Bon apétitt, un libro cínico
Al final del camino el lector pudiera pensar en la distancia entre los «platos sobre la mesa» y el modo un tanto cartesiano con que la joven escritora Dalila León Meneses (Sancti Spíritus, 1980) suele conjugar lenguaje y orden para construir sus textos líricos. Pero esa sería una lectura precaria, porque su trazado tiene otras vías de escape, otros asideros, y otras intensiones. Bon apétitt (Editorial Letras Cubanas 2014), el libro con el cual ganó el Premio Pinos Nuevos 2014, se erige desde la concepción de una fábula en la que están bien definidos los espacios, los personajes, su discurrir en el tiempo anclado, inenarrable y la densidad de la palabra, apresada con toda su carga simbólica. Estas ganancias se acompañan de una solución ingeniosa para distribuir cada texto en el cuerpo sobre el que se van colocando las marcas, los ideogramas que se dispersan y luego estallan en una irrupción de apariencia contenida, porque en realidad, el cosmos subyacente viene de la rabia, de la inconformidad ante una manera de vivir cuya representación tiene la rara condición de parecer arte antes de la representación.
La nota de contracubierta le advierte al lector que tras la sensorialidad de todo aquello que forma nuestro entorno y de algún modo nos define, late la conciencia de lo efímero y la inutilidad final de todos los actos humanos. Captar ese augurio no es difícil, las sentencias que acompañan los textos, sus soluciones «sueltas», como finales de inesperados cosmos, develan que la autora se vale del simulacro, performance, para elaborar con frialdad un tejido que procede porque viene de universos pocas veces develados con tanta sinceridad, con tanta afinidad. Luego comienza a minar los espacios en blanco y crea un campo de significados que dialogan con nuestra época sin tapujos.
Aquella noche
cuando abrí la puerta
del cuarto de los abuelos
avisando
¡ya está la comida!
no pude pensar
no pude respirar
otra cosa
que no fuera la muerte.
Desde la apertura del libro, la lectura crea un espacio de diálogo con un sujeto subalterno; con él llama e implica, compromete, desde una mirada incisiva, a la realidad latente –y tajante– que se modula. El pequeño punto desde el que mira y su espíritu se lanzan en busca del origen, de la tensión entre la sustancia de la palabra como unidad mínima, con todos sus tejidos históricos y el contrapeso necesario para llevarla en hombros y luego degustarla.
Desde el aperitivo –y ya antes desde los paratextos que anuncian y enuncian– Bon apétitt coloca el acto de comunicación en un camino de trasiegos; piezas acá, piezas allá; palabras que se disponen para cuajar como talismanes, faros, piedras de luz, avisos. De la noche sale esa voz que arma sus códigos en pos de unidades de contenido en que ética y moral contrapuntean y se lanzan al ruedo a combatir por la definición de cada término en relación con el contexto que se evoca. La noche, los ojos, la vejez, la comida, pensar, respirar, la muerte; son palabras que al hallar su sitio en la estrofa se vuelven hacia la sociedad para testificar una rutina perpetua. Pero ese es solo el aperitivo; desde allá se entra a la casa, se sienta sobre la mesa y ve el arroz «escogido», la luz sobre las vísceras de un animal que invoca a la orgía sonora de cada amanecer.
En las tardes
mi abuela escogía el arroz
de alguna forma
lograba separar la invidencia
de todo lo demás
que se escurría
entre sus dedos.
Para esta manera de versar habrá una complicidad, una otredad en cuyos entramados vitales no cuentan ni el rojo de mis uñas/ ni la estúpida sonrisa; porque es necesario, primero, comprender/ que el mundo y tú/ permanecen afuera/ esperando. Pero si algo hay que acotar es la anticipación de la ironía, el goce cínico con el que se sobreponen las palabras sobre los hechos, como si el universo de las acciones humanas se calaran unas en otras para dejar solo la imagen de una carretilla llena de latas y botellas vacías/ como su nombre/ y su fe. Presuponer los microcosmos en los que se ajusta la palabra le permite al libro unir pequeñas diatribas y en medio de una concepción caótica, aplomada en un sosiego fingido, va un cuerpo hacia otro y regresa, lozano de nada, adherido a sus máscaras.
Tan pronto como la vieja
entró a la panadería
pregonando
¡Mantequilla y leche en polvo!
reconocí a Martha
bibliotecaria retirada.
Y pasaron los segundos
y la fila avanzó
rápidamente
a través de sus palabras
que ya no citan a Pushkin
ni a Tolstoi
ahora solo repite
¡Mantequilla a veinte
leche en polvo a treinta!
Los alimentos posibles, la casa y su imagen magra, las fechas, los momentos de cerveza/ como la soledad/ te llena/ y queda/ a medio beber. Así Dalila León Meneses arma su discurso, así va del aperitivo al postre y de este a la cuenta y sobremesa, para salvar seres doblegados y tiernos: los sin fe, los sin más codicia que una isla de quietud y permanencia.
En el desayuno
me estuve preguntando
cuánta estupidez
he consumido
en estos años.
Pero no alcanzaba
pensar en el pan
duro y seco
como la imagen de mi abuela
callada
frente a mí.
A veces una debe olvidarse
y masticar
día a día
hasta tragarlo
todo.
Editado por Yaremis Pérez Dueñas
