El caos, la rutina y una mujer que espera
Un hecho terrible acaba de ocurrir: Dios ha muerto. La noticia corre de boca en boca. La prensa, la radio y la televisión no dejan de anunciarlo junto a otras noticias no menos desgarradoras. Reina una consternación que paraliza y desconcierta. Adán trata de aferrarse a su rutina en medio del sombrío acontecimiento que parece dominarlo todo: las reuniones se cancelan, los encuentros se postergan, las ofrendas y otros actos de devoción se multiplican como nunca, no se habla de otra cosa en todas las esquinas y calles del mundo. Dios ha muerto, pero las guerras continúan, y las declaraciones hipócritas no cesan, y los jodidos de siempre ahora lo estarán más, y los oportunistas de siempre gobiernan a sus anchas, y nada cambia aunque Dios haya muerto y nadie pueda mostrar el cadáver como evidencia. Adán vuelve a su rutina y, al cepillarse los dientes luego de un día aciago, se da cuenta que debe comprar pasta dental.
En síntesis esta es la historia de apenas dos cuartillas y media que el joven narrador, poeta y dramaturgo Roberto Viña (La Habana, 1982) propone al lector bajo el titulo "Evangelio según Adan. Primera Apostasía". El texto, sin dudas, está cargado de un fuerte simbolismo, donde lo real y lo fantástico se funden con absoluta naturalidad. El hombre es un animal de hábitos, a los que siempre intenta retornar a pesar de las grandes catástrofes que lo sacan temporalmente de su cotidianidad, de los grandes sacudimientos que provocan su propia desidia, parece insinuarnos Roberto. ¿Y no será que la rutina, lejos de lo que algunos piensan, es la manifestación de cierto equilibrio o la manera que escogimos para defendernos del caos? Estas y otras interrogantes me han surgido al leer este relato brevísimo, escrito sin petulancias, con precisión asombrosa, aliento filosófico, poder de sugestión y una mirada de universalidad.
Lo mismo sucede con el segundo cuento del autor que les propongo a los lectores en esta ocasión. Se titula "Penélope" y es una suerte de ucronía o recreación basada en el conocido pasaje de la Odisea de Homero. El lector creerá que es algo demasiado recurrente y machacón a estas alturas, pero no, Roberto ha sabido encontrarle una arista singular (aunque macabra), que le da un toque de originalidad a la popular historia de la mujer que espera a un esposo perdido en las brumas de una guerra y un viaje de regreso al parecer interminable.
Roberto Viña es licenciado en Arte Teatral en el perfil de Dramaturgia, por el Instituto Superior de Arte en 2013; egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en 2006 y miembro de la Asociación Hermanos Saíz, desde 2008. Ha recibido reconocimientos como el premio Calendario 2014, en el género de Teatro; Beca de Creación DADOR 2013, en el género Teatro; Premio del concurso Nacional de Reseñas Críticas SEGUR 2013, 2do Premio del concurso Internacional de Teatro Casa de Teatro 2011, en República Dominicana; Premio Literario Fundación de la Ciudad De Matanzas 2010, en el género de Teatro; Mención en el Premio Internacional de Cuentos Casa de Teatro 2008, en República Dominicana; Mención Particular del XXIX Premio Mundial de Poesía NOSSIDE 2013, en Calabria, Italia.
EVANGELIO SEGÚN ADÁN
PRIMERA APOSTASÍA
Roberto Viña Martínez
El día en que Dios murió, el periódico llegó un poco más tarde. El repartidor se había quedado dormido porque su hija menor pasó toda la noche enferma. Por eso me enteré tarde de la noticia. No fue hasta después que el repartidor se marchó, agradeciéndome por el jarabe para la gripe de su niña.
Todas las emisoras no hacían más que transmitir la noticia, pero como no tengo radio no pude enterarme hasta que mi vecina Lucrecia me habló al respecto de camino a la panadería. Allí no se comentaba otra cosa, y la gente ya empezaba a especular sobre lo que sucedería de ahora en adelante.
Ahora todo cambia, y seguro empeora la situación, me dijo Lorenzo por teléfono. Nosotros somos los más jodidos, los países del tercer mundo en este tipo de desastres siempre son los más jodidos. Salía para el trabajo cuando el timbre sonó, definitivamente no llegaría temprano.
¡Ay, señor Adam, qué desastre! ¿Ya se enteró de la noticia? Aimé, mi secretaria hacía de todo evento un melodrama televisivo. Era como una compulsión en ella. ¡Pobrecito! Era ya bastante viejo. Yo me siento tan mal. ¿Usted cree que sufrió? No supe qué contestarle.
