El traductor en su laberinto
“Aquí tenemos a Mongo, de pura raza latina.
Su madre nació en el Congo. Y su padre era de China”.
JOSÉ ENRIQUE RODÓ
Acababa yo de recibir en la ciudad de San Francisco, Estados Unidos, el Premio “Aurora Borealis” 2011, en la categoría de Ficción, que la Federación Internacional de Traductores otorga cada tres años, en el marco de sus congresos, a un traductor por la obra de la vida. Mi antecesor, el laureado de 2009, era nada más y nada menos que Gregory Rabassa1, el hombre que abrió las puertas a la comunidad de habla inglesa a los más grandes de la literatura latinoamericana y, posiblemente, uno de los traductores más famosos del mundo, por cierto, de padre cubano, con más de cincuenta obras traducidas a su haber.
Sobre este traductor extraordinario, aparte de su fama universal, solo conocía el trabajo de una amiga muy especial, la profesora Gilda Calleja Medel2, cubana radicada en León desde años atrás; pero de las traducciones en concreto de Rabassa no tenía muestras, puesto que su desempeño fundamentalmente se nutre del español como lengua de partida hacia el inglés y el portugués, y sus ediciones en esas lenguas han tenido en Cuba muy escasa o ninguna circulación.
Me figuro que por la filiación cubana del traductor y por haber tenido el inmenso honor de suceder a Rabassa en el Aurora Borealis −una vecindad que me asusta y me conturba por la disparidad en el nivel de nuestras respectivas obras−, la amiga de origen colombiano y profesora María Constanza Guzmán, que ejerce su docencia en Estados Unidos, en uno de sus frecuentes viajes a la Isla, tuvo la enorme gentileza de hacerme llegar un ejemplar de su abarcador estudio sobre Rabassa, que acababa de salir de las prensas, titulado: Gregory Rabassa’s Latin American Literature: A Translator’s Visible legacy (Lewisburg: Bucknell University Press, 2011). Casi un año después, he tenido la oportunidad de agradecer personalmente a María Constanza en ocasión de su participación en el Simposio Internacional de Traducción Literaria celebrado en La Habana en noviembre de 2013.
En su estudio, la profesora Guzmán analiza la concepción traslativa de Rabassa, estudia la relación del traductor con sus autores y revisa la recepción de sus traducciones. Además, el libro de Guzmán proporciona una relación de las traducciones realizadas por Rabassa, recoge una entrevista con el traductor e incluye copias de una serie de borradores y manuscritos anotados, igualmente valiosos para los estudiosos del tema. El estudio de Guzmán es, sin dudas, una referencia insoslayable para todo acercamiento a la figura de Gregory Rabassa.
En cierto sentido, un traductor es un guía que nos cruza de la mano al otro lado de la barrera de las lenguas. Rabassa ha sido eso: un iluminado con el don de iluminar; un mediador que, palabra a palabra, colocó los cimientos del puente para que Gabriel García Márquez, José Lezama Lima, Mario Vargas Llosa, Miguel Ángel Asturias, Julio Cortázar, Jorge Amado, Clarice Lispector, Donoso, los Goytisolos, Machado d’ Assis, Vinicio de Moraes, Lobo Antúnez y muchos otros autores fundamentales del boom latinoamericano, alcanzasen y conquistasen a los lectores angloparlantes y lusoparlantes del mundo entero -que son millones-, en sus propias lenguas.
Ni qué decirles tengo que, a partir de esas “iluminaciones”, por sus enormes valores, por sus antecendentes cubanos y por lo del Aurora Borealis, me convertí en una natural estudiante de la obra de Rabassa y perseguí con tenaz curiosidad todo cuanto me cayese a la mano sobre este traductor. Los materiales que reúno aquí, por consiguiente, no son de mi autoría, los he recopilado, restructurado, reproducido y ordenado con arreglo a mi propia línea de pensamiento, con el ánimo de que mis colegas también se acerquen al quehacer de Rabassa. Pertenecen a distintos textos. Pueden consultarse integramente en sus fuentes respectivas en la web de Rabassa.3
G.R.: De joven, era un coleccionista de idiomas −confiesa. Gracias a Dios tuve una educación antigua. En la escuela estudié latín y francés; en Dartmouth, español y portugués. Gran parte de este estudio consistía en traducir; no creo que los estudiantes aprendan tantas palabras ahora. Traducir es tener vocabulario incorporado. Durante la Segunda Guerra Mundial pasé dos años en Italia y aprendí italiano. Compré en Nápoles una buena edición del Dante que me acompañó durante la campaña.
