Memorias y una casa
Quiero volver de nuevo a hablar del escritor colombiano residente en Roma, Santiago Gamboa, quien por cierto, estuvo visitando Cuba en la Feria del Libro pasada, y para mi gusto no tuvo la acogida y resonancia que merecen sus obras y su quehacer literario, es decir, no hubo conferencias, ni lecturas, ni recibimientos en las instituciones culturales que normalmente organizan estos encuentros con personalidades que nos visitan, y si la memoria no falla, el autor solo participó en un conversatorio organizado en el maremágnum de la Feria, que como casi siempre pasa, coincide con otras actividades planificadas, o la propia dinámica de la distancia y la turbulencia del hecho cultural hace que personas de mi edad desistan de participar.
Y es que uno de los problemas serios que padecemos los escritores contemporáneos cubanos es que no tenemos referencias de qué se está escribiendo en otras latitudes, no sabemos ni tan siquiera qué se escribe en el Caribe, que está a tiro de ballesta. Alguna de las instituciones cubanas debiera, por lo menos, organizar una biblioteca especializada para autores, con los mejores textos de lo que se está publicando ahora mismo con máxima resonancia, porque es muy triste que la mayoría de nosotros no conozca la obra ni aún de los escritores destacados con el Nobel.
Bueno, el caso es que tengo la suerte de tener un amigo colombiano, Gonzalo, que es lector continuado de mis textos y que sabiendo de las carencias, de vez en vez se me aparece con una obra que está teniendo resonancia ahora mismo, y de Gamboa me ha traído varios textos: Vida feliz de un joven llamado Esteban, publicado en el 2000; Los impostores, publicado en el 2001; Octubre en Pekín, publicado en el 2003; y El síndrome de Ulises publicado en el 2005 y que fue finalista del premio Médicis en el 2007 a la mejor novela extranjera en Francia, y luego fue premio Casino de Povoa de Portugal en el 2008.
Les recuerdo a mis lectores cotidianos que Gamboa nació en Bogotá en 1965, que es graduado de literatura de la Universidad Javeriana de Bogotá, luego, en Madrid, se licenció de Filología Hispánica en la Universidad Complutense, y en París, estudió Literatura Cubana en la Universidad de La Sorbona. Sus libros, que ya suman once, han sido traducidos a dieciséis idiomas.
En diciembre es mi cumpleaños, y desde hace mucho tiempo acostumbro a invitar a un grupo de amigos íntimos a que nos juntemos en casa, comer algo, (hay cena en regla cuando la economía lo permite), beber unos tragos y conversar de todo lo que nos interese, que es una de las costumbres que se ha perdido con el loco acontecer cotidiano. Siempre he pensado en que se debe organizar un gran congreso de escritores de todas las latitudes con un solo punto en el orden del día: conversar.
En fin, como que todos los diciembres Gonzalo viene a Cuba a participar en el Festival Internacional de Cine de La Habana, también está presente en mi cumpleaños, y de manera continuada, junto con alguna bebida espirituosa me trae un par de ejemplares interesantes para mi lectura personal. Él sabe muy bien que los escritores aprendemos a escribir mejor después que leemos y aprehendemos de los grandes autores.
Pero este año pasado Gonzalo no pudo venir, otras tareas lo impidieron. Ya en un correo electrónico le había dicho de mi interés por un nuevo libro que estaba escribiendo Gamboa, que era una suerte de memorias, y como que el nuevo texto en el que estoy trabajando es un pasaje también de memorias, y como que cierta vez un buen amigo y exitoso escritor me enseñó no solo a aprender sino también a aprehender de la lectura de un buen texto, quería leer las memorias de Gamboa, para que colaboraran en la confección de las mías. Pero Gonzalo no había respondido.
Cercano a la fecha del cumple, me confirma que no podría venir, pero que en su lugar vendría otro colombiano, Alberto, a quien había conocido en cierta ocasión, que estaría en Cuba participando en el Festival.
Bueno, pues Alberto, junto con una botella de wisky que fue las delicias de los invitados, me trajo un ejemplar de Una casa en Bogotá, el libro que deseaba.
Gamboa trabaja lo que en Europa se conoce como “literatura del yo”, es decir, el protagonista es el propio autor que narra en primera persona, pero no al estilo del monólogo, es más bien un diálogo donde el interlocutor es omnisciente. Generalmente su obra se caracteriza por la fusión, es decir junta lenguaje de ensayos, con reflexiones investigativas, lenguaje periodístico y pura literatura de ficción, logrando al final construir un universo novelesco que resulta creíble, Y este libro se enmarca también en esa norma.
