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Ser poeta en Cuba (1980-2000)

Ricardo Riverón Rojas, 28 de noviembre de 2014

-I-

Las dos décadas de este período, en lo político y social –incluyendo lo poético, por supuesto– no pueden leerse al margen de las oleadas migratorias que las marcaron en 1980 y 1994. Y no es que los poetas se concentraran en reseñar líricamente aquellos acontecimientos, sino que sus resonancias en el espíritu nacional les incorporaron nuevas visiones –cada una en su momento más cruenta y desgastante– a la crónica que subyace en toda poética. Fueron sucesos de gran impacto en el imaginario simbólico de la Cuba de aquellos días: se subvirtieron paradigmas, se polarizaron actitudes, se hizo patente una vez más que la vida de los cubanos debía transcurrir en una lógica donde el sentido de “lo histórico” aplanaría el de “lo cotidiano” en un sostenido afán por incorporarlo a su discurso.

El otro acontecimiento que delimitaría un antes y un después en la vida cubana fue la debacle socialista, casi general, de finales de los 80 e inicio de los 90. La poesía, elemento vivo y mutante de la sociedad, acompasó su latir con la sintonía de las numerosas frustraciones y las nuevas expectativas que debimos inaugurar.

No cabe duda de que estuvimos ante coyunturas de naturaleza trágica y –como casi todo– no desprovistas de ribetes cómicos. Las cínicas reseñas de la prensa internacional trataron de manera burlesca las noticias casi diarias sobre los secuestros de las lanchas de Regla, en las cuales los ejecutores pretendían absurdamente escapar hacia Miami a través de la bahía. Con el usufructo de tal estilo esos medios montaban una socarrona réplica de la tiesa y enfática proyección con que nuestros locutores de televisión reportaban los hechos. Numerosos chistes afloraron sobre el asunto. La sucesión delirante del galimatías –embarcarse con un destino y verse de pronto yendo a otro– semejaba una versión patética de aquel juego infantil en que uno pedía “una candelita” y lo mandaban “a la otra casita”.

En torno a los sucesos de la embajada del Perú, la emigración por el puerto del Mariel y el calificativo de “escoria” para quienes, en 1980, aspiraban a emigrar, se había fomentado también, en su momento, un copioso trasiego de cuentos, cuartetas, décimas y chascarrillos. La socorrida propensión cubana al choteo, mezclada con la machacona y trillada retórica política que la contrarrestaba hizo que la atmósfera comunicativa de ambos momentos se cociera como un raro caldo de mixtura imposible y transmisión estridente.

De aquel humor popular tan corrosivo en sus alusiones evoco, aunque disgregue, una anécdota cargada de connotaciones: resulta que una mañana de finales de 1980 –ya finalizado el éxodo masivo– mientras la policía desarrollaba su pesquisa para investigar el hurtó del café y los cigarros de lo que los cubanos llamamos “la cuota” en la bodega La Victoria, de Cárdenas, irrumpió en el lugar un repentista que, ni lerdo ni perezoso, sin calcular las consecuencias de su cuchufleta compuso y dijo en voz alta la siguiente: Se robaron el café / y el cigarro en “La Victoria”, / y no puede ser la “escoria”, / porque la escoria se fue.

Pero mientras esto ocurría en el plano popular, la poesía de ánimos más serios, siempre atenta al diálogo oblicuo, fue fundiendo diversos metales en su retorta y, tal vez lentamente, pero prestando más atención a sus resonancias ontológicas construyó otro diálogo, más sutil, con las sensibilidades.

