Las luminosas conversaciones de Frank Padrón
Cuando recientemente invité al escritor y comunicador Frank Padrón Nodarse al espacio que conduzco en la Casa del Alba, todos los segundos jueves de cada mes, recibí una agradable sorpresa.
Mi invitado decidió leer un puñado de poemas reunidos en el cuaderno Conversación en la luz que fue publicado por Ediciones Holguín en 2006.
Lamentablemente, resulta difícil adquirir el libro en las librerías de la capital, y digo lamentablemente, porque en él se reúnen textos de sorprendente eficacia lírica y comunicacional que nos permiten apreciar cuánto ha evolucionado este autor desde su primer cuaderno de poesía, Pura semejanza, hasta el que hoy comentamos, pletórico de un buen gusto y una perfecta asimilación de lecturas sin ápice de pedanterías o efectistas culteranismos.
Lo que llama la atención es ese raro poder de Padrón de apoyarse en juegos intertextuales y citas variadas, sin perder la singularidad de un poeta cuya honestidad y capacidad de conmover están por encima de una vasta erudición que seguramente ha acumulado con su dedicación desde hace muchos años a la crítica, el ensayo, la narrativa y el periodismo, por citar solo algunas de las manifestaciones que cultiva con acierto, validadas por importantes premios nacionales e internacionales.
Conversación en la luz, cuyo título está inspirado en la respetuosa refutación del grandísimo Eliseo Diego cuando afirmaba que “un poema es una conversación en la penumbra”, abre con una pieza de notable belleza y profundidad, donde Frank Padrón afirma que aunque ello es cierto, un poema es también “un resplandor, una cascada que va matando la penumbra que había cuando empezamos a conversar”.
Y lo que sobreviene en la primera parte de este volumen dividido en dos, es efectivamente un diálogo nítido, apoyado por las referencias a autores visitados por Padrón, sin que la oreja demodé de un coloquialismo simplón, asome nunca en unos textos que, como dije, no sustituyen nunca la voz personal por esos fríos y cerebrales “productos” que con frecuencia lastran los libros de otros autores, para quienes las citas se convierten en una especie de intoxicación.
Frank Padrón ha conseguido encontrar dentro de sí mismo las claves para decir más que lo que piensa lo que siente y ello nos hace establecer de inmediato con sus poemas una identificación que solo se consigue con esa desinhibición y esa falta de prejuicios hacia el mundo afectivo.
De más está decir que la mayoría de los textos de esa primera parte tienen como temática, el amor en su siempre inevitable contrapunteo con la soledad, las esperanzas y las desesperanzas y ese strip tease sentimental, que sin ridículos desbordamientos evita las cursilerías y los lugares comunes para situarse en el justo lugar de un ser humano que es él mismo y a la vez nosotros quienes también nos vemos reflejados por una voz que aspira a traspasar nuestros mundos interiores.
Particularmente, prefiero la primera parte de este volumen porque en ella encuentro un retorno de un lirismo casi perdido en nuestra poesía actual.
En los poemas que el autor reúne en una Segunda Parte, es perceptible una característica de la poesía de Padrón: su recurrencia a los heterónimos con la particularidad que no son siempre figuras que responden al universo de la “alta cultura”, sino también seres anónimos o enajenados que habitan en nuestra isla pero que así mismo, pueden encontrarse en un hospital siquiátrico de Buenos Aires o en la Georgia post socialista de compleja y a veces descabellada pluralidad.
Es precisamente en este segundo momento, donde el autor se nos muestra menos asequible desde el punto de vista emocional, pero estos poemas que abandonan el yo se salvan por su poder de sugerencia y cierta dosis de humorismo que nos invitan más a la reflexión que a la conmoción.
Cuaderno que aparece como “rara avis” en el actual panorama lírico cubano, Conversación en la luz mucho puede contribuir a recuperar esos perdidos lectores del género un poco agobiados del hermetismo y la experimentación.
Dicho esto último no quisiera que se me malinterpretara y se me convirtiera en detractora de otros tipos de lenguaje. Para mí todos son válidos siempre que no intenten hacer pasar gato por liebre al lector.
Lo que quiero decir es que Frank Padrón debe ser tenido en cuenta por la crítica como alguien que ha logrado armonizar erudición y comunicabilidad, cosas que no siempre se dan la mano de manera tan armónica como en Conversación en la luz.
Por otra parte, quisiera realizar un llamado de atención sobre la distribución de los libros que se publican en provincia y no llegan a otros lugares del país incluyendo a la capital. Esto nos priva del acceso a mucho buen material que publican las editoriales territoriales.
Solo cuando estos libros circulen en una red nacional de librerías podremos apreciar en su justa dimensión, el estado actual de nuestra literatura que no pocas veces nos depara sorpresas como esta.
Agradezco entonces a la editorial Holguín y a Frank Padrón por esta muestra de madurez de un escritor que ya empieza a tener su justo reconocimiento por parte de la crítica y sobre todo del público. Y no solamente porque una vez a la semana lo veamos aparecer en ese loable empeño de difundir el cine de Nuestra América.
Editado por: Diana Fernández Fernández
