Pedro Lemebel: Recuerdo/fragmento/en La Habana
Para Esteban Illánes y Jorge Becker, que me trajeron desde Chile imágenes del funeral de Pedro.
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Los que esperábamos verlo entrar como una desatada Yegua del Apocalipsis, con trote alborotado y anunciador de una feroz performance, conteníamos el aliento. Llegó, enfundado en ropas oscuras, con botines anaranjados, y esa expresión que nos hizo comprender que el acting estaba de más. No era el Pedro Lemebel que se paseó desnudo, a lo Lady Godiva, junto a su compinche Francisco Casas, por las calles de Santiago. Ni la loca desaforada que se coronara con jeringuillas llenas de sangre para representar a Chile en un desfile del Gay Pride norteamericano. Todo eso lo acompañaba como mito, y venía de su mano sin necesidad de alarde. Travestido casi, su memoria, su dolor y su manera de tocar los puntos extremos eran su carta de presentación bajo esa apariencia tan discreta. Habló, y lo primero que hizo, en la sala Galich de la Casa de las Américas que le dedicaba en ese 2006 su Semana de Autor, fue leer su famoso Manifiesto. Para quienes no conozcan ese discurso roto en versos hirientes, anoto que el texto arranca mencionando a Pasolini y a Allen Gingsberg en la expulsión que tuvo como final su visita a Cuba como miembro, justamente, del jurado del Premio Casa a inicios de los 60. Sin alzar la voz, sin necesidad de arquear la ceja a lo Dolores del Río, Pedro Lemebel dejaba claro que no estaba entre cubanos para inclinarse beatíficamente ante la Revolución, la Isla ni su historia. Ya nos había visitado, y comunista y maricón, sabía de las angustias homofóbicas del país que ahora le regalaba esta jornada que, como él mismo advirtió, en Chile nunca le hubieran brindado.
Durante las sesiones del evento, se sentó al fondo de la sala, nunca en primera fila. Oía en silencio los textos que sobre sus performances con las Yeguas del Apocalipsis, sus crónicas inimitables y su única novela, Tengo miedo torero, leíamos algunos de sus devotos. Folletín, quiso definir con cierta insistencia ese libro que Casa de las Américas editaba como cierre de la Semana de Autor. A él le debemos cierta reivindicación de esos géneros olvidados y tenidos a menos, periféricos, marginales: la crónica y el folletín, heredero de la novela por entregas. Solo que en su caso, esas crónicas rompían el molde del gusto social para abrir sitio a una galería de travestis, maricas, colizas, enfermos de Sida y otras cosas más o menos innombrables, según el oído de cada cual, y su novela no llevaría nunca la firma de Corín Tellado o sus acólitos. Nos regaló imágenes de sus heroicas apariciones con Francisco Casas, y narró las circunstancias de esa cueca que bailaron descalzos un mapa de este continente, cubierto por cristales rotos, y se recordó cubierto de cal viva en otra acción que honraba a las víctimas de la dictadura. Una foto quedó en mi memoria, justamente aquella donde no se les ve: Francisco y Pedro irrumpían en un acto público, con ropas femeninas y tacones cubiertos por grandes abrigos, que se quitaron en el momento oportuno ante las miradas de aquellos a los que querían escandalizar. La policía intervino antes de que pudieran desplegar lo planeado, y en la fotografía, sale únicamente la pierna de Pedro. Pierna cortada en el borde del fotograma, luciendo un tacón provocador. Pierna de una Sarah Bernhardt teatral y agitadora. Pieza desmembrada de un cuerpo que se alzaba en su protesta bajo los reflectores para sobrevivir como memoria de una figura que gozaba su gesto como insulto. Cerraba las sesiones con agradecimientos y anunciando su paso por las zonas de ligue habaneras, que amigos oportunos le dejaban conocer, y en las que asombraría con esa imagen de abuela travestida, armada bajo el traje negro de encantos y triquiñuelas propias de un bolero retorcido y hechizante. No hubo maquillaje ni presunción. Fue Pedro Lemebel ante nosotros ya de vuelta de todo. Y con esa calma de quien ha vivido y más, sobrevivido a tanta batalla, firmó los ejemplares de su folletín. Presté el que me dedicó esa tarde y nunca volvió a mis manos. Que quien lo tiene ahora lo guarde como talismán, creyéndose añadido a la lista de amantes, reales o ficticios, que Pedro Lemebel entretejió en su semana habanera.
