Desviación, ciencias sociales y conducta humana
A lo largo de la historia de las ciencias sociales, entre el concepto de desviación social y el de norma, media una paradoja significacional estrechamente vinculada a la perspectiva ideológica que legitima las formas de control. No pocas tendencias han intentado camuflar su preferencia ideológica con la pretensión de que la ideología es un elemento espurio, o de control opresivo, para el comportamiento humano. Las concepciones acerca de qué es la cultura y qué se entiende como cultural han estado en el centro de muchas de estas discusiones teóricas y, sobre todo, de la mayoría de las tendencias de las ciencias sociales que se pretenden libres de determinantes ideológicos. Una de las más recientes cuyo inmanentismo goza de plena vigencia, podría ubicarse en el boom posmoderno que proclamó, justamente, el fin de las ideologías.
En la obra que titulara El fin de las ideologías (Glencoe, Free Press, 1960), el sociólogo estadounidense Daniel Bell sienta las pautas para el advenimiento de diversas vertientes teóricas cuyas posiciones conservadoras superan a la suya, aunque en esencia son una consecuencia de su dirección de pensamiento, sobre todo en lo relativo al fin de la dialéctica de la historia y el papel de la aparición del pensamiento único. La solución de esta tendencia manufacturada por Bell apunta a que la historia y las ideologías cedan ante la implantación universal de la democracia, sistema político sustentado por la economía de mercado. Así, la ideología mercantil que busca nuevos métodos de control sobre las “desviaciones” revolucionarias y los llamados de desobediencia civil por la emancipación de las clases explotadas tiene un nuevo asidero en la legitimación democrática como norma política que oculta, a fin de cuentas, el ejercicio de la hegemonía económica.
Por lógica, la tesis de su siguiente obra, Las contradicciones culturales del capitalismo, acondiciona la expansión del sistema a razones de máxima eficacia de sus estructuras, lo cual permite un equilibrio progresivo en el poder adquisitivo de la ciudadanía, así como un desarrollo cultural que acentúa la gratificación personal y el hedonismo como conductas de renovación y enfrentamiento a la vieja ética puritana que marcara el progreso de la burguesía. De modo que, en puridad, el acto de desviación de la convencionalmente rechazada ética burguesa se reconvierte en un consenso de aceptación del control social a partir de los nuevos derroteros globales de la inversión capitalista, pues sus manifestaciones culturales actúan como determinantes de su legitimidad.
En El advenimiento de la sociedad post-industrial, Bell no puede dejar de advertir los cambios que imponen a la sociedad industrial los nuevos modelos de la información y el conocimiento, cuyas consecuencias inciden en las relaciones de poder, la estratificación social y la reconfiguración de los valores políticos, sociales y culturales. Según su tesis, las tecnologías de la información están llamadas a proyectar los nuevos ámbitos de libertad y emancipación que resultan de la ruptura histórica con los modelos y períodos previos. Abiertamente, discrepa de la validez de los planteamientos ideológicos de la izquierda, sobre todo de aquellos que aún sostienen una esencia marxista. A su juicio, la lucha de clases ya no es la ley del desarrollo de la historia. Como muchos todavía lo sostienen, el impulso de las nuevas tecnologías de la información y del conocimiento diseña un armónico avance para la educación y el capital humano. Y aunque reconoce que ello no supone el final de la confrontación dialéctica, sino una desviación de las tensiones que se derivan de la jerarquización del conocimiento a través de la meritocracia, predice el advenimiento de una más justa sociedad de la información y del conocimiento, basado, desde luego, en el uso intensivo de esas tecnologías que constantemente se renuevan.
