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Canarias, 2002

Virgilio López Lemus, 25 de noviembre de 2014

2002. Estoy escribiendo en 2014. Han pasado doce años y no me lo puedo creer. Al final de ese año murió mi padre mientras yo estaba en Gran Canarias. En la entrada del 2003 fallecería mi madre y mi vida daría un giro. El 21 de noviembre de 2002 salí de La Habana hacia Canarias, vía Madrid, con varios objetivos: celebrar el centenario de Dulce María Loynaz en Tenerife durante una semana: quedarme allí para una estancia de una segunda semana en esa Isla con la recién hallada familia Lemus tinerfeña y con mi primo el Dr. Miguel Lemus Romero, residente en Miami desde 1961, y una tercera semana para participar en el Festival Internacional de Las Palmas de Gran Canaria.

Al homenaje a la gran Loynaz asistieron también algunos cubanos dedicados de diferentes formas a la memoria de la insigne poeta y novelista cubana, entre ellos recuerdo al pianista Huberal Herrera, a la escritora Ivette Fuentes de la Paz y al escultor Carlos Enrique Prado. Recuerdo que iban otras personas, como Ana Cabrera o Carmen Mir... El anfitrión central fue el eurodiputado Sr. Isidoro Sánchez. El programa de actividades era denso.

Hubo desconexiones de vuelos en Madrid y llegamos a Tenerife Norte sin que nadie nos esperara. Al fin tomamos un taxi y nos fuimos a la distante ciudad del Puerto de la Cruz, donde nos hospedamos en el cómodo Hotel Masaru. Enseguida vino el pianista Othoniel Rodríguez a saludarnos, en especial a su amigo Huberal, y partimos con él hacia un recital de piano en un espacio llamado Entre amigos, en memoria de la época cubana de Othoniel, cuando tenía un similar programa de piano en el Parque Lenin de La Habana. Fue una noche muy grata.

El 23 salimos con Isidoro Sánchez, dimo un buen paseo por La Orotava, conocimos la bonita Iglesia de la Concepción y anduvimos por la calle de las alfombras, hermosa tradición de la gente de la villa de alfombrar con flores un tramo de calle ante la iglesia, en son de competencia. La Orotava conserva un «casco antiguo», pues es uno de los centros urbanos más longevos de  Islas Canarias, y fue hermoso conocerlo. Las nubes bajas permitían ver la cúpula majestuosa del Teide. Esa tarde me reencontré con el profesor y filósofo alemán Jurgen Misch, residente en Canarias y con su esposa cubana. Avisé de mi estancia en Tenerife a mis amigos el escultor Fernando Garcíarramos y la profesora universitaria Belén Castro Morales. En compañía de Ivette, pasamos con ellos una tarde grandiosa.

El 26 visité a Garcíarramos y a su esposa la pintora Arminda del Castillo y me relacioné hondamente con el mundo creativo de estos dos artistas insignes: sus cuadros, sus esculturas, los locales de trabajo, la bella casa en La Laguna, tan discreta por fuera como hermosa por dentro… Recuerdo los cuadros Génesis, Cosmos, Evolución, Raíces, en los que la pintora se lanzó al tema cósmico, a los astros imaginados, siempre con un hermoso toque vegetal. Usaba materiales insólitos como hojas de platanera, asfalto, látex, para sus temas geológicos, con colores cálidos, pocos azules, más rojos y naranjas, verdes, amarillos, negro… Escribí un texto sobre su pintura que luego salió como preámbulo de catálogo para una exposición personal.

Asistí a un Coloquio loynaciano en la Facultad de Periodismo, donde me reencontré con las profesoras Belén Castro, Alicia Llarenas, Hortensia Viñes, y otros amigos de las mágicas Canarias. Ivette Fuentes tuvo una intervención brillante; sentí alegría por su brillo y juntos nos fuimos a la inauguración de una calle con el nombre de Dulce María Loynaz en La Orotava, si bien resultó una lejana callecita de poco menos de doscientos metros de extensión y en la que solo había una puerta de familia, el resto eran paredes posteriores de edificaciones que daban a otras calles. Pero lo que importa es el valioso gesto de llamar a un sitio con el nombre de una mujer que puso el de las Islas Canarias en la literatura mundial con su extraordinario Un verano en Tenerife. Asistieron las autoridades provinciales y de la ciudad orotavense y el cónsul cubano. Tras el lanzamiento de una biografía de la Loynaz, obra de Ana Cabrera (quien optó luego por no regresar a Cuba) tuvimos una cena hermosa.

