Paisajes de una marcha fugitiva
Parece que Alberto Acosta sí sabía que el poema gana "si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia del hecho," como nos recordaba Borges. Así nos lo hace comprender en su libro póstumo Calas1, publicado por la Editorial Letras Cubanas. En él vuelve a insistir en la idea de la fugacidad de la vida, recurrente en su poética, incluso hasta en los exergos que proclama, en la martiana idea de que el objeto de la literarura es acercarse a la vida, y que, a través del dolor, se alcanza lo permanente. Por eso la poesía reclama su vitalidad, entendida como teluricidad, y no nos sorprende que unifique sentimientos dispares, pues la ironía comienza a vivir en el asombro, y es muy eficaz, poéticamente hablando, la temeridad del desengaño -la penetración de una naturaleza sentidora que al no encontrar igual moldea la desilusión-, para paladear de una vez éxtasis y fracaso. Sabemos entonces que la soledad es grande por su capacidad de autoconciencia y destrucción, y que por lo tanto, como dijo Goethe, solo el conocimiento insuficiente es creativo. Nos seduce el grado de penetración poética que se logra a través del reflejo de pasiones fuertes, lacerantes, como el desengaño:
descubres el tacto áspero de aquella nota
y te sorprende haber llegado tarde
y de golpe tienes frente a ti una duna inmensa
que nada sabe de la hermosura del cuerpo dormido
de la brasa dulce de aquel sueño
Y te quedas indiferente como una mercancía que nadie compra hace años
Y se rompe la historia en rastros distintos de una misma fecha
que apenas apunta a una misma pasión
como una antigua y doliente señal de aprendizajeii
Pero, rápidamente, nos da cuenta de que, aunque el objeto de la literatura sea la existencia, ella sola no nos lleva a sobrepasarla, queda el misterio del talento, la incertidumbre en el camino de la trascendencia. En ese sentido es que predominan en este libro-legado los poemas de poética, los textos que explican para qué y por qué se escribe, y tratan de poner en orden los hilos que mueven la inspiración. En una mezcla de teluricidad y misterio, donde lo terrenal es concebido como lo eterno, priman el anhelo y el deseo de definir sus sendas poéticas, sus motivos, su sentido en este universo de la creación –piensa la poesía como acto. Siente “que la poesía está ocurriendo todo el tiempo adentro como una corriente subterránea. Uno puede bajar el balde y traerlo de nuevo a la superficie del poema”.iii Esta abundancia de textos de poética aún nos hace ver que, aunque la poesía es un bien del espíritu, el autor repara una y otra vez en la importancia práctica de tal género, de tal misterio, de tal profecía, porque ese predominio habla también de una naturaleza y una conciencia críticas de la literatura, de vasos comunicantes entre sus diversos géneros. Lo que paradójicamente aparece expresado en poemas donde se respira una especie de anhelo de absoluto postromántico o modernista, tejidos intensos con remates románticos, o con la presencia del ubi sunt, y en su reverso en poemas de tono existencial. Así, con clara huella martiana, nos confiesa que la emoción debe tamizarse para ser llevada al texto, y se escribe el poema sobre el poema, sobre el desgarramiento o el éxtasis que lo produce. Idea que no está reñida con la de la fugacidad como una forma de la teluricidad de la vida y de lo material tornando espíritu:
El absurdo más que el vacío
es el sentido básico de nuestras vidas;
es justamente lo que existe en el lugar
en que debió germinar una flor.iv
Nos hace contemplar cierta conciencia de la incapacidad parcial del lenguaje para reflejar o traducir el sentimiento humano en creaciones tejidas desde una ansiedad, desde un desasosiego convertido en forcejeo entre la posteridad y el fin. Prisa por trascender “la humana vestidura” y llegar a una permanencia, pero por lo terrenal y lo telúrico. Esa premonición de la muerte ya acompañaba sus anteriores cuadernos. Ella avanza en metáforas, símiles o giros inesperados, indicando el camino. Aquí se siente como la conciencia de la huida, la marcha fugitiva a una incógnita velocidad, pero ya sin regreso, de alguien a quien siguen atormentando las esencias, y que ve la creación como forma de salvación y como huella que siempre se persigue. La potencialidad del recuerdo en su obra se expresa en la “capacidad de relacionar fragmentos lejanos de la experiencia […] acepta la fragmentariedad del lenguaje y de la existencia, al tiempo que subvierte y construye con sus retazos un poderoso palimpsesto sobre la supervivencia en la vida y en el arte.”v Entonces piensa en la trascendencia o en la fe, ¿o en ambas?, e incurre en una personificación de la memoriavi para poder morir.
Notas
1 Alberto Acosta-Pérez: Calas, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2013.
2 Ob. cit, p. 80.
3 Peter Stiff: Entrevista a John Ashbery en Confesiones de Escritores, Poetas. Los reportajes de The Paris Review, El Ateneo, Buenos Aires, 1997, p. 25.
4 “Lección de filosofía”, ob. cit, p. 31.
5 Olivia de Miguel: Prólogo a Pangolines, unicornios y otros poemas de Marianne Moore, Barcelona, 2005, p. 16.
6 La palabra “memoria” se repite catorce veces en el poemario, lo que remata en el verso “Todo será recordado”, ob. cit, p. 26.
Editado por: Nora Lelyen Fernández