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Pedro Lemebel está ya en ese grupo de escritores que desde mediados de los 70 cambiaron la política verbal del deseo homoerótico en nuestras letras. Si antes de Manuel Puig, Reinaldo Arenas, Manuel Ramos Otero y algunos más, la problemática de los libros que se atrevían con el asunto giraba alrededor de la idea del secreto y la opresión externa e interna que este generaba sobre quienes lo llevaban consigo; él, como esos nombrados y tantos que han venido después, se libran de ese peso para cambiar la interrogante y hacer un cuestionamiento más grave y agudo. Ya no se trata de cómo reconciliarse o no con el mundo tras identificarse como homosexual o lesbiana; sino de saber o tratar de saber dónde poner a la loca, al virago, al fenómeno que se goza de lo que es en un tiempo de crisis, de revoluciones o de cambios. Desde El beso de la mujer araña hasta hoy esa tensión ha generado libros interesantes, que siguen irritando o seduciendo, y en esa línea está Tengo miedo torero y también, claro, las crónicas de Lemebel. En su caso, hay un elemento no menos importante, y es su lenguaje homosexuado, el acto liberador y transgresor de la loca que no escribe solo para gritar su demanda, reclamar su sitio bajo el sol, y procurar el cuerpo del otro hombre que la asista, la devore y la endiose. Es el recurso verbal de quien se apodera de las palabras para doblarlas y moldearlas a su gusto, como haría bajo el cuerpo del amante, en pos de una fusión total y penetrante. Las metáforas, los dibujos, el ornamento, el sobrante que otros rechazarían, deviene aquí punto de gozo, también erótico, que retrata sin piedad al enemigo, al hijodeputa, al amigo traidor y al propio escritor, que se sabe no menos capaz de artimañas y juegos terribles que cualquier otro. La loca que Pedro Lemebel rescata y representa es un carácter que borda su ley personal en los límites del delirio, y eso alcanza al lenguaje, lo homosexúa, lo transparente a través de toda esa textura de color, vibración y contraste que lo hace irrepetible. La Loca del Frente, como Molina en El beso…, llega a la política por amor; y el abandono del amor lo deja a solas con la causa de lucha que la ha transverberado. La revolución es también un amante que se escapa. Disimular el adiós con un golpe de cuplé resucitará a La Loca, que sin embargo, no podrá ser ya la misma. En el espacio intermedio que va de capítulo a capítulo, la Revolución misma se discute. Pero la diferencia es que, desde esos primeros libros que establecieron el cambio, el pájaro, la yegua, la cherna, la loca, el joto, la maricona, no tiene que pedir permiso a nadie para cantar el nombre de su amor a golpe de bolero. Pedro Lemebel, en el ámbito de nuestra lengua, es uno de los grandes estilistas de lo queer.
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Cuba aparece en las crónicas de Pedro Lemebel en sitios distintos. La visita como parte de las Yeguas del Apocalipsis generó aquellas páginas luego recogidas en Adiós, mariquita linda, que retratan a La Habana como un cardinal donde muchas cosas impensables eran también realidades conmovedoras. Pedro y Francisco tuvieron su intervención en el patio del Centro Wifredo Lam. No recuerdo que en el turbión de ese evento tan grande se les promocionara con particular interés. Habrán sorprendido las locas, con sus manifiestos de sexo y política libre a algunos funcionarios. Lo memorable de aquel viaje son otros pasajes, como el salvado en la crónica en la que Pedro relata su encuentro fugaz con un joven enfermo de sida, que en una noche de escape, salió del sanatorio donde estaba recluido y le contó ciertas cosas al chileno. Se lo llevó de baile a La Cecilia, al coctel inaugural de aquella fiesta de artistas plásticos. “Yo también soy una araña leprosa”, le dijo Lemebel a Adolfo, el cubano, preparándose para darle un beso anunciado por Manuel Puig.
La más recordada de las referencias a Cuba en lo que Pedro escribió es la de su desencuentro con Silvio Rodríguez. El trovador, nos cuenta, cambió su sonrisa por una mueca cuando aquella loca chilena le hizo saber que los homosexuales de su país habían asumido “Unicornio azul” como himno. La respuesta vino con el eco de aquella frase de las Palabras a los intelectuales que han sido manipuladas una y otra vez desde aquel 1961: con la revolución todo, contra la revolución nada; o cosa así, según se citen y se mal recuerden. El chorro de agua fría mojó esa crónica, que como fantasma azulado reaparece una y otra vez, y ha sido incluso tildada de mentira. Cuando retornó a la Isla, como parte de la Feria Internacional del Libro del 2009 y dedicada a Chile, ese espectro reapareció como demanda a Pedro en varios periódicos de la derecha. De esos reclamos viene un último recuerdo amargo.
Pero en Serenata cafiola, del 2008, Lemebel dejó una crónica en su estilo más puro, en la que rescata el paso por Santiago de Chile de Omara Portuondo y María Bethania, que promocionaban el álbum que grabaron en conjunto. La brasilera sale bastante mal parada en esas páginas, mientras que la cubana se alza como diva absoluta, remarcada en la foto que el libro contiene, en la que sonríe junto a un Lemebel envuelto en ese look que ya le conocimos acá en el 2006. La Habana que Pedro reencuentra en la garganta de la Portuondo era más amable y matizada que la de las consignas que le llenaron la pupila, desde muros y carteles, cuando la visitara por primera vez.
