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La carne viva de los dedos

Alberto Marrero, 16 de octubre de 2014

Una madre le escribe a una amiga que está en Panamá, con la petición de que vaya a ver a su hijo que pronto llegará a ese país procedente de Colombia, y antes de Ecuador, y un poco antes de Venezuela, punto de inicio de un viaje azaroso, durante el cual el muchacho se hace novio de una joven que, como él, busca trabajar en otro país. Nunca se dice qué país, pero uno intuye que se dirigen al Norte, al igual que un venezolano que también viaja con ellos compartiendo sufrimientos y humillaciones. En las palabras de la madre hay desesperación, a pesar del tono amable y hasta jocoso con que le pide a la amiga que ayude a su hijo.  El lector comprenderá, sin mucho esfuerzo, que se trata de un relato con el tema de la emigración (muy recurrente en la literatura cubana de los noventa por razones obvias), pero en este caso la salida no se produce en las típicas balsas que todos conocemos, sino a través de un complicado entramado de saltos de un lugar a otro, de una frontera a otra, lo mismo por tierra que por aire. Esta vía ha sido empleada en los últimos años, por aquellos que consiguen llegar a otro país y luego se las agencian para insertase en el trafico de personas que fluye constantemente desde el sur hacia los Estados Unidos. Hemos leído historias espeluznantes ocurridas en selvas y en pasos fronterizos, donde los cubanos son una presa codiciada por policías y maleantes de toda laya. La tragedia de la emigración ilegal no deja de cosechar víctimas.

En síntesis, de eso se habla en este impactante relato titulado "En cada frontera un ladrón", de la reconocida narradora y poeta Lourdes M. de Armas, autora de la novela Marx y mis maridos publicada inicialmente en Colombia en el 2007 y luego en Cuba por Ediciones Unión en el 2011, así como de numerosos cuentos, poemas y ensayos recogidos en revistas y antologías nacionales y extranjeras.

Escrito con un lenguaje preciso, minimalista y una estructura sencilla, la trama se desarrolla en una atmósfera de tensión que nunca llega a desbordarse. Los jóvenes hablan con cierta displicencia, pero debajo de sus palabras uno vislumbra el dolor, el terrible dolor que produce el desencanto de ver sus planes frustrados y las afrentas que han sufrido en el camino. Y en realidad, no hay en el texto otro sentido que no sea el dolor, cada cual con sus razones, con su propia mirada. Lourdes de Armas sabe contenerse a la hora de narrar. Este relato es una muestra de cómo los detalles bien escogidos tienen más fuerza que decenas de páginas de insípida perorata. Pongo de ejemplo la siguiente oración: Dirigí la vista a sus pies y me estremeció el color violáceo de sus plantas, la carne viva de los dedos. ¿Qué más hay que decir?

 

 

 En cada frontera un ladrón

 

 Lourdes de Armas

 

 

                  Para Denny Gabriel y sus amigos de travesía

 


Estoy en Panamá, acabo de llegar del hostal que está frente al Hospital Santo Tomás, a donde fui a encontrarme con el hijo de una amiga. No sé si es por el calor o por la tristeza, pero tuve que detenerme ante las escaleras del edificio a esperar que pasara la fatiga. Siempre tengo confusión para determinar cuándo estoy fatigada o deprimida. Fui en una misión solidaria porque percibí en su email, aunque en tono amable y hasta jocoso, una señal de desesperación.

   Ella no pidió que le diera dinero (ojalá tuviera) ni cualquier otra cosa, solo dijo: Mi hijo va para allá, por favor, ve a verlo. Y eso hice, darle asistencia, conversar, preguntar:

─ ¿Cómo llegaste?

─ En una avioneta desde Darién que nos trajo directo al hostal.

   Lo miré extrañada.

 ─Sí, ahí todo está cuadrao.

    La joven que lo acompañaba me dijo que su hermana le había pagado la avioneta por internet desde Italia. Ciento treinta y seis dólares, comentó otro de los que se movían alrededor del pequeño portal.

─¿Eres colombiano? ─El tono de su voz me hizo pensar que lo era.

─ No, venezolano.

    No salía de mi sorpresa al escuchar sus historias. Algo en el pecho me dolió, no sabía qué decirles, qué aconsejarles, tuve la impresión de que yo era una anciana y desconocía a aquellos jóvenes, aquel mundo. Internet era un puente para la compra de un boleto para un viaje ilegal.

   Miré a Dennis y su rostro de veinte años mostró unos dientes parejos y limpios, una sonrisa de hombre mayor.

─¿El boleto se puede comprar por internet? ─preguntó mi curiosidad.

─Sí, claro ─respondió la muchacha con naturalidad. Parece que notaron mi sorpresa, o no sé qué gesto en mi rostro y comenzaron a contarme detalles.

   El hijo de mi amiga había ido a Venezuela, de allí a Ecuador y luego a Colombia. En Darién tomó la avioneta que los trajo a Panamá. La muchacha y él se habían hecho novios durante la travesía, me contó Dennis, mientras movía sus manos en un gesto nervioso. Dormir en medio de la selva fue muy duro, dijo el joven y bajó, la cabeza. No quise preguntar losi detalles, su silencio comenzaba a asustarme. La joven miró a su alrededor y repitió: Fue duro, llegué sin zapatos. Dirigí la vista a sus pies y me estremeció el color violáceo de sus plantas, la carne viva de los dedos.

  ─ Perdí muchas cosas, muchas ─dijo la voz del venezolano que me hizo recordar su presencia─. No podemos traer nada, todo lo perdemos en el camino o nos lo quitan.

   Dennis, lo miró y su cara de pronto me pareció envejecida. Reconocí las huellas de la angustia.

─Ser cubano es lo peor ─habló mirando hacia los jóvenes y ellos asintieron─. Nos esperaban en todas las fronteras, de una a otra se avisaban y nos hacían bajar de los ómnibus: Los cubanos, que se bajen, decían y acto seguido nos pedían dinero, y solo así podíamos seguir. El viaje cuesta más de dos mil. En cada frontera hay que pagar, de lo contrario no te dejan cruzar.

─En cada frontera un ladrón ─dije.

   Mi voz sonó quebrada. Tuve deseos de abrazarlo. De sacar un montón de dólares de mi bolsillo vacío, de salir corriendo.

─Al menos ya la historia terminó.

  Les mentí, sabía que solo comenzaba.

─Nosotros solo queremos trabajar. Solo eso. ¿Por qué tenemos que pasar tanto trabajo para trabajar? En Cuba porque no te pagan, y en los demás lugares… ¿Por qué nos pasa esto? ¿Por qué?

   Vi que buscaba la respuesta en mis ojos, esa mirada penetrante de un joven de veinte años, fue imposible esquivarla. Una mezcla de sensaciones se apoderó de mí, entre ellas la vergüenza. Me sentí fatigada.

   Los abracé tan fuerte como pude. Y me fui despacio, los zapatos me molestaban, o quizás era la tristeza que había alcanzado mis pies.

 

Editado por: Diana Fernández Fernández

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