Ana Luz García Calzada : una joven de setenta años
No recuerdo cuál fue el primer texto de la guantanamera Ana Luz García Calzada que leí. Puede que haya sido algún cuento o su primera y excelente novela Minimal Son.
Tampoco me acuerdo si su lectura me fue recomendada por esa gran descubridora de talentos femeninos que es Mirta Yánez, u otra escritora y editora a quien me congratulo de tener como jefa en Ediciones Unión.
Lo cierto es que me dejó impresionada el mundo ficcional de aquella narradora a la que alguna crítica ha reconocido como “la más importante del extremo oriental de Cuba”. Yo diría más: Ana Luz es una de las más importantes y sólidas narradoras del panorama literario cubano, a pesar de que, sin lugar a dudas, el hecho de haber nacido y residido siempre en Guantánamo, otorga a su escritura ese sabor diferente que la vuelve universal a partir del profundo conocimiento de lo que la rodea. Porque Ana Luz desnuda con precisión y poesía todo lo que redacta. Así que celebrar sus setenta años es una fiesta para toda la literatura cubana.
Por demás, esta guantanamera no es solo una escritora de armas tomar. Es también, en su infinita generosidad, la promotora y formadora de jóvenes escritores y editores, la siempre dispuesta consejera y propagadora de la literatura de su región a través de sus empeños como especialista de literatura de diferentes instituciones o de su labor al frente de la revista Señales.
Cultivadora también de otros géneros como la poesía y la literatura para jóvenes la avalan diferentes premios como el David y el Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba además de haber sido finalista—siempre finalista—en diferentes ediciones de los premios de la Crítica y en el concurso de novelas Italo Calvino. Sabrá Dios qué libros que no eran mejores que los de ella recibieron los galardones. Pero en cuestión de concursos nunca se sabe.
Lo importante es que Ana Luz García Calzada llega a sus setenta años con una obra que se caracteriza por no parecerse a la de nadie. La solidez de su oficio está trasvasada por su agudeza como observadora del entorno que le tocó vivir. Y como si esto fuera poco, su ética irradiante y a toda prueba la vuelven más valiosa y más humana, aspecto que, aunque parece no tener nada que ver con la literatura, también forma parte de ella. Un escitor vanidoso o inescrupuloso no puede ser fiel a lo que escribe, primera condición para alcanzar esa trascendencia a la que la mayoría aspira.
No me atrevo a vaticinar que nuestra guantanamera alcanzará esa trascendencia. Al respecto, solo el tiempo puede decir la última palabra. Pero en el momento en que vivimos su obra tiene toda la consistencia que se necesita para figurar entre lo mejor de la literatura cubana.
Los fáciles encasillamientos en “lo femenino” han hecho que escritores de otro sexo no la reconozcan suficientemente en su justa valía. Una prueba pudiera ser que la mesa que se organizó para homenajearla en la sede habanaera de la Union de Escritores estuvo formada solo por mujeres. Había, eso sí, algunos escritores hombres en el público. Y Francisco López Sacha quiso hablar y exaltar la excelencia de la obra de la homenajeada.
Pero fuimos, fundamentalmente las mujeres quienes le rendimos ese merecido y modesto homenaje. Espero que cuando cumpla los ochenta no vuelva a producirse esta inexplicable segregación entre géneros. Porque Ana Luz y su obra, ya lo he dicho antes, no son solo importantes “en el extremo oriental de Cuba” sino en todo el panorama literario cubano, sin divisiones entre escritoras y escritores.
Felicitémosla pues en sus setenta y esperemos de ella todavía más ambiciososo empeños. Por que estoy segura de que para esta mujer son solo el comienzo de una segunda juventud.
Editado por: Yeni Rodríguez Valdés
