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Dos cuentos de Mercedes Melo

Alberto Marrero, 14 de mayo de 2015

Los amantes de la literatura, en especial del cuento, de seguro conocen la calidad de la obra narrativa de Mercedes Melo (La Habana, 1956), ganadora del premio de La Gaceta de Cuba en el 2000 con su cuento "Examen de la obra de Alberto G." y del Premio Luis Felipe Rodríguez de la UNEAC con el volumen de relatos Ámbito de Hipermestra en el 2005, que resultó Premio de la Crítica en el 2006. 

A Chachi, como cariñosamente la llaman familiares y amigos, le bastó un libro para situarse, sin objeción alguna, entre las mejores cuentistas del panorama literario cubano de las últimas décadas. Su manera de contar suele ser poco convencional (o mejor, nada convencional), con aires de experimentación pero sin hermetismos engañosos o banales, a medio camino entre un género y otro, siempre con un alto nivel de sugerencia e intensidad dramática que hechiza al lector desde las primeras oraciones. 

Hoy les propongo dos cuentos inéditos de esta excelente narradora. El primero se titula "El niño" y es una muestra de lo que acabo de aseverar. La historia parece una obra de teatro que un narrador ambiguo va concibiendo en la medida que avanza el relato. Nada es definitivo. Todo se va armando a partir de alternativas, dudas o suposiciones. Tres mujeres aparecen en la escena de una antigua casa: una es joven, otra de mediana edad y otra nonagenaria. Entre ellas hay tensiones, fruto de un conflicto que nunca se define, pero que el lector inteligente podrá identificar si lo traslada a sus propias circunstancias. ¿Quién no ha sufrido conflictos familiares de una naturaleza u otra? ¿Quién no ha visto alguna vez esas lacerantes confrontaciones entre miembros de una misma familia? La mujeres de la historia tienen un punto de confluencia, una preocupación común: un niño que duerme en alguna parte de la casona, sucia, descuidada, con muebles desgastados que otrora fueron elegantes. El niño, según el narrador, puede ser o no imaginario, de lo que no cabe dudas es que hubo una desgracia que fracturó a esa familia, o un estado de cosas que la llevó lentamente a la ruina, no solo material sino espiritual. En todo el cuento se respira una debacle existencial que corroe a los personajes. El narrador intuye que una de las mujeres debe morir, y decide que sea la mujer de mediana edad, la más huraña, la que constantemente increpa a la más joven sabe Dios por qué razones ocultas. La muerte de esta deja el final listo para que la joven y la nonagenaria establezcan un diálogo sobre el niño. El narrador duda cuál variante de diálogo escoger. Luego el relato da un salto y nos pone frente a dos personas que han estado concibiendo lo sucedido en la familia como una pieza teatral. Discuten sobre la efectividad del conflicto y del desenlace de la historia. Ahí sabemos que las dos mujeres más viejas han muerto. De pronto la mujer joven se levanta y sube al primer piso de la casa donde en un cuarto la narradora de la historia aparece inclinada sobre el teclado. Inquietante final que demuestra la habilidad de Chachi para urdir historias que convencen al más exigente lector y que recuerda aquella tesis de Borges de que nos soñamos unos a otros todo el tiempo.

El segundo, "Borametz" es una reescritura de un tema precisamente de Borges, de donde toma el personaje aparecido en su célebre Manual de zoología fantástica. No sería la primera ocasión que la escritora rinde culto al memorable argentino, cuya obra no deja de deslumbrarnos, si bien algunos escritores renieguen de él para no contagiarse demasiado con su genio, como aquel polaco escritor que gritó que lo mataran, de lo contrario todos terminarían imitándolo. Pero en el texto de Chachi hay otras luces, yo diría otra mirada. ¿Qué es realmente el Borametz? ¿Un cordero dorado? ¿Un arbusto carnívoro? ¿Una mujer? ¿Un monstruo que es arbusto, animal y persona al mismo tiempo?  Es todo eso y más. Aunque estemos en presencia de un relato fantástico, escrito con un lenguaje densamente poético, a mí se me antoja de una crudeza visceral. ¿Cómo entender tal afirmación? Pues mirándolo desde el ángulo de lo que me sugiere más que de lo que me cuenta. El hombre siempre se ha hecho y seguirá haciéndose infinitas preguntas que no tendrán respuestas, a pesar de sus loables esfuerzos y resultados por entender el universo en se mueve.  La vida es un campo de enigmas. No siempre lo que vemos es lo real. Lo real a veces se oculta tras muchas máscaras, capas, cuerpos. A veces lo que alimenta puede matarnos. A veces el peligro es una sombra en medio del desierto, bajo un arbusto que sangra y grita como una mujer cuando le cortan un pedazo y de él brota una cabeza que nos clava los dientes en el cuello. Y no se trata de un mero juego metafísico, sino de una profunda alegoría sobre los meandros de la condición humana. La literatura tiene la maravillosa capacidad de expresar, en síntesis, lo que en un tratado de filosofía u otra ciencia humanística se llevaría capítulos enteros.

