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Elena Ponitowska: Querido Diego, te abraza Quiele

Luis Álvarez, 19 de marzo de 2015

La editorial Casa de las Américas ha publicado un nuevo texto de Elena Poniatowska, Querido Diego, te abraza Quiele. Libro que puede parecer raro porque en él se entremezclan en mucho: ficción y realidad, amor, odio e indiferencia hacia su marido, el célebre pintor Diego Rivera.

Desde la propia portada de esta edición se le anuncia al lector que está frente a una novela epistolar, forma narrativa que dio lugar en siglos anteriores a grandes textos novelísticos, como es el caso de Amistades peligrosas, y que a fines del s. XX vuelve a aparecer aquí y allá, e incluso adopta nuevos matices, como ocurre en la obra del portorriqueño Luis López Nieves, quien ha ensayado con éxito la novela en mensajes de correo electrónico, como en El corazón de Voltaire.

La novela de la Poniatowska —recientemente ganadora del Premio Cervantes— incluye una autoentrevista donde emergen criterios imantadores acerca de su propia concepción de la creación artística y, más interesante aún, de su fortísimo universo personal y creador.

El manojo de apenas once cartas, ¿escritas? por Quiela y nunca respondidas por Diego, nos sumerge en un universo femenino donde el desgarramiento, la soledad, la angustia y el dolor desembocan en una pregunta estremecedora que cierra la última de las cartas: “¿Qué opinas de mis grabados?”, como último asidero que Angelina Beloff tuviese para llegar a su Diego.

No piense el lector que está frente a un libro menor o, para decirlo de una vez y por todas, frente a una narración de sospechoso color de rosa. Esa apariencia de novela de corazón es una de las tantas trampas que la Poniatowska nos tiende.

Al margen de los matices melodramáticos que tan bien explota esta mujer, un panorama excepcionalmente humano de un París que no es una fiesta, ni mucho menos una continua bohemia irresponsable. Por el contrario, hay una indagación en la emigración más diversa, pero en particular latinoamericana, esa que ya Julio Cortázar había pintado —con un estilo narrativo muy diferente— en su memorable Rayuela. Quiele es una emigrada rusa que perteneció a la vieja aristocracia de su país. El trazado de su personaje, por otra parte, está muy alejado de los tintes entre desgarrados y enérgicos de los caracteres novelísticos de Nina Berberova.

Quiele, una vez en París, conoce a Diego Rivera del que se enamora, y por él deja todo lo que tiene para vivir a su lado en la casi más ominosa miseria. Ella misma pintora, excelente por demás, se entrega a su oficio al lado de su Diego, sin mucho éxito, pero con la constancia de quien poco a poco va descubrir, a fuerza de dolor, su propio talento como verdadera tabla de salvación ante su demoledora soledad existencial y cultural. La Poniatowska se interesa, sobre todo, por el universo creador de esta mujer; el libro se concentra en develar las peculiaridades de una mujer que es artista ante todo:

En el estudio, todo ha quedado igual querido Diego, tus pinceles se yerguen en el vaso, muy limpios, como a ti te gusta. Atesoro hasta el más mínimo papel en que has trazado una línea. En la mañana, como si estuvieras presente, me siento a preparar las ilustraciones para Floreal. He abandonado las formas geométricas y me encuentro bien haciendo paisajes un tanto dolientes y grises, borrosos y solitarios. Siento que yo también podría borrarme con facilidad. Cuando se publique te enviaré la revista. Veo a tus amigos, sobre todo a Élie Faure que lamenta tu silencio. Te extraña, dice que París sin ti está vacío. Si él dice eso, imagínate lo que diré yo.1

De esa manera delicada, evanescente, emana a través de todo el libro un profundo sentimiento de soledad. Pero al lado, está la reflexión acerca de los cambios en relación con un proceso de creación. Así, poco a poco, en el resto de las cartas, Quiele conforma su propia poética creativa, en consonancia plena con los ritmos vertiginosos de un París sumergido en los más diversos discursos artísticos, cuya finalidad tiende siempre a quebrar los paradigmas de una Modernidad en franca crisis. ¿Es Angelina realmente la única que firma estas cartas? Se diría que hay mucho de la Poniatowska en ellas. Ambas —personaje y narradora— se cruzan en un mismo espacio artístico. Quizás uno de esos desdoblamientos pueda advertirse en el pasaje siguiente:

