La memoria histórico-cultural de las traducciones
En Ayití los creadores no se han sentado a esperar que la tormenta pase, siempre han sabido bailar bajo la lluvia. En este diciembre de 2014, su Feria Internacional del Libro tendrá a Cuba como país invitado. Nuestra sección “Traduttore traditore”, de Cuba Literaria, se suma a este acontecimiento cultural y da a conocer una selección de textos/homenaje de la autoría de un grupo de poetas de expresión francesa haitianos y de la región, seleccionados y traducidos al español por la que suscribe, especialmente, para esta ocasión los cuales, en su mayoría, salvo que se declare otra fuente, se han tomado del libro Pour Haïti, florilegio de 130 textos inéditos de poetas del mundo en apoyo al pueblo haitiano, cuya difusión y venta se destinó al financiamiento de sus bibliotecas devastadas por las catástrofes naturales, por coordinación de Suzanne Dracius, para la colección Anamnésis de la editorial Desnel (2010).
Quiero, sin embargo, abrir esta muestra con un fragmento inédito de mi traducción de la biografía novelada de Jean Michel Basquiat, escrita por el guadalupeño Ernest Pépin, dos veces Premio Casa de las Américas, y publicado por el ICL, quien narra, con un tratamiento poético muy singular del género biográfico -como si fuese el propio Basquiat-, que cuenta con esa impronta haitiana recibida de su padre que marcó, indeleblemente, la obra de este insoslayable artista plástico de la región:
Los negros de Haití tenían el gran mérito de haber vencido el Gran Miedo. Eran los protagonistas de esa hazaña ¡Lo inimaginable! Tenían el poder indiscutible de hacer malabarismos con los dioses y manejarlos a su antojo más allá de las barreras infranqueables, en las profundidades místicas de la muerte, en el fondo de las embestidas del amor, en el corazón de fuerzas invisibles. Frente a ellos, se abrían las puertas de dos mundos y las serpientes hablaban de los cultores de fetiches. Seguramente, más que la belleza, esa fuerza interior fue la que atrajo a mi madre. A sus ojos, el hombre sabía cómo cabalgar por mentes acostumbradas a los estremecimientos del trance. Cómo estimular un deseo, cosquillear una imaginación inspirada por él. Cómo ceder a la hora de inventar la isla de las islas formada con los diversos barrios de Puerto Rico, de Haití (…)
Se dijo que mi padre tenía dos maracas de oro que sacudía al punto de sacar de ellas una música divina. Una emulsión luminosa que hechizaba por acá y por allá júbilos íntimos preparándome para salir del vientre de la nada donde me mantenía bien quieto antes de abalanzarme al asalto de los colores. (...) Nací de un empuje violento de los dioses. Mi madre imaginaba humos de pipas, sombreros de paja, joyas insólitas, cañas torcidas y sobre todo vevés dibujados a ras de tierra, encajes de polvo blanco. Un mundo de espíritus, de sacrificios implorantes, destinados a combatir el imperio de las tinieblas. Mi padre se burlaba de esos estremecimientos nerviosos y captaba el frotar de sus maracas de oro que los dioses habían tenido la insolencia de confiarle. Él, hijo de Haití, la desgarrada, de donde había huido como se huye de una madre indigna. Ella, diseñadora de estampados textiles, vale decir, de sueños. Se amaron más allá de las cárceles infernales del señor Duvalier (...)1
Por su parte, el médico-poeta haitiano Jean Métellus, recién fallecido, laureado con el Gran Premio de poesía de la Sociedad Gente de Letras y con el Gran premio internacional de poesía Léopold Sédar Senghor, se había pronunciado en los siguientes términos y traduzco:
Los medios masivos de información y comunicación se aprovechan de la catástrofe para hablar constantemente de Haití como el país más pobre de las Américas con un deleite bien sórdido. Los autores de tales mensajes que van destinados, probablemente, a los haitianos, olvidan que si el país se ha convertido en el más pobre han sido sus gobiernos quienes a lo largo de los siglos han hecho todo lo posible porque así sea. Han sido las voluntades aunadas, convergentes, de las potencias del planeta quienes han devastado ese país, quienes lo han aplastado bajo el peso de indemnizaciones exorbitantes para volverlo tan pobre. Un poco de vergüenza a la hora de hacer esas acusaciones no les vendría nada mal a quienes las profieren. Olvidan que el 17 de septiembre de 1914, violando la soberanía nacional, soldados del cañonero americano Machias desembarcaron en Puerto Príncipe y robaron de las arcas del Banco Nacional de Haití quinientos mil dólares propiedad del estado haitiano, un valor afectado a la retirada del papel moneda. Dichos fondos se llevaron sin incidente alguno a bordo del buque de guerra con destino al National City Bank, en contubernio con el departamento de Estado, que había decidido esa brutal transferencia, alegando inseguridad política en Haití y el temor a que revolucionarios o amotinados se apoderasen, por la fuerza, de las reservas de oro. Un pretexto sin fundamento, porque si esos grupos hubiesen sido quienes se llevaron la suma, el único afectado habría sido el estado haitiano. Aparte del pago de la deuda (150 millones de francos oro) impuesto en1825 por Carlos V, o sea, el presupuesto anual de Francia de la época, bajo la amenaza de una escuadra de 528 cañones, que obligó al país a endeudarse desde el primer vencimiento, Haití se ha visto obligada, durante todo el siglo XIX a pagar indemnizaciones humillantes (...).
