Luis Gonzaga Urbina: al abrigo del peñón costanero
Este año en curso es significativo para cuantos en la América de habla española siguen la obra del poeta Luis Gonzaga Urbina. Se han cumplido 150 años de su natalicio, el 8 de febrero de 1864, y se conmemoran ahora 80 años de su fallecimiento en Madrid el 18 de noviembre de 1934. No pueden, pues, pasar inadvertidas ambas fechas para quienes en Cuba lo han leído y leen, para quienes recuerdan sus vínculos con la patria de José Martí.
Porque, curiosamente, Luis Gonzaga Urbina se detuvo en esta Isla en más de una ocasión, y siempre fue bienvenido, acopió amigos y se leyeron sus versos.
Como “periodista y poeta con singulares aptitudes” calificó el crítico cubano Raimundo Lazo al escritor mexicano Luis Gonzaga Urbina, cuyo retrato aparece en la portada del semanario El Fígaro en su edición del 21 de marzo de 1915. Por aquella fecha Urbina estaba en Cuba... pero no en La Habana, sino en el Campamento de Inmigración ubicado en el villorrio de Mariel, cuyas calles recorrió, donde dialogó con los vecinos y cultivó amistades entre la humilde gente de allí.
Urbina escribió entonces una colección de once sonetos agrupados bajo el título El poema del Mariel, fechado en marzo de 1915 y dedicado “a mis amigos los pescadores”. Allí se leen estos versos hoy del todo olvidados:
Amigos, dadas vuestras toscas manos; las quiero
para esconder en ellas mi débil mano suave,
que sentirá las gratas impresiones del ave
que descansó al abrigo del peñón costanero.
Se hallaba el poeta en sus 50 años y era uno de los líricos mexicanos más importantes del período de transición entre el romanticismo y el modernismo. “Habla con entusiasmo, matizando su pensamiento con metáforas admirables y frases bellas”, apuntaba el crítico Bernardo G. Barros, secretario de redacción de El Fígaro, revista que lo acogió y le abrió sus páginas.
A Luis Gonzaga Urbina lo acompañaban dos compatriotas del ruedo de las artes: el compositor de la muy popular canción Estrellita, Manuel M. Ponce, y el violinista Pedro Valdés Fraga.
A los tres los arrastraba a la emigración la situación política de México durante la segunda década del siglo XX y en Cuba sintieron la solidaridad, el contacto cordial de los colegas de la Isla, empeñados en atenuar las penurias económicas y añoranzas espirituales de los recién llegados.
En el Conservatorio Nacional Hubert de Blanck recitó Urbina sus poemas, mientras Ponce y Valdés Fraga interpretaron música compuesta por ellos. Conferenciante, narrador y cronista de serena prosa, Urbina colocó sus trabajos en El Fígaro, El Heraldo de Cuba y otras publicaciones, y en los sectores intelectuales se le reconocieron de inmediato el talento y mérito acopiados.
El escritor residió en una casa de huéspedes habanera, localizada en las esquinas de Prado y Virtudes. La experiencia le inspira estos versos:
Este es soldado, aquel teósofo,
este tahúr, artista aquel,
y un comerciante, y un filósofo…
¡Si es una torre de Babel!
Impartió clases y dejó su huella de poeta por todas partes. Urbina también viajó por el interior del país y en noviembre participó en los festejos del municipio de Camajuaní, actual provincia de Villa Clara.
Fue en Cuba donde escribió El glosario de la vida vulgar, con palabras introductorias de Amado Nervo. Publicado en Barcelona en 1916, es un texto en el cual abundan los trazos autobiográficos. En abril de ese año atenúa su soledad la presencia de la esposa, que lo acompaña por algún tiempo.
Posteriormente partió hacia Madrid y se conoce que en otras varias ocasiones pasó por La Habana en breves tránsitos de España a México y viceversa.
La carrera literaria de Luis Gonzaga Urbina incluyó el género periodístico, la narrativa, el ensayo y la poesía, con obras recordadas como Lámparas en agonía, El corazón juglar, Cancionero de la noche serena, Lorena, entre otras.
Su cadáver, llevado a México, fue sepultado en la Rotonda de las Personas Ilustres. Pese al tiempo transcurrido, Luis Gonzaga Urbina continúa siendo y es tenido como uno de los poetas mexicanos más importantes del siglo XX, lo cual no es poco en una tierra de abundante fertilidad literaria como la vecina nación.
Editado por: Dino Allende