De seguro los lectores de este espacio se sentirán complacidos con la publicación de estos breves cuentos de una narradora y ensayista experimentada, licenciada en Filología por la Universidad de la Habana en 1978, profesora de Literatura Hispanoamericana y Literatura General en la Facultad de Artes y Letras durante seis años, especialista de Literatura en la Casa de los Escritores y Artistas. Ha trabajado en proyectos cinematográficos como guionista, dialoguista, diseñadora y actriz, y en proyectos de teatro como asesora literaria. Ha participado y obtenido premios y reconocimientos en diferentes eventos de investigación. En los últimos años ha publicado más de cuatrocientos artículos acerca de literatura cubana, cine y teatro en revistas culturales. Ha compilado antologías de poesía como Donde la demasiada luz (Lengua de Víbora, 1997) y Graffiti, signos sobre el papel (Extramuros, Ciudad de La Habana, 2005, en colaboración con Raydel Araoz). Algunos de sus cuentos están incluidos en antologías como Maneras de Narrar (Unión, 2008), La Ínsula Fabulante (Letras Cubanas, 2009), Espacios en la Isla, (Letras Cubanas, 2009). Otros cuentos y ensayos han sido publicados en revistas literarias.

Currículum Vitae de Mercedes Melo

1. Nombre completo: Mercedes Melo Pereira.

2. Lugar y fecha de nacimiento: La Habana, Cuba, 19 de febrero de 1956.

3. Estudios generales y artísticos realizados: Licenciatura en Filología, Universidad de la Habana, 1978.. Ha cursado estudios de postgrado en Literatura Cubana y Latinoamericana, Teoría y Crítica Literarias, Dramatología, Antropología Cultural y Estudios Socioculturales.

4. Actividades profesionales y artísticas realizadas a la fecha

Vida profesional:

1978-1984 Profesora de Literatura Hispanoamericana y Literatura General en la facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana.

1984-2015 Especialista de Literatura en la Casa de los Escritores y Artistas.

Ha trabajado en proyectos cinematográficos como guionista, dialoguista, diseñadora y actriz y en proyectos de teatro como asesora literaria.

Trabajo investigativo y publicaciones:

Ha participado y obtenido premios y reconocimientos en diferentes eventos de investigación. En los últimos años ha publicado más de cuatrocientos artículos acerca de literatura cubana, cine y teatro en revistas culturales como Revolución y Cultura, La Gaceta, Jiribilla, Cubaliteraria y La Siempreviva, entre otras publicaciones.

Ha compilado antologías de poesía como Donde la demasiada luz (Lengua de Víbora, 1997) y Graffiti, signos sobre el papel (Extramuros, Ciudad de La Habana, 2005, en colaboración con Raydel Araoz).

Algunos de sus cuentos están incluidos en antologías como Maneras de Narrar, Unión, 2008, La Ínsula Fabulante, Letras Cubanas, 2009, Espacios en la Isla, Letras Cubanas, 2009. Otros cuentos y ensayos han sido publicados en revistas literarias.

Publicó el libro de cuentos Ámbito de Hipermestra (Unión, 2006).

Principales premios literarios:

1999 Premio de Ensayo Gabriela Mistral

2000 Premio de Cuento La Gaceta de Cuba

2005 Premio de Cuento de la UNEAC por el libro Ámbito de Hipermestra

2007 Premio de la Crítica 2006 por el libro Ámbito de Hipermestra

 

 "El niño"

Mercedes Melo

Me imagino una casa más bien antigua, sobre todo anticuada, deslucida, con iluminación artificial, escasa. Los muebles, pocos, viejos y desgastados, pero que alguna vez fueron de calidad, tal vez los restos de un juego de sala o de comedor renacimiento español. Ambiente general no muy aseado. Se mezclan algún adorno (jarrón, portarretratos) de cierto valor estético (¿antiguos?), con piezas de yeso, excesivamente coloridas y ridículas. Si alguna vez se pone la mesa es preciso mostrar un cuidado excepcional para montar un mantel desgastado, con manchas viejas y una vajilla mezclada, pero puesta como si se tratara de una mesa de lujo.

Intemporal: puede darse la impresión de una casa habanera, pero de un barrio periférico; no insistir en los tópicos manidos de la arquitectura colonial, medios puntos, vitrales, rejas.

