Canarias, la primera vez, 1996
Soñaba, desde mi infancia, viajar a la tierra de mi abuelo materno. Así pensaba en los dos vuelos de Iberia que me conducían desde La Habana a Madrid, luego desde Madrid a Las Palmas de Gran Canaria. Era martes 22 de octubre de 1996 y estaba cumpliendo cincuenta años. Me emocionó mucho ver el Teide asomando entre las nubes, ¡vaya velita de cumpleaños! Disfruté de la vista aérea y del descenso. Me esperaba, muy alegre, el poeta Justo Jorge Padrón, quien me invitó al Primer Festival Internacional de las Palmas de Gran Canaria, que él dirigía. Al llegar al hotel Parque busqué la guía telefónica para llamar de inmediato a todos los Lemus, y hallar a los familiares canarios, separados y sin contactos con nuestra familia desde muchas décadas atrás. Para mi sorpresa, tal apellido llenaba varias páginas, de modo que no llamé a nadie.
El primer conocido que me esperaba en el hotel fue Manuel Díaz Martínez, a quien le llevé la edición de Alcándara con mi prólogo, que él no alcanzó a ver tras exiliarse unos años antes. El hotel estaba bullente de invitados extranjeros, y la cena informal fue muy divertida y locuaz.
El Festival Internacional de Poesía de Las Palmas de Gran Canaria comenzó la noche del 23. El primer día de lecturas leí junto con el sevillano Rafael Montesinos, la húngara Eva Thot, la italiana Matilde Contino, y otros españoles como Rafael Soto Vergés, Acacia Uceda (a quien ya conocía desde 1994, en el Ateneo de Madrid), Juan Draso, Antonio Hernández, Carlos Murciano, Lluís Alpera, el peruano Pedro Shimose y el anglo español Louis Bourne. Luego trabé amistad con Luis Alonso Girgado y Luz Pozo Garza, y saludé al ya amigo macedonio Mateia Matevski.
Un autobús nos llevó el 24 a un bello paseo por Gran Canaria, primero a Tafira, al Monte Lentiscal y a la Cruz de Tejeda en la cima de la Isla, donde almorzamos en el Parador de Tejeda, sitio sumamente hermoso. Copiaba los nombres, porque me parecía que estaba dentro de El Señor de los Anillos: Tirajana, Ariñes, Tamar, Aruca, Tamaraceite, Teror, Firgas, Almatriche… Luego los constaté todos en el libro de Trapero, Diccionario de toponimia canaria. En Teror estuvimos en un sitio antes visitado por Unamuno, y sobre todo en el santuario de Nuestra Señora del Pino, patrona insular. En la cena, gracias al Dr. Maximiano Trapero, estuvo invitada y cantó la improvisadora cubana Tomasita Quiala, pero la mayor parte de los concurrentes no supieron apreciar a aquella extraordinaria poeta popular, o quizás su presentación no tuvo el marco propicio.
Al siguiente día se organizó la mesa de ponencias y, para esta primera vez, estuve presidiéndola junto a Carlos Murciano y Luis Felipe Sarmiento, de Portugal. En el bello salón del Centro Canario se sucedieron diez oradores, entre ellos recuerdo al vasco Ion Kortazar, el albanés Fatos Arapi, el canario Pedro J. de la Peña y la estadounidense Marie-Lize Gazarian. Tras esta jornada, di un paseo por la ciudad, visité a Díaz Martínez y compartí con muchos invitados. Las Palmas se halla en una faja costera frente al Atlántico, de modo que ha tenido que tomar las faldas de las montañas para crecer. El barrio de Triana, su calle principal, el barrio viejo, fundador, se parecen bastante a zonas de La Habana o a ciudades cubanas. Las playas de la Alcaravanera y Las Canteras, sobre todo la segunda, son realmente bellas, un pedazo de mar para turistas en un puerto de fuerte afluencia de naves. Fue estupendo ver el Museo Canario, la casa que fuera del pintor fallecido Néstor, y el amplio bar restaurante El Pueblo Canario, donde pasé con amigos una tarde fantástica.
A mí me correspondió leer mi ponencia el 26 de octubre. Tanto Claude Couffon, su esposa, el italiano Mimmo Morina y yo, llegamos algo tarde a la sesión; tras hablar sobre función del poeta en la vida, realmente fui muy aplaudido ante un auditorio bien parco en elogios. Escuché a la húngara Eva Thot hablándonos sobre Hungría, a Maximiano Trapero disertando brillantemente sobre la lírica popular. Más tarde se produjo el recital más esperado, porque cerró con la lectura de Derek Walcott, reciente Premio Nobel, quien no se ligó con casi ningún poeta, salvo los más célebres, con el director del festival, Justo Jorge Padrón, y con su inseparable traductor. Raro que no hablase español. Saludaba casi solamente a las ascensoristas y empleados del hotel y pidió unos nada discretos estipendios por su disertación y su recital. Finalmente se le entregó el Gran Premio Atlántida. De todos modos, era un lujo tenerlo allí, y los lujos se pagan caros. Comprendo que este es un recuerdo algo mezquino acerca de un indudable magnífico poeta.
