Jorge Luis Hernández. Un autor a revalorizar
Ediciones Unión acaba de publicar Todos los cuentos de Jorge Luis Hernández, un libro que nos hace pensar en la poca atención que este autor santiaguero y prematuramente fallecido ha recibido por parte de la crítica, quizás por su modestia y su deseo de residir en la ciudad que lo vio nacer.
Los dos volúmenes de cuentos que nos dejó legó (El jugador de Chicago y El relumbre del oro) aparecen recogidos en un cuaderno que muestra la originalidad del narrador, cuyas preocupaciones sociales siempre aparecen subordinadas a la individualidad, lo que convierte a sus personajes en entes cuya universalidad viene dada por el enfrentamiento a situaciones límites, casi nunca explícitas en los argumentos de sus narraciones.
Como bien señala Abel Prieto en su excelente prólogo: “la narrativa de Jorge Luis tiene un don esencial que la salva definitivamente de la maldición de lo explícito, su método único, innovador, personalísimo, de aplicar la teoría del iceberg”
La corriente subterránea que subyace en cada uno de sus cuentos invita al lector a una participación activa, pues tendrá que adivinar los contextos aun cuando ellos resultan un tanto superfluos ante los dramas individuales de los personajes que no son ni buenos ni malos sino simplemente personas colocadas en el centro de la historia y arrojadas a situaciones de violencia por la fuerza de los acontecimientos en que se ven involucrados.
Si bien la lucha de clases o el enfrentamiento son el telón de fondo de los relatos reunidos en El jugador de Chicago, en su segundo libro es la enajenación del fin del siglo XX el tema fundamental, también velado, pero esta vez por una especie de niebla surrealista que se aprecia sobre todo en “El esfumador” e “Isis o la noche del espejo”, textos que están entre los mejores que haya escrito Jorge Luis Hernández, cuya evolución como cuentista nos pone a pensar en cuántas obras mayores nos hubiera dado si la muerte no lo hubiera sorprendido en su plena madurez profesional.
Eficaz en los diálogos, preciso en el lenguaje, este autor se caracteriza con un modo de decir que debe más al silencio que a su propio lenguaje.
Esa peculiar manera que señala Abel Prieto de entender la teoría del iceberg, convierte a la prosa de este narrador en un sugestivo juego con el receptor, donde no hay concesiones de ningún tipo: quien lea estas historias tendrá que esforzarse para comprender qué yace en el fondo de la aparente frialdad de un escritor lejano a las sensiblerías y los golpes de efecto.
Coincido también con Abel Prieto en que hay en su obra “una honestidad sin fisuras”. No existe en los textos nada que los pueda hacer clasificables en ninguna de las corrientes en que la crítica encasilla con frecuencia, las fluctuaciones temáticas y estilísticas de nuestra narrativa actual. Críticas en las que por cierto no se menciona casi nunca a Jorge Luis Hernández.
Es por ello, que opino que la edición de estos cuentos completos contribuirá a la revalorización de este escritor santiaguero cuyo universo está signado por un humanismo profundo y un rigor de escritura que lo coloca más allá de las modas pasajeras, quizás en la trascendencia o muy cerca de ella.
Editado por: Diana Fernández Fernández
