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"La noche de los poetas”, un cuento de Lázaro A. Díaz Cala

Alberto Marrero, 15 de enero de 2015

Un poeta trata de escribir, pero no puede. Rompe la hoja que ha estado tecleando en su vieja máquina Olivetti. Luego trata de dormir. En vano intenta conciliar el sueño. Un creador nunca logra dormir plenamente después del fracaso que significa no alcanzar ese estado de gracia que genera versos, imágenes, metáforas eficaces. Así comienza este relato intenso, titulado “La noche de los poetas”, escrito por el narrador Lázaro Alfonso Díaz Cala (La Habana, 1970). Pero la historia es más que el trágico empantanamiento creativo de un escritor y sus problemas monetarios. La historia hurga en la angustia del vivir y en realidades a veces tan crudas que, lejos de voltear la cara para ignorarlas, uno se ve obligado a asumirlas y reflexionar. Porque la vida no es chata ni mucho menos ideal. Los conflictos nos persiguen. Los rostros del pasado nos persiguen. Las culpas no se olvidan. Los desaciertos tampoco, si bien la naturaleza nos otorgó la capacidad de olvidar para no reventar definitivamente bajo el peso de nuestros errores y carencias.  

De pronto, uno de las antiguas amantes del poeta toca a su puerta y, después de una corta e intempestiva visita, se marcha dejándolo en ascuas, con toda su soledad interior removida. Comienza entonces un peregrinar nocturno que lo llevará al Malecón (ese santuario publico adonde van a parar lo mismo frustraciones que alegrías). Aquí se producirán hechos que parecen oníricos. El escritor cree ver en todas las mujeres que encuentra seres que también escriben y que como él, se sienten defraudadas. Son mujeres libidinosas, locas, putas o suicidas, da lo mismo, lo importante es que como él escriben o alguna vez lo hicieron. No pocas veces los humanos tratamos de salvarnos de nuestra propia locura pensando que otros también la sufren en igual o mayor medida. ¿Un mecanismo de defensa? Quién sabe. Tal vez siquiatras y sicólogos tengan la respuesta. 

El cuento se desarrolla a un ritmo alucinante, frenético, con un lenguaje bien cincelado, aunque muy lejos de ser pudibundo. Hay momentos de un erotismo exaltado, pero todo en función de la historia que relata, a mi juicio, con eficacia y talento. Lázaro Alfonso ha recibido premios y reconocimientos por su obra narrativa y poética. Entre sus libros se destacan En cada tiempo y en este lugar (Novela Juvenil, Premio DAVID 2011, publicado por Ediciones Unión, 2011); El acoso de mis fantasmas  (Primer Premio Concurso Nacional de Poesía Rafaela Chacón Nardi 2009, publicado por Ediciones Extramuros, 2012). Es co-autor del libro: Instantes como Islas, (Haiku, publicado por Latin Heritage Foundation, 2012, Estados Unidos). Para la venidera Feria Internacional del libro de La Habana saldrá su novela juvenil ¿Quién dijo que los hombres no lloran?, por la Casa Editora Abril. Ha sido incluido en la antología Isla en negro, historias de crímenes y enigmas, editada por  la Casa Editora Abril en el 2014. Varios textos suyos han visto la luz en otras publicaciones periódicas y páginas digitales, y algunos estarán incluidos en varias recopilaciones narrativas de próxima aparición. Es miembro de la UNEAC y egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, en el 2002. 


 

 

 La noche de los poetas

 

 

Lázaro Alfonso Díaz Cala

 

 

I

Arranco la hoja de la añeja Olivetti y la fracciono en ocho pedazos que caen lentamente al suelo. Me miro al espejo y por trigésimo quinta ocasión, frente a la deteriorada imagen que devuelve el azogue, juro no volver a escribir.

Abro las ventanas de par en par. Enciendo el ventilador y me sitúo lo más cerca posible para aliviar el sudor que me empapa el cuerpo.

Apago la luz.

