El hechizo narrativo de Marcial Gala
El diablo intenta seducir a un joven y, al no lograrlo, lo condena a un priapismo doloroso. La familia del joven acude a diferentes soluciones que van desde un jarra de agua fría, los favores de una prostituta francesa hasta los servicios religiosos de un sacerdote. Pero todo resulta en vano. Al cabo de los días, el muchacho comprende que el único remedio posible para su estado de erección perpetua, no es otro que satisfacer los reclamos asquerosos de Satán. Y así sucede, solo que aquí se produce una muda interesante que no develaré al lector. El relato se titula “El hechizado” y es de la autoría del reconocido narrador y poeta Marcial Gala (La Habana, 1963), galardonado con el premio Nacional Alejo Carpentier en el 2012, por su novela La catedral de los negros, la cual recibió además, el premio Nacional de la Crítica de ese mismo año.
El cuento de Marcial juega con una sensualidad descarnada y es una suerte de homenaje paródico a los grandes textos de tema erótico de la literatura universal. Al leerlo, uno siente la respiración de Aretino, Cátulo, Petronio, Boccaccio, el marqués de Sade, Bataille, Henry Miller, Lezama y muchos otros autores que sentaron las bases de un discurso más apegado a la vida, sin las típicas mojigaterías de la falsa moral. El lector comprenderá, además, el flujo de reflexión filosófica que atraviesa el cuento, si bien el narrador no se detiene en digresiones de ese tipo. La subjetividad (léase también la sexualidad) humana es compleja, diversa, insondable, no pocas veces contradictoria. Eso parece apuntarnos Marcial con este cuento escrito en su primera etapa como narrador que, a mi juicio, revela rasgos significativos de su literatura posterior, tales como la intensidad y el simbolismo de la trama, el sentido lúdico de la narración, donde lo tragedia se expone con un lenguaje que oscila entre la poesía, el humor y la expresión cruda y directa, las frecuentes mudas del nivel de realidad y, sobre todo, la mirada siempre interrogadora y nunca banal hacia la condición humana.
La obra de Marcial Gala abarca títulos que lo sitúan entre los mejores narradores de la actual literatura cubana. Recomiendo a los lectores buscar en librerías y bibliotecas títulos como Enemigo de los ángeles (cuentos, Editorial Mecenas, 1995); EL Juego que no cesa ( cuentos, Editorial Letras Cubanas, 1996); Dios y los locos (cuentos, Editorial Mecenas); El hechizado ( cuentos, Editorial Mecenas, 2000); Sentada en su verde limón (novela, Editorial Letras cubanas, 2004); Moneda de a Centavo (poesía, Editorial Mecenas, 2009); Es muy temprano (cuentos, Editorial Letras,2013), Cubanas); La catedral de los negros ( novela, Editorial Letras Cubanas, 2012); Monasterio ( novela, España, 2013), esta última verá la luz en la próxima Feria Internacional del libro de La Habana.
El hechizado
Marcial Gala
Siendo aún muy joven tuve la lucidez suficiente para comprender que las mujeres serían muy importantes en mi vida. Eso me afectó en grado sumo. Comprendí que estaba destinado a despilfarrar todas mis energías siguiendo a esos seres que yo consideraba casquivanos, poco serios. Comprendí que todas las grandes cosas para las que me sentía reservado se alejaban hasta disiparse en el horizonte. De pronto, por esa desmedida afición hacia el género femenino, mi mundo estaba destinado a desmoronarse. Durante un tiempo que logro mesurar en meses me sentí perdido. Luego me pasó algo muy raro, enfermé de un mal del que nadie en la ciudad tuvo noticias antes de mi caso. Empecé a padecer después de un sueño que tuve con Satán: se me apareció en forma de un viejo obeso y desnudo, que sentándose al pie de mi cama, me rogó que le lamiera su hediondo ano. Tuve que aguantarme para no vomitar. Le escupí el rostro y él en castigo, me dijo que hasta que no firmáramos un trato mi pene permanecería erecto.Luego antes de que yo pudiera evitarlo me dio un obsceno beso en la boca y soltó una carcajada olorosa a dientes careados. Desperté y mi pene estaba erguido, y por mucho que me masturbé no logré que se me bajara.