Las carencias que se generan en esa nueva sociedad están, sin embargo, relacionadas con el dominio y empleo de la información y, desde luego, con el control que se hace del conocimiento, no solo respecto a sus niveles de acceso, sino a su desenvolvimiento interpretativo. Él mismo admite que la “cantidad de la información” disponible no supone su correcta distribución, su adecuado uso final, ni la obtención de un equilibrio social y cultural. Para Daniel Bell —y, en general, para las teorías conservadoras posteriores que devendrían en una interpretación complaciente sobre los resultados del proclamado fin de la Guerra Fría—, las telecomunicaciones y la informática dan sentido pragmático a la nueva escena histórica y no constituyen, a pesar de todo, modelos de control social a los cuales haya que aplicar sistemas de desviación que puedan revolucionar su uso desde un punto de vista clasista. Cuando Bell considera a la imprenta “en la base de la sociedad industrial: en la base de saber-leer y de la educación de las masas”, desplaza el eje del control social hacia la propia tradición burguesa del conocimiento, aunque le insufle matices éticos y morales que el curso histórico ha transformado en obsoletos. Su propia definición de cultura remarca esta actitud conceptual:
La cultura, para una sociedad, un grupo, una persona, es un proceso continuo de sustentación de una identidad mediante la coherencia lograda por un consistente punto de vista estético, una concepción moral del yo, y un estilo de vida que exhibe esas concepciones en los objetos que adornan a nuestro hogar y a nosotros mismos, y en el gusto que expresa esos puntos de vista. La cultura es, por ende, el ámbito de la sensibilidad, la emoción y la índole moral, y el de la inteligencia, que trata de poner orden en esos sentimientos.*
Cultura, en la línea de pensamiento que proclamó el fin de las ideologías, es igual a consenso acerca del orden impuesto, desde lo identitario de la estética y el gusto, hasta la moral y la ética que definen el buen suceder de la conducta humana.
Por tanto, la explicación de que la inexistencia de normas anula el surgimiento de las desviaciones oculta una contradictio in adjecto, pues la supuesta carencia de normas es, quiérase o no, un modo diferente de establecer las reglas de interrelación. La superficie que emerge de esa contridictio es, por tanto, un giro de significación que no podrá ser demostrado en el contexto empírico. Un idealismo subjetivo. Así, en tanto la norma determina en qué punto la conducta se acusa como desviada, el estudio científico de la desviación conlleva, o debe conllevar, al cuestionamiento de los sistemas de control y, de consuno, a la crítica del sistema de relaciones sociales del cual las desviaciones se hacen interdependientes.
La lógica binaria del positivismo, sin embargo, convierte a la causa y al efecto en dos entidades estáticas, y obvia la contradicción dialéctica que le confiere a cada una un carácter relativo y efímero. Y aunque el positivismo recibe airadas y constantes críticas desde los púlpitos de la academia, su práctica es común a muchas teorías. Paradójicamente, lo que suele considerarse como desviación, se transforma, gracias al propio ritmo de la conducta humana, en norma estructural del pensamiento que dice superar esas desviaciones. Hay, pues, un empirismo de reproducción cultural que permanece en el comportamiento a pesar de que se le declare desterrado, abolido o superado.
Adorno, uno de los más acérrimos críticos del positivismo, termina por asumirlo cuando considera a todos los productos resultantes de la industria cultural como un desvío de las metas sociales para la superación humana y, sobre todo, como productos fuera de lo que debe conformar la cultura de la humanidad. Como si no fuera esa propia humanidad la que produce y reproduce patrones culturales bajo el influjo dominante, controlador, de la industria cultural. Como si de esos documentos alienados no pudiesen surgir las chispas culturales que emplacen la conciencia de esa misma masa, a la que se considera, positivistamente, apenas como dócil consumidora de recetas.
El ser social se desarrolla como tal siempre respecto a normas que, al cristalizar en la conducta, se asientan y se regulan desde puntos de vista mediados por las instituciones. El nivel de organización institucional determina, a través de los procesos comunicativos de los individuos que las representan, el entramado de regulaciones y, sobre todo, las mediaciones de legitimación y deslegitimación de la conducta desviada. Extensiones y fronteras dependen, por tanto, del propio entramado de normas de control social que se han establecido desde la ideología dominante que, como ya lo señalaba Engels, responde, en última instancia, a los intereses de la clase dominante.
El giro cultural de las desviaciones que en ese ritmo histórico se usa para declarar obsoleta esta base teórica, responde a un nuevo intento de simbolización del control, y admite solo cierto grado de anomia en la conducta humana. Las consecuencias que seguirán a la desviación responden también, aunque con importantes variables que deben ser estudiadas, a este patrón de directrices institucionales. Las normas que suelen ser objeto de estudio de la sociología son, de acuerdo con su peso específico en el contexto de las relaciones sociales, penales, jurídicas, sociales y morales individuales. No aparece, al menos de manera explícita, lo cultural como un espectro que fija los límites de la conducta y, por tanto, su desviación. Y hay, mal que pese, un vacío elemental en ese aspecto.
Nota:
* Daniel Bell: Las contradicciones culturales del capitalismo, Alianza Editorial, México, 1989, p. 47. Versión española de Néstor A. Míguez. Mías las cursivas.
Editado por: Tupac Pinilla
