El recorrido francés, 2006
La noche del 28 de noviembre de 2006 inicié un grupo de desplazamientos que comprendían las ciudades de Rennes, Nantes, Angers, Limoges y Toulouse, para desde allí partir con mi querida amiga Francisca López Civeira en un viaje rocambolesco, hacia Florencia, encontrarme en esa ciudad italiana con Alberto Acosta-Pérez, permanecer ocho días, y regresar yo solo a París en tren, y en dos días más devolverme a La Habana.
Había pasado once días en París, uno de los cuales lo dediqué a la lluviosa Rouen. En primera clase del tren de alta velocidad, llegué a Rennes en la madrugada. Me esperaba el profesor y narrador de origen argentino Néstor Ponce, en cuya casa me quedé hasta el amanecer. De esa visita creció la posibilidad de editar en Cuba una novela suya, lo cual ocurrió solo dos años después en la Editorial Arte y Literatura.
Mi amigo uruguayo-francés Raúl Caplán me había armado un ciclo de conferencias en las universidades de esta ciudad, en la de Nantes y en la de Angers. Néstor me condujo a la Universidad, donde por casualidad participé en un diálogo entre dos profesoras jefas de departamentos, con una fuerte discusión que casi no se notaba que lo fuera, sobre otra conferencia de un profesor español que una de ellas invitaba. Mi conocimiento del francés fue suficiente para entender la mayor parte del diálogo ácido en el que las profesoras mostraron sus antipatías personales. Rara experiencia viajera. Por suerte, mi conferencia sobre obras de Carpentier tuvo una muy buena recepción ante un poco más del centenar de personas, cerrada con un fuerte aplauso, que no me esperaba.
Esa noche dormí en un hotel frente a la Gare, y al amanecer del 30, salí para Nantes. De Rennes no recuerdo casi nada más que ese Hotel Brest y la Gare, pese a que caminé en la tarde, tras mi conferencia, por la zona de la Catedral, por las plazas de Boulogne y de la Republique. En la noche tuve una tertulia literaria con Néstor y el narrador español Arturo Cervera (motivo de discusión de las profesoras), y luego una linda cena. Tenía mucha hambre, espero que no se me haya notado en demasía.
Ya en Nantes, me esperaba la profesora Sandra Hernández (de origen cubano), quien, al bajarme del tren, me preguntó muy simpática: «Parlez-vous espagnol?» Iba con una joven amiga profesora, Sandrine Sintas, la cual me ofreció un rápido recorrido por Nantes, sobre todo por las ruinas gloriosas del Castillo de Ann de Bretagne. Íbamos a hacer un paseo en barco por el Erdre, afluente del Loira, pero el tiempo no fue suficiente, al menos pude ver la Catedral de San Pedro y San Pablo. La Bretaña me recibía al fin sin lluvias otoñales. Fue un gusto ver sus paisajes campestres a la velocidad del tren.
En la Universidad me fue muy bien, era ya mi sexta conferencia francesa y volví a disertar sobre la obra carpenteriana. Allí conocí a la profesora Marie-Jose, a cuyo apartamento de Angers me iría al día siguiente. En la tarde, cenamos con el esposo de Sandra y con Raúl Caplán, en cuya casa me iba a quedar en la entrada noche. Sucedió allí algo simpático: llegamos como a la una de la madrugada, todos dormían, la esposa martiniqueña de Raúl había preparado una cama en el estudio del ático, me desvestí y me acosté bajo un frío enorme y, de súbito, la cama cedió, caí al piso de madera bajo un ruido atroz que despertó a toda la familia. Decidí dormir con el colchón en el piso, esperando que no se cayera.
