Respondiendo a María Antonia (II). El autonomismo en la Colonia y el reformismo en la República
Durante el acto de defensa de mi tesis de Licenciado en Historia la profesora María Antonia Márquez también me convocó a que hiciera una comparación entre la tendencia autonomista del periodo colonial (agrupada entre 1878 y 1898 en el Partido Liberal Autonomista) y la corriente reformista encabezada por la Sociedad de Amigos de la República (SAR) bajo la última dictadura de Fulgencio Batista. Al responder consideré que la comparación entre el autonomismo con la gestión realizada por la SAR podía remitirse a algunos puntos de encuentro entre esos dos movimientos políticos. Ambas tendencias, aunque habían brotado en circunstancias históricas similares, manifestaban ciertas especificidades propias de su época.
Antes de iniciarse la Guerra de los Diez Años Cuba enfrentaba contradicciones profundas derivadas del férreo control político y económico del colonialismo hispano. La metrópoli dominaba la administración pública mediante abusivos impuestos, al propio tiempo la plantación esclavista había entrado en un periodo de crisis. Durante la Junta de Información de 1866 la demanda cubana de abolición indemnizada de la esclavitud fue rechazada. Todo ello condujo al levantamiento del 10 de octubre de 1868 en el que emergieron tendencias revolucionarias de origen popular, su presencia activa había motivado que la burguesía agraria cubana se decidiera a contenerlas. La política de la tea incendiaria iniciada por Carlos Manuel Céspedes y el gesto de resistencia heroica de Antonio Maceo en Baraguá, había generado preocupación entre las clases y sectores dominantes de la colonia.
Con posterioridad a la firma del Pacto del Zanjón el autonomismo tomó auge en las nuevas condiciones históricas que emergieron al fin de la contienda. La burguesía esclavista occidental, otrora reformista y antirrevolucionaria, adoptó una clara posición contrarrevolucionaria cuando apoyó la ideología autonomista. De modo que el autonomismo surge como una expresión del desarrollo de la conciencia de clase de la burguesía azucarera occidental a consecuencia de la guerra, su eje básico radicaba en la concesión de la autonomía para así garantizar la hegemonía política y económica a la oligarquía criolla y peninsular ante cualquier desbordamiento revolucionario. La concepción de los autonomistas se centraba en el mantenimiento de un equilibrio político que posibilitara resolver las contradicciones propias de la sociedad cubana e impedir la pugna armada entre tendencias conservadoras y revolucionarias.
La Sociedad de Amigos de la República (SAR) surge en medio de la inestabilidad de la sociedad neocolonial cubana; por esos años se había instalado una crisis que abarcaba al sistema parlamentario y a los partidos tradicionales así como la endeble economía cubana. Dentro de esta asociación militaban los ideólogos más previsores de la burguesía cubana quienes, ante el avance de la crisis y las tendencias revolucionarias, se dieron a la tarea de asegurar su hegemonía política. El plan consistía en que si triunfaba la fórmula electoral que propugnaban, basada en unas elecciones generales inmediatas, sería posible aliviar la tensión política, rehabilitar el régimen parlamentario burgués y contener el desencadenamiento de una revolución de origen popular. Para lograr estos objetivos había que interponer las vías constitucionales entre la dictadura batistiana y la violencia revolucionaria que le saldría al paso.
Los ejecutivos de la SAR aplicaban un mecanismo de contención social similar al del Partido Liberal Autonomista. Ambas tendencias, la autonomista y la que representaba la SAR, tuvieron una concepción estratégica parecida. En última instancia su fin último era garantizar la estabilidad de las clases dominantes de la sociedad cubana, ya fuera colonial o neocolonial.
De 1881 a 1892, periodo exento de conflicto armado, los autonomistas no dejarán un momento de intimidar a España con el movimiento revolucionario que se podía desencadenar en Cuba si no se accedía a las reformas que pedían. Rafael Montoro, amenazaría en forma velada a España cuando planteaba: “Lo que ayer pedimos, lo que hoy reclamamos, el país tendrá que exigirlo mañana, y lo tendrá”.1
De marzo de 1952 a marzo de 1956, periodo en que todavía no había estallado una insurrección general, los ejecutivos de la SAR no dejaron un momento de amedrentar a la dictadura batistiana con el movimiento revolucionario que podría estallar en Cuba si no se accedía a las reformas que pedían. Cosme de la Torriente al respecto diría: “Repito que si el Presidente hace un llamado general a la concordia de todos los cubanos, prometiendo la celebración de unas elecciones generales al término más rápido posible, la ola de violencias que amenaza con desatarse quedaría conjurada. Lo cual es primordial. Y de él depende la historia”.2
Poco tiempo después que el 24 de febrero estallase la guerra del 95, el Partido Liberal Autonomista redactó el manifiesto del 3 de abril donde revelaba sin rodeos las verdaderas causas de su condena al movimiento revolucionario: “Nuestro partido es fundamentalmente español, porque es esencialmente y exclusivamente autonomista (…). Todos los indicios demuestran que la rebelión (…) solo ha podido arrastrar (…) a gentes salidas de las clases más ignorantes y desvalidas de la nación”.3 Por otro lado, un editorial del día 25 de febrero del periódico “El País”, órgano del Partido Liberal Autonomista, revelaba el contenido clasista de su postura política cuando afirmaban que lo más grave para el país sería la triste condición en que quedarían “nuestros hacendados por la falta de recursos y el pánico en los campos”.4
En los días cercanos al levantamiento del 30 de noviembre y al desembarco del “Granma”, Rogelio Pina a nombre de la SAR revelaba abiertamente las razones que lo compelían a reprobar el movimiento revolucionario cuando afirmaba: “Los asesinatos de los oposicionistas no logran otra cosa que reforzar la inconformidad y la violencia. ¡Este país está al borde de la anarquía!. Si las autoridades tienen algún sentido de la responsabilidad, están obligadas a brindar una solución. La nación no puede comenzar una zafra azucarera bajo el terror!”.5
Por todo lo anterior podemos afirmar que en cierta medida, así como el glorioso ejército libertador tuvo su continuidad histórica en las fuerzas revolucionarias que combatieron al régimen de Batista, las prácticas de mediación política del Partido Autonomista tuvieron su prolongación en la SAR y los partidos de la oposición que apoyaron su gestión.
Citas y notas
1-Historia de Cuba. Dirección Política del MINFAR, La Habana, 1967, p. 317.
2-Ulisés Carbó. “Desfile”. En: Prensa Libre, La Habana, 21 de abril de 1956.
3-Historia de Cuba. Ob. cit., p. 359.
4-Jorge Ibarra Cuesta. Aproximaciones a Clio. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1979, p. 108.
5-Jorge R. Ibarra Guitart. Sociedad de Amigos de la República. Historia de una mediación (1952-1958). Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2003 p. 153.
Editado por: Dino Allende