Ya desde la década de los 70 la sociedad cubana, en tanto referente para los poetas, había modificado sus estructuras, y al concluir el proceso de institucionalización, iniciado en 1975 con la nueva división político administrativa y la creación de las instancias legislativa, ejecutiva y judicial, desaparecieron algunos organismos que operaban de facto, como el Consejo Nacional de Cultura, que dio paso al ministerio de ese ramo. Este simple paso, y la designación de un ministro con un concepto menos autoritario de la cultura, modificaron en buena medida, durante la siguiente década, el pacto intelectuales-instituciones, sobre todo porque inauguró un diálogo más inteligente y flexible con aquellos. Atrás quedaron los amargos pogromos derivados del I Congreso de Educación y Cultura, con sus parametraciones y silenciamientos absurdos. Los artistas a quienes se les enajenara su condición volvieron a ser presencia pública, y el retorno llegó beneficiado por el propósito de borrar (o atenuar) la marca –fijada a hierro candente– de la grupa de los “parametrados”. Antón Arrufat, César López, Manuel Díaz Martínez, Pablo Armando Fernández, Eduardo Heras León, Norberto Fuentes y otros escritores disfrutaron de un renacer que en algunos casos condujo a una mayor y mejor promoción que la que antes pudieron disfrutar. Sin posibilidad de rehabilitación quedaron, por ejemplo, José Lezama Lima y Virgilio Piñera, fallecidos en 1976 y 1979 respectivamente. Igual, Heberto Padilla, Guillermo Cabrera Infante y Reynaldo Arenas, que tras emigrar prefirieron desaparecer del panorama literario de la Isla si este era alentado y sustentado por el estado revolucionario. Hoy son, todos ellos, iconos de obligada referencia para quienes hacen usufructo de la poesía como arma política contra la revolución. En Cuba, nunca más después de aquellos desafueros, el poder esgrimió con tanto desprejuicio sus pautas de interdicción.

 -II-

Aquellas reivindicaciones trajeron también sus demoliciones. El autoritario discurso coloquial, monopólico durante las dos primeras décadas que sucedieron al triunfo revolucionario, enfrentó su primera crisis de credibilidad en los ochenta. Las cotas de rigor que se le habían fijado (¿autofijado?) al lenguaje poético, los protagonismos líricos, la actitud del sujeto poemático, desplazaron las preferencias de los creadores emergentes hacia una poesía suntuosa, de ambientes universales o en sintonía con discursos retomados de los paradigmas occidentales (lo griego o latino, lo clásico o neoclásico, lo bíblico), donde prevalecía aquella ahistoricidad que tan buenas armas les había dado a quienes tuvieron la tarea de desmembrar poéticas y personas cuando el caso Padilla. Y en el centro, como figura irradiadora, la de José Lezama Lima, propulsada por su bien ganado prestigio literario y el halo adicional de su absurdo desencuentro con las instancias de gobierno.

Pero no se trata de un proceso que fluyera espontáneamente, sin batallas. Los jóvenes poetas que comenzaron a ser presencia en los 80, pese a que hallaron un camino que se iba despejando por los cambios a nivel de pensamiento político en el país, tuvieron la osadía de enfrentar su concepción de la poesía con otra ceñida a un canon configurado desde códigos políticos de servicio a un ideal. Fueron tensos debates. Se proponían los nuevos proclamar, legitimar y defender para la poesía un reino autónomo –situado en áreas más sutiles de la intimidad humana– donde la expresión poética estableciera sus validaciones, devaluaciones y programas de crecimiento espiritual. Vale concluir, además, que también, en el terreno de la vida literaria, esa pugna pasaba por el propósito de ganar el control de las instituciones.

Sobre el más tenso y decisivo cruce de opiniones que quizás se librara, en un espacio colectivo, en pos de hacer valer una nueva forma de entender la poesía, y sobre todo su papel en la sociedad, la reseña hecha por Arturo Arango en su libro Segundas reincidencias (Editorial Capiro, 2002) se expresa con la lucidez y elocuencia testimonial que solo los protagonistas de los hechos pueden reproducir. En el capítulo titulado “Historia de otra pelea cubana contra los demonios”, Arango –partícipe del encuentro– deja constancia, con no pocos detalles, de lo que fueron los debates que caracterizaron la reunión de jóvenes escritores con el ministro de cultura, Armando Hart, en la Fundación Alejo Carpentier en abril de 1984. Las posiciones más conservadoras defendidas por los coloquialistas y “comisarios” en declive, clamaban por un arte “realista” en el chato sentido que se había impuesto desde inicios de los sesentas, mientras los más jóvenes se definían como “Una voz menos sujeta a las normativas que imperaron en los 70, menos necesitada de demostrar su filiación política y más decidida a romper no solo con los cánones formales del conversacionalismo, sino también con su cosmovisión [que renovaría] por apropiación el carácter afirmativo y testimonial, de sentida responsabilidad ética ante la consagración de lo cotidiano” 1.  