Los personajes son mujeres, al menos tres, acaso cuatro, de diferentes generaciones pero seguramente por encima de 30 años la más joven. Yo preferiría que no quedaran claros los vínculos de parentesco. Hay familiaridad y tensiones, seguramente por asuntos del pasado que ni siquiera están claros para la más joven: una mujer que pudiera no tener más de 26 o 27 años, pero maltrecha, el pelo largo por debajo de los hombros, lacio pero escaso y mal peinado. Debería haber una mujer de unos 40 años, dominante pero temerosa de algo, con bruscas alternativas de solicitud y tiranía hacia la joven, una vieja de unos cincuenta y tantos o 60, más bien huraña, fosca, desconfiada, como si disimulara algo y a la vez temiera estarse perdiendo lo más importante, luego una octogenaria o nonagenaria, un poco ida, que se muestra vagamente cariñosa con todas, especialmente con la más joven, pero como si se moviera en otra realidad. Se la pasa haciendo alusiones que son incomprensibles para la joven, ponen nerviosa a la tirana, mientras la huraña se queda farfullando o ríe entre dientes, como satisfecha de algo que ella se sabe.

Una sola cosa las asemeja: todas se refieren al “niño” que jamás aparece en escena, ni como voz en off, ni de ningún modo que no sea el de personaje referido. Puede aparecer una pieza de ropa de él, o su puesto en la mesa con alguna excusa de por qué no baja a comer. Alguien le puede pedir a la joven que le suba la comida, o ella brindarse. Se puede hablar del médico para el niño o de alguien que se interesó por su salud. Cualquiera puede preguntarle a la joven si ya el niño se bañó o algo así. Sería deseable que el espectador no pueda estar nunca seguro de la existencia del niño, pero tampoco de su inexistencia. En la misma incertidumbre deberían sumirse su edad, su estado real de salud, y otros particulares, lo seguro es el sexo: es el único varón de la casa.

Poco a poco se incrementan las tensiones: el primer punto de giro tiene que ser la primera referencia al niño (máximo a 3 o 5 minutos del comienzo). Debe terminarse con una referencia al niño característicamente cotidiana, después de un clímax muy tenso, al bajar la tensión al final, alguien preguntará: “¿Y el niño, ahora?” El ahora debe referirse a una desgracia recién ocurrida que evidentemente trastorna definitivamente el orden familiar. La respuesta: “Está dormidito” debería darla la joven, si no es ella la muerta, porque yo supongo que una o dos de la viejas deberían morir o al menos desaparecer de una manera que no sea muy explícita pero que dé claramente la impresión de tragedia, suicidio u homicidio. Yo dejaría vivas a la nonagenaria que siempre está en las nubes y a la joven que parecía un poco tonta o temerosa y avergonzada de algo que ni ella misma sabría bien qué era. Como las que habían mantenido el tema del niño era las otras dos, sobre todo la tirana, y la nonagenaria pasaba el asunto por alto, no se daba por enterada, mientras que la joven siempre se limitaba a obedecer o seguirle la corriente a quienes la mandaban, parecería que, muertas o ausentes las otras dos, quedarán la más vieja y la más joven libres de la obligación de vivir en torno del niño ahora ya a todas luces imaginario.

Es entonces cuando debe llegar ese parlamento final que entra más o menos así:

La nonagenaria está sentada en el sillón de siempre, canturrea algo, sonríe. La joven, en un banquito, recostada en la pared, descansada, tranquila, las manos sobre el regazo

Joven: ¿Y el niño, ahora?

Vieja: Deberías ir a ver

Joven: Estará dormidito

Vieja: Es verdad

O bien:

Joven: ¿Y el niño, ahora?

Vieja: Deberías ir a ver

Joven: Estará dormidito

Vieja: De todos modos deberías ir a ver

Joven: Es verdad

Se levanta lentamente, camina despacio hacia la escalera, como si de pronto estuviera muy cansada, con los brazos descolgados a los lados del cuerpo. La luz desciende de manera que cuando comienza a subir la escalera, la oscuridad es casi total. Entonces, el niño llora.

–La segunda versión de final es más efectista, más dramática, un poco como homenaje a “La puerta condenada”, la primera es más ambigua, deja más la incertidumbre sobre la existencia real del niño pero se inclina hacia la inexistencia. Yo prefiero la segunda.

–A ver cómo organizas el conflicto en el medio hasta la muerte de las dos viejas– dice el hombre que escuchaba en silencio. –Creo que es lo más importante.

–No. Lo importante es la decisión entre la ambigüedad final o el efectismo. No sé que les gustará más a ellos.

– ¿Qué te gusta más a ti?

–Ni sé.

Se quedan un rato callados. Ella mira su propia sombra proyectada en la pared como un animal fantástico. Él hace un gesto como si dudara. Al fin, como disculpándose:

–Sentí lo de tu hermana.