Acomodo la cabeza en la almohada. Percibo olor a humedad. Mi cerebro alucina pasajes pretéritos: ninfas desnudas, noches de tertulias, copas, placer… y al alba: nostalgias de partidas.

El ruido del ventilador impide la alianza con el sueño. Rebusco en mis neuronas la imagen de las mujeres que han desandado mi vida: Claudia, sus silencios; Adela, su intransigencia; Lucía, su soledad; Alicia, su libertad... ¿Dónde estarán? Ojalá les vaya bien. Las ahuyenté sin querer, sigo tan torpe como aquél adolescente introvertido que un día fui.

Tocan a la puerta, mis pensamientos retornan a la habitación. No adivino quién puede importunarme a esta hora de la noche, ya ningún amigo me visita y mujeres mucho menos.

Abro.

Una mujer trigueña y delgada me mira a los ojos. Hurgo en la memoria, reconozco en sus bellas facciones a Alicia, uno de mis amores de juventud que hace varios años no veía. La invito a pasar: el maquillaje medio desecho y el pelo húmedo confirman que está lloviendo. Se acomoda en uno de los butacones y me pide un vaso de agua. Se lo traigo. Le explico que no está fría porque hace un mes se quemó la máquina del refrigerador con un bajo voltaje, sucesor del apagón programado y la escritura no da para tanto, a menos que uno acierte un número de la charada, sin dudas, mucho más fácil que ganar un concurso literario. Observo de reojo entre sus piernas cruzadas. Reacomodo la postura para disimular la erección. Ella me devuelve el vaso y agrega que no tiene importancia. Mira a las paredes, la iluminación no es ideal para un recorrido óptico, pero seguro advierte las grietas en la mampostería y las telarañas en los adornos. Rememoro los tiempos en que escondidos tras las columnas de los portales, husmeábamos en los rincones prohibidos de nuestros cuerpos. “¿Te acuerdas de las ruinas de la vieja librería?”, le pregunto, asiente y sonrío. Le ha ido mal, lo denuncia el tono de su voz. Exhibe en el rostro las huellas de la renta del cuerpo. Me cuenta que los exámenes resultaron positivos y ahora deambula por las calles, perseguida por los espectros que habitan su interior y aguarda paciente la hora de partir. Por su discurso, advierto que no ha olvidado su instinto de poeta. “Todos partimos”, intento consolarla, “por unos u otros motivos, en ocasiones sin tener un porqué. Nos buscan, no sirve escondernos, y aún en contra de nuestra voluntad, acudimos sin resistencia, a veces, hasta deseándolo.” No se arrepiente, afirma: “Fue una noche inolvidable, la pinga más grande del mundo ─extiende sus manos en señal de medida─, lo hicimos toda la noche, le entregué cada rincón de mi cuerpo”, dice entre lágrimas y se pone de pie.

No sé qué decirle.

Bajo la vista y observo sus pechos, los pezones intentan perforar el pulóver. Se percata de mi imprudencia. Sonríe. “Ojalá no estuviera así”, dice. Se acerca. Me muestra los senos. “Tócalos”, dudo un instante. “Anda, te extrañan”, obedezco. Me inclino y mis labios se apoderan de uno de sus grandes pezones oscuros. “Basta... basta, por favor”, se aparta y me dice: “Sabes que no puedo hacer más”. Acomoda el pulóver y agarra la cartera. La acompaño hasta la puerta. Me besa en la cara. Se marcha.

Afuera llueve.

 

El sueño no acude a mi noche. Cuando el sol anuncie la llegada del domingo, iré en busca de provisiones para la próxima semana. Tony, de seguro no me prestará ni un centavo más, hasta que no le liquide la deuda con intereses incluidos; porque él presta su dinero, pero cobra comisiones por ello. “Todos tenemos que vivir, poeta”, me dice. Pucho, el gordo bigotudo de la esquina, mañana sacrificará un lechón, veré si me fía unas costillas hasta que me paguen el próximo derecho de autor o gane un concurso; en realidad, si espero por ello jamás podré pagarle.