No se puede decir que la poesía se empeñara en dejar constancia explícita de los sinsentidos que nos hacían, pese a las bondades del proteccionismo socialista, una sociedad en varios sentidos disfuncional, pues todo se daba en el terreno de lo alusivo y simbólico. Pero en las creaciones de Sigfredo Ariel, Emilio García Montiel, Alberto Rodríguez Tosca, Frank Abel Dopico, Heriberto Hernández Medina, Rolando Estévez, Arístides Vega Chapú, Pedro Llanes, Jesús David Curbelo, Ramón Fernández Larrea, Roberto Méndez y otros, un nuevo sujeto lírico, cuestionador y despojado de compromisos con una épica que solo se les hacía real en los discursos, inició un diálogo menos condicionado con los lectores. De más está decir que en ese sutil descomprometimiento, quienes aún alentaban ánimos de represión vieron actitudes contrarrevolucionarias. Y a la vera de esas consideraciones desataron extemporáneos demonios que los condujeron hasta el mayor desencuentro, en 1988, con los lamentables sucesos de la librería El Pensamiento, de Matanzas. Pero esa es una historia que, para bien de todos, concluyó con un radical pronunciamiento y enérgicos actos reivindicativos de las instancias oficiales.

Aquel desaguisado no detuvo a los batalladores jóvenes que, además, llamaron a su panteón a algunos de los poetas que por edad debieron debutar en las décadas anteriores y, por causas estéticas o de otra índole, se hallaban relegados o invisibles  en el espacio público. Así Roberto Manzano, Alex Pausides, Alejandro Querejeta, Aramís Quintero, Delfín Prats y Emilio de Armas, entre otros, recibieron el espaldarazo de la nueva perspectiva crítica que esta promoción retomó. De igual forma lo recibieron Raúl Hernández Novás y Ángel Escobar, que aunque habían publicado en el lustro final de los setentas sus libros: Da Capo y, Enigma de las aguas, Raúl, y Viejas palabras de uso, Ángel, eran prácticamente desconocidos hasta entonces. Hoy son figuras imprescindibles. Reina María Rodríguez, que en los setenta había publicado La gente de mi barrio, fue también rápidamente acogida en ese grupo, pese a que su libro premio Uneac de 1980, Cuando una mujer no duerme, mostraba cierta fidelidad a muchos códigos del coloquialismo. La propuesta, ya diferente, de Para un cordero blanco (premio Casa de las Américas, 1982), hacía mucho más orgánica esa pertenencia, sin que este juicio indique que los anteriores libros carezcan de valores.

En los ochenta, tras los primeros desencuentros, comenzó para la poesía cubana una etapa de convivencia más armónica que la que le precedió, sin que por ello podamos afirmar que todas las asperezas habían sido limadas. No sería hasta la década siguiente que algunos de los otrora furibundos coloquialistas regresarían, con nuevas perspectivas –poéticas y políticas– a ocupar espacios visibles en la vida literaria nacional. Lo que sí quedó superado, al parecer para siempre (cruzo los dedos) fue aquel torpe e injusto método de devaluar la poesía desde los buroes de los funcionarios o desde voces espurias reclutadas con tal fin.

-III-

Los 90 eran el supuesto apocalipsis. En ese propio año se decretó el inicio del Período Especial y cerraron las editoriales, las revistas, se redujeron la tirada y frecuencia de los periódicos. Se inició la era de imprimir plaquettes, desparecieron muchos eventos (como el nacional de talleres literarios). En lo referido al abastecimiento y los servicios vitales, los ajustes fueron sumamente traumáticos, dramáticos y hasta trágicos. Se impuso la precariedad para todo y hasta la sobrevivencia, en su más descarnado y elemental sentido, estuvo en juego.

