Un poeta que no ha publicado poesía

Cuando tenía nueve años, Eduardo Heras León se enfrentó, por primera vez, a la escritura, fue esta, una de las tantas confesiones que hizo al público presente en el espacio Libro a la carta y a su conductor, Fernando Rodríguez Sosa. Y la tomó en serio, en el año 1967, cuando comenzó su carrera de periodismo junto a un grupo de estudiantes muy activos. Allí conoció la literatura de ficción gracias a German Piñera.
Como era costumbre en ese colectivo de estudio, intercambiaba libros con los demás alumnos: textos de Quiroga, Juan Rulfo, de todos los escritores del boom latinoamericano, como Cortázar y nuestro cuentero mayor, Onelio Jorge Cardoso, a quien conoció personalmente. Heras es un admirador de Hemingway por su estilo limpio y su economía de recursos; a Borges se acerca menos porque prefiere a los escritores realistas.
Debuta en el mundo literario con La guerra tuvo seis nombres, título que lo hace merecedor del premio David.
Al ser interrogado por el conductor del espacio con la pregunta: “¿Por qué no novela?”, Heras respondió: “Habría que preguntarle a Borges por qué no novela”. “Un oscuro resplandor”, título de su proyecto de novela, es un volumen de doscientas páginas que aún no termina, porque se siente cuentista como Cortázar y como Hemingway.
Sobre el decálogo del perfecto cuentista, de Horacio Quiroga, opina que ofrece algunos enunciados que podrían ser tomados como referencia por los principiantes del oficio de la escritura, y cita uno de ellos: "Las tres primeras líneas de un cuento son tan importantes como las tres últimas".
La crítica señala a Heras León como a un renovador de la escritura latinoamericana. El narrador juzga que entre sus fundamentales aportes, figura la incorporación de la violencia. Denomina a su generación como "la generación de la violencia", pues la integran escritores que reflejaron las vivencias de las luchas revolucionarias contra el dominio y las agresiones yanquis. “Cuando la Revolución pendía de un hilo me lancé de lleno. Mi punto de giro fue el combate de Playa Girón porque vi lo que era la muerte, por eso tiene un sabor muy fuerte a testimonio”, dijo.
A ello se agrega la influencia del lenguaje de los escritores del boom latinoamericano. En 1978 Heras León participó en un taller que impartía Julio Cortázar en la UNEAC, allí, este le comentó que su libro Acero ─catalogado como un texto de realismo socialista─, tenía una escritura cinematográfica y una bella prosa. Por este libro antes mencionado, fue llamado también, continuador de la obra de Regino Pedroso porque reflejaba el mundo de las fábricas, de la época en que trabajó como obrero.
El periodismo influyó en su manera de decir la literatura: lo limpió de adjetivos, gerundios, lo hizo más potable, concreto y le ofreció una visión actualizada y viva. En 1966 publica una nota de prensa sobre ballet que resultó muy elogiada por Fernando Alonso, quien lo avivó para que continuara esta línea, porque no abundaban entonces, comentaristas sobre el tema. Así, se hizo asiduo a la danza, que considera la más completa de las artes, ya que contiene en sí poesía, música, dramaturgia, danza, escenografía. Ha pensado en hacer guiones para ballet pero no tiene tiempo y se siente desactualizado del nuevo elenco que está surgiendo.
Recuerda que su "trabajo" de editor comienza cuando su padre, que era cajista, lo llevó a la imprenta y con los ojos cerrados, le hizo
olfatear algo que por su aroma le pareció miel, pero al abrir los ojos descubrió que era tinta.
Su primera labor seria de edición la emprendería con el libro El negro que se bebió la luna, de Luis Felipe; Wichy Nogueras lo ayudó y le facilitó las reglas de edición. A partir de ahí, editó innumerables obras que le proporcionaron un bagaje cultural enorme. Se considera a sí mismo un editor natural que ni se ha limitado en nada ni lo ha limitado nada.
Con la fundación del Centro Onelio Jorge Cardoso de técnicas literarias se cumple un sueño que posibilita su más ferviente profesión, la de maestro. Durante años amasó la idea de crear un centro que educara y enseñara el arte de escribir, se había percatado de que los jóvenes talentosos dejaban de asistir a los talleres literarios porque sentían que estos ya no les aportaban nada, por lo que se alejaban sin llegar a conocer las técnicas y sin interiorizar la necesidad de elevar su nivel.
En 1969, planteó esa propuesta pero todavía no existía suficiente comprensión para que se aprobara el proyecto. Él continuó asido a su idea de que el escritor nace y se hace desde la técnica y, años más tarde, Abel Prieto, entonces Ministro de Cultura, lo estimuló y apoyó en su empeño.
A pesar de que el centro ha tenido sus detractores, Heras León persevera defendiendo su existencia. Explica, que él no intenta influenciar el impulso creativo de nadie, y que allí solo se enseña el manejo crítico y técnico. Si surgen dos o tres buenos escritores es un logro, pero salen también buenos críticos, buenos lectores, con un refinado poder de la lectura.
“Aunque pienso en el retiro, no tengo ninguna insatisfacción del centro, sino muchas satisfacciones, porque los libros que he dejado de escribir son los libros que han escrito ellos, son como mis propios libros. En el centro puedes constatar el patrimonio de la nueva generación de escritores.”
Este narrador que considera ser un hombre de su tiempo y que lo seguirá siendo, lee más libros de poesía que de narrativa de ficción, porque opina que aquella le da el refinamiento y la inspiración para escribir, pero se cataloga como “un poeta vergonzante”, no se atreve a publicar su poesía ya que no la percibe a la altura que ella merece.
Escogió para leer “Dolce vita” ─que da título a su último libro─, su primer cuento fantástico, que dedicó a Julio Cortázar y que, para sorpresa de muchos, es un relato vivencial.
Editado por: Diana Fernández Fernández
