Reparando algunas grietas, algunas zonas estivales
A través de ti supe que había una naturaleza y un
país con bares silenciosos, allí, en un mismo símbolo,
héroes-traidores, en un último símbolo de juego.
(“El sheriff de los poemas sicalípticos”
Cuarteaduras, Editorial Oriente, 2013, p. 53.)
Desde una posición cómoda –la misma en la que me encuentro en estos últimos tiempos– he encontrado cierto divertimento en las lecturas digitales, en las que me afano como si fueran aquellos viejos libros impresos que leía años atrás. No fui un niño que despuntó en lecturas atrevidas, quizás porque mi ambiente no era el más apropiado, pero nunca me he lamentado de eso. Muchos escritores sí coinciden –y hasta se jactan– al decir que leyeron a temprana edad, incluso libros que yo ni siquiera a este punto de mi transitoria vida he leído aún. Y no voy a negar que me causa cierta curiosidad, pero en lugar de esa carencia literaria almaceno en mi memoria, experiencias solitarias, vivencias adquiridas desde una silla de ruedas –ese artefacto móvil– donde se distorsionaba el mundo a mi alrededor, mi mundo.
Echa pestes de quien lee a Deleuze y puede decir en
necrológicos tu mañana es ornamental como la
somnolencia.
(“Cuarteaduras”, p. 20.)*
¿Y qué es un escritor sin sus experiencias reales? ¿Sin ese amasijo de realidades tenues e imaginarias donde los monstruos tienden a mantener una vasta existencia casi infinita? No hay que ser necesariamente un Ernest Hemingway pegándose con el primero que lo mirara retorcido o mostrando orgulloso sus trofeos de pesca como si fueran sus secos cuentos; o un Francois Villon torturado y condenado a la horca por sus crímenes y hurtos; o incluso un Lewis Carrol que acosaba sin cesar a menores de edad. La poesía hecha desde las profundidades de la existencia supera cualquier intención almidonada y superflua. La poesía, por suerte, está llena de grietas, de leves agujeros donde pudiera caber toda la vida si se intentara. Incluso, todo su esplendor.
Mi madre quería que fuese como Séneca, hijo de
mártir, devorador de algas, borracho con un cuchillo
en esas cantinas donde desfilaban rufianes del arte
sofista.
(“El guardián de la mancha, el constructor de imperios”, p. 18.)
Cuarteaduras, de Carlos Esquivel, ha sido mi última lectura. Una lectura a la antigua (no digital), y la he hecho escogiendo los poemas al azar. Me encantan los libros de poesía porque me dan esa libertad de elegir cuanto me plazca. Y comprendo el sacrificio del escritor cuando ordena minuciosamente los poemas de un modo exacto para causar una mayor intensidad y equilibrio, pero lo cierto es que esa ruptura me hace más cómplice aún, me confabula de un modo sosegado con el autor, con las breves y únicas historias que viven en cada poema. Cuarteaduras tiene esa conexión con lo existencial, lo divino, cuando lo divino aquí es la poesía misma no esa (in)existencia de Dios que muchas veces confundimos. Carlos Esquivel tiene la virtud de llevar su universo personal, poblado de imágenes, a ese otro universo más inmensurable que es la poesía. Siempre ha tenido la osadía de romper con ciertos cánones, enseñándonos que la poesía es mucho más que un decir frío y lánguido.
Arrastrarse no significa perder ante Vallejo, la idea
solidaria es perversa ante lo posterior.
//… //
Arrastrarse ante Vallejo, salir con las herramientas,
envejecer...
(“Inhumans poems”, p. 61.)
Me apresuro a decir, desde mi soledad de poeta exiliado, que un libro como Cuarteaduras me ha sacudido esas zonas abandonadas y que el fino polvo que tenía almacenado se ha elevado despacio para posarse suavemente cerca de mi ventana cerrada 7x24, incluso en los días de invierno; recordándome que todo es transitorio y efímero; que la verdad no hay que salir a buscarla porque ya existe dentro de ti y que lo simple guarda tanta quietud que la mayoría lo desecha.
Lo que uno toca, si es de guillotina, es la paz
del contrario. A eso no aspiro: más profundo que yo,
más que la rajadura del croché oceánico.
(“El arreo nocturno”, p. 52.)
La poesía es un espejismo como lo es la vida y de nada vale que el poeta se afane en ser o hacer algo superior. Si los versos están demasiado arreglados entonces no hay pasión y los fríos glaciares se funden construyendo una Antártida poética, en una perdición lingüística que carece de vida, de espontaneidad. Cuarteaduras tiene esa ilusión escalofriante y tan vívida que no puedes dejar de frotarte los ojos para reconocer que existe también otra realidad frente a ti que simplemente desconocías.
Que mi privilegio sea callar es un privilegio
que enmohece.
(“En el ártico. Robert Flaherty es un inasible”, p. 42.)
La editorial Oriente sabe que ha publicado uno de esos libros eternos. La editorial Oriente tiene la capacidad de distinguir esos arrebatos lúcidos de ciertos escritores y sus diseños emanan una sobriedad ascética profunda, dándole la terminación que merecen aquellas obras escritas con maceración.
En una taberna de Hudson street me encuentro con libros
de Severo Sarduy.
El precio es menor que la ofrenda, aun si lo turbio
siguiese a la reconstrucción del mito.
(“La chorrera”, p. 82.)
Hay negaciones a lo largo de las 80 páginas de Cuarteaduras que lejos de negar, reafirman ese violento juego que la poesía sórdida y dantesca sostiene. Y en estas negaciones articulares los poemas pierden esa plasticidad que a simple vista pudiera parecer degenerativa. Y por eso insisto en que para negar o repetir no es suficiente con reutilizar las mismas palabras una y otra vez. La negación más que una contradicción es una duda que se sostiene a sí misma. Y es debido a esa duda que el hombre comienza a darse cuenta, separándose de la cotidianidad, como hace el humo del fuego. La poesía de Carlos Esquivel está llena de grietas donde constantemente él intenta asomarse para gritarnos desde el otro extremo deforme que todo es apariencia, y que también hay vida desde el otro lado ríspido y angosto.
Herí a cientos de hombres que no podían herirme.
(“Costa”, p. 45.)
Puedo distinguir cierta lucidez entre esas almidonadas voces que polucionan el océano de la poesía cubana; pero acaso eso no es suficiente, ni siquiera embriagador. Lo que sí puedo asegurar es que Cuarteaduras, de Carlos Esquivel, es unos de los poemarios más insólitos y legendarios que se haya publicado en las últimas décadas en Cuba. También un poemario “sin alegrías, como un esquimal”.
Dos patrias tengo yo: Cuba y el atardecer en una
tasca de Segovia, el atardecer en Guatemala, las
máscaras me impulsan a corroer.
(“Traducir a J. Martí en rumor de vuelo”, p. 76.)
Quizás esa afirmación tenga que ver con esta posición cómoda –la misma en la que me encuentro en estos últimos tiempos–; y como he dejado de creer en ese ordinario Dios que tiene una forma y semejanza humanas, el mundo se me ha vuelto más lúcido y divino. Entiendo que la divinidad también suele aparecer bajo ciertas palabras y eso es más que suficiente.
Así respondo a Dios, soy desconfiado, lo puedo ser
porque es más sencillo, menos útil.
En estos tiempos es mejor no ser útil.
(“Una trayectoria: a quien corresponda”, p. 83.)
*Todos los poemas aparecen en: Cuarteaduras, Editorial Oriente, 2013.
Editado por: Nora Lelyen Fdez