Pasan las dos de la madrugada. Cierro la ventana, por si me duermo, los rayos de sol no me despierten. Olvidé engrasar el ventilador y cada día refresca menos y hace más ruido. Hoy es quince de agosto, hace exactamente veinticuatro meses que vivo solo. Acomodo mi cuerpo y me dispongo a penetrar el estrato de los sueños.

 

II

No consigo dormir.

Salgo a la calle.

Camino bajo la llovizna. Recorro Malecón de extremo a extremo. Me siento en el muro a reponer fuerzas y observo a los transeúntes foráneos que pasean de un lado a otro, fotografiando autos prehistóricos, derrumbes, mendigos, negras con traseros descomunales e infantes descalzos que desafían la frialdad.

Acude a mi mente la imagen de uno de mis asesores literarios: ofrece una conferencia sobre los puntos de vistas temporal y espacial de una narración, la misma cantaleta de todas las clases de todos los talleres literarios del mundo o al menos de esta ciudad. ¿Será cierto que no sirven?, lo repetía Jorge Alberto en cada encuentro y yo me decía que sí, tienen que ser útiles: enseñan a escribir.

Estoy harto de las disímiles disertaciones filosóficas sobre determinado estilo de escritura. ¿Asistían Cervantes o Boccaccio a algún taller literario?

Una mulata no muy agraciada pasea frente a mí: pulóver gris, saya sucia y chancletas gastadas. Me repasa desde los tenis a la gorra. Se acerca. Sus pupilas vuelven a recorrer mi anatomía.

─ ¿Buscas diversión?  ─me dice, con acento oriental.

Exhibe un diente de oro y otros manchados, a lo mejor por la nicotina o la falta de higiene. La miro, sin articular palabra abandono el muro y quedo de pie frente a ella.

─No tengo dinero –respondo.

Ella ladea el cuerpo, mira de reojo, completa el giro y se aleja unos pasos. Permanezco inmóvil. Se detiene y voltea la vista, hace un guiño con el ojo izquierdo. Reanuda la marcha. No sé a dónde pero voy tras ella. Avanzamos casi cincuenta metros. Cruza la avenida. Sigo sus pasos, mirando a todos lados. Entramos a un solar. En las paredes cuelgan jabas de nylon llenas de basura, metros contadores de electricidad cubiertos de telarañas, nombres y palabras obscenas. Nos detenemos frente a una puerta, la abre con un empujón y me invita a pasar. La habitación apesta. Enciende la luz y se empina una botella: Bocoy. Me brinda. Niego con la cabeza. Miro a las paredes, reparo en dos cuadros, uno de ellos exhibe un diploma de un concurso literario que no logro identificar, el otro, comido por los comejenes y con el cristal rajado, conserva una foto amarilla en la que puede distinguirse a un niño de unos diez años vestido de uniforme escolar, tal vez su hijo, algún sobrino o hermano menor. Prenda a prenda, se libera de sus ropas. Mis ojos permanecen fijos en el strip tease que me regala. Aprieta sus pezones, se tumba en el sofá y encarama las piernas, puedo ver como mete-saca-mete-saca los dedos en la vagina y el ano. Sus ojos se hinchan y su cuerpo estremece. Al concluir el acto, indica que es mi turno. Me ofrece otro trago. Acepto. Desabrocho los botones de la camisa y el pantalón. No siento vergüenza del calzoncillo remendado. Traga mi sexo, lo lame con furia. Busco nuevamente el cuadro. Rectifico el nudo a la pañoleta y agarro los libros. Mi madre me despide en la puerta, un beso y advierte: “A la salida vienes derechito para acá, no vayas a quedarte vagabundeando por la calle”. Me lanza al suelo y se acuclilla encima de mí, comienza a subir-bajar-subir-bajar; gime como hembra salvaje poseída por el macho de la manada; ni siquiera siento su olor; por el aspecto, debe llevar más de una semana sin una buena ducha. Regreso de la escuela y me detengo junto a un grupo de niños que discuten, porque uno de ellos hizo trampas en el juego, me acerco despacio, estiro la mano, agarro un puñado de bolas y escapo a toda prisa. Los muchachos abandonan la riña, gritan: “ladrón”, y corren detrás de mí. “¡Hay coño que me vengo!”. Me alcanzan. “¡Qué rico, mi madre!” Caigo al pavimento y recibo una lluvia de patadas. “¡Eres el macho que busco!” Los chicos esparcen mis libros y recuperan su botín. “¡Pégame, mi macho, pégame!” Con unos cuantos moretones en la espalda, la cara y los brazos, los cuadernos deshojados y las ropas enfangadas, me presento ante mi madre, que sin pedir ni escuchar explicación, ordena: “Quítate el uniforme, un baño y te encierras en el cuarto”. Ella alcanza su segundo orgasmo. Jadea. Susurra algo indescifrable. Quedo tranquilo, espero a que termine y me libere.