Ya el día 27 era la clausura. Había conocido a dos simpáticas poetas canarias llamadas respectivamente Pino, la una Ojeda y la otra Betancort. En la mañana, el chofer de Justo Jorge Padrón me ofreció un paseo enorme a la cima de montañas con paisajes gloriosos. Recorrimos con calma el Monte Lentiscal, convertido todo en precioso reparto de grandes mansiones, y el jardín botánico. Cuando llegué a la clausura, ya hablaba José Antonio Gurpegui, traductor de Walcott, quien leyó sus poemas en inglés (cada poeta leía en su idioma materno, y se traducían sus poemas). Seguidamente le entregaron el Premio, y Alberto Estima Oliveira, poeta de Macau, le entregó una condecoración de su pequeña comunidad a Justo Jorge Padrón, quien cedió la palabra al presidente de la Comunidad Canaria.
Todos se fueron, pero yo seguí en Las Palmas. Me quedaba otra semana para trabajos con Justo, conferencias en universidades y conocer Tenerife, con la oposición de Justo, quien quería que solo nos quedásemos a trabajar en el libro sobre su obra que yo estaba ya escribiendo. Finalmente fue comprensivo, y pude dar el jueves 31 una conferencia en la Facultad de Letras de la Universidad de Las Palmas, invitado por el profesor Trapero y acompañado por Díaz Martínez, obsequioso y cordial. Allí hice un panorama de la poesía coloquial cubana. Visité al notable pintor Pepe Dámaso, el Museo Canario, con más calma en el bello pueblo de Teror al santuario de la Virgen del Pino, y un amplio paseo con Maximiano Trapero por la playa de Las Canteras. Había una ola de calor en Canarias…
Tras sesiones de labor con Justo, acerca de su poesía, visitamos a su familia en Monte Lentiscal, donde almorzamos junto al poeta Materia Matevski, quien también se había quedado tras el Festival. El padre de Justo fue muy amable, nos condujo a una suerte de petit zoo, donde tenía algunos animales de exhibición. Linda casa y lindo lugar. En la noche cenamos con un gran amigo de Justo, Guillermo García Alcalde, personalidad de la prensa local y con el director del diario La Provincia, Diego Talavera. Posteriormente, salió en ese diario una entrevista conmigo, ilustrada con una de las mejores fotos que me han hecho en mi vida. Justo y yo trabajamos duro durante varios días, y prácticamente «me gané» irme a Tenerife, a cuya Universidad de La Laguna me invitó la profesora Belén Castro Morales, pronto gran amiga, para ofrecer una conferencia.
El 3 de noviembre al amanecer hice muy buen viaje de poco más de una hora por mar en un jet foil. Me aguardaban en Santa Cruz las amigas Belén, mi anfitriona tinerfeña, y la cubana Nidia Fajardo, residente allí. Como la conferencia sería en la tarde, hicimos el más bello paseo de mi estancia canaria: al Teide, en la zona sobre el Valle de Ucanca, con anterior vista colosal del Valle de la Orotava y el pico nada nevado en esos días de calor.
En el camino, un pequeño volcán de color rojo me recordó no sé por qué a El pequeño príncipe. La cúspide del Teide me retaba, pero no era posible subir, por exceso de viento. De todos modos caminé lo que pude entre piedras, y por un sendero, si bien compitiendo en el espacio con tantísimos turistas. Tras mi conferencia sobre poesía cubana en la singular ciudad de La Laguna, entramos en contacto con Manolo Ledesma y su esposa, con quien mi reciente magnífico amigo Garciarramos, escultor y poeta y su esposa, pintora de bella discreción. Regresé a Las Palmas al atardecer en el barco Volcán de Tejeda, con tres horas de viaje marino, que me sorprendieron, creía que sería mucho menos tiempo, pero las islas no están tan juntas.
Al regreso a Las Palmas, tuve otros dos días de labores intensas con Justo Jorge Padrón, mi libro sobre su obra poética ya incluso tenía título: Eros y tanatos. La obra poética de Justo Jorge Padrón, y me quedaba solo consultar más bibliografía tanto propia del poeta como «pasiva». Tuve aun tiempo para pasear con Maximiano Trapero y su perrita Luna por la playa de Las Canteras, apreciar bellos lugares de la ciudad, visitar a algunos amigos y despedirme del poeta Manuel Díaz Martínez y de su padre. Mi primera estancia en las Islas Canarias fue altamente productiva y grata.
El 5 de noviembre viajé de regreso a La Habana. Un sencillo incidente me creó un pequeño drama en el aeropuerto Barajas de Madrid: el vuelo de Canarias salió con retraso de 40 minutos y llegó con una hora pasada. El vuelo de Iberia hacia La Habana se encontraba en otro muy distante muelle aeroportuario y no había, como hoy, trenes que conducen al sitio adecuado. Por más que corrí, llegué cuando el avión se elevaba. Tras fatigosos trámites, me despacharon como un bulto postal perdido en un vuelo de Cubana de Aviación proveniente de Victoria, lleno de turistas, que arribó a La Habana casi a la misma hora que mi Iberia… Viajar es una caja de sorpresas.
