El whisky de los poetas
Mucho se ha hablado y especulado sobre la predilección de los escritores a las bebidas espirituosas. Algunos sostienen que ayuda a que bajen las musas, otros que los ponen en sintonía con la inspiración, y lo que me parece más verdad, por mi experiencia pasada que no actual, es que siempre ha existido una "bohemia", palabra que en el Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española, en su vigésima primera edición significa: “Dícese de la vida que se aparta de las normas y convenciones sociales, principalmente la de artistas y literatos", y ello significa en buen cubano que se trata de una reunión de escritores y artistas, que sentados en una mesa y en torno a una botella de vino, de wiskie, o de ron; (según sea la geografía y el clima), opinan, polemizan y discuten sobre su trabajo, o el de otros, que generalmente no están presentes.
De estas reuniones han salido no solo buenas borracheras, sino también excelentes proyectos, tanto literarios como artísticos, e incluso fusionando ambas vertientes, lo que los hace más creativos y originales.
Recientemente celebramos en La Habana el 25 aniversario de la Peña del Ambia que se desarrolla en los Jardines de la UNEAC y con el Hurón Azul como trinchera combativa, y ello da fe de lo que estoy diciendo.
Ante esta realidad ostentosa como un templo pésele a quien le pese, quiero referirme a un libro muy interesante de la autoría del escritor chileno Jorge Edwards, que se titula El whisky de los poetas, y que por supuesto tiene que ver con la preferencia de importantes escritores y artistas ante las ofertas de Baco, o quizás de Dioniso.
En dicho texto se habla de que al principio de los principios los poetas no tomaban whisky, sino vino de lija, que manchaba los labios, lo cual constituía una confesión de culpa ante los censores.
De Neruda cuenta que había aprendido a beber y distinguir los diferentes wiskies en el Extremo Oriente, en las antiguas colonias inglesas, hasta donde llegaban en pequeños barriles con etiquetas que decían fecha y procedencia del caldo. Y sin embargo, también dice que el Neruda de los años cincuenta brindaba vinos pipeños y combinados en la casa de Los Guindos. (En cierta ocasión, al principio del triunfo de la Revolución, en que un grupo de intelectuales cubanos se disgustó con Neruda por haber aceptado una invitación del gobierno norteamericano, se glosaba uno de los versos del poeta que decía: “confieso que he vivido” y se adulteraba en mofa: “confieso que he bebido”).
Dice también Edwards que el primer gran bebedor de whisky que hizo su aparición en el mundo literario chileno fue Rubén Braga, un diplomático de Brasil que además era poeta, y que llegaba a la casa de Neruda con unas botellas compactas, cúbicas, auténticamente escocesas.
Narra que Braga pertenecía a la primera generación literaria brasilera consumidora de whisky; la de Vinicio de Morais, Paulo Mendes Campos, Fernando Sabino y otros más, que bebían en los cafés de Ipanema, en los bares de Copacabana, y en el Sacha “boite”, que según el autor llegó a ser un sitio legendario.
Apunta que Ruben Bragas, Vinicius de Moraes y Neruda eran aficionados al Johny Walker etiqueta negra, que a Neruda también le gustaba el Buchanan de Luxe de la marca Black and White. Que Roberto Matta, el pintor, bebía los llamados wiskies pálidos, no menos alcohólicos que los oscuros, y que el más popular de ellos era el JB; que Matta lo bebía en la versión de doce o quince años de antigüedad. Precisa que Neruda y Mata eran bebedores fuertes, pero no alcohólicos, puesto que bebían después del trabajo, es decir, eran “curdas vespertinos” como diríamos en cubano, y que luego cenaban y dormían temprano, para levantarse muy de mañana a trabajar, Pero que no era lo mismo con Braga y Moraes, pues su costumbre era pasar toda la noche bebiendo y amanecer saboreando una cerveza y comiendo frituras de calamar en alguno de los bares de Ipanema , quizás en aquel que inspiró la famosa pieza musical dedicada a la garota.
Habla también de historias de wiskies en Faulkner, en Hemingway y en Scott Fitzgerald, en la de los españoles de la generación de Carlos Barral, de Juan García Hortelano, y de Jaime Gil de Biedma.
Cuenta que todos ellos, bebedores consuetudinarios, sobrevivieron o se murieron generalmente por razones ajenas al alcoholismo, con mejor situación, como era de esperar, para los “vespertinos” que para los que tomaban “el amanezco”, y ello por razones obvias.
Ojalá y algún día a alguien se le ocurra escribir un libro sobre las preferencias etílicas de los escritores cubanos, que además han sido y son muchos los adictos. Quizás el texto no pudiera titularse “El whisky de los poetas”, va y sea más lógico titularlo “El ron Bartolomé de los poetas”, o “El ron Planchao de los poetas”, porque nuestra precaria situación económica no nos permite acceder al ansiado whisky, pero de hacerse, si se hace con honradez y vergüenza, puede ser muy interesante e instructivo, para que el público en general conozca la verdadera personalidad de los creadores.
Editado por: Heidy Bolaños