Me incorporo sin decir ni esta boca es mía. Vuelvo a ver el cuadro, hurgo en mi billetera y pongo encima de la mesita el único billete de veinte pesos que conservo, quizás sean para el niño de la foto. Abotono el pantalón y salgo a la calle. Una zambullida en las aguas del litoral citadino es todo cuanto necesito.

Ha dejado de llover.

 

III

Las olas se estrellan contra las rocas. La espuma salpica mi cara: disfruto el frescor que me impregna. Continúo el recorrido.

Descubro a una mujer sentada en el muro con las piernas cruzadas e inclinada hacia delante: escribe en una libreta. Es rubia, la piel muy blanca y el pelo hasta los hombros. Un escalofrío me recorre de pies a cabeza. ¡Lucía! ¿Será cierto? Me pellizco. Me acerco con cautela y miro por encima de su hombro, pero no descifro su identidad ni los garabatos que dibuja, sí sus grandes pezones en medio de unos senos medianos y firmes, que intentan escapar por el escote de la blusa. No hay dudas, es mi Lucía, ¡cuánto tiempo sin saber de ella! Me acomodo a su lado sin pronunciar palabra, sin decir: buenas noches, mi nombre es Alberto, ¿y el suyo? ¿Acaso no me recuerdas? Viste bermuda verde y pulóver gris. Miro de reojo sus apuntes, con sigilo, para que no me descubra husmeando en asuntos ajenos; parecen versos. El viento balancea sus cabellos. Puedo ver su rostro. No es Lucía. La suerte jamás ha sido mi aliada. No se molesta porque un extraño se siente junto a ella y viole su privacidad, bien podría llamar a un policía y decirle que la amenacé con un arma, el agente cargará conmigo y el resto de la madrugada transcurrirá en un calabozo mugriento, rodeado por no sé cuántos delincuentes, como si no me sintiera ya en una celda, prisionero de la soledad y la desesperanza.

No llama al vigilante.

No se levanta.

No sale corriendo.

No deja de esbozar palabras en la hoja.

No alza la vista.

A lo mejor no ha advertido mi presencia.

Me acomodo.

Ella respira profundo.

El horizonte a lo lejos, tan oscuro y solitario como mi yo, como ese apartado postal del más allá que nos recibe sin distinciones: poetas, críticos, reyes, científicos, vagabundos, garroteros, blancos, negros, asiáticos. A veces percibo una voz: “acércate”, me llaman: “para que no sufras más allá abajo... ven”. Finjo no escuchar.

─ ¿Le gusta la noche? –pregunta la mujer sin alzar la vista, el tono de su voz me parece distraído.

─ ¿La noche? –no atino otra respuesta.

─Sí, la noche, ¿por qué le asombra mi pregunta? ¿Acaso no mira usted hacia la noche?... ¿Nunca se ha detenido a estudiar las ventajas de la noche?

─No, en realidad, no me gusta la oscuridad... Adoro el mar.

Queda en silencio. Cierra la libreta y se anima a proseguir la charla.

─De seguro cree que soy una vagabunda o una prostituta. Es lo único que piensan los hombres de las mujeres –su comentario me pone en alerta─. Pero sabe una cosa, no me siento culpable de nada. Hago lo que me da la gana. Escribo lo que me da la gana y a nadie le importa... ¿Quiere leer?