Una casa en Bogotá cuenta cómo el protagonista, después de ganar el premio internacional Rubén Bonifaz Nuño, en Veracruz, puede comprar una casa en Bogotá, la casa que siempre había soñado tener. La descripción de la ciudad de Bogotá, roja por el color del ladrillo en muchas de sus construcciones, es muy eficaz en cuanto a ambiente y atmósfera.
He estado varias veces en Bogotá y puedo constatar la autenticidad de las descripciones. La propia casa me recuerda que en uno de mis viajes pasé unos quince días en la casa familiar de los Bolívar, una enorme casa llena de cuartos, nunca supe cuántos, con una cocina enorme en la que trabajaban dos mujeres, una mesa para doce o quince personas, porque generalmente comía diariamente casi toda la familia, que pasaba en la tarde por la casa materna, una lavadora inmensa donde iba a parar la ropa sucia de todos incluyendo la mía, y que al final una de las camisas podría estar entre la ropa de un sobrino, o notar que entre mis cosas venía alguna prenda interior que no me pertenecía. Tanto era aquello que un día le dije a la abuela, que era la gran matrona de la mansión y a quien le simpatizaba mucho, que ahora entendía por qué García Márquez decía que él no había imaginado nada, que todo estaba ahí y solo había que contarlo. Aquella era y podía ser tranquilamente la casa de Aracataca.
El papel de la aristocracia bogotana, el de su clase media y el de las clases bajas está mostrado perfectamente, al punto que me hizo recordar un dicho bogotano que habla de que “la aristocracia mira a Inglaterra, la clase media a Estados Unidos y los pobres a México”.
La obra permite ver los dos mundos de Bogotá, los barrios del sur, los cerros, pobres y peligrosos; no olvido que mis amigos llegaban con sus autos hasta cierto límite y decían: "ahora no podemos seguir adelante, es muy peligroso". Y los del norte, tan aristocráticos y lujosos que los bogotanos hasta se permiten tener un barrio inglés.
El protagonista es implacable con los políticos y muy pocos quedan bien parados en sus evaluaciones.
En el diseño de los personajes hay una coprotagonista en la obra, una vieja tía abogada, que había sido funcionaria de la ONU y que es quien cría al protagonista luego de haber perdido a sus padres en un incendio. Un personaje muy bien pensado, siempre de izquierdas, contra la banalidad del capitalismo, pero acostumbrada a la bohemia de la diplomacia que nunca olvida tomarse en las tardes su Chivas Regal con soda, mientras su sobrino saborea una ginebra Hendricks, la preferida, con hielo.
La simpatía hacia Cuba, manifestada en otros textos, se hace presente en este también.
Otro de los personajes es Tránsito, doméstica, bien garcíamarquiana, la de “tantos recuerdos tristes”; otro es Abundio, trabajador casi esclavo en una mina de esmeraldas y ahora chofer de la familia.
No queda fuera el odio, otro personaje colombiano, la guerra entre las FARC, el ejército y los paramilitares, y los excesos que toda guerra trae consigo se reflejan con crudeza.
No falta un tema que es constante en la obra de Gamboa, el erotismo, el sexo nada refinado se presenta tal cual, mondo y lirondo, ligado a la soledad sexual que padece el protagonista gracias a los cotidianos cambios por las continuas mudadas, todo ello ligado a visitas a los bajos fondos bogotanos, momento en que la narración se acerca al realismo sucio, lleno de sordidez cuando cuenta la vida de las jóvenes pobres sumidas en la drogadicción y la prostitución más agresiva, sin dejar fuera, en ese mismo contexto, al mundo de los gays y bisexuales.
Hay un momento en la narración en que el escritor, haciendo gala de su condición de filólogo, nos regala un diálogo donde no se usan los guiones, ni las comillas, ni las letras cursivas, los parlamentos están separados solo por comas y son perfectamente comprensibles.
Como una buena novela policiaca el texto guarda muy bien un enigma. El protagonista, cuando niño, sufre la pérdida de sus padres a consecuencias de un incendio, pues la casa, la codiciada casa desaparece por otro incendio que quema también el cuerpo recién muerto de la tía. Y no les cuento más por si algún día tropiezan con el libro, disfruten de su final y sufran, que es la palabra, y se impresionen al punto que yo, al terminar de leerlo, en la profunda madrugada. No podía después conciliar el sueño.
