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Sesenta años del poeta Alberto Acosta-Pérez

Virgilio López Lemus, 04 de mayo de 2015

El poeta, narrador y promotor cultural Alberto Acosta-Pérez (1955-2012) hubiera cumplido en abril de 2015 sus sesenta años. Para celebrarlo, nada mejor que la salida de un libro, y en este caso Extramuros publica sus cuentos en un volumen llamado Tú serás reina. Para 2016 saldrá su única novela concluida: Juan Jacobo. Una biografía.

Lo conocí de manera fortuita un viernes en la tarde de enero de 1984. Por entonces Alberto no escribía de una manera llamémosle seria, profesionalmente hablando, pero ya leía cuanta poesía pudiera llegar a sus manos, con cierta preferencia por la obra de Luis Rogelio Nogueras entre los poetas cubanos, de quien hablamos de inmediato. Por entonces, era estudiante de curso nocturno de Ingeniería Industrial, en la Cujae, de la que se graduaría cuatro años después como primer expediente, pero trabajaba en la Empresa de Productos Lácteos, en San José y Bauta, como técnico de protección física. Abandonaría esta labor en 1989, cuando comenzó a laborar como director de Relaciones Públicas, Publicidad e Imagen del Gran Teatro de La Habana.

Pocas veces se halla entre amigos la profunda lealtad que Alberto ofreció a todos los que les otorgaba su amistad. Alberto era un hombre leal, y su poesía refleja su manera peculiar de apropiarse, no sin dolor y a veces tormento, del mundo que lo rodeaba. Pero era un trabajador eficaz y un poeta realmente dotado.

Tuvo una vida desgastante, plena de estrés. Cuando lo conocí, viajaba de Jaimanitas, donde siempre vivió con su familia (madre, padre, cuatro hermanas), a San José, y desde allí a Bauta en el cumplimiento de sus funciones, concluía el día entre los varios que tenía que presentarse en la Cujae para sus estudios. Son sitios muy lejanos los unos de los otros, vivíamos años de pésima transportación, pronto, ya graduado él, llegó el llamado período especial, y tuvo que enfrentar la jubilación de su padre y prácticamente aportar el capital esencial para el hogar. En medio de esa vorágine vital, su poesía iba naciendo como pudiera hacerla, sin dedicación priorizada, metida en los intersticios de su labor en el Gran Teatro, que él amaba, pero que consumía casi por completo su tiempo: seis días a la semana, tres de ellos, los fines de semana, de intensidad mayor.

¿Cómo pudo hacer tanto? Si bien su obra literaria no es abundante, no le dedicó nunca el privilegio de su mejor tiempo, tenía que subdividirse, correr de un sitio a otro, transportarse en La Habana a como diera lugar. Su vida como intelectual fue poco intensa comparada con el tiempo que dedicaba al Gran Teatro. Si bien casi tuvo más premios en España que en Cuba, no dejó de ser reconocido en su propio país como un poeta de mérito. Ofreció más recitales en España y Ecuador que en su propio país. No tenía tiempo para ir a las peñas que organizaban a veces abundantemente sus colegas escritores. Muchos lo conocían esencialmente por aquel que les conseguía entradas para funciones de ballet, ópera u otros espectáculos en la sala García Lorca del Gran Teatro. En tanto, Alberto amaba como pocos amaron a esa institución, le entregó su corazón y estoy seguro que también parte de su salud, precaria, como se iba a ver luego.

Creo que lo mató el estrés. Algunos genes de herencia familiar deben de haber determinado el nacimiento de un cáncer de páncreas que, cuando brotó en el último mes de 2011, no le dio oportunidades siquiera de concluir la obra emprendida: una novela en ciernes, varios cuentos que fueron solo apuntes, y sobre todo, el caudal de la poesía de que era capaz. Murió de cincuenta y seis años.

Tenía un carácter simpático, bromista, afable casi siempre, pero cuando se enfadaba, con su familia, con sus colegas laborales o conmigo mismo, era de tal intensidad que efectivamente le hacía más daño a él que a las personas que le irritaban por algo. Pero tenía la virtud de aplacarse con relativa rapidez, volver a su estado natural en seguida y no quedarse con rencor alguno, ninguno, totalmente limpio de ánimo. Era extraño verle esa transformación de la ira a la paz, y de esa ira al profundo afecto, al amor hondo que sentía por todos nosotros. Su sensibilidad le permitía goces esenciales de la vida, pero Alberto tenía una dosis de pesimismo, de dolor comprimido, que fue resultado de su biografía de adolescente y joven, de los muchos retos que tuvo que vencer, gruesos algunos.

