Carta de Rilke a Oscar Cruz
Nota del compilador:
Estas cartas fueron encontradas en el metro de París por una anciana de la que se me negó su nombre. Se dice que estaban en un cofrecito de ébano y marfil, unidas por una cinta de color rosa, y que la nieve había borrado todo vestigio de quién las había escrito. Por mis investigaciones pude esclarecer que fueron vendidas en subasta, a un precio casi insignificante, por un comerciante a un turista, el cual las trajo en un viaje a Cuba y se las entregó a un escritor de provincia, cuyo nombre quiero conservar en el anonimato, quien las tradujo al reconocer la firma de Rainer Maria Rilke. Pero era muy difícil augurar si se trataba de sólo diez cartas o si existían más; por las investigaciones que realicé, opino que eran un muestrario del tractus poético de la Isla, que el autor de las cartas de Franz Xaver Kappus había destinado a unos escritores cubanos; pero el poseedor de las mismas, después de traducidas, las había distribuido entre amigos y poetas, quienes las conservaron hasta el día de hoy. Mi intención fue buscar todas las cartas, volver a colocarlas en el cofrecito de ébano y marfil, descifrar si ciertamente era Rilke su autor, y dar fe de todo ello, a destiempo, en esa apuesta por la poesía y los poetas de hoy.
Paris, 17 de febrero de 1903
Estimado poeta Oscar Cruz:
Me siento angustiado: una ciudad y otra se superponen en estos viajes incontinentes. Prefiero ese paisaje abierto, más abarcador de la sonoridad natural de las cosas, a estos ruidosos espacios de nadie que me están enfermando. Sin embargo, debo seguir camino como si todavía no encontrase la imagen adecuada para aferrarme a la poesía. En medio de estas valoraciones —que también compartí con Xaver Kappus—, respondo, además, a la amable nota con que acompañó su libro La Maestranza*, que me envió tan bellamente dedicado.
El tiempo es catarsis, imagen o imaginería levantisca que no acaba, como si fueran espirales que tienden a lo discontinuo y a lo infinito. Así percibo, de su poemario, una gran aspereza ante el orgiástico paso de la vida. La poesía no puede aferrarse a otra cosa, y aunque duela la altisonancia, la falta de amor y de fe se traduce en amor y fe para convertirse, nuevamente, en un estado larvario de odio y rencor. En el poema “Los años de aprendizaje”, más que una relación sadomasoquista, hay una relación de rencor: “cuando mi madre/me daba por la espalda/un cintarazo, yo solía/maldecirla en mis/adentros”; después, hay una valoración de amor: “mi madre. Su presencia,/sin embargo, no es presencia/del mal. No conozco infancia/más amena”, y esa valoración de amor se traduce nuevamente en rencor, en odio: “a todo el que/me da su amor, le suelo/propinar su cintarazo”.
Un ejercicio este que se resuelve, también, en otros poemas que usted ha intentado hilvanar en este volumen con un lenguaje que pudiera parecer semejante al realismo sucio para jalar de un tiempo que es, aparentemente, diferente. Pero nada resulta diferente, querido Oscar Cruz: esas parcelas de la poesía también han sido edificadas, pienso. El texto “Pájaros de Manduley”, más que homofóbico, es agresivo con la poesía que intenta reconstruir para edificar una historia que bien pudiera asimilarse en otros géneros literarios. Así sucede en “La plomada”, donde la homofobia es solo razón para estereotipar su agresividad: “así que agarramos al pájaro,/le cortamos las patas y colgamos/en su pecho una plomada./Apenas se podía levantar/cantaba bonito el desgraciado/solo que nunca más/volverá a posarse en nuestro patio”.
Esa razón de ser diferentes, agresivos, renovadores, para legitimar un sujeto lírico cien por ciento heterosexual, de lograr mayores altisonancias con un lenguaje que tiende a lo narrativo, pudiera traducirse en una percepción casi infantil de los destinos de la poesía. Quisiera saber, estimado poeta Oscar Cruz, ¿será todo esto novedad?
Justifico por su edad esas variaciones. No estoy seguro de que pueda encontrar otra cosa en su poesía. La Maestranza es un libro donde la poesía-irreverencia no escapa de lo inconsistente como teatro para llamar la atención.
Cuídese mucho, poeta Cruz, de esas otras maestranzas que la vida otorga a quien intenta agujerear la poesía como si solo se tratara de tirar a la diana más próxima.
Suyo,
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* Oscar Cruz: La Maestranza, Editorial Unión, La Habana, 2013.
Editado por: Nora Lelyen Fernández