Por paradójico que parezca, fue a inicios de los años noventa que la mayoría de las editoriales con sede en provincias, comenzaron su accionar en el panorama literario cubano. Solo tres: Ediciones Holguín, Ediciones Matanzas y Ediciones Vigía habían iniciado su gestión en el último lustro de los ochenta. Tal descentralización, junto con la evolución de la propia poesía trajo aparejado, por proliferación excesiva, una subversión de los cánones, tanto en lo editorial como en lo literario, cuyo resultado más visible vino a ser una pérdida de prestigio de la poesía ante el lector cubano. Tal fenómeno se haría más visible a partir de 2000, fecha en que se dio el paso más arriesgado de una “masificación” que incrementó exponencialmente y de manera casi caótica los autores publicados, sin que ello se correspondiera con un tránsito de los debutantes por instancias de iniciación –imposibles de saltar sin pagar duras consecuencias–, ni del estudio de la demanda. Se hizo práctica común el usufructo alucinante de un igualitarismo falaz que a su vez desembocó en un limbo acrítico (al menos así fue en provincias) y una insana promiscuidad entre espacios profesionales y aficionados, enrarecidos además por factores retributivos, como la legislación que estableció el pago de la comunicación oral de la obra literaria, en pos de cuyos dividendos se desataron espurias competencias.

La poesía, no obstante siguió su tránsito, ahora en medio del ruido informativo que generaba la proliferación casi anárquica. Ganaron espacio: la expresión performática, una vez más los experimentos estructuralistas, la inconsecuencia coordinativa intraoracional, la influencia del zen y otras sabidurías orientales, la poesía gay, algunas experiencias regionales interesantes2, una vez más la de reivindicación racial… Sin embargo fue la de los noventa la década donde, pese a rencillas estéticas, se alcanzó una relativa y salomónica convivencia de enfoques poéticos sin que ello entrañara devaluaciones de ningún tipo para sus cultores. Constituyó también el período en  que comenzó la descongelación de figuras que, por haber emigrado, en décadas anteriores no ocupaban espacio en las publicaciones y valoraciones circulantes en la Isla. Se acuñó y aceptó de buen grado, mediante textos poéticos y ensayísticos, el concepto de “literatura de la diáspora”.

No obstante esa pluralidad de enfoques y tendencias, contrario a lo que ocurrió con la narrativa, la poesía de ese período no se propuso enfocar su testimonio de las pérdidas morales acaecidas en nuestra sociedad desde lo sociológico, sino desde lo existencial, aunque sí predominó un escepticismo descarnado que puso dentro de su matraz todos los paradigmas que hasta entonces sustentaron nuestro proyecto de país, los maceró y mezcló en pos de una sustancia nueva. No fueron presencia mayoritaria en nuestra poesía de entonces textos sobre las nuevas tipologías: jineteras, macetas, yumas…

Otra característica –que hasta hoy continúa– del acontecer poético de ese decenio es la reasunción del concepto de grupo junto a la alineación en torno a figuras tutelares, prácticas que en el ambiente republicano demostraron su eficacia. El salirse un tanto de las instituciones e iniciar un fluir paralelo a estas fue también un modus operandi que, en la dinámica literaria del país, comenzó a manifestarse con vigor en los duros años noventa. 

Ser poeta en Cuba, como siempre, siguió siendo un empeño de personas comprometidas con cierto sentido irracional y mesiánico. Una especie de destino ineludible. Significó también, y aún hoy es de esa forma, la posibilidad de sentir en algún lugar de nuestras intimidades, que la sensibilidad y la experiencia humana contenidas en el oficio poético asumido como responsabilidad profesional, y hasta política, superan todas las coyunturas sociales y económicas, por adversas que sean, y que muchas veces estas se expresan a contrapelo de los nobles espacios y proyectos que las instituciones oficiales erigen a su favor.

Santa Clara, 25 de noviembre de 2014

 

Notas:

[1]Arturo Arango: Segundas reincidencias; Editorial Capiro, Santa Clara, Cuba, 2002; ISBN 959-7035-91-X; p.58.  En el entrecomillado reproduce –según advierte–  palabras de Osvaldo Sánchez. Los corchetes son míos.

[2] Dos de las más notables que conozco son la del Café Bonaparte, de Contramaestre, y la del grupo Antares, de Manicaragua, aunque en ambas predomina la narrativa.

 

Editado por: Diana Fernández Fernández

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