─También escribo, o mejor dicho, escribía, porque juré no hacerlo nunca más.

─Un escritor jamás jura no escribir. Las palabras se le convierten en fantasmas que lo siguen a todas partes y termina suicidándose o agarra un lápiz y una hoja para poder vivir en paz con sus muertos y con sus vivos… o enloquece.

Medito su discurso. En el fondo, lamento aceptar que tiene razón.

─ ¿No le interesa saber si estoy casada? –vuelve a la carga─. Los hombres siempre preguntan lo mismo. ¿Es tan importante para ustedes, saber si una mujer está casada o no? –hace una pausa, permanezco en silencio─... Responda... ¿Lo es o no lo es? Si al fin y al cabo, sea casada o no, siempre tratan de seducirnos, usarnos, y a la basura.

Una ola bate con fuerza y la salpicadura nos cubre. El susto le hace soltar la libreta y cae a las rocas.

─ ¡Por favor, salve mi libreta! –grita, parándose encima del muro.

─ ¿Cómo bajo, señora? Está demasiado alto.

─ ¡Entonces iré yo!

─Siéntese o caerá.

─ ¡Mi libreta!

─ ¿Es tan importante lo que escribe ahí?

─ ¿Importante dice? –se calma─ En realidad, no mucho –se sienta─, solo mi vida... solo eso –ríe y mira al mar─, ¡solo mi vida! –susurra.

─Lo siento.

Otra ola golpea y arrastra la libreta al mar.

─ ¡Mire!... Se va... se la lleva el mar.

─Lo siento –repito, mientras ella observa sus poemas zambullirse en la espuma─, dejamos nuestra vida en palabras y algunos no lo entienden.

─ ¿Algunos? –reflexiona─ ¿Quiénes?

─Amigos, críticos, lectores.

─No tengo amigos y jamás se me ocurriría publicar lo que escribo. Es mi vida. ¿Entiende? Mi vida es sólo mía, a nadie más le interesa.

Regresa el silencio.

 

─ ¿Usted tuvo valor para publicar un libro? –retoma la palabra, mientras se alejan los pregones de los vendedores.

─He publicado varios.

─ ¿Y qué ha conseguido? –sigo el vaivén de las olas─. ¿Es millonario? ¿Famoso? ¿Conoce el mundo entero? –muerdo mis labios, suspiro, la miro y otra vez creo ver el rostro de Lucía─. ¿Qué hace aquí perdiendo el tiempo si es todo eso?

Abandono el muro y comienzo a andar, sin despedirme, enfadado conmigo mismo. ¿Qué he conseguido? En mis bolsillos no habita un centavo. Nadie me detiene por las calles a pedir un autógrafo. Ni siquiera he sabido retener una mujer en mi cama. Ya ningún editor me solicita un original. Ella me sigue.

─Eso, ¿qué hace aquí? ¿Pretende burlarse de mí?... ¿Qué le parezco? Dígalo sin pena… ¿Una demente o una vagabunda? ¿O qué otra versión tiene sobre mí?... ¿Acoso no nos conocemos de antes? –apuro el paso─. ¿Por qué escapa y no me da la cara?

No atiendo a los insultos de esa desequilibrada. Maldigo la hora en que me acerqué a ella. Tiene razón, es la maldita manía de escribir y saber qué escriben los demás. No volveré a usar el lápiz ni la Olivetti que envejece en mi escritorio. Me lo repito. Estoy a punto de gritarlo. Subiré al muro y gritaré, para que lo escuchen todos.

─ ¿Por qué no se detiene? –me grita─. ¿Tiene miedo?... ¿Se arrepiente de vivir?... ¿Qué pretendía, quitarme la ropa y pasar la noche conmigo?... ¿Por qué no me lo dice?... ¡Todos los hombres son cobardes!... ¡Cobardes! ¿Me entiende? ¡Cobardes!