Por ser lingüista, lo aceptaron en el servicio de inteligencia militar para trabajar con criptografía: traducción en el propio campo de batalla. Las fuerzas aliadas en Italia incluían unidades británicas, francesas, polacas, canadienses, marroquíes, gurkas y brasileñas. Increíblemente, en medio del infierno, encontró un extraño paraíso lingüístico. Al volver de la guerra, se mudó al Greenwich Village. Estudió en el Darmouth College. Como el gobierno ofrecía pagar los estudios de los soldados, se matriculó en Columbia, donde obtuvo el grado de Doctor. En 1955, le ofrecieron dar clases y ejerció allí la docencia durante más de dos décadas. Colaboró con Odisea, una revista de esa universidad y su tarea consistía en buscar cuentos hispanos. Como no había traductores, los traducía él. Hasta que lo llamaron de una editorial. Rabassa también se define como un brasileño por adopción. En los años 60, le dieron una beca para realizar estudios sobre literatura brasileña.. Fue el único país de Latinoamérica en el que vivió y del que nunca se fue, dice, aun cuando ese era un uso figurado: “Cuando llegué a Brasil la primera impresión fue: “¡Esto es una Cuba inmensa!’”. En 1968, se cambió al Queens College, donde sigue enseñando actualmente en calidad de catedrático distinguido de Lenguas y Literaturas Hispanas.
En la biblioteca atestada de libros, de dibujos y de manuscritos que ocupa la pared más grande de la sala de su apartamento del Upper East Side de Manhattan, en la Avenida Lexington, y concretamente, en el segundo estante empezando desde abajo, están todas las obras que tradujo, una tras otra, en orden cronológico. Frente a la ventana hay una máquina de escribir portátil marca Olympia, que Rabassa compró hace medio siglo. La mandó a modificar para agregarle los acentos del portugués. Se puede escribir en todas las lenguas románicas e incluso en alemán. Fue con esta reliquia −¿la máquina de escribir más culta del continente?− que Rabassa echó, palabra por palabra, los cimientos de lo que conocemos como boom latinoamericano; literatura que conquistó el mundo luego de ser traducida, hasta conseguir tres premios Nobel.
Cuando habla de la literatura latinoamericana, Rabassa destaca el papel de la lengua y de la palabra como elemento unificador, indisolublemente asociado entonces, a la misión del traductor. ¿Se puede entonces hablar de una literatura latinoamericana?
G.R.: La única cosa que tal vez puede conformar una literatura latinoamericana es que la gente se lee entre países (…) En 1965, querían traducir Rayuela, una novela argentina de un tal Julio Cortázar.
El destino es una casualidad: un año después Rayuela obtuvo excelentes críticas en Estados Unidos y Rabassa ganó, con su primer trabajo, el Premio Nacional del Libro en la categoría de Traducción. La versión inglesa de la célebre novela de Cortázar salió con el título de Hopscotch (Pantheon Books, New York, 1966).
G.R.: El libro lo fui leyendo mientras traducía. A medida que avanzaba, le iba mandando algunas páginas a Julio, que tenía un buen inglés. Con el tiempo nos hicimos grandes amigos. Nos visitó varias veces” (...) “Traduje casi toda su obra. De los escritores que conozco de Hispanoamérica, Julio es ‘el más único’. Tiene algo más.
Luego de Rayuela vino Mulata de tal, del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, quien recibió el Premio Nobel en 1967, el mismo año en que apareció su traducción. Después tradujo a García Márquez, que muchos años después obtendría también un Premio Nobel.
G.R.: No. Después de Mulata de tal vino La manzana de la oscuridad, de la brasileña Clarice Lispector, una mujer que se parecía a Marlene Dietrich, pero escribía como Virginia Woolf. Es una buena combinación. Estaba en eso cuando me contactaron por recomendación de Cortázar para traducir Cien años de soledad. Dije que no, estaba ocupado. Pero Julio convenció a Gabo para que me esperara. Gabo esperó y al final salió todo muy bien.
One Hundred Years of Solitude (Harper & Row, New York, 1970), fue la traducción al inglés de Cien años de soledad (1967), obra central del realismo mágico.