Hace ya muchos años que pinto; asombraba yo a los profesores en la Academia Imperial de Bellas Artes de San Petersburgo; decían que estaba yo muy por encima de la moyenne, que debería continuar en París, y creí en mis disposiciones extraordinarias. Pensaba: todavía soy una extranjera en el país de la pintura, pero puedo algún día tomar residencia. […] Mi meta final sería París, l´Académie des Beaux Arts. Ahora sé que se necesita otra cosa. Darme cuenta de ello, Diego, ha sido como un mazazo en la cabeza y no puedo tocarlo con el pensamiento sin que me duela horriblemente. Claro, prometo, prometo pero ¿prometo desde hace cuánto? Soy todavía una promesa.2

¿Hasta dónde ese cuestionamiento de la vocación no es el mismo de la Poniatoswska respecto a ella misma? ¿No es acaso posible asumirlo como su propia angustia creativa? La autora mexicana tiene mucho que ver con esta Quiela: ella también es emigrada —más aún: europea insertada en América Latina— y artista, y debe enfrentarse a las consecuencias de ello. Esto da lugar a un contraste peculiar: los artistas latinoamericanos muchas veces han sentido la necesidad de emigrar para poder ser reconocidos no solo desde su propio país de origen sino también por la mirada del otro. Aquí los procesos se invierten. El viaje es a la inversa. La Poniatowska tiene que insertarse en un espacio otro. Ella misma es expresión de esa otra mirada europea que ahora necesita el reconocimiento de un contexto que se le antoja áspero y difícil. Eso es América para la pintura, y también París para la escritura. Esa es la inquietante búsqueda de la universalidad de la que nos ha hablado Fernando Aísa en su ensayo Pasarelas. Letras entre dos mundos, cuando se refiere a que lo universal se ha transformado en un espejo donde se reflejan todas las expresiones nacionales, las cuales se envían mutuamente imágenes y destellos. Y esa multiplicidad de expresiones artísticas remite, en última instancia, a la creciente globalización más positiva, la cual permite un intercambio de temáticas, elementos axiológicos, lenguajes artísticos.

La autoentrevista que cierra esta novela epistolar tiene un finalidad específica. Actúa como un confesionario sobre algunas aristas de la vida personal y creativa de Elena Poniatowska. Allí emergen sus dudas, sus fantasmas, su necesidad de comunicación, su aliento vital.

La Poniatowska conoce muy bien el mundo de la plástica mexicana. Ella misma ha escrito importantes apreciaciones y libros sobre sus protagonistas. ¿Por qué tenía que desnudarnos de esa manera a un hombre que todos conocemos por lo difícil de su temperamento y trayectoria vital como Diego Rivera? Ahí están las cartas de Frida Kahlo como ejemplar testimonio de sus relaciones tormentosas y del conflictivo carácter de Diego; baste citar un pequeño fragmento de una de ellas:

Estoy contenta de haber podido ayudarte hasta donde me alcanzaron las fuerzas, aunque no tuve el honor de haber hecho tanto por ti como la señorita Irene Bohus y la señora Goddard! según tus declaraciones a la prensa ellas fueron las heroínas y las únicas merecedoras de todo tu agradecimiento. No pienses que te digo esto por celos personales ni de gloria, pero solamente quiero recordarte que hay alguien más que merece también tu agradecimiento, sobre todo, por no esperar ninguna recompensación ni periodística ni de otra índole. Ese es Arturo Arámburo. Aunque no es marido de ninguna “estrella mundial”, ni posee “genios artísticos”, pero sí tiene los huevos puestos en su lugar…3

¿Qué más podría decirse? La mujer sale a la luz en estas páginas. La mujer envuelta en las más difíciles situaciones, la mujer creadora, la mujer artista, la mujer que tiene que abrirse paso a toda costa en un mundo lleno de prejuicios y limitaciones. Una artista captada por otra artista. Así este libro las refleja a ambas en su estremecida voluntad de creación y su aislamiento humano.

Notas

1 Elena Poniatowska: Querido Diego, te abraza Quiela, Casa de las Américas, La Habana, 2007, p. 9.
2 Ibídem: p. 26.
3 Raquel Tibol: Escrituras de Frida Kahlo, Editorial Lumen, México, 2007, p. 276.

Editado por: Nora Lelyen Fernández

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