Shihan en el arte de las manos vacias
He tratado sin éxito alguno de imaginarme a Wichy con 70 años y no hay manera alguna de lograr (ni siquiera con una foto robot de esas que hoy en día hace posible la magia de los programas de computación) traerlo de vuelta, con el rojo cabello encanecido y tal vez ralo, alguna que otra arruga o mancha en la piel que sirva de evidencia papable e inequívoca del paso de los años y los estragos de la edad.
Por el contrario, todos los recuerdos que conservo de él acuden a mi mente en tropel con la misma exquisita composición y factura de los años ya algo lejanos de nuestra juventud. Y entonces ahí está, como diría Victor Casaus, elegante y lorbayriano, impolutamente (esa palabrita le gustaba mucho y fue de él de quien la oímos por primera vez), vestido y peinado, con su motera en el bolsillo para matizar el brillo en la cara y en su maletín de viaje, jabón de tocador, detergente para hacer la paloma a la ropa interior, cremas para el cutis, cuchillas de afeitar guillete, loción after shave, desodorantes, servilletas, shampoo, colonia Old spice y todo aquello que pudiera contribuir a conservar una buena apariencia y lograr la aprobación y aceptación de las bellezas femeninas a nivel regional, municipal, provincial, nacional e internacional. Nuestro lema de entonces y aun vigente hasta hoy era: “Solo nos interesan dos tipos de mujeres: las cubanas y las extranjeras”.
Wichy era así para todo, meticuloso, perfeccionista, profesional y riguroso. Su obra literaria y cinematográfica es una evidencia de eso, fue selectivo con sus amistades pero al mismo tiempo de una fidelidad y entrega dignos de encomio.
Fue un apasionado de las armas y tenía una colección de ellas, algunas simples réplicas, que aumentaba en cada uno de sus viajes; también gustaba de las artes marciales aunque a decir verdad nunca tuvo la voluntad y constancia que requería su aprendizaje y práctica. No obstante, tuvo mejores kimonos que los míos y los usaba con una prestancia que imponía respeto, sobre todo a los que no lo conocían y lo veían pasearse con pasos felinos y estudiados en cualquiera de los dojos de La Habana que frecuentara, sin tirar nunca un golpe, sudar o arrugar su atuendo, sin despeinarse, en fin, como sucede en las películas, nosotros doblábamos sus escenas de acción y combate pero él al final se quedaba con la muchacha y terminaba marchándose con ella a parajes paradisíacos en playas y oasis inimaginables, a tomar agua de coco y comer frutas, pescados y mariscos a la plancha, como los personajes de los filmes de James Bond; los de sus novelas eran más verídicos y no tenían tanta suerte.
Por eso para sus fantasías prefería aquellos que servían a su majestad la reina de Inglaterra y tenían permiso para todo, incluso para vacilar la vida a expensas del Estado por el que arriesgaban a diario su propia existencia.
Los años han transcurrido, sus amigos peinan canas, los que han tenido suerte, el resto ni eso, pero aun estamos aquí como cada año abusando de la memoria y escudriñando cada recuerdo, tal vez oculto en alguno de esos recodos que dejamos de transitar hace años, pero que siguen ahí porque los recorrimos juntos y exigen venir a esta fiesta tuya para acompañarte, acompañarme en el homenaje que intentan de manera pobre estas pocas palabras.
Como siempre antes de las contiendas y los kumites, nuestra solicitud de cortesía ante tu conocida y probada destreza.
Shihan, sea indulgente con este aprendiz que lo enfrenta con humildad y respeto. Que gane el mejor, quién pierda lo hará con honor.
En La Habana a los 12 días del mes de noviembre cerca de la fecha de otro aniversario del nacimiento de Luis Rogelio Rodríguez Nogueras.
Editado por: Dino Allende