G.R.: Fue uno de los pocos libros que había leído antes de que me propusieran traducirlo. Sabía que era muy bueno, pero lo trataba como cualquier otra tarea. Si no, la traducción hubiese sido muy mala. Traduzco la Biblia con el mismo espíritu con el que traduzco un texto de economía. Traducir es una cuestión de hábito. Yo pienso solo en el trabajo, no en sus implicaciones. Y además, me divierte. Gabo no se metió mucho. Yo más bien consultaba a un médico colombiano amigo, que vivía en Long Island para entender algunas palabras.
Hablando de su traducción de El otoño del patriarca (The Autumn of the Patriarch, Harper & Row, New York, 1976), de García Márquez, con la que Rabassa ganó el prestigioso premio PEN, comenta:
Ese libro tiene esa prosa, digamos, sin respiración, sin puntos. El New Yorker iba a publicar un anticipo y querían ponerle puntos y párrafos para hacerle el trabajo fácil al lector. Gabo y la editorial lo aceptaron. Luego vinieron con otro problema: la palabra ‘mierda’. El New Yorker no publicaba palabras sucias y pedían cambiarla por un sinónimo. Eran bastante puritanos. Para mí eso era ir demasiado lejos. Porque ‘mierda’ es una de las palabras predilectas de Gabo. Aparte, no puedes cambiar ‘mierda’ por ‘excremento’ sin perder algo en el camino. Nos negamos. Supe que hubo una gran reunión editorial en el New Yorker con todos los responsables de la revista y los abogados, todos reunidos alrededor de una palabra: ‘mierda’. Y finalmente, optaron por publicarla. Yo creo que este triunfo tuvo más honor para Gabo que el Premio Nobel. Él quebró ‘la barrera de la mierda’ en el New Yorker.
Entre Gabo y Vargas Llosa, Rabassa tradujo La casa verde y Conversación en la catedral.
G.R.: Creo que Gabo había leído Rayuela en inglés para ver mi trabajo. Él sabe más inglés del que dice que sabe. Distinto a Vargas Llosa, que no habla inglés tan bien como cree. La personalidad de Mario es así. Su inglés es el que aprendió de libros, un inglés jesuítico, cicerónico, correcto, exacto. Es decir, impropio para la traducción. Siguiendo sus consejos no hubiera quedado muy bien. Él es un poco austero.
»También había conocido ya a Jorge Amado. Primero tuvimos larga correspondencia. Recuerdo que luego de las primeras traducciones me escribió para decirme que había puesto una vela en mi nombre para Iemanjá, la diosa del mar, en la religión del candomblé. ¡Mira qué honor! Es de las cosas más bonitas que me han pasado por este oficio. Luego lo conocí en Nueva York, por sus últimas novelas que traduje. Era un hombre bastante abierto y festivo, y le gustaba la vida y los excesos, pero era también modesto. En sus novelas hay mucha actividad, pero él era un hombre pacífico que dejó estas cosas para sus novelas. Hay mucho más en Jorge Amado de lo que la gente espera. Hay cierta hondura, profundidad. La intelectualidad brasileña lo minimiza, pero hay mucho más en su literatura de lo que ellos ven.
En su libro de memorias: If This Be Treason: Translation and Its Dyscontents, a Memoir (New Directions Publishing Corporation, New York, 2005), Gregory Rabassa afirma que la traducción es imposible. ¿Cómo entonces dedicarle la vida a hacer algo que se asume imposible de hacer?
G.R.: Eso es muy natural. La vida como la imaginamos también es imposible; porque es mortal. Ahora estamos aquí, y no podemos creer que vayamos a morir. Intelectualmente sí, pero no se siente. Y así es la traducción. Pensamos que se puede pasar de una lengua a otra lengua, pero, en efecto, no se puede. La ilusión es suponer que las lenguas son iguales.
¿Entonces el traductor es un traficante de mitos?
G.R.: Quizá. Porque el mito es la palabra. El mito es el nombre, como los dioses Apolo, Zeus. Si a Apolo lo llamo Charly, el mito ya no existe.
Notas
1 Gregory Rabassa (9 de marzo de 1922, Yonkers, Nueva York). De padre cubano y de madre británica. Se le considera uno de los grandes traductores de literatura hispanoamericana en el mundo.
2 Véase Gilda Calleja Medel: “Gregory Rabassa, el traductor del boom”, que puede consultarse actualmente en: HISTAL, enero, 2004: http://translatoruy.wordpress.com/2011/10/13/la-traductologia/
3 http://www.finebooksmagazine.com/issue/0104/translator.phtml
http://www.qc.cuny.edu/communications/news_services/releases/Pages/NewsArchive.aspx?TemID=1048
Editado por: Nora Lelyen Fernández
