"Después del corazón comiendo rosas" (de la mano de Vicente Huidobro)
Café, música instrumental, ambiente de silencio y luz, provisiones en la despensa y, acaso computadora ¡Bárbaro! ¡A escribir se ha dicho!
Pero no, porque para escribir —advierta que no digo transcribir— lo primero que hace falta es el tanque lleno de un raro combustible, autogenerado en la honda destilería que algunos seres humanos instalan en el alma, para emprender la aventura de arrimarle a las palabras connotaciones que tal vez, solo después de mucho machacar, aprueben las academias.
La lógica de la creación, en el terreno literario, disuelve la traducción de los vocablos en otras músicas menos comprensibles, identificadas con una suerte de lenguaje gestual donde se valida un «código» capaz de remitirnos a sabores insospechados de la palabra «mango», o a sofocantes frescores del verbo «llover».
La palabra en conflicto consigo misma, esa es la brújula. Problémica y a la vez natural, con las costuras sosegadas y ocultas. Se sienta uno a decir con Borges: «La noche es una fiesta larga y sola» y ya se escuchan grillos viajando en la estridencia musical de una noche blanca, a la par que se aprende que la desolación tiene puntos de contacto con el aura gentil de los astros parlantes.
La palabra se nutre del olvido, casi tanto como del recuerdo, y para sondear la poesía no hay como olvidarse, en cierto momento, del perfume almibarado de los jazmines y descubrir, en la pasmosa oscuridad del subconsciente, que aromas como el del maíz tierno, bullente y milenario, se apropian de la sangre con ánimos de reestrenar elementalidades insuperables. Somos pasto de las convenciones, y el acto creativo auténtico parte de una trifulca donde Palas Atenea, sin salir ilesa ella misma, le compone el rostro, con trompadas, a Erato, Calíope, Clío y Afrodita. La creación es pugna, claro está, por eso César Vallejo pudo vestir ayer el traje de mañana y Martí descubrir cómo acechan, desde el ojo tan negro del canario amarillo, insondables premoniciones para escamotearle relieve a la ingenuidad y la inocencia con que el mundo, trepidante, distribuye la luz.
Un simple adjetivo: «desgarrado» no genera igual temblor cuando se lo arrimamos a un objeto —que entonces se nos presenta «roto, rasgado»— que al situarlo junto a una persona, pues aunque la enciclopedia Grijalbo concluya que se refiere a alguien «que se comporta públicamente de manera amoral», todos preferimos sentirlo como atributo de una persona picada en tiras por la angustia. Nadie olvide que vivimos en una época donde el «corazón partido» acusa dimensiones de pandemia.
Y así llegamos al laberinto, a la ensalada de pasadizos donde muchos se pierden y le arriman a las ideas paparruchas suspicaces que tienen que ver con lo que se impone como regla del pensar dominante. Es el dogma, la tiranía de lo establecido, la hegemonía de la lógica, pese a que, como se sabe, raras veces le dibujan un buen rostro a la verdad. Y nadie se llame a engaño: así ocurre desde antes de que Diógenes decidiera encerrarse, con sus monstruos, en el tonel.
Al ser humano se le escurren del alma muchos ríos donde podría bañarse dos veces. Y todo porque Heráclito acuñó que las igualdades sólo son factibles en el orden molecular ¡Cuántas veces nos bañamos, yo y todos los que he sido, en el río de nuestra niñez a la caza de aromas y ternuras que dejamos sumergidas para hoy! El que escribe tiene ante sus antenas un conjunto de signos con significados que se les han prendido como lapas; tal vez su misión más importante no sea despegar éstas de aquellos, sino incorporarles nuevas proteínas semánticas. Si Dulce María Loynaz sentenció: «las cosas que se mueren no se deben tocar» es porque trataba de imponer respeto hacia la persistencia de un mundo subconsciente donde todo debe prevalecer intacto, con aire de recién nacido, sin que importe mucho su estado de corrosión física, o desgarbo, en la opaca magnitud de las cotidianeidades.