Las horas pasaban y el pene empezó a dolerme por lo que llamé a mis padres. Ellos pusieron el grito en el cielo y mi madre me dio una bofetada. Mi padre, más práctico, le pidió a Rosita, nuestra joven criada, que buscara una jarra de agua fría y me la echara en la pelvis. Así se hizo, pero en vano, mi pene seguía erecto y yo le rezaba a Dios para que me librara de las tretas del oscuro, pero al parecer el Señor estaba de vacaciones. Pasaron los días, mis padres me hablaban y yo no podía oírlos, pues en mi mente bullía aún la carcajada del viejo obeso. Hora tras hora desfilaban ante mi lecho de enfermo, un variopinto conjunto de amigas de mi madre y deteniendo sin el menor recato los ojos sobre esa especie de montículo que formaba la sábana a la altura de la pelvis, se persignaban, que Dios nos ampare, o se abanicaban con firmeza.
Al fin, a la tercera semana, sobreponiéndose a su espíritu ahorrativo, mi madre le permitió a papá que llamara a un médico. Este doctor, alto y de barba gris, después de examinarme con desagradable atención, le dijo a mi familia que había que prepararse para lo peor y esperar lo mejor. Mi madre estalló en llanto y mi padre la abrazó.
─ ¿Y no se puede hacer nada?─ le preguntó mi padre al de la barba gris, y entonces el médico lo llevó hasta un rincón de la habitación donde mi madre no alcanzaba a escucharlos.
─ Que le traigan una puta─ susurró.
Al otro día la casa se anegó de un intenso olor a flores mustias y una especie de ave del paraíso se introdujo en mi cuarto, precedida por mi padre. Se hacía llamar Vicky, pero todos en la ciudad le decían la francesa. Poseía los gestos sigilosos de un gato y la habilidad manual de una tejedora de Silesia. Cuando mi padre nos dejó solos, sonrió y pude ver sus blancos dientes de animal nocturno.
─ Quítate la sábana─ordenó.
La obedecí.
─ Coño─ dijo contemplando mi miembro. Luego se despojó de la ropa. Yo nunca había visto una mujer desnuda. Yo estaba acostumbrado a la armonía de mis compañeros de esgrima y natación, quizás por eso la silueta de la francesa se me antojó imperfecta, plena de detalles superfluos. Yo miraba aquel par de pesadas tetas, aquel ombligo. Punto central de una barriguita incipiente y mi concepción estética se rebelaba. Esto es la mujer, pensaba yo, decepcionado, sin embargo, cuando la francesa se quitó sus zapatos de tacón alto, entró en mi cama y apoyó mi cabeza en sus senos, pude percibir entre la intensa fragancia de su perfume, un olor perturbador, cálido y ácido.
─ ¿Qué huele así?─ pregunté y ella entre carcajadas me explicó que las mujeres, al igual que los hombres tienen un centro… de allí emerge ese olor que tanto te perturba.
─No hay dos centros iguales, el mío es amargo en extremo, pruébalo y verás─ concluyó la francesa.
Lo probé y en verdad poseía el sabor de una fruta demasiado verde. Un sabor meridiano, nostálgico, que me retraía a mis años de infancia. Chupando el clítoris de la francesa volvía sentirme niño y terminamos haciendo un sexo furioso y rotundo que me dejó muy insatisfecho, porque mi díscolo pene seguía impunemente parado. Esa tarde me oí llamar por primera vez: monstruo. La francesa me midió el miembro, empleando para esto, una de sus transparentes medias de seda y dijo que nunca había visto uno así y que daba el trabajo por concluido. Llamó a mi padre y dijo que yo podía hacerme rico filmando películas pornográficas. Mi padre la llamó puta y ella le dijo que a mucha honra. Mi padre estaba furioso y yo estaba muy triste y cansado. El pene me dolía una barbaridad. Me olvidé de Dios. Me arrodillé y le pedí al diablo que viniera, que estaba dispuesto a venderle mi alma a cambio de unos minutos de flacidez.