Raúl Caplán me condujo en su carro hasta Angers, por el camino vimos los castillos de St. Jorge sur Loire, ruinas del famoso sitial de Barba Azul, y el de Serrant, cuyo conde titular vive allí. Marie-Jose me esperaba con mucho agrado. Más tarde llegó su hija Justine, internada en una clínica, dado su elevado grado de inquieto autismo. A Justine le encantaba cantar, y canté para ella varias canciones de Teresita Fernández, pues aunque tenía veintiocho años, su edad mental era la de una niña, muy repetitiva y difícil de manejar. Recuerdo el único paseo que hicimos los tres por el centro de la ciudad, Marie-Jose muy nerviosa, pero pudimos visitar la Catedral de St. Maurice, del siglo XII, recoleta, elevada, hermosa, y algunas calles de la bella Angers. El Castillo de Angers me mostró a los lejos sus muros antiquísimos. El resto del tiempo lo pasé en el apartamento, necesitaba ese día de descanso, recibí llamadas telefónicas de Alberto Acosta-Pérez desde Sevilla, con detalles sobre nuestro viaje a Florencia y de mi amigo el poeta Justo Jorge Padrón, desde Madrid.
El domingo 3 de diciembre me despedí de Marie-Jose y su hija en la estación de trenes y seguí hacia Limoges. Iba algo acatarrado. Cambié de tren en Vierzon bajo la lluvia. En Limoges me aguardaba la profesora Dominique Gay-Sylvestre, dimos algunas vueltas hasta que la Gare se quedó casi vacía, pues no nos reconocimos, ella no esperaba a alguien de tipo «europeo» (lo que me hizo gracia), pues en París no nos llegamos a ver. Supongo que esperaba a un mulato cubano. Me llevó desde una estación de trenes preciosa, una de las más bellas que vi en Francia, hacia un cómodo hotel cercano llamado Jeanne de Arc. Llovía de nuevo y esta vez tenía la desventaja de sentirme afiebrado por la gripe ya no incipiente. Dominique me ofreció un lindo paseo por la ciudad, vimos su curiosa Catedral de siglo XIII y los centros famosos de la cerámica de Limoges, pero nada por allí superaba la belleza de su estación de trenes.
El día siguiente me enfermé totalmente, pues impartí un seminario de seis horas, con un breve almuerzo intermedio. La sala de clases estaba muy caliente y afuera no solo había mucho frío, sino que llovía. Nos sorprendió una lluvia atroz mientras regresábamos del cercano restaurante, y al final de las últimas horas de mi labor universitaria, casi estaba afónico. Mi labor consistió en proyectar un documental que ya había comentado en París III y en Rouen, pero ahora iba acompañado de un paneo de la cultura cubana del siglo XX. Fue un encuentro muy activo, de gran participación de unos sesenta concurrentes, preguntas, intervenciones, sin deserciones durante esas seis horas, y se consolidó mi amistad con esta profesora, quien me sacó el jugo en su clase-seminario de todo un día docente. Al día siguiente, sin voz, tomé el tren hacia Toulouse.
Atravesé la campiña del centro de Francia viendo cómo llovía y cómo los campos húmedos brillaban cada vez que salía el discreto solecito pre invernal. Al descender en la Gare de Toulouse esperé un rato la llegada de mi amiga Catherine Heymann, quien creyó broma mi imposibilidad de hablar. Digamos que tuve la «suerte» de que mi conferencia en la Universidad se había suspendido (ninguna necesaria ganancia económica), y solo tendría un encuentro en clases dentro de tres días con el profesor y ensayista Jacques Girald, y un recital en el Instituto Cervantes.
El tiempo de lluvia seguía y solo a los dos días de mi llegada, levantó, con un grato sol ya de invierno, pero aún a 12º C. Fuimos andando unas quince cuadras desde la Gare hasta el Hotel París, situado en buen sitio. Alguien me propuso ir a la Universidad con una joven periodista, donde Francisca López Civeira tendría una entrevista radial. Al encontrarme con la amiga historiadora le hice una foto mientras la grababan. Cuando salimos para irnos a cenar, en algún sitio desapareció aquella costosa y sofisticada cámara fotográfica, adquirida en México, lo que me produjo un enorme pesar, pues se fueron veinte días de fotos de ciudades a las que no volvería jamás. Seguía sin voz y sin cámara, malestar físico y cansancio de la vertiginosa ruta francesa por varias universidades. Esa noche pasamos con algunas amigas un rato en un restaurant muy popular, donde una cantante delgada y pequeña cantaba preciosamente canciones tradicionales francesas. Al rato Paquita y yo nos dimos cuenta de que estábamos en una suerte de pub gay y lésbico. Comimos poco, me quedé con hambre y antes de acostarme en el Hotel, salí a comprar algo alimenticio.