Miro hacia atrás. Ha dejado de seguirme. Abandona la acera y se para en medio de la avenida. Nadie repara en ella, los autos le pasan por ambos lados a gran velocidad.

─ ¡Todos son unos cobardes! –grita.

Extiende los brazos y da vueltas en el lugar. Se reanuda la llovizna. Continúa gritando. Los relámpagos iluminan la noche. Regresa a la acera. Se prende a mi cuello y me besa los labios. Intento abrazarla, pero escapa. Sube al muro y corre. La sigo desde la acera, corro también, para no quedarme atrás. Se detiene. Baja y me dice:

─No tiene valor para desnudarme por la fuerza, ¿verdad?, porque es un cobarde –se mira, retrocede unos pasos─. Yo tampoco tengo valor para desnudarme, ¿ve?, porque también soy cobarde.

Se vuelve a mirar. Otros dos pasos hacia atrás. La observo. La lluvia no cesa.

─Míreme –se despoja de sus ropas y las lanza al mar─. ¿Es esto lo que quería? –gira sin moverse del lugar─. ¿No le gusto?... ¿Por qué no se acerca y me toca? –se aprieta los senos─. Venga, hágame suya. ¿Acaso no es eso lo que quieren los hombres: chuparnos las tetas, apretarnos las nalgas y templarnos? ¡Venga de una vez y hágamelo!... ¿O es que no tiene valor?

Los ojos se le quieren salir de sus orbitas. Intento acercarme y calmarla. Me esquiva y vuelve al medio de la calle.

─ ¡Quiero que el agua limpie mis pecados! ─grita.

La lluvia arrecia.

Aumentan los relámpagos.

─ ¡Regrese aquí! –le grito─ ¿O quiere morirse?

Claro que no puede ser Lucía, mi Lucía no es una demente, es cierto que le gustaba la soledad y escribir poemas y el mar, tenía el pelo rubio, los pezones y los senos como ella. ¿Habrá enloquecido? ¿Habré enloquecido yo?

─Venga, no tema –me invita─. ¿Acaso no desea mi cuerpo? Venga... Hagámoslo en medio de la avenida. Gritemos que no somos cobardes, que el mundo es una porquería. No tenga miedo ¿o es que también es igual a todos?

Un relámpago ilumina la ciudad y me ciega, el estruendo ensordecedor me obliga a cubrir los oídos.

 

Regresa la oscuridad y cesa el ruido. La descubro tirada en el pavimento y corro hacia ella evadiendo los autos. Me arrodillo y observo su rostro carbonizado, creo adivinar en sus facciones la imagen de Lucía o Claudia; ha perdido el pulso y la voz. La cargo y la llevo hasta la acera, la acomodo junto al muro, advierto sus senos, iguales a los de Lucía, los muslos y el pubis afeitado, como Claudia. Me excito. Miro a todos lados. La ciudad continúa inmersa en el inminente amanecer, como si nada hubiese ocurrido. La cubro con mi chaqueta.

 

Corro sin mirar a los lados, sin atender a las voces que me gritan; voces que confundo con la de Adela o Alicia. Me siento culpable. La lluvia persiste. Pienso en llegar a la casa y anotar los sucesos de la noche, a lo mejor me sirven para un cuento y gano un concurso. Aprieto el paso; mejor aprovecho la cábala para probar suerte en el juego. Desisto y me prometo por trigésimo séptima ocasión que no volveré a escribir. Lo juro en alta voz: no pactaré otro duelo con la literatura, ni siquiera para confeccionar un diario, mi propio diario, el diario de esta guerra que libramos día a día desde que abrimos los ojos hasta que los cerramos. Me falta el aire. Me duele el pecho. ¡Lucía! Sus pezones no se apartan de mi cerebro, esa piel blanca y el pelo rubio, la voz lejana que me llama, invitándome a tocarla, a poseerla. Aumenta el dolor. Los primeros destellos de la amanecida afloran en el horizonte. Apenas puedo respirar.

No para de llover.

 

 

 

Editado por: Diana Fernández Fernández

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