Y esa noche, vestido con el cuerpo de una odalisca rubia y grácil, Satán entró a mi cuarto, yo lo reconocí pues eran los mismos ojos violetas del viejo obeso.
─Hola─ dijo con una voz de niña que fue como una caricia para mis oídos, acostumbrados a las sordas murmuraciones de mis padres. Se dejó caer en la cabecera de mi cama, sonrió y cruzó las piernas. Vestía una bata de seda y a través de la fina tela, pude ver sus senos pequeños y firmes. Cambié la vista.
─ Mírame─ dijo la rubia y cuando volví a mirar se había quitado la bata.
Estaba desnuda. Su cuerpo era la antesala de un infierno muy particular. A partir de su cuerpo empezaba todo, lo efímero y lo transcendente.
─ Mírame─ dijo el diablo y cuando lo miré, estaba desnuda y parada ante mí cama, y luego comenzó a dar los primeros giros de una extraña danza. El diablo era etéreo y sus cabellos rozaban el piso. Recuerdo la intensa fragancia de su clítoris, fragancia que me condenó a ir de mujer en mujer, buscando ese olor que no volvería a percibir. El diablo estaba ante mí ejecutando una danza y poseía la gracia febril de esos seres en los que uno no llega a creer del todo. Amé las nalgas del diablo. Me puse de pie, la sábana se deslizó por mis caderas y la adolescente se arrodilló ante mí. Empezaste a besarme el pene, niña misteriosa, salida de las oscuras aguas del Averno. ¿Por qué me perdonaste?, ¿por qué me elegiste a mí que soy perecedero y frágil? Nos deslizábamos por el mismo túnel hecho de tiempo y soledad y desde muy arriba, Dios nos miraba. Yo le acariciaba los cabellos. Ella de vez en cuando, alzaba la cabeza con una expresión tan suplicante que yo hubiera deseado que no fuera el demonio sino una de esas muchachas intangibles que a veces yo veía pasar por mi ventana y, que mirando a mi lecho de enfermo, solían gritar: ¡Hola Alberto!
La agarré por los delicados hombros de muchacha y la obligué a ponerse de pie. Su cara ya no parecía tan bella y sus ojos estaban llenos de una lascivia que no tenía nada de inocente.
─ ¿Qué pasa, tienes miedo?─ preguntó riéndose con la misma agria carcajada de cuando era un viejo obeso.
Le propiné una bofetada.
Entonces, el diablo me dio la espalda.
─ Padre, confieso que penetré el ano del diablo─ le dije yo al otro día a mi confesor.
─ Vade retro, hijo mío─ dijo el cura escandalizado, el ano del diablo es la abertura más hedionda del universo, de ese hueco salen todas las posibles abominaciones, no bromees con algo tan serio.
─ Pero si no bromeo, padre, dije y él ofendido me condenó a rezar trescientas avemarías por falta de respeto a la autoridad eclesiástica.
─ Padre confieso que penetré al diablo y su culo era redondo y estrecho y me agarré de sus largos cabellos y tiré con firmeza hacia mí, hasta que la muchacha rugió de placer y era, que después de mucho tiempo de no encontrar a nadie que pudiera satisfacerlo, se estaba viniendo al fin y entonces, padre, el clítoris empezó a vibrarle y de ese clítoris salía un sonido que era como el débil quejido de un alma en pena y le confieso padre que me sentí muy mal pues deseaba que ese sonidito nunca se acabara, pero sabía que era perecedero como todas las cosas diabólicas y humanas, yo sabía que lo eterno solo está en Dios, padre.