Si la Semana de Autor transcurrió como una ocasión gozosa, con un Pedro Lemebel en plenitud, su último paso por Cuba, al menos de manera oficial, fue menos grato. Recuerdo que venía enfermo y disgustado por la resurrección de aquel unicornio negro que le sacaron nuevamente sus enemigos al saber que vendría con la Bachelet a la Feria del Libro. Tenía programada una intervención en La Cabaña, en la Comandancia del Ché, nada menos, a la que nunca llegó. Jóvenes locas cubanas corrieron a los estantes donde editoriales extranjeras vendían sus libros, con el anhelo de inclinarse ante el autor de esos párrafos y susurrarles parlamentos de su devoción. Varios escritores chilenos, llegada la hora, ocuparon la mesa. Pocos les atendían. Faltaba Pedro, el más reconocido y esperado, que debía entrar ahora vestido de blanco, pues así se dejaba ver en aquellos días de invierno, y deslumbrar a todos. La puerta, al fondo, se abría de vez en vez y las loquitas y los demás admiradores torcían el cuello con la esperanza de verle hacer su aparición. Se quedaron con las ganas. El mito cuenta que Pedro tomó un taxi rumbo a la Fortaleza de La Cabaña, a la que nunca arribó. Se perdió por el camino, desapareció de la Feria. Se esfumó en un acto de magia que nunca nos fue descifrado.
Como los mitos son espirales siempre crecientes, luego he sabido de otra visita, no menos fantasmal a Cuba, supuestamente en el 2012, cuando vino a por un tratamiento médico, aunque no hay muchas confirmaciones de ese tránsito que pocos pueden atestiguar. Él, que rindió tributo a Gladys Marín desde la sala Galich de la Casa de las Américas proyectando fotos de la luchadora comunista al tiempo que se oía un tema de Juan Gabriel, iba a ser embestido por la misma enfermedad que consumió a su amiga, y murió sin el Premio Nacional de Literatura que, pese a la campaña que sus amigos y admiradores desataron, recayó en Skármeta. Falleció en enero, y nos dejó un vacío que no podrá cubrir nadie. El mal en su garganta pudo arrancarle la voz. Pero cuando lo leemos, esa voz está en nosotros. Seguirá cantando sus himnos de batalla en los gestos del deseo de cada uno de sus lectores.
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Su entierro fue un encuentro lleno de emociones, donde no faltaron tensiones políticas y pasiones de victrola. Fue enterrado en un cementerio humilde, en la periferia, y las palabras formales estuvieron de más. La despedida devino abrazo, en una iglesia que se sorprendió ante esa galería de locas, travestis, artistas, gente tremenda que hizo del ceremonial un acto de reafirmación. Un par de amigos me han mostrado imágenes de ese momento al que asistieron, y cuentan que al final de todo, se fueron muchos a un bar cercano, a recordar con aires de victrola y música popular a ese difunto tan inquieto y memorable. Trascenderá también por ese acontecimiento. Batalla tras batalla, derribando enemigos a izquierda y derecha, esa loca comunista se hizo de un sitio donde su voz y su verbo dilataron otros órdenes de libertad, desacato e independencia.
Pienso en Pedro Lemebel como encarnación de ese proyecto mayor que da respuestas incómodas a la pregunta que sus libros, y los de sus compinches, nos legaron. Qué hacer con el homosexual, con el travesti, con el transexual, con el paciente de Sida, con la loca mayor y casi anciana, con esos cantos y manierismos que definen a una nación desde sus opuestas y han contaminado, se quiera o no, el discurso viril de una Patria enceguecida en su heroísmo. Qué hacer con el cuerpo quebrado, el ala rota, que también quiere sumarse a una noción de futuro menos asfixiante, y más dada a batallar de lo que muchos quisieran. Qué hacer con el pájaro que quiere además casarse, o tener hijos, o no ser borrado junto a su pareja en el censo que reconoce a los vecinos que comparten con él otras promiscuidades de abundancia y de carencia, ni ser gays ni sujetos de una institución formal y aprobada por la oficialidad. Qué política discutir, allí donde el placer tiene su propio territorio, y la noche impone su moral no siempre recta. No hace mucho supe de la muerte de Giuseppe Campuzano, el activista que imaginó ese proyecto deslumbrante que fue el Museo Travesti del Perú, y que me buscó en La Habana para darme un catálogo de ese sueño marica que socavaba la historia oficial de su país. Pedro, a quien siento tan cercano a esas relecturas y replanteos, tampoco está ya en el mundo de los vivos. En su país, el movimiento por los derechos homosexuales tiene un quehacer intenso y no pocas luchas a las que sobrevivir. Sus crónicas, donde mejor se escuchó su voz, rescatan una voluntad que nos ayuda a hacer memoria. A reconocer la memoria común de cualquier punto del continente donde los homosexuales y lesbianas deben asumir esa responsabilidad marginal de una historia que les corresponde y que siempre está amenazada. Sus libros son acta de lucha. Manifiestos. No en el ataúd quiero imaginarlo. Sino como uno de mis héroes, capaz de entonar otro canto de lidia sobre la cadencia de una balada pop que nos dice, una y otra vez, que sobrevivir es un acto de fe, y que aquel que espere del homosexual un gesto siempre pasivo se equivoca. En la disidencia del deseo, erótico, político e histórico, él nos anima y nos hace recuperar conciencia. Se dibujó alguna vez como orquídea enamorada. Me robo esa flor y me la pongo tras la oreja para irme de caza, ahora que ya anochece.
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Editado por: Nora Lelyen Fernández