Ella permanece concentrada en la pared, como si no lo hubiera escuchado, pero él sabe que sí. Por eso se anima a preguntar:

–¿Y el niño, ahora?

–Estará dormidito.

–De todos modos deberías ir a ver.

–Es verdad.

Se levanta lentamente, camina despacio hacia la escalera, como si de pronto estuviera muy cansada, con los brazos descolgados a los lados del cuerpo. La luz desciende de manera que cuando comienza a subir la escalera, la oscuridad es casi total. Mira hacia arriba, a la franja de luz que asoma por debajo de la puerta de la habitación. Levanta un poco más los ojos y me ve, inclinada sobre el teclado. Una tabla cruje bajo su zapato. El ruido, en medio de la noche, nos sobresalta. Entonces, el niño llora.

 

"Borametz"


Quién sueña un corto animado donde un hombre u otra criatura más o menos humana atraviesa el desierto, solo y hambriento, cree ver un cordero dorado, se acerca sigiloso, pero el cordero no se mueve, el peregrino lo toca (a esta hora ya el peregrino tiene la imagen del arcano 22 del Tarot de Marsella, pero con tu rostro, por eso ve el cordero, que no estaba en su camino, sino a un lado), mueve con su mano la pelusa dorada y constata, un poco decepcionado, que se trata de un arbusto y no de un animal, a pesar de eso, saca un cuchillo y corta un trozo, por debajo, donde estaría el vientre de la bestia, el arbusto sangra por la herida, de entre la pelusa dorada surge una cabeza de mujer que grita de dolor, unos ojos de mujer lo miran, la boca vuelve a gritar, al grito acuden lobos, criaturas rojizas, con uñas y dientes azules, que babean una saliva morada, con vetas amarillentas, el hombre lucha con los lobos, los lobos lo evaden para devorar al borametz, que los muerde, fijo en su sitio, con sus dientes afilados como uñas de mujer, el hombre hiere o mata o ahuyenta a los lobos, uno ha caído junto al arbusto, cerca de la boca de la mujer que comienza a devorarlo despacio, ya más tranquila. El peregrino termina de comer su tajada de borametz, mira al arbusto que ya se ha terminado al lobo, la arena absorbe la sangre de las bestias, el peregrino guarda su cuchillo, camina hasta el borametz, hunde sus dedos en la pelusa dorada, el arbusto se estremece, el peregrino sigue su camino. A lo lejos, se escucha el aullido de los lobos mientras un sol verdoso desciende en un horizonte esmeralda que divide el cielo casi blanco de la arena color amarillo bertolucci del desierto sin fin.

El borametz queda solo en medio del anochecer. Una bandada de pájaros surge del horizonte, donde se ha perdido el peregrino. Los pájaros de plumaje rosa surcan el cielo todavía lechoso hasta que descienden sobre el borametz. Cubierto de pájaros, el borametz toma ahora el color de los flamencos que se quedan dormidos con el pico bajo el ala. El sol, antes de tocar el horizonte se enciende con el color esmeralda brillante de su corona naranja, rosa, roja, violeta, índigo, azul, cian y de nuevo verde esmeralda sobre el borametz dormido bajo los pájaros. A lo lejos, se escucha el aullido de los lobos, un momento después un graznido y una algarabía de pájaros que sangran y tiñen de rojo oscuro la arena bajo el borametz mientras el sol se hunde detrás de un horizonte verde hoja.

Amanece, del otro lado del cielo se asoma un sol verde claro, pálido sobre la arena amarillenta. Mientras el sol se levanta, el borametz se estremece bajo sus plumas. Entre el plumaje rosa brilla un vestigio de la antigua pelusa dorada. El peregrino regresa, su figura es todavía diminuta, acercándose desde el horizonte aún en sombras. Llega junto al borametz, hunde sus dedos en el plumaje rosa, se aleja unos pasos y se sienta sobre la arena todavía casi fresca. Del atado que cuelga de su vara el peregrino saca una botella, un trozo de pan, algo de queso; come y bebe; se levanta, vierte las últimas gotas de agua junto a las raíces del arbusto, mira al cielo, ve el sol ya alto, echa su atado junto a las raíces y se tiende a la sombra dorada del borametz. Una cabeza de mujer asoma entre las plumas de flamenco, sus ojos verdes miran al hombre que duerme su siesta a deshora, el hocico hurga entre el cabello sucio y la camisa raída y hunde sus dientes afilados como uñas de mujer en el cuello del peregrino que murmura algo y apenas se estremece como si soñara con pájaros de plumaje rosa o como si escuchara un aullido de lobos mientras un sol de esmeralda ocupa el cenit de un cielo casi blanco sobre la arena color amarillo bertolucci de un desierto sin fin.
 

Editado por: Yeni Rodríguez Valdés 

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