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Francia la primera vez

Virgilio López Lemus, 29 de enero de 2015

A mí de París lo que más me gustó en mi primera estancia fue uno de sus muchísimos cementerios, Pere Lachaise, porque en París se goza de la vida y de la muerte de maneras profusa. Visité las tumbas de Nerval, Wilde, Eluard, Apolinaire, Proust... y la de Allan Kardec me pareció digna del hombre.

Ya en el Louvre vi con mis propios ojos la sonrisa de la Mona Lisa y una señora sin cabeza, con alas, y otras sin brazos, pero con muy buena cabeza, y algunos Da Vinci, uno de los cuales, San Miguel, me llenó de asombro, porque siendo él un santo varón, se ríe casi exactamente igual que la Gioconda. Con lo que me sumé a la sospecha de un modelo común. Y en la Catedral de Notre Dame estuve en una misa católico-ortodoxa, con cardenal y patriarca hablando por turnos, con una bonita concordia (cumplí: «París bien vale una misa»). La plaza de ese nombre, de la Concordia, también me gustó sobremanera por su bella fuente y por su salida hacia la Iglesia de la Magdalena. En Santa María la Primera sonaron las campanas con tal belleza en el momento en que entraba, que me pareció fascinante, digno momento de una novela de Carpentier, y desde la cima de la Torre Eiffel tiré unas miraditas fotográficas de amor a París. En el Museo Pompidou caminé a pies arrastrados de dolor junto a mi amigo uruguayo Raúl Caplán, que se había pasado el día entero sentado revisando exámenes franceses, mientras yo gastaba mi calzado en el Pere Lachaise. En ese Museo vi una expo de las vanguardias que me dejó hablando en Dalí, lengua que se derrite como relojes. Pasé cuantos puentes pude de la orilla derecha a la orilla izquierda y de la izquierda a la derecha del Sena, y recorrí las islitas de la Cité y de St. Louis completas, incluidas sus puntas, desde donde aprecié el cruce constante de embarcaciones turísticas.

Ofrecí una conferencia sobre poesía cubana contemporánea en la Sorbona III, invitado por el profesor de origen búlgaro que se graduó como licenciado en La Habana, un ensayista famoso, llamado Venko Kanev, quien pronto fue uno de mis mejores amigos fuera de Cuba. También di un par de charlas en las universidades de Estrasburgo (invitado por la profesora Brigitte Nattanton, quien me esperó en la estación de trenes y me ofreció un bello recorrido por la ciudad, previo a la conferencia), y de Nancy 2 (invitado por el profesor y amigo, el francouruguayo Raúl Caplán, quien me dejó a mi libre andar por la ciudad más art nouveau de Francia). En el solo día en Estrasburgo vi una de las catedrales góticas más locas del mundo (cuánta piedra organizada para alabar a Dios y para que la gente sienta cuán pequeña es). Había llegado muy temprano en la mañana y como mi conferencia era en la tarde, Brigitte me ofreció un lindo paseo por la Petit France, que fue lo que me gustó más, pese a la catedral y los edificios ultramodernos del Parlamento Europeo, sobre un lago (cuántos lagos vi, y canales y aguas corriendo por cunetas rumbo a las alcantarillas, y lloviendo, y duchándome, fue un viaje lleno de agua por todas partes, destino de un insular como yo).

Nancy me gustó por su calma, y por las alambradas sobredoradas de sus paseos y por una puerta del siglo XI, y porque su catedral se parece a la de Santiago de Cuba, pero, claro, pasada por Europa. Desde el apartamento de Raúl Caplán se veía pasar con insistencia el simpático y moderno tranvía, que al fin monté. Tras pasar una noche allí en un albergue universitario, y ofrecer una conferencia en la Universidad, nos fuimos Caplán y yo en tren para París, nos encontramos no casualmente en el mismo tren con Brigitte Nattanton, a quien se le ocurrió que tenía hambre. Yo la secundé discretamente, y viajamos comiendo en el restaurante del tren, mientras los paisajes de Francia pasaban a mi lado velozmente.

De regreso a París hice una plegaria en la Iglesia de la Magdalena y me comí un pan, literalmente, en los jardines de la Trinité. Me emocioné viendo el ejercicio de belleza y lujo del Hotel de Ville (pastel de bodas de Francia, cosillas que se construyen los franceses para engalanar su capital), y monté guaguas, metro, trenes, anduve bajo el cielo de París poluído de aviones, junto al pascaliano más que heracliteano Sena circulando algo sucio pero bello. El Museo Rodín me impresionó más que la vecina enorme Invalides, y tantísimos convertidos en jardines maravillosos donde la gente se quitaba casi toda la ropa por el calorcito de junio para dormir una siesta sobre la yerba, como en el Edén.

