¿Víctima o victimario?
Como en otras ocasiones, propongo a los lectores un minicuento, o cuento ultracorto, del reconocido narrador, ensayista y documentalista Raydel Araoz (La Habana, 1974). Algunos estudiosos del género (la ensayista venezolana Violeta Rojo, por ejemplo) consideran llamar minicuento a las narraciones que reúnen las siguientes características: brevedad; economía de lenguaje; juegos de palabras; representación de situaciones que demandan la participación del lector, y carácter versátil. El ejemplo perfecto de minicuento es "El dinosaurio" (1959) de Augusto Monterroso.
En el estudio del minicuento es necesario considerar, además de la brevedad extrema, otros elementos particulares como la intertextualidad, disímiles clases de ambigüedad semántica (final sorpresivo o misterioso) y diversas modalidades de humor y de ironía. Todos los entendidos del minicuento apuntan que el elemento primordial debe ser la naturaleza narrativa del relato. De otra forma, nos encontramos ante un minitexto, pero no ante un minicuento.
Narrado en tercera persona, con laconismo y aparente frialdad, el lector apreciará que la trama de "Preámbulo" es ambigua: ¿Quién es el asesino y quién la víctima? ¿Acaso son la misma persona? ¿Un cuadro de doble personalidad? Eso no sabe hasta el final, incluso, hay cosas que no llegamos a saber.
Otro elemento: la tensión. Desde un inicio sentimos la incertidumbre de lo desconocido, de lo que va a suceder o ya sucedió. Uno intuye que la llamada segunda historia (esa que el narrador no cuenta pero sugiere) hay todo un entramado de locura, odio, pasiones, celos, frustraciones, sentimientos homicidas en una pareja que ha extraviado el amor, si es que alguna vez lo hubo. El relato tiene un sentido elíptico que requiere de un lector capaz de completar la trama. También un guiño paródico al cine negro, según palabras del propio autor.
Raydel Araoz es un narrador de garra. Sus libros nos develan un escritor con hondas preocupaciones estéticas y existenciales que ahondan en grietas a veces invisibles, o mejor, no tan evidentes, del comportamiento humano. Jamás se entretiene con banalidades e irreverencias injustificadas. Por otro lado, Raydel suele dar a sus cuentos una estructura que acompañen o justifiquen la complejidad de las historias que urde con singular imaginación, sin bien nunca se regodea con pintoresquismos y otras excentricidades de cierta narrativa, digamos, de “moda”.
Graduado en el ISPAJAE de Ingeniería Eléctrica en 1999; diplomado en Realización audiovisual y problemas en de la recepción de los medios audiovisuales en el Instituto Superior de Arte en el 2001; graduado de la Escuela de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños en la especialidad de Guión en el 2004. En el 2014 obtuvo la Beca de Creación Samuel Feijoo convocada por el ICL. En el 2015 ganó el Premio de ensayo Alejo Carpentier con su libro Las praderas sumergidas. Un recorrido a través de las rupturas. Ha publicado los libros: El Mundo de Brak (Extramuros, 2000, cuentos), Graffiti, signos sobre el papel. Antología de la poesía experimental cubana (Extramuros, 2005) realizada en colaboración con Mercedes Melo; Réquiem para las hormigas (Letras Cubanas, 2008, cuentos); Casa de citas (Letras Cubanas, 2014, novela). Como realizador cinematográfico y guionista ha obtenido numerosos reconocimientos nacionales e internacionales. Recientemente obtuvo el tercer premio en el Festival Internacional de Documentales Santiago Álvarez con La isla y los signos.
"Preámbulo"
Raydel Araoz
El asesino ya está en la casa. Así lo indica la puerta entreabierta que la víctima cierra para atravesar la sala en penumbras y llegar al comedor. Por un momento cree que alguien lo espera, enciende la luz y se vuelve, pero solo están su sombra en el aparador, la mesa con el frasco de pastillas que el asesino cambió, el refrigerador con la nota y la foto. Abre el refrigerador y llena un vaso de agua mientras lee el papel:
La comida está en la cocina. Fui a ver a unas amigas. Quizás demore
Sonríe al pensar que puede ser la misma nota de anteayer (porque últimamente siempre dicen lo mismo) y saca del frasco una tableta. Un sabor metálico se extiende por sus labios y le adormece la lengua. La víctima corre a la cocina, escupe la pastilla en el fregadero y se enjuaga la boca mirando por las persianas. No ve al fastidioso perro de su mujer ni encuentra la comida. Coloca el pomo de pastillas frente al retrato de su esposa “Mira que las mujeres toman mierda” piensa y se dirige al cuarto. El asesino ha fallado su primer intento.
En el cuarto la víctima se sorprende al ver a su esposa ladeada en la cama con las piernas flexionadas, las manos bajo la almohada y el largo y sedoso cabello que le cae por los hombros cubriéndole parte de la cara. No enciende la luz. Presiente la palidez de su cara, los labios amoratados, la frialdad extrema de su cuerpo. “Al menos hoy está aquí”, se dice mientras abandona el cuarto para no perturbar aquella visión.
Por supuesto, la mujer está muerta.
Debajo del pelo se esconde la clásica mueca de quien ha agonizado durante varias horas, las uñas han abierto un hueco por debajo de la almohada, en el piso yace una novelita rosa. Evidentemente el asesino ya estuvo aquí y ha regresado, como siempre ocurre. En estos momentos acaba de abandonar el cuarto. La víctima vuelve a atravesar la sala, enciende un cigarro y se sienta en el vano de la ventana. Desde allí puede ver al perro echado sobre el pavimento. Un montón de moscas le cubre las heridas que la altura de la ventana no deja apreciar. Sonríe y apaga su último cigarro.
El asesino es la víctima que va cayendo de la ventana al asfalto.
Editado por: Yeni Rodríguez Valdés
