Derribar a golpe de jazz
Quizá si se abriera el diseño de portada a la cuatricromía, a la idea de una imagen que perteneciera más a Ella Fitzgerald y a Louis Armstrong, el cuaderno de poemas de Eliseo Abreu Hernández, A golpes de jazz (Ed. Matanza, Col. Abra 2014), tendría una mejor oportunidad de ser leído, de ser degustado por el público general, y no quedaría como una rara publicación (lo cual parece toda la colección, dicho sea de paso) que llenara armarios y anaqueles, con solo la vista para saber lo que no se debe indagar.
Además, estos poemas, llenos de una intención muy valorable, de una fuerza (a veces disminuida), necesitan de otra visión mucho más consciente y precisa: la del corrector, la del editor, la de la opinión no infante de quien los mire con la presunción de atrapar por el centro la palabra poesía. He discutido mucho sobre lo que últimamente se percibe como esa intensión narrativa que los poetas han encumbrado y maltratado, han fusilado y casi conseguido cuando ya dejan fuera la nostalgia, la añoranza, la impotencia, la íntima relación entre quien escribe y quien decide acercarse a la voz urgente (siempre urgente) del poeta. Esa relación inmediata en el lenguaje poético se está alejando cada vez más. Esa relación ya no se busca, o se limita a un grupo que a medida que el tiempo pase será más pequeño y más pequeño.
Pero, regresando a lo que me atañe, el poemario A golpes de jazz, quiero dejar sentado que no busco una “perfección estética”, sino la conciencia de que siempre el poeta debe estar en la imagen, y, si no muy cerca, en la búsqueda de su camino, a pesar de todo. Y esto, queda justo para este poemario. En otras palabras, los poemas reunidos no van más allá de la contemplación desde el frío. Eliseo Abreu lo adivina: “Hoy no vendrá nadie,/ lo saben los huesos y los chanclos deformes que arrastra”. Es muy difícil que, gracias a la arquitectura visual del libro, alguien siquiera roce las páginas de este libro. Ediciones Matanzas hace un esfuerzo inmejorable (esfuerzo que le falta a una editorial como Extramuros) por promover las creaciones de los autores del patio, pero en este caso, uno está obligado a cerrar poemas para siempre.
Estoy de acuerdo con las palabras que reza la contracubierta, han sido extraídas del poema VI, un poema, dicho sea de paso, que comienza de forma curiosa, por la extrañeza que cree encontrar un excelente verso dentro de un poema que lentamente se suicida, y esa curiosidad te lleva de la mano al sufrimiento, te autoriza a “salvar” algunas líneas dentro del caos (no organizado), que es, en definitiva, hacia dónde te lleva el poema. El verso dice: “La que aún no es mi madre” y tiene cierto sabor a un libro anterior que leí, de Yannier H. Palao, Esteros, donde se manifiesta un dolor mucho más hondo, pero que este verso logra, como por arte de magia.
Tres secciones componen la imagen general de A golpes de jazz: una homónima, Fast Domino (Blueberry hill), Chano Pozo …oye manteca …oye manteca. Y que la imaginación corra como la sangre. Y que la sangre misma se empuje hacia afuera, la sangre que no mana por las venas cerradas de las letras que hieren, como hieren estas. Al fondo de este libro: Louis, ustedes. Un ritual desmesurado, que si se viera en la soledad de una lectura que vibre en voz y viento, surgiera entonces la velocidad del impacto sobre la piel.
Al final, este poemario, por más que indecisa la mano sobre el piano, por más que el negro y rojo opacos salten a la vista y se sepa que esto es alejarse, aún más, alejarse del jazz como esencia de un espíritu, que no es disimulo a posta, no es una máscara, como el lenguaje, donde el minúsculo toque de las voces tanto de Ella como de Louis, dibujan esa búsqueda no furtiva, sino fortísima, se convierte en el raro acercamiento, con dificultad, con trabajoso dolor al leer.
Editado por Yaremis Pérez Dueñas