Me encantó el Salón de los Pasos Perdidos de la Gare de St. Lazare, y hasta me perdí en los laberintos de este punto de salida y llegada a un tren que me llevaba en cinco minutos al sitio donde vivía, en la casa de la Dra. Catherine Heymann en Levallois—Perret. Catterine, charmante, hizo todo para que me sintiese bien y me dejó solo en su apartamento por una semana. Como siempre, viajo con poco de dinero, de modo que comía pizzas y coca cola o panes largos con jamón llamados baguettes, como lo hacían cientos de personas quizás con poco dinero como yo.

Pero París bien vale una baguette, o una creppe. Anduve a lo largo del Museo d'Orsay, y me adentré en el barrio de St. Germain de Prés, pero decidí andar y andar hasta meterme en callejuelas del Barrio Latino. Luego me fui a la Bastilla, pero llegué tardíamente, ya había sido derruida por una insurrección popular, no obstante hay una ópera nueva allí de hormigón y cristal y un obelisco en el medio y estaciones de metro. De ahí seguí para la zona de los teatros, frente al Puente Nuevo, que a pesar de su nombre es antiquísimo. Me cité de nuevo con mi amigo Raúl Caplán, profesor de Nancy, quien me esperó a que yo ascendiera a la Torre Eiffel, y luego ya dije que me invitó a ver la exposición de los surrealistas en el Pompidou. Nos divertimos muchísimo viéndole los freudianismos a Dalí, que opacaba a todos los demás allí, incluidos Picasso y Lam, de quien vi un cuadro de colección privada, nunca visto en Cuba y no recuerdo que fuese exhibido antes. Me divirtió ver cómo en París, si andas solo, no existes, nadie te mira, nadie ve nada sino solo a París, que es una ciudad-narciso mirándose en el Sena. Pigalle de día es cualquier buen sitio, de noche pulula el amor tarifado de todos los sexos.

Con unos amigos recién conocidos, llamados Charles y David, paseamos en su coche toda la tarde por la ciudad en compañía de dos perras, una grandota en el asiento de atrás, tranquila, y una pequeña muy inquieta que quería lamerme la mano. Bajamos en lo alto de la colina del Sacré Couer en Montmarte y luego descendimos caminando. En el Sacré Coeur casi canto un te deum, acción de gracias por estar allí, pero en seguida bajamos al Molino Rojo y al barrio «caliente», y luego los amigos me llevaron de paseo por el barrio gay (dit: Marais); parecía un congreso de gays en las cafeterías, más bien aburridos diría yo, con más presencia de gentes supra cincuenta años. Ya en la noche, cenamos en un lindo restaurante de moda, y nos fuimos a un alegre pub subterráneo de varios niveles, con bares y un salón de baile, donde nos quedamos hasta casi la madrugada. Al salir, la cola masculina para entrar era bien crecida.

Francia posee sus peculiaridades habitacionales, por ejemplo, para entrar en el apartamento de Angers, casa de la profesora amiga Marie-Jose, tenía que escribir una clave (que no revelo, por cortesía y caballerosidad: es el año de su nacimiento), luego entrar a un vestíbulo con espejo, donde dos veces me asusté conmigo mismo, más adelante abrir con una llave y entrar al elevador y salir en el segundo piso, meter la llave y al fin entrar al apartamento.

París es una ciudad sofisticada. Desde la casa de Catherine Heymann en tren hasta la estación de San Lázaro son cinco minutos lindos, gratos (como hay africanos y árabes en París, ya lo dijo Nostradamus profetizando invasiones en estas fechas actuales). Me fui con Catherine a comprar algunos regalitos mínimos con mi capital decapitado y ella me llevó a los almacenes Printemps, pero allí me resultaba caro y fueron mis propios ojos quienes descubrieron los almacenes Tati, que es una vergüenza para un parisino clase media comprar allí, pero como no soy parisino y mucho menos rico, como no sea de poesía, y con poesía no se paga ni un café, pues compré unas boberías de halago para personas que me ayudaban con mi karma. En la Biblioteca Nacional más antigua me revisaron todo como si yo fuese un terrorista, y entramos y nos sentamos en un patio jardín precioso. Luego paseamos por la zona de la Opera, hasta el Palais Royal, y regresamos cansados a su casa. Estaba hecho polvo, si bien polvo de París.

Habiendo ofrecido conferencias en París, Estrasburgo, Nancy, Rouen y tras caminar mucho más que lo relatado del enorme París, mis diez días en Francia se agotaron muy productivamente. Regresé a Cuba satisfecho y sonriente.
 

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