La reunión a primera hora se había cancelado. Nada me vendría mejor que una taza de café amargo. Fui hasta el comedor. Quería tener un minuto de paz, no pensar en nada. Me senté en una mesa apartada de la puerta; hubiese querido permanecer allí el resto del día disfrutando de mi café. Sin embargo, el sonido de la televisión fue un bombardeo a mi tranquilidad. Los noticieros no tenían otra cobertura informativa. La repercusión internacional, comentaban, era devastadora. Las bajas en los enfrentamientos entre palestinos e israelitas, aseguraban algunos reporteros, se habían triplicado. Tan solo en la Franja de Gaza las víctimas sobrepasaban los miles. En La Meca, los devotos musulmanes rezaban, una a una se sucedían imágenes de llanto, furia y desconcierto. El Papa recibió la noticia en medio de su visita al Reino de Tonga; envió al mundo un breve mensaje de aliento y esperanza bastante eufemístico, por cierto. El Vaticano declaró luto mundial por tres días consecutivos, en espera de un milagro bíblico, finalizado el plazo. Desde la madrugada, en la Plaza de San Pedro se escuchaban campanadas. Las iglesias cerraron sus puertas. Los feligreses no sabían en quién depositar su fe. En las calles de París, Londres, Madrid, Nueva York, Roma, Burundi, Tombuctú, La Paz, entre muchas otras imperaba la desesperación. En las esquinas se encendían velas, se ponían flores, retratos, salmos y mensajes fúnebres. Se supo que a pesar de la edad, Dios no había dejado testamento alguno, fuera de sus mandamientos. De un tiempo a la fecha se rumoreaba que padecía una extraña enfermedad que bloqueaba su poder de la omnipresencia. Con tal descalabro, los países pasaron a manos de gobernantes y funcionarios pertinentes ante la ausencia del unigénito resucitado, que no se presentó a reclamar lo que por herencia legítima le correspondía. Los noticieros jamás mostraron imágenes del cadáver, nunca existió una evidencia palpable de su deceso.
Maritza suspendió la cena de esa noche en su casa, la pospondría hasta la semana siguiente, al menos. Pude notar su angustia. Los ojos hinchados y la humedad del pañuelo delataban su mal estado. Sin embargo, fue ella quien me preguntó cómo me sentía. No sabía qué responderle. Dije lo primero que se me ocurrió para la ocasión. Desorientado. Así estamos todos, me dijo y se fue sin poder aguantar por más tiempo el llanto.
Al llegar a casa, me preparé un sándwich. No tenía hambre como para cocinar. En la televisión transmitían La pasión de Cristo. Lo apagué. Leí unas veinte páginas del libro encima de la mesa de noche. Al cuarto bostezo desistí. Fui hasta el baño. Oriné. Al cepillarme los dientes me percaté que tendría que comprar pasta dental, al día siguiente. Luego de acomodar los papeles en el portafolio, me metí en la cama. Estaba cansado. Apagué la luz pensando en los planos que entregaría dentro de tres días para la remodelación de un hospital pediátrico. El proyecto estaba un poco atrasado. Me dormí en pocos minutos, cuando ya la modorra vencía mis ojos abiertos. A la mañana siguiente, el repartidor de periódicos vino temprano. Me alegró mucho saber que su hija se encontraba mejor.
PENÉLOPE
Anoche regresaste de repente, en medio de la oscuridad, y te metiste en la cama. Al principio, pensé que eras uno de ellos, pero tus manos se encargaron de desmentirme. ¿De veras, eres tú?, y besaste mis labios, escuché la respiración agitada, el sabor del vino en tu boca era el mismo, y esa indocilidad de océanos navegados fue más que suficiente para saber que era cierto. Luego, vinieron otros besos, muchos, estrujándose en el pecho, y las caricias despertaban esta carne muerta desde hace tiempo. Hace tanto que te fuiste que creí olvidar cómo se siente la desnudez de un hombre, y el ancho de los músculos cuando te abrazan; pero los dioses te enterraron de nuevo en mis huesos como si no te hubieses marchado. La noche avanzaba y ya no me importó si oían mis gritos esos hombres que han invadido nuestra casa, pero que no pudieron entrar en el lecho. Ellos no saben de ti, ni cómo regresaste. No sabrán que te he traído hilando tejidos deshechos para calmar mis temores. Cuando desperté, estaba sola. Salí a buscarte, incluso llegué donde ellos duermen su ebriedad, y no te encontré. Entonces, fui hasta el dormitorio de nuestro hijo. Aún dormía. Al despertarlo, le conté todo. Se acercó desnudo y por un instante pensé que era tu cuerpo; con el abrazo fuerte entendí lo mucho que me ama, y en su beso, sentí ese aliento de uvas maceradas tan tuyo. ¡No imaginas cuánto ha crecido! Ya es un hombre que me pide que no te espere más; que todo fue un sueño, y solo estamos los dos para querernos. Y no sé por qué quiero creerle; pero también sospecho de esa certeza cuando confiesa que no me abandonará. Ahora, cuando pienso que has muerto y sé que no volviste, camino al telar y temo a los deseos de mi cuerpo agotado.
Editado por: Diana Fernández Fernández