Pero, más allá de todos esos sórdidos asuntos de dinero, de intereses y de penalidades, hay un Haití profundo caracterizado por una rica historia cultural y un encanto sin igual, y de ese pasado no queremos hacer tabla rasa. Incluso Cristóbal Colón celebró esta isla: «todos que habitan una campiña sonriente recuerdan el lirismo de la reina Anacaona cantando Aiyti (tierra alta) o Quisqueya (tierra grande); ese apego natural a la tierra primigenia no ha desaparecido. Haití tiene un pasado; una historia verdadera: la fertilidad de su tierra, la suavidad de su clima, la incomparable belleza de sus paisajes le han valido el sobrenombre de la «perla de las Antillas». En la época de Anacaona, hacia los años 1495, sus poetas se llamaban sambas, sus dioses, zémès, y la propia Anacaona fue una poeta reconocida. Los habitantes sabían trabajar el oro, tejer el algodón, moldear el barro para hacer utensilios de cocina u obras de arte. Transmitieron a sus sucesores, los negros que vinieron de África, todos esos dones. Seguramente eso es lo que explica por qué los haitianos son escultores, pintores o músicos (...) Pese al analfabetismo que reina en el país, entre los letrados se cuenta un número considerable de escritores y de poetas que son reconocidos en las más importantes capitales del mundo. Después que exterminaron a los indios, los esclavos negros venidos de África, supieron conservar sus dioses, los dioses del vudú, y cómo rebelarse contra la suerte abominable que los colonos les impusieron, huyendo a las lomas; esos son nuestros ancestros: Macandal, Bouckman, luego Toussaint, cuyas luchas gestaron un país independiente y orgulloso de sus raíces. Desde 1804, los haitianos han creado un número incalculable de obras de arte en todos los géneros, ¿se querrá ahora acaso borrar ese patrimonio, olvidar todos los héroes, todos los que son la carne viva de nuestro país?
(Jean Métellus: Pour Haití, op.cit., pp. 53-55).
Por su parte, la novelista guadalupeña Maryse Condé, premio Putterbaugh, primera mujer y autora de lengua francesa que recibe en Estados Unidos esa distinción, a quien Casa de las Américas dedicó hace un par de años su Semana del autor y organizó la puesta en escena de mi traducción al español de su pieza teatral «Como hermanos», expresa:
En el gran debate que sigue sin respuesta «¿Puede el Arte salvar el mundo? No soy de las que responden afirmativamente. Soy partidaria de la acción política y de un combate donde lo que se ponga en juego sea físico. Pienso que se necesitan revoluciones verdes, una agricultura rentable, sistemas de irrigación y mosquiteros para los niños, y combatir la malaria si queremos lograr modificar el universo en el que vivimos. Sin embargo, cuando se trata de Haití mi opinión es algo diferente. Quince días después de la catástrofe (se refiere al terremoto de 12 de enero de 2010. Nota de la traductora) todavía los equipos de salvamento estaban retirando, de los escombros, a hombres y mujeres, casi deshidratados, aunque indemnes, visiblemente habitados por un furioso deseo de vivir. Creo que esa resistencia extraordinaria es imputable a una causa profunda. La magia de los creadores locales, pintores, escultores, artistas de la herrería, novelistas, poetas, músicos, compensa la fealdad de lo cotidiano, e insufla a cada individuo una preciosa energía. Gracias a ellos, la Belleza artística desplegada en abundancia sirve de antídoto a lo real. (Ibid, p. 60).
En suma, cierro con una secuencia estremecedora y elocuente del martiniqueño Charles-Henri Fargues, del sentimiento solidario, desgarrado y, a la vez, de esperanzadora trascendencia que recorre, pese a todo la fragmentada totalidad de tantas historias compartidas, nuestra región del mundo:
Qué cosa tan terrible pensar en Dhé sepultado, vivo e indemne, consciente de su encierro en el fondo de ese agujero de muerte, esperando, y esperando, hundido en toneladas de gravilla, de cemento, de cuerpos aplastados. O a lo mejor herido y todavía consciente, solo con sus pensamientos, atrapado entre escombros, debilitándose lentamente, maldiciendo el día en que decidió hacer aquel viaje, sumido en el absoluto silencio de esa cueva polvorienta, sin aire, sin luz. ¿Le hallarán? ¿Lo podrán salvar? (...) Dicen que hay barrios enteros aniquilados -arrasados-, que centenares de casas se desplomaron y aplastaron a sus habitantes. ¿Qué fue de la familia que había allí? ¿Quién sabrá quiénes eran, ni cómo se llamaban? ¿Conoceremos algún día qué fue de ellos? (…).
Los días pasaron lentamente, sin noticias, sin esperanza. Cuando llamamos, el teléfono allá suena, pero no hay nadie que responda. Y siempre esas imágenes lacerantes de El grito de Munch que me obsesionan. El perro levanta la cabeza. Se incorpora, empieza a mover el rabo y a ladrarle suavemente a la verja. Una silueta está bajando por el camino de piedra, abre el portal. Es viernes por la mañana, todavía temprano. Tengo a Dhé parado frente a mí. Flaco, sonriente, inquieto y me dice: “Jefe, la yerba ha crecido demasiado. ¿No ha pensado que es hora de conseguir gasolina para la podadora ?”.2
Notas
1 Ernest Pëpin: El caballo de Ogún. Biografía. Traducción de Lourdes Arencibia. Inédito. Premio «José Rodríguez Feo» de Traducción Literaria 2014, UNEAC. Versión digitalizada, p. 11.
2 Charles–Henti Fargues: “El teléfono no suena”, en: Pour Haití, Editorial Desne, 2010, pp. 371-372.