El 27 de noviembre me tocó mi conferencia en la Facultad de Periodismo, donde proseguía el Coloquio. Al mediodía, la emisora radial Onda Cero me hizo una entrevista. Carmen Mir inauguró una exposición de su pintura y Huberal dio un hermoso recital de obras de Lecuona. El 28 ofrecí una nueva conferencia, esta vez «La Habana en Jardín», y en la tarde noche fuimos a Tacoronte, a la casa de la familia de Belén Castro, junto a su madre la escultora María Belén Castro y su amable esposo. Me entró un sueño atroz cuando dialogábamos junto a la piscina familiar… Tuve que pedir permiso para descansar un poco y, ¡oh vergüenza!, me dormí profundamente. Me llamaron al irse el grupo, y la escultora me dijo en broma: «--Virgilio, esperemos que en su próxima visita esté más locuaz». Por suerte, al año siguiente la visité en su casa de Santa Cruz, bajo sobrada locuacidad.

En el bello jardín del Hotel Taoro, Carlos Enrique Prado develó un busto escultórico suyo en memoria de Dulce María. Fue un acto extraordinariamente bello y a la altura del centenario de la dama homenajeada. Allí mismo varios poetas leímos nuestros propios textos y algunos de la Loynaz. Esta plazoleta del Hotel es un sitio muy hermoso y bien cuidado, con una fantástica vista de la costa tinerfeña. También tuvimos otro recital en la tarde del sábado 30, en un antiguo castillo dedicado al turismo. Era el acto de clausura de los homenajes a Dulce María Loynaz, en un salón de actos sumamente cómodo. Mi madre cumpliría al día siguiente sus noventa y tres años en La Habana y le dediqué mi lectura. En medio de mi recital entró mi primo Miguelito (Michael, pues desde sus catorce años vive en Miami), al que muy claramente reconocí por «la pinta» familiar. Se sentó discretamente en el fondo de la sala y nos vimos tras la intervención pianística de Othoniel y Huberal.

A partir del 1 de diciembre nos separamos todos. Yo viajé con mi primo desde el Puerto de la Cruz hasta Santa Cruz de Tenerife, donde nos hospedamos en un hotelito, en una demasiado pequeña habitación que yo había reservado antes. Pero Miguelito ya tenía bien localizada a la familia Lemus de la Isla y esa misma tarde nos encontramos con ellos. Al día siguiente nos mudamos para su casa. Fue realmente grato hallarme ante un primo directo de la línea de mi madre, muy parecido a los Lemus cubanos, y luego, en su casa, ver a un montón de hermanas suyas que rememoraban por sus físicos a sus primas también cubanas. No solo repetían el físico de mis tías, sino también los nombres del grupo familiar de Lemus de Cuba: Domingo, Fernando, Cesárea, Natalia… La familia Lemus Amaro se reunió varias veces para darnos la bienvenida: vimos fotos, hicimos anécdotas y fue bien hermoso este reencuentro de personas de un mismo tronco familiar, separadas por el océano y los años, desconocidos los unos de los otros y con costumbres similares. Hice una grata relación con el grupo del primo Fernando y su esposa Lupe, y al año siguiente me quedaría una semana con ellos.

Luego de los encuentros familiares, un viaje al Teide y paseos por la Isla, Miguelito y yo decidimos irnos a la tierra original de la rama Lemus de nuestra familia, lo que hicimos el 5 de diciembre en barco hasta La Gomera. Al descender en la montañosa isla, sentí una rara sensación de angustia; dimos un ligero paseo por San Sebastián y seguimos viaje hacia la localidad natal de nuestro abuelo, Hermigua, breve caserío en las márgenes de un gran barranco, con iglesia parroquial, comercio y edificio de la municipalidad. Sobre todo, nos reunimos en la Iglesia de la Encarnación con el párroco don Jorge Concepción Feliciano, que nos facilitó revisar los libros de bautizos del siglo XIX, donde hallamos una enorme cantidad de datos sobre los orígenes familiares a partir del abuelo José, y aun de muchas generaciones atrás, desde 1650. Nos llevamos varias certificaciones de bautismo.

