Confluencias entre poetas
Un poeta –afirmaba Dulce María Loynaz— es alguien que ve más allá en el mundo circundante y más adentro en el mundo interior. Un poeta –concluía la autora de Jardín— es alguien que hace ver lo que ve. Palabras que, perfectamente, pudieran servir como presentación del espacio Confluencias que, auspiciado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y el Instituto Cubano del Libro (ICL), se propone un fecundo y enriquecedor encuentro entre dos generaciones poéticas.
Pedro de Oraá y Leymen Pérez eran los invitados de la más reciente edición de este espacio, llevado a cabo en la Sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC, en El Vedado capitalino, que, además de propiciar un diálogo entre poetas de diversas generaciones, estilos y tendencias, permite conocer, en la propia voz de sus creadores, una muestra de su obra lírica.
La también poeta Basilia Papastamatíu era la encargada de comentar la obra del poeta, narrador, crítico, periodista, editor y pintor Pedro de Oraá, nacido en La Habana, en 1931, integrante de la Generación de los años 50 y autor de una amplia producción lírica –que indaga en las realidades y problemáticas del hombre y su mundo—, así como de una valiosa prosa reflexiva sobre temas artísticos.
“Pedro de Oraá –en opinión de la también crítica literaria— desecha lo anecdótico, lo contingente, pero no con un propósito desrealizador, o por querer situarse sólo en el plano de la especulación intelectual; por el contrario, el hombre y el espacio que habita, el mundo de los seres y las cosas, en su complejo y rico entramado, es tema y razón esencial de sus textos”.
Además de responder algunas interrogantes relacionadas con su ejercicio lírico y su labor como pintor, Pedro de Oraá leía textos de algunos de sus libros, entre ellos este poema, titulado “Del huésped inculto”, perteneciente a su cuaderno de versos Sin esperar respuesta (2008):
Lee desaforadamente
cuanto libro tiene ante sí
este absoluto analfabeto
es decir los escruta
de tapa a tapa como esa máquina
que perfora la montaña o el subsuelo
y sabemos que esta ahí
entre los volúmenes y bloques de papales
por esa perfecta caverna
con que los traspasa y marca
la bala de su ex libris
de qué le sirve su falaz erudición
a tal parásito de la literatura:
nunca será suficiente su voracidad
para exterminar la memoria
depositada en tantas, tantas páginas.
La presentación de Leymen Pérez, poeta y editor nacido en Matanzas, en 1976, autor de casi una decena de libros –quien ha recibido, entre otros reconocimientos, los premios Hermanos Loynaz, Calendario y de Poesía La Gaceta de Cuba— estaba a cargo de Alberto Marrero, presidente de la Sección de Poesía de la UNEAC, quien se refería, especialmente, a El libro de Heráclito, publicado, en el año 2012, por Ediciones Unión.
Es este un poemario –comentaba Alberto Marrero— estructurado a través de un discurso lírico de una intensidad visceral; cada verso parece cincelado hasta la saciedad buscando su mayor eficacia: no hay un verso que desentone, no hay un solo verso gratuito. “Hay en este poemario –aseguraba— infrecuente conexión entre lo cotidiano y lo trascendental, entre la parte y el todo, entre la cercanía y la infinitud”.
De El libro de Heráclito, Leymen Pérez daba lectura a algunos de los poemas incluidos en el cuaderno, entre ellos el titulado “Antillas”:
Lo que aprendí es que existía un lugar llamado
Antillas un lugar dentro de la geometría euclidiana
donde el largo ancho y alto del cuerpo no tienen
la minina serenidad Antillas crea una imagen de
sí misma en cada uno de nosotros un objeto
fractal contra otro “Ácida lluvia” dices mientras
el propio signo lingüístico piensa en la función
que debe ocupar Antillas del negro que conquista
al blanco Antillas en el brocal donde todo
comienza a ser un paisaje interminable como el
de Gilles Deleuze que necesita del espacio para
respirar el espacio o mejor el tiempo para respirar
el tiempo que no está en Cuba ni en las menores
y mayores contracorrientes que tragamos con
dificultad Antillas imaginarias aguijoneándose
sobre el olvidado Renacimiento sobre los viejos
manuscritos de la imprenta aún con olor a
continente Lo que aprendí es que existía un lugar
llamado Antillas donde la tierra era pobre y
exótica como la que algún día caerá sobre mí sin
tocarme.
Confluencias, este interesante espacio que se propone, y logra, el intercambio entre poetas de dos generaciones, en esta ocasión con Pedro de Oraá y Leymen Pérez, llevado a cabo en una cálida tarde del invierno habanero, confirmó, una vez más, la certeza de que, a través de sus versos, un poeta es capaz de hacer ver a sus lectores aquello que ya él antes había visto.
