De Hamburgo a París, 2002
PRIMERA PARTE, ALEMANIA
Me sorprendió mucho que me invitaran a Alemania. Hans-Otto Dill preparaba en la Universidad de Hamburgo un coloquio internacional sobre la obra de Nicolás Guillén, en su centenario. Era julio de 2002, y en esa ciudad nos dimos cita dos cubanos: José Prats Sariol y yo, y luego recibimos a Nicolasito Guillén, nieto del gran poeta homenajeado. El coloquio fue intenso, tanto, que apenas dejó resquicios para conocer la ciudad, y el único día que teníamos libre, pedí a un profesor que me llevase, por favor, al muy distante pueblo donde había vivido por varios meses Rilke...
Pepe Prats y yo salimos de La Habana en armonía y alegría, descendimos en el gran aeropuerto De Gaulle de París, y tras varios avatares, cambiamos de avión rumbo a Hamburgo. La compañía de Prats fue muy agradable en el viaje y la estancia alemana; conversamos desde temas sobre poesía hasta de política cubana. Él estaba a punto de irse a vivir a México de manera permanente.
Orly es una maravilla, pero mayor es la del aeropuerto Charles de Gaulle, donde perdió sus espejuelos (universalmente llamados gafas) el ensayista Prats Sariol al tratar de recuperar una maleta bien metida dentro del autobús (cubanamente conocido por guagua). El autobús se fue, pero volvió vacío media hora después a una oficina de objetos perdidos, donde mi acompañante pudo recuperar no solo su mirada, sino una pluma de estilo bañada en oro. Cosas de Europa que no dejan de asombrar... En vuelo hacia Hamburgo una ancianita a mi lado trató varias veces de decirme en un mal francés alguna cosa ininteligible. Cuando nos íbamos a bajar alguien la llamó en español. Así de incomunicado anda el mundo.
Hamburgo es frío y lluvioso, al menos es mi experiencia, pero muy bella ciudad. Al llegar a Alemania pedí al profesor Reichardt que me llevara a la pequeña Worspwade («Vorsvide»), donde Rilke vivió unos años en compañía de un grupo de notables pintores. El profesor vivía no lejos y accedió muy amablemente a llevarme hasta aquel sitio más próximo a Bremen que a Hamburgo. Resultó ser un muy lindo pueblecito en medio de un bosque precioso, a tal grado que las casas apenas se veían y distaban una de la otra y eran grandotas, como si todo el mundo fuera muy rico allí, y el bosque en plena primavera es una delicia, la tierra no se ve, llena de florecillas blancas y amarilla; me hice algunas fotos. Aprecié el sito donde tanto buen pintor dejó el paisaje reflejado y donde Rainer Marie Rilke vivió dos de sus más bellos años de poeta itinerante. Complacido mi «antojo», como calificó Reichardt aquel viaje no programado, comenzó en la Universidad el coloquio por el centenario de Nicolás Guillén. Mi ponencia sobre personajes populares en la poesía mulata de Guillén, gustó mucho, de modo que con mi prestigio en alto pude comer hamburguesas como Dios manda en tal lugar.
El paseo sabatino, tras el fin del evento sobre la poesía de Guillén, lo hicimos Hans Otto Dill, su bella esposa y la italiana Alexandra Riccio, muy conocida en los medios intelectuales cubanos. Recorrimos el puerto de entrañable relación en los siglos XVIII y XIX con los cubanos de La Habana y Trinidad, y almorzamos unos perros calientes grandísimos, seguro perros calientes guardianes alemanes. Ya el día antes me fui a los famosos barrios de St. Pauli y de la calle Reeperbahn, que al ser hora del mediodía parecían descansar y prepararse para sus célebres orgías nocturnas a variados precios. Me pareció más bien un campamento estilo Las Vegas, con graciosa arquitectura y poca gente en las calles. Solo pude apreciar un par de damas semidesnudas detrás de unos vitrales comerciales ofrecientes. No llegué a los apogeos nocturnos, por lo que me perdí el gracioso espectáculo de colorido y muchas prostitutas en vitrinas, según me contaron, propio del realismo mágico alemán. La arquitectura, las calles, los canales, la catedral derruida en la Segunda Guerra Mundial y sobre todo la apoteósica iglesia luterana de San Miguel, me causaron la mejor impresión. Desde mi llegada a Alemania sentí el hormigueo de la historia en mis pies y me sobrecogió recordar el sufrimiento humano de hacía solo cincuenta años. Por allí, por donde andaba, debieron desfilar alborozados los nazis... Aún algunas ruinas recuerdan el dolor de la época guerrera, como monumentos sin olvido.
Pero en mi recuerdo mejor quedaban perfumados los pasadizos de ríos convertidos en canales de un delta de Hamburgo, con el famoso puerto bellísimo, lleno de sorpresas paso a paso, y la iglesia luterana más bella que he visitado jamás (por demás, es la única que he visitado), dedicada de San Miguel, con un San Miguel tan grande que asusta y un interior lleno de luz, luz, más luz. Hay que entender por qué los alemanes cuando se mueren piden más luz. El barrio sexualmente liberal en Hamburgo es cosa digna de ver, sus bellas zonas de mercados, y el gran lago en el corazón de la ciudad. El palacio de gobierno local parecía ser el de la presidencia del mundo. Recuerdo en mi infancia cubana las relaciones entre aquel gran puerto europeo y el de La Habana, de modo que en Cuba la palabra Hamburgo era sinónimo de objeto de calidad... Cosas de alemanes, pero también de cubanos.
Allí sedimenté mi amistad con Hans-Otto Dill, con quien pocos años después me iba a reecontrar en París y en La Habana. Se divirtió mucho cuando le conté mi terrible experiencia en el hotel discreto y cálido donde nos hospedamos en habitaciones diferentes Prats Sariol y yo. Una noche, se me ocurrió comenzar a cambiar canales de televisión, y, de pronto, apareció un filme muy erótico, abiertamente porno. Era como la una de la madrugada y me quedé profundamente dormido. A las cinco más o menos, desperté y apagué el televisor, que seguía proyectando porno fuerte. Al amanecer, decidimos Prats y yo cerrar nuestra cuenta en el hotel y, para mi sorpresa, me cobraron por aquella noche dormido frente al porno televisivo. Como la ayuda económica universitaria ascendía a treinta euros, me vi despojado de veinticinco por filmes eróticos que no vi. Por suerte, la hamburguesa no es cara en Hamburgo.
Finalmente, la clausura del coloquio guilleniano se produjo tras notables intervenciones de profesores alemanes y de Alejandra Riccio, siempre tan atinada. El memorable paseo en barco por uno de los lagos, la visión rápida de la ciudad, así como el conocimiento de los predios universitarios y del pueblo arbolado de Worspwade, junto a la amistad de Hans-Otto Dill y de José Prats Sariol, fueron mis ganancias mejores. Es hasta hoy mi bello recuerdo alemán.