Hermigua es una localidad plena de terrazas donde se encuentran enclavadas las casas, distantes unas de otras. Tiene una carretera central que se convierte en dos calles al llegar a la iglesia y en dos o tres pequeñas perpendiculares que no alcanzaban nunca los cien metros, más la proximidad de la costa atlántica… Tras la ardua labor (comenzada el día antes en el Archivo Diocesano de Tenerife, donde fijé la fecha de nacimiento de mi abuelo don José Domingo Serafín el 19 de marzo de 1876), no nos dio tiempo a recorrer la breve villa; nos fuimos a dormir a un cómodo y muy económico aparthotel llamado Los Telares, propiedad de una señora llamada doña Maruca Gámez, no sin antes dar un paseo nocturno por la zona donde debió de vivir la familia de los Lemus en el barrio de Las Sabinas. Ningún descendiente quedaba allí, todos viven ahora en Cuba o en Tenerife, fundamentalmente. Fijamos apellidos relacionados con la familia Lemus: Lemos (como variante del mismo apellido), Herrera, Hernández, Rodríguez, Méndez, Armas, Ballaoli, Fragoso, Montesinos, Bencomo, Díaz, Amaro, Padrón, Henríquez, Cámara, Negrín, Cabezas, Mora… y ya se dilataba en exceso la familia.

La Gomera tiene la misma extensión territorial que la ciudad de La Habana, solo que con cumbres de más de dos mil metros y zonas de laurisilva preciosa. Al amanecer nos vino a buscar José Simancas, que nos ofreció uno de los paseos más hermosos que yo haya dado. Miguelito estaba muy feliz. Estábamos cumpliendo un viejo sueño familiar: volver al sitio de origen del abuelo fundador. Los roques de Hermigua se parecen un poco, solo que son mayores, al pico del Husillo de Fomento, ciudad del centro de Cuba donde José Lemus Herrera fundó su familia. En el Alto Garajonay vimos arroyos cristalinos surgidos del ordeño rocoso de las nubes, el jeep del amigo Simancas paró sobre uno de ellos y descendimos en un lugar puro paraíso, de gratísima humedad, entre vegetación jurásica y pinus canariensis. Un rato en el Mirador del Dinero permitió ver el Gran Valle del Rey.

Conversamos con majos (campesinos, la palabra viene de majoreros) y entre rocas y precipicios conocimos varias localidades insulares como Arguayuda y la Ermita del Buen Paso, Imada, Alajeró, y nos llegamos a Santiago, donde comimos almagrote en un restaurante llamado El Orone. Los gomeros pensaban que éramos de Godelandia, o sea, del país de los «godos», que así llaman a los peninsulares españoles. Nadie nos hacía preguntas pese a la pinta de extranjeros, pero por los nombres de sitios y comidas parecía que estuviésemos fuera de la hispanidad. Al anochecer llegamos al barco en el minuto exacto en que zarpaba y dimos un par de saltos desde tierra firme para abordar, y algo nerviosos, dijimos adiós a Simancas, nuestro anfitrión, quien nos hizo hasta una entrevista en su emisora radial de Santiago.

Del puerto de Los Cristianos nos fuimos a Santa Cruz, con la familia Lemus. Nos contaron que el primo tinerfeño Luciano Lemus había estado décadas antes en el Vaticano, cuando de pronto escuchó al Papa Juan XXIII decir: «¡Oh, Lemus!», y se sintió muy emocionado creyendo que el monarca eclesial lo saludaba especialmente, quien en verdad decía «¡Oremus!» Tras la grata estancia familiar, conociendo más primos (Javier, nuestro guía, Mercedes, Lupe…) el 8 de diciembre nos fuimos, Miguelito hacia su clínica de Miami, vía Madrid, y yo al Festival Internacional de Poesía de Las Palmas de Gran Canaria, pronto a comenzar. Lo cual será otro relato.

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