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Ser poeta en Cuba (2000-2014)

Ricardo Riverón Rojas, 13 de diciembre de 2014

En lo tocante a la evolución de los estilos y modos de asumir el oficio poético, al compararlas con la década precedente, poco han cambiado las rutas seguidas por los creadores de este género en los primeros catorce años del presente siglo. Si acaso, se ha producido una intensificación en lo tocante al escepticismo y el descomprometimiento, tendencia temática que emergió en los noventa y continúa gozando de la preferencia de muchos de los actuantes en la vida literaria hoy.

Tras el ascenso al poder de las ideas bolivarianas en Venezuela, en 1999, se atenuaron notablemente las carencias derivadas de las profundas y traumáticas consecuencias del asilamiento económico padecido en Cuba desde 1960, cuando Estados Unidos impuso el bloqueo. Bien sabemos que estas condiciones adversas se recrudecieron a partir de 1991 tras la desintegración de la URSS y la casi total desaparición del socialismo. La garantía de una factura petrolera estable permitió, iniciados los 2000, reanimar muchos sectores de la economía, y aunque continuaron sin superarse fenómenos como la baja productividad y el nulo valor real del salario (el nivel de vida general), la dirección del país priorizó certeramente los proyectos culturales a través de lo que llamó “Batalla de ideas”, y con ello le dio un considerable espaldarazo, entre otras, a la actividad editorial. Se concretó en cada provincia el montaje de una infraestructura editora con tecnología de impresión no profesional, se erogaron notables presupuestos para la producción de libros con el llamado “Plan especial”; las casas editoras con perfil nacional fueron fortalecidas y se sobredimensionó la Feria Internacional del Libro, con sus –disminuidas pero significativas– réplicas provinciales y municipales.

Otro elemento del contexto que comenzó a gravitar sobre la vida literaria, con irrigación hacia la dinámica artística fue el de las reformas en la retribución por el trabajo de creación y difusión literaria, pues tanto la Resolución 35 (del último lustro de los 90), para el pago de la oralidad, como las modificaciones a la ley 14 estableciendo tarifas más racionales para el pago de los derechos por publicación de libros, tuvieron en estos años una respuesta de diverso signo. Una parte no despreciable –la menos significativa– de los creadores, siempre en desventaja frente a otras profesiones y oficios encausó sus esfuerzos hacia la obtención de esos ingresos, y esa desleal competencia de los legítimos escritores con quienes asumieron el oficio como una manera de ganarse la vida y no como un modo de expresión de sus resonancias espirituales, trajo aparejado, según mi opinión, un descenso en la intensidad de las polémicas estéticas y las búsquedas formales. Al menos en provincias, donde las retribuciones por la oralidad se hicieron efectivas en mayor medida que en la capital, ese dilema cobró fuerza. No quiero con ello decir que aquella voluntad transformadora de períodos anteriores haya desaparecido del todo, pero sí que disminuyó el fervor con que lo poético, en una dimensión menos fáctica, era asumido, A mi modo de ver, el llamado “intrusismo profesional”, afectó a la creación, pues la democratización de la plataforma editora se reflejó inmediatamente en la de la retribución y los escritores con mayor oficio –a quienes en primer orden debieron beneficiar esas legislaciones– se vieron compulsados a orientar una buena parte de sus esfuerzos para defender de la “invasión bárbara” sus “tierras santas”.  

Como sabemos, el ambiente propiciado por el nuevo estatus –digámosle social– en lo tocante a la poesía, se caracterizó por buen número de autores que solo alcanzaba a publicar sus cuadernos por las Imprentas Riso, fenómeno que hizo crecer en progresión geométrica, y hasta caótica, la nómina de autores, aunque quizás en poco más de la mitad de los casos tal gracia se sustentara sobre obras que cumplían con un mínimo de calidad. Con el aumento del número de títulos creció también la cantidad de actividades de intercambio autor-público a lo largo de la Isla y, como sucede con todo, la sobreabundancia, sumada a la reiteración de los formatos de esas actividades y el escaso nivel profesional de la propuesta, acabó por distanciar al público de esos foros, con lo cual se perdió una cualidad, trabajada con esmero, y alcanzada tras duro bregar con instancias de todo tipo –burocráticas y políticas– en los 80.

Otra de las características del período fue que esas ediciones, con sus magras tiradas, dejaron a esos autores en una plataforma promocional de límites muy reducidos (la provincia y a veces solo el municipio), gracias a lo cual la condición de poeta, por su bajo impacto, perdió unos cuantos grados en la escala de valores que se le asigna en la opinión pública a las actividades intelectuales. La escasa resonancia del producto artístico creado por los poetas convirtió en invisible, o cuando menos virtual, a la figura de quien creaba ese bien intangible.

La difusión un tanto anárquica enrareció de manera notable la atmósfera creativa, y quizás debido a ello, las maneras de hacer poesía en lo que va del 2000 a acá, no enseñan grandes aventuras estéticas, sino que continúan estructurándose de acuerdo con los modos que en los 80-90 acapararon los protagonismos en los debates. A diferencia de las tres primeras décadas de la revolución, no se observa hoy una tendencia predominante, sino una diversidad de propuestas nunca antes alcanzada. Ello avisa de un rasgo saludable, pues si antes alguna tendencia marcó el fluir de la dinámica ello obedecía a la asunción o disensión de las pautas que las instancias burocráticas y políticas establecían. Si alguna tendencia, de las muchas que hoy operan en la escena literaria cubana ganó espacios, esa pudiera ser la de la irrupción de elementos performáticos durante el acto comunicativo, a lo cual contribuyeron por isotopía manifestaciones musicales como el rap y el rock.