─ Grandes son tus pecados hijo mío, pero sigue.
─ Y padre yo sabía que había nacido para venirme dentro de este diablo, tan bella, tan fina, tan frágil, tan diferente a la francesa y a las amigas de mi madre, pero estaba muy triste porque sabía, que ella, el diablo, se iba ir a pervertir otras almas y se iba a ir dejándome tan solo, padre, tan solo.
─ Hijo mío, estás en pecado mortal, pero sigue, no te detengas.
─ Yo seguí moviéndome con desafuero, hasta que sentí un vagido, unas ganas de hacerme pedazos y halé al diablo por los cabellos y le mordí la espalda y era que me estaba viniendo, padre, y el clítoris del diablo vibraba y ella daba alaridos y yo también gritaba y nos veníamos juntos, padre, y el diablo era sabroso, padre, su saliva sabía a flor de regaliz padre y después estábamos tirados en la cama y era yo el que le chupaba el clítoris padre y comprendí que no había nada como esa pequeña semillita conocida vulgarmente por perilla y chupándosela a Satanás, alcancé algo que en mi desafuero me atrevo a nombrar como el Cielo, claro que no era un cielo azul, sino color carne encendida. Padre, ¿aún me oye?
─ Sí, hijo mío, sigue.
─ Y cuando acabamos, el diablo me dijo que nunca en su experta vida de especialista en jodederas la habían hecho gozar tanto, que estaba satisfecha de la vida y que yo tenía un pene y una boca sagrados y que Dios me los conservara para siempre jamás y hasta el juicio final, y que como recompensa me iba a otorgar una gran merced.
─ ¿Y qué te dio, hijo mío?
─ Padre, me dijo que cada vez que una mujer me deseara, iba yo a oír su clítoris vibrar con el mismo sonido de gloria que tanto me fascinó cuando la penetré por el culo.
─ ¿Y tú le creíste hijo mío?
─ No padre, claro que no, pero si usted supiera, padre, hoy por la mañana cuando Rosita, la criada, entró a mi cuarto, sentí un clandestino rumor que solo podía venir de un lugar muy peculiar y entonces, sin esperar, sin cerrar siquiera la puerta, me levanté y me le encimé a Rosita, Padre, y el vibrar se intensificó y la alcé en mis brazos y ella me decía si no me suelta, señorito, voy a gritar, pero el sonido era más intenso que su voz y la acosté en la cama y ella, voy a gritar y yo le levanté faldas y enaguas y vi que Rosita usaba un minúsculo blúmer negro que solo podía ser la dádiva de un pequeño diablo muy retozón. Ay, señorito, por lo que más quiera, no, miré que su padre puede entrar, decía la muchacha, pero el clítoris le vibraba, padre, y cuando le quité el blúmer Rosita estaba húmeda y olía también a flor de regaliz ¿todas mis mujeres tendrán que oler ahora a flor de regaliz, padre?
─ No sé, hijo mío, eso pregúntaselo a ese diablo tan sabihondo.
Como despedida la muchacha diabólica me dio un beso largo y húmedo y por la mañana, para alegría de mis progenitores y alivio mío, mi pene ya no estaba parado. Obvio decir que no les conté nada.
Y así fue como empezó todo. Mañana le escribiré una carta al Papa. Empezaré así: Santidad, cada vez estoy más convencido de que soy un personaje de ficción, sin embargo sobreponiéndome a esa desagradable impresión que nos convierte a usted y a mí en meras entelequias, me atrevo a interrumpir su asueto para pedirle que me mande algún exorcista, experto en retorcidos demonios. No puedo más, tengo treinta y cinco años y durante todo este tiempo no he hecho más que satisfacer las inmoderadas exigencias de mi pene…
Editado por: Diana Fernández