Medía uno metro setenta, era muy ágil de movimientos y mucho más de pensamiento, tenía a mano de inmediato la respuesta precisa e inteligente. No permitía que le provocasen, pero asimismo era tímido ante las nuevas relaciones y ante las personalidades que debía tratar; hacía esfuerzos por desenvolverse y lo lograba maravillosamente. Dejó detrás de sí una imagen sonriente, grata. Es dato de interés saber que solucionaba problemas personales y laborales a decenas de personas, pero jamás usó ninguna de sus influencias, menos de su cargo, en beneficio propio. Eso me consta.

Era un lector muy curioso, no solo subrayaba con fino lápiz lo que le interesaba, sino que escribía comentarios al margen, o versos que se le ocurrían al instante. A veces aprovechaba textos seleccionando palabras, que circulaba con lápiz y uno podía leer esos subrayados como una línea versal independiente del texto, como una idea distinta de la que expresaba el autor que digería. Sentía predilección por dos poetas españoles: Jaime Gil de Biedma y Pere Gimferrer, así como por el cineasta y poeta italiano Pier Paolo Pasolini. El último libro suyo que alcanzó a ver publicado unos días antes de su muerte, Experiencias de amor correspondido, parte de un verso de Gil de Biedma. El título mismo deja ver una plenitud que sí alcanzó: la del amor, amó intensamente y fue amado, y lo sabía, y pudo disfrutar de ello, escribir sobre ello.

Creo que hay una dosis intelectiva en su poesía, connatural a un poeta que no era solo un lector, sino alguien que leía para reflexionar, y para que la lectura le permitiese ver mejor las aristas de la realidad, que él convertía en versos. De no haber sido el poeta notable que fue, Alberto hubiese sido o deseado ser un cantante. Cantaba mucho, escuchaba canciones de sus artistas preferidos, las repetía con su propia voz mientras los intérpretes cantaban. Le gustaba cantar. No creo que tuviese dosis de frivolidad en su carácter, porque apreciaba de una manera muy artística tanto la danza, el teatro, el cine, la pintura. Recuerdo cuando fuimos a ver Suite Habana, de Fernando Pérez, el día de su estreno. A la salida, caminamos posiblemente más de diez cuadras sin hablarnos, pues Alberto estaba visiblemente afectado, emocionado con aquel filme, que es en sí un poema fílmico. Llegó a convertirse en un discreto crítico de danza, estudió a fondo esta bella arte. También trabajó duro en la historia del Gran Teatro de La Habana, y escribió artículos sobre poemarios que leía. Afinó su instrumento creativo mediante cursos académicos, pues siendo ingeniero industrial, logró matricular en el Instituto Superior de Arte, donde culminó una maestría, que dio pie para que pudiera concluir otra con auspicios de la Unesco en Cataluña.

Con él viajé a Brasil, Ecuador, Italia y Francia. Alberto gozó mucho de estos viajes, que sin embargo tuvieron siempre algunos tropiezos, y el eterno estrés en que vivía no le permitía a veces disfrutar de los mejores momentos. Lo recuerdo llegar a París en marzo de 2009 sumamente indispuesto, debido a una operación de hernia de su padre, al que dejó en La Habana recién salido del hospital. Sufrió tanto con esto, que París no se le hizo una fiesta: tropezó, tuvo un accidente en su pie izquierdo y pasó dos semanas con muletas, recorriendo metros y sitios de arte y de interés en París y Rouen. Creo que en ese 2009 la vida estresada de Alberto había llegado a un tope insoportable para su cuerpo, que tanto cuidaba.

Escribía sobre todo en Jaimanitas. Los lunes, martes o miércoles dedicaba el día a cerrarse en su habitación a leer y escribir. Pero no lo dejaban descansar: el teléfono sonaba constantemente reclamándole entradas para el Teatro, y soluciones de pequeños problemas de sus amigos, que él tomaba como suyos y batallaba por ayudar a solucionarlos. En especial, una colega suya lo dañaba mucho, sin que ella se diera cuenta, pues echaba sobre él a toda hora sus no escasos problemas emotivos y físicos. Fue un hombre sumamente solidario y se angustiaba con el dolor ajeno. Es hermoso recordarlo en sus sesenta aniversario, para mí es todo un privilegio hacerlo, pues él fue la persona más importante que conocí en mi vida. Su poesía me es comprensible hasta en sus detalles, aunque no siempre, pues Alberto tenía sus lados herméticos, no revelaba las fuentes vivas o escritas de sus poemas. Su poesía era parte de su realidad, no solo de su biografía pública, sino de los resortes más ocultos de su ser. Persona entrañable, Alberto Acosta-Pérez cumple ahora sus sesenta primeros años de hombre que habrá de ser recordado, porque su poesía es sustancial, sustantiva, fuerte y rica. Y un poeta así puede morir, pero a cada rato renacerá.

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