El 6 de diciembre participé en una mesa redonda con un profesor mexicano de apellido Flores, yo mismo, y el amable Jacques Girald, quien conocía mi libro sobre García Márquez. Conversamos sobre poesía popular de América Latina en el IPEAL, un instituto pluridisciplinario para los estudios latinoamericanos. Mi mejor recuerdo de Toulouse, mientras recuperaba la voz, fue la gran iglesia románica de San Saturnino, en la ruta del Camino de Santiago, donde vi algunas huellas y marcas de los Templarios.
Cansado de correr de un tren a otro llegó mi último día en la ciudad, con un recital de despedida en el Instituto Cervantes, que no hizo propaganda para su desarrollo, pero luego lo sacó tanto por internet: aún puede hallarse en el buscador de google. No asistió mucha gente, pero la profesora y anfitriona Modesta hizo conmigo un magnífico programa que me hubiese gustado haber grabado. Allí conocí a la directora del Instituto, la poeta Olvido García Valdés, quien me resultó sumamente simpática y su poesía me gustó mucho, leída en los libros que me obsequió. Ella y su esposo nos ofrecieron a Paquita, a la profesora Modesta y a mí, un almuerzo realmente chic, grato.
Si bien en Toulouse no gané ni un céntimo y perdí mi bella cámara fotográfica, este recital compensó espiritualmente mi estancia no gozada. Pagué a Catherine ciento cuarenta euros de mi pasaje en tren hasta Florencia, y el 8 de diciembre salimos Paquita y yo en un viaje más largo de lo que creíamos, claro que debajo de un sonado aguacero, para disponernos a atravesar buena parte del sur de Francia y del norte italiano. El joven cubano Ademir y su esposa francesa Marion, en cuyo apartamento vivió Paquita, nos condujeron bajo la lluvia hasta la lejana Gare.
En breve, estábamos pasando por Carcassone, Narbonne, Sete, parada larga en Nimes, luego en Tarascón, Arlés, y, un rato más largo, en la gran estación de Marsella. Cuando pasamos por Toulon cambiamos para un tren menos confortable en Nise. Pasamos por el Principado de Mónaco, con estación subterránea que apenas nos dejó ver algo del famoso lugar antes de entrar y tras salir del túnel ferroviario de Montecarlo. Íbamos solos en el vagón, muy pocos pasajeros en cada estación (Saint Raphael-Valencienne, cercanías de Cannes, Antibes). Pronto estuvimos en Ventimiglia y a las once de la noche descendimos para estirar las piernas en San Remo. Tras otras paradas en Génova y La Spezia, llegamos a Pissa a la una de la madrugada. Llovía como para arca de Noé. Paquita quiso ir a ver la torre inclinada, pero andábamos con equipaje, aunque ligero, resultó que la torre quedaba demasiado distante de la estación de tren, donde tendríamos que esperar el primer tren rumbo a Florencia a las cuatro de la madrugada.
Nadie nos pidió nunca la menor identificación, y mi amiga Paquita y yo agotamos nuestra siempre infinita charla, hasta llegar a las cinco y media de la mañana a Florencia, con único compañero de viaje un chino joven que se nos pegó, no traía abrigo y supimos casi por señas que venía a la gran ciudad turística italiana a laborar como cocinero, probablemente indocumentado, por el susto que se le veía. Tras tan turbulento y húmedo viaje, Paquita y yo nos reíamos por "haber tenido un chino atrás". Solo a las ocho de la mañana vino Sandra, la amiga italiana de Paquita, a recogernos, llevarse a la Paca para su casa y a mí para el hotel florentino donde esperaría la llegada de Alberto Acosta-Pérez en la tarde. La historia florentina se ha contado ya en otra crónica.
El 16 de diciembre volví a París en tren, me hospedé en la casa de Catherine en Levallois-Peret y regresé a Cuba, sano y salvo y con la cabeza llena, el 18 de ese mes, no sin antes despedirme de la Cité Lux con una cena en soledad en la calle Mouffetard, en el restaurante Le Verlaine, sitio donde el poeta murió a finales del siglo XIX.
