que oíste
hace tiempo mi caminar tranquilo
la noche de los Arcos en Livorno, ¿a qué invitación
accedes?, ¿por qué, padre mío, abandonas
la tierra apoyando en mi abatido
corazón tus ojos blancos…? ¡Ah padre,
qué arena cubrió aquellos caminos
a los que juntos nos confiamos! Donde tu mano
desfallecía, por toda la eternidad cae ahora
como una piedra tu hijo – ahora es un humano
plomo que el pecho ya no sostiene.
El tercer y último período en su evolución lírica está determinado por una plenitud verbal de más concentrada riqueza y por el tema de la guerra, permanente en el poeta como una marca de época imposible de borrar, presente incluso, si bien de manera muy velada en ocasiones, en varios de sus poemas mejores. Ahora reaparece con más fuerza en “Todo”, de El muro de la tierra (1975), de 1964 a 1975; en “Celebración”, en “Propósito”, ambos de El francocazador (1982) –de 1973 a 1982– y en “Referencia”, de El Conde de Kevenhüller (1986) –de 1979 a 1986–. Pero en esos y en los restantes libros de su etapa final (Hierba francesa (1979), del año anterior, y Res amissa, aparecido póstumamente en 1991, en una edición (al cuidado del historiador Giorgio Agamben) volvemos a sentir el sabor de sus visiones sencillas y concentradas, pero en este período matizadas con un tono filosófico que enriquece sus meditaciones y su sensorialidad. Entre esos momentos espléndidos, en unos casos brevísimos (como sucede en “Sabio apóstrofe a todos los que cazan”, del volumen de 1986, donde leemos: Quieto. Total, / nunca daréis en el centro. // De la Bestia que buscáis / vosotros estáis dentro, y en “Sin rodeos”, de El Conde de Kevenhüller: Mi última propuesta: / si queréis encontraros, / perdeos en la foresta) y en otros de una extensión que nos permite pensar que el poeta ha experimentado la necesidad de detenerse en su propuesta, nos llega todo un estilo alejado por muchas razones, como ya dijimos, de otros maestros italianos de la centuria, algunos sus coetáneos (Attilio Bertolucci, Vittorio Sereni, Mario Luzzi) y otros de más edad (Ungaretti, Quasimodo, Montale, Zanzotto, Campana). Señalamos ya que esa diferencia está, con más fuerza, en su desentendimiento del hermetismo para asumir un estilo más directo, concentrado en una imagen sin derivaciones que tornen más o menos ininteligible la reflexión o evocación del poeta. Sus relatos, sus ensayos y sus conversaciones radiofónicas no alcanzaron la estatura de sus poemas, con los que Caproni dio a las letras italianas del siglo XX una relevancia mayor de la que ya habían logrado en la obra de esos y otros poetas y narradores, eruditos y pensadores, herederos de la portentosa cultura humanística de la antigüedad clásica latina, de la que nuestro autor era un conocedor consciente desde muy joven. En un sitial muy alto en su trayectoria lírica merece citarse uno de sus grandes ejemplos de artista y de persona, “A mi hijo Attilio Mauro, que tiene el nombre de mi padre”, perteneciente al libro El muro de la tierra:
Llévame contigo lejos
…lejos…
a tu futuro.
Conviértete en mi padre, llévame
de la mano
a donde se dirige seguro
tu paso de Irlanda
– el arpa de tu perfil
rubio, alto
ya más que yo, que me inclino
ya hacia la hierba.
Conserva
de mí este recuerdo vano
que escribo mientras la mano
me tiembla.
Rema
conmigo mar adentro en los ojos
de tu futuro, mientras oigo
(y no odio) el sordo latido
de luto del tambor
que redobla –como mi corazón: en nombre
de nada– la Entrega.
Notas:
Para este trabajo utilizo la versión de los poemas de Caproni que hicieron Juan Carlos Reche y Juan Antonio Bernier, publicada en el volumen Giorgio Caproni. Poesía escogida. Edición de Juan Carlos Reche. Traducción de Juan Carlos Reche y Juan Antonio Bernier. [Edición bilingüe] [Prólogo de J.C.R.] Madrid-Buenos Aires-Valencia, Editorial Pre-Textos, 2012 (Colección La Cruz del Sur 1189). De esa edición extraigo también los datos relativos a la vida del poeta.
Editado por: Diana Fernández