Estos primeros catorce años del siglo xxi se han caracterizado por una convivencia, no armónica, pero sí tolerante, de diversas maneras de entender la poesía. Los grupos y las figuras tutelares han ejercido sus poderes, aunque al final se ha seguido imponiendo la lógica institucional, pese a que cada uno de estos sectores ha luchado con denuedo por ponerla a funcionar de acuerdo con sus patrones, muchas veces de manera tendenciosa. La vida literaria ganó protagonismo sobre la literatura. Y no obstante ello las figuras de obra inobjetable, tardíamente y con lastres de diverso tipo empujándolas hacia la cota inferior, han logrado imponer su presencia en los espacios donde la poesía, asimilada como un diálogo de la individualidad con la sociedad, es centro del debate. Tales son los casos, por citar solo algunos, de: Roberto Manzano, Juana García Abás, Roberto Méndez, Lourdes González, Pedro López Cerviño, Manuel García Verdecia, que unidos a los provenientes de las hornadas de los ochenta y noventa, y de las anteriores, configuran el ecléctico caldo de una lírica que se niega a funcionar a través de pautas autoritarias. La promoción emergente de este período, conocida como “Generación 0” comienza a ofertar nombres, entre los cuales destaco, citando al azar, los de Sergio García Zamora, Luis Yuseff, Idiel García, Israel Domínguez, René Coyra, Herbert Toranzo y Oscar Cruz.

Bien observado, el panorama poético nacional se configura con expresiones que van desde la que cultivaron los de la primera generación de la revolución triunfante, a lo que se les suman: un coloquialismo renovado, la poesía de factura suntuosa y afincada en la reasunción de códigos de la cultura universal y de la historia literaria, otra escéptica, a veces cínica, muchas veces desparpajada y estridente. Y se añade también cierta relectura de lo popular y de las estrofas tradicionales, sometidas estas últimas a un corrosivo y a veces enriquecedor trabajo de destrucción-reconstrucción. Sé que estos brochazos acusan una buena cuota de reduccionismo, pues la complejidad y diversidad de las propuestas rebasan la posible clasificación, pero me anima la intención de dejar constancia sobre cómo, en los años que corren, se concreta una sumatoria no mecánica de lo acontecido en materia poética en los últimos cincuenta años. La tradición continúa y se expande.

A todo lo hasta aquí razonado sobre la relación de la poesía con su contexto agreguemos una nueva condicionante de última hora: el llamado “modelo de actualización del socialismo cubano”. Entre las cosas que ha traído aparejada la referida actualización está el casi abandono, en el discurso oficial, de enunciados que potencian el prestigio de manifestaciones como la poesía, todo con el propósito de reasignárselo a metas pragmáticas que, no por urgentes y necesarias, resultan menos agresivas para la configuración del universo simbólico cultural del país. Esa reorientación de las prioridades de la nación viene incidiendo en la vida cultural a través de un desmontaje, culposo y a contrapelo, de algunas de las facilidades que al inicio del siglo la propia dirección del país instrumentó, lo cual se expresa sobre todo en la sostenida reducción de los presupuestos para el trabajo de la cultura, la que a su vez ha sido llamada a sumar sus propuestas a la nueva lógica mercantil.

Aunque se haya proclamado que los ajustes en este terreno deben hacerse preservando lo fundamental, si lanzamos una mirada a las cifras del Anuario Estadístico de Cuba 2013 el panorama no se nos presenta muy alentador. Refleja esa compilación que la cantidad de títulos publicados desciende sostenidamente entre 2008 a 2013 de manera que, solo al comparar el primero y el último año de la serie, se redujo la producción de títulos y ejemplares impresos en 906 y 13’378,900 respectivamente, mientras en la Feria Internacional del Libro se vendieron 3’063,219 ejemplares menos y la asistencia registró un descenso de 2’264,956 visitantes1. Tengo la certeza de que este nuevo dique puesto a la masificación traerá un momento de cambio para la dinámica de la creación poética, pues al parecer deberemos, en un ajuste bastante despiadado, aguzar la puntería y dejar de lado las pautas quizás excesivamente democratizadoras que marcaron los primeros años del siglo. Dicho en términos populares: “bajar la cuchilla” o “subir el listón”.

Ser poeta en Cuba hoy implica, más que nunca desde 1959, hacerlo desde la desventaja que significa el que la sociedad asuma la poesía como algo perteneciente a la esfera de lo suntuario, no de lo fundamental. Las cotas del prestigio se establecen con aquellos oficios y trabajos que reportan bienes materiales y posesión de fortuna. Así es, con independencia de que la política cultural de la revolución insista, con palabras y actos, en que se le sigue asignando un sitio esencial a la cultura. La poesía, en el despiadado imaginario popular ya no integra el inventario de nutrientes imprescindibles para nuestro crecimiento. El mercado y su erosiva lógica van ganando la mano –esperemos que solo temporalmente– a la espiritualidad. Ser poeta en Cuba, mañana, cuando los llamados a pensar el país desde el protagonismo de lo material no sea prioridad, acarreará en su médula la fuerza de una tradición de resistencia que no solo en el siglo xix se fomentó, desde la desventaja, con devoción y acierto.

Santa Clara, 9 de diciembre de 2014

 

Notas

[1] Todos los datos fueron tomados del Anuario Estadístico de Cuba 2013, disponible en http//www.one.cu/aec2013.htm

 

Editado por: Diana Fernández

 

 

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