Con mayor frecuencia de lo que se supone, el rumiar metafórico entra en contradicción con el pragmatismo idiomático de las políticas, la diplomacia y los negocios, cuyas estrategias lingüísticas no se basan en la invención sino en la dosificación (¿qué decimos, qué callamos?) y con la ubicación en tiempo y espacio (¿cuándo lo decimos?, ¿dónde lo revelamos?). Como resultado de ello, reiteradamente, el hacedor de discursos —tribunas, micrófonos, cámaras y periódicos mediante— piensa al creador como un extraño en su reino y le atribuye, suspicazmente, intenciones que no han estado nunca en sus desasosiegos. El diálogo del creador, pocas veces, se le revela ontológico al resto de los discursos, porque estos le llevan ventaja en crédito de especificidad. Nadie pretende comprender cuando los cibernéticos chapurrean su slang numérico-alfabético, ni cuando los biotecnólogos de las plantas dicen «toti-potencia» como si dijeran «arroz con pollo». Pero al creador, al poeta, como utiliza las palabras de andar por casa enlazándolas a través de ideas que aparentan lógica común, se le solicitan los pronunciamientos rotundos de una matemática literal donde cuatro más dos siempre estarán obligados a sumar seis.
Pero el decir del creador también se tensa cuando es analizado por el «somatón» de la Teoría literaria. Los especialistas de esta última disciplina han tratado de travestirlo en Ciencia exacta valiéndose de un alto volumen de convenciones cartesianas, todas distantes de la música visceral, que a expensas de su peripatética eufonía, paradójicamente, nos instan a minimizarlo en beneficio de las conceptualizaciones. El «aparato categorial» —insólita tabla de logaritmos sintácticos— va camino a proclamarse nuevo acto creativo engendrado a la saga de una especie de «esperanto» arrítmico donde el sabio manejo de un sinfín de términos horripilantes definen el do de pecho y el sí bemol.
El «lenguaje de hablar» es también la herramienta de los que informan, propagandizan y conducen procesos —periodistas, publicistas, bussinesman, gerentes y líderes de todo tipo— sólo que para ellos el mundo está ceñido a sus tres (o cuatro) dimensiones y la lengua, tal como está, lo define todo, hasta lo subliminal. Las cosas, los sentimientos, las más agudas resonancias del paisaje y la noche estrellada no son lo que son sino sus nombres.
Me interesa seguir marcando diferencias, pues no por gusto el lenguaje del creador ha sido confundido tantas veces con la esquizofrenia. Y tampoco se me escapa que el buceo en esa dimensión inefable, concebida para la suma de significados, ha despachado a algunos hacia la estación indeseable del «nunca-jamás» lógico. Distintas son las sinapsis que conforman el pensamiento del creador: distintas después de ser las mismas, pues primero se advierten y después se subvierten (y hasta se pervierten) las esencias que aspiramos a enriquecer. De la misma manera que no entendemos el lenguaje de un loco, así ha sucedido tantas veces en períodos de cambio de la Historia de la Literatura —¡Cuántos no pensaron que Mayakovski sólo daba fe de su locura cuando escribió La nube en pantalones!
Al don de cambiarle la entraña y el rostro a las palabras muchos le llaman inspiración, y es un término que me gusta, no importa cuántos pragmáticos del decir afirmen que no existe, que el secreto es machacar sobre la página blanca. A la inspiración la veo como un globo de luz, como un estado especial de los sentidos que, en muchos casos, casi nunca es previo a haber escrito dos o tres vocablos. Por tal razón, creo que no pocos podrían suscribir, con las siguientes enmiendas, la famosa máxima atribuida a Hemingway: «Sí: la inspiración existe. Y me sorprende trabajando». No se ven ni se describen igual las cosas cuando los diablillos que hemos amaestrado en las rocosas llanuras de lo irracional nos dictan travesuras. De ahí el acto lúdico, la relativa autonomía del vocablo en relación con el concepto al que aluden. De ahí el sobrecogimiento emocional que nos provocan —es solo un ejemplo— estos versos: «dile que soy la rama de un naranjo, / la sencilla veleta de una torre».
Soy devoto también del concepto intuición, tal vez porque genera positivas actitudes premonitorias hacia los sueños que «nos dictan». Lo que es no lo sé, pero dentro de nosotros habitan estados de inquietud que reclaman su canto fuera de los límites del sentido común. La poesía debe estrenar esos estados, proponerlos como una nueva convención lógica, extraerlos del reino de lo ignoto. Eso tratamos de hacer. Y así nos vamos acercando, con el guiño cómplice de Huidobro, a esa fisiología astral que, de seguirla a pie juntillas, acabaría proclamándonos pequeños dioses. Vamos llegando... hasta que descubrimos el llamado intransigente de los objetos entrañables, la telúrica aprehensión de los cariños comunes, el rugiente calor con que nos nutre la tierra... y se rompe el hechizo. Regresamos, «bajo la sombra de aeroplanos vivos», a inventarle desde cero un corazón a la memoria.
Editado por: Yeni Rodríguez Valdés
