No son todos los que están
Alguna vez he escrito sobre el oficio del escritor, y he abordado sus complejidades y hasta inconveniencias.
Le recuerdo al lector que no hay escuelas para escritores como las hay para otras artes como artes plásticas, música, danza, etc. El escritor se hace leyendo. Una vez me dijo el maestro Soler Puig que si él escribía ocho horas al día, leía dieciséis, y no leyendo como todo mortal por el placer de leer, es leer aprendiendo y aprehendiendo del autor, desentrañándole sus subterfugios, sus habilidades para crear situaciones interesantes o emocionantes para el lector común, es decir, haciendo una lectura introspectiva, analítica, de “búsqueda y captura”, con lo que se pierde el placer de leer. Por otra parte hay que dominar el idioma y para ello hacen falta dos diccionarios, el normal, si es actualizado mejor, y el de sinónimos y antónimos. Hay que conocer las técnicas narrativas para luego olvidarlas a la hora de crear, y quizás aplicarlas pero sin proponérselo a priori.
El narrador y filólogo colombiano Santiago Gamboa dice en uno de sus textos:
El problema de escribir siendo estudiante de Literatura es que uno tiende a teorizar de antemano lo que todavía no ha escrito o, en el mejor de los casos, ha escrito mal. Estudiando letras uno es tan consciente de todo, que no logra sorprenderse con algo fresco, sin el peso de las ideas aprendidas en los tratados de estética.
Entonces no importa demasiado el conocimiento, que por supuesto no es soslayable, sobre Literatura Universal, el escritor necesita otras cosas más personales para escribir, como son saber leer, descubrir su estilo, tener talento y si es narrador, saber contar por encima de todo, y también saber escuchar.
Luego tenemos las incomprensiones sobre los nuevos textos, que aparecen así como al descuido, sin que nadie las espere más que el autor. Se dice que la novela Cumbres borrascosas de Emily Bronté pasó sin pena ni gloria en el momento de su publicación, y que veinte años después de muerta su autora, es que se convierte en un boom literario. En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust fue rechazada por la editorial a que fue presentada por primera vez, y las vicisitudes por las que pasó Miguel de Cervantes cuando publica El Quijote de la Mancha son increíbles, al punto que hay una carta fechada en Toledo el 14 de agosto de 1604 y escrita por Lope de Vega, entonces una especie de “ministro de cultura” del rey, donde se lee: “Entre los poetas nuevos no hay ninguno tan malo como Cervantes ni tan necio que alabara a Don Quijote”.
Y luego esta propia novela se convirtió en la obra cumbre de la Literatura Hispanoamericana.
Pero la cosa no para ahí, a dificultades como estas se le suma que casi siempre el reconocimiento a los escritores les llega post mortem; casi ninguno alcanza la popularidad en vida, por línea general llevan una existencia pobre, los derechos de autor nunca dan para vivir, (le he oído decir a una notable intelectual cubana que aquí los escritores “somos los parias de la tierra”), y por lo general uno tiene que buscarse otros oficios para alimentar a su familia, como pueden ser el de periodista, editor, evaluador de nuevas obras, maestro y profesor, en fin, muy pocos. En Cuba creo que ninguno puede vivir solamente de su oficio de escritor.
Por eso es que escribir, primero que todo, es una necesidad de comunicación con el lector, porque invariablemente uno tiene cosas que decir para ser oídas por otros, y por encima de todas las incomprensiones y escollos uno escribe y escribe, más por satisfacción personal que por necesidades económicas, que nunca, o casi nunca, el oficio va a resolver.
Queda por incluir la soledad del escritor; si hay otras artes que se realizan en colectivo, escribir es un oficio solitario, personal, inseguro: esto último se acentúa cuando termina una obra después de años de trabajo y comienza la duda de si uno lo ha hecho bien, de si será acogida por el público, de si la crítica vendrá sobre ella o la llenará de silencio desconcertante y apabullante. Se empieza a vivir cuando los lectores, que son nuestros verdaderos cómplices, chocan con uno en el mercado, o en el elevador y te dicen simplemente: me gustó, o como dijo mi nieto de la última novela: abuelo, sirvió.
Esa es una de las pocas satisfacciones que se recibe, y a veces la única.
Hasta ahí las clases. Después de que has conseguido publicar tu obra gracias a la mucha suerte y algo de insistencia, cobras unos pocos pesos, y comienzas de nuevo a darle rienda suelta a la necesidad de escribir.
Por eso es que muchos se inician en este decepcionante oficio y quedan a mitad del camino; a veces hay talento y estilo en lo que hacen, pero no hay voluntad, no hay tozudez, no hay necesidad.
Hace unos días, revisando mi biblioteca, porque ese es otro asunto que olvidaba, cualquier escritor que se respete tiene que tener una biblioteca respetable, que le cuesta dinero y esfuerzo armarla, mantenerla e incrementarla. Bueno, revisando mis libros empecé a ver viejas antologías de lo que pudieran ser los primeros escritos publicados por mi generación. Aunque no me gusta encasillar a los escritores en generaciones formalmente, porque todo es dialéctico en la vida y el escritor del 2015 no se parece en nada al del 1970, nosotros somos lo que pudiéramos llamarle Generación de los talleres literarios. De allí salieron escritores importantes como Senel Paz, Miguel Mejides, Enrique Cirules, Waldo Leyva, Norberto Codina, Omar González y algunos más; estos se mantienen en activo, pero otros, muchísimos, quedaron en el camino.
Entonces, mirando los nombres de los autores publicados se me ocurrió hacer un ejercicio: revisar todas las antologías que poseo, sin mencionar nombres para no lastimar a nadie y sacar la cuenta de cuántos de aquellos están hoy en activo. Tomé las antologías por la fecha de publicación, empezando por las más viejas:
Como observarán si sacan bien la cuenta, de 308 escritores actuantes en su momento, solo quedan vigentes,(incluyo a los fallecidos ya) 144, esto es algo así como el 44%.
Una vez Juan Mier Febles me dijo una frase chistosa sobre la estadística, que “era como el bikini, que enseña mucho pero no lo fundamental”, pero estas cuentas pueden servirnos de ejemplo de cómo es tan difícil mantenerse en el oficio contra viento y marea.
Por eso el título de este trabajo, porque no son todos lo que estaban entonces, los que están en este momento. Y ello se repetirá con las nuevas generaciones que hoy empiezan a enfrentarse a la hoja en blanco, aunque sea en la pantalla de su laptop.
