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Ciencia, cultura y comunidad: la densidad de un problema

Luis Álvarez, 26 de mayo de 2015

El Dr. C. Avelino Couceiro Rodríguez ha acumulado una fructífera experiencia en el terreno de la antropología urbana, lo que ha dado por resultado una enjundiosa serie de investigaciones que, en su mayoría, se han centrado en el estudio de La Habana desde múltiples ángulos de abordaje —historia de barrios específicos, estudios de grupos sociales, análisis de marginación, enfoques vexilológicos, entre otros. Habría que añadir a esta característica de la obra de Couceiro el hecho problemático si los hay de que apenas contamos en Cuba con antropólogos urbanos. Es un terreno del conocimiento en el cual este ensayista ha desarrollado análisis envidiables de modo que, en particular, su análisis del Vedado —el primero realizado con tal cientificidad y acierto, aunque se haya publicado antes que el suyo alguno que, en realidad, no es sino una secuela no autorizada de su abarcadora investigación, durante un tiempo inédita, de uno de los repartos emblemáticos de La Habana— constituye una investigación paradigmática en el campo de las investigaciones sobre la cultura cubana en su proceso contemporáneo. Subrayo esta última frase por un hecho que invita a una mínima reflexión preliminar, pero imprescindible para que el lector comprenda el interés del ensayo que Ciencias Sociales está poniendo ahora en sus manos.

Es paradójico que podamos contar con una importante serie de estudios sobre la cultura cubana desde el s. XVIII —pues no otra cosa es, en el fondo, el famoso libro de viajes del Obispo Morell de Santa Cruz a través de la isla de Cuba, para no hablar de la orientación temática y aun ideológica de ciertos trabajos publicados por el Papel Periódico de La Havana— hasta las diversas y destacadas investigaciones historiográficas que han jalonado el siglo XX y lo que va del actual, y en cambio la situación de las investigaciones realizadas en un presente antropológico-cultural determinado resultan mucho más escasas. Dicho de otro modo: si me animase a hacer un balance —impensable en un prólogo— de los contextos temporales en que las temáticas de esos libros se ubican, tendría que reconocer con tristeza que la mayoría de las investigaciones sobre la cultura nacional se refieren sobre todo a un tiempo pretérito con respecto al del autor. Esto podría, en alguna medida y solo hasta cierto punto, ser comprensible: estudiar el pasado tiene muchas ventajas, pues en ellas el investigador aborda etapas cerradas, sobre las cuales es más sencillo adelantar conclusiones en tono definitivo —¡somos tan aficionados a las desenlaces categóricos y absolutos!—, mientras que las investigaciones culturales sobre el presente en  curso muy rara vez pueden darse el lujo —y es científicamente correcto que así sea— de pronunciar solemnes e incuestionables juicios ex cathedra. Para decirlo con un símil literario, los estudios acerca de procesos culturales ubicados en el pasado, requieren de unos lentes prismáticos; en cambio, la investigación antropológico-cultural centrada en una dinámica social en curso requiere más un microscopo, preferiblemente electrónico para que se pueda obtener un perfil científicamente relevante del campo de investigación. Desde luego que estoy empleando símiles para los niveles diacrónico y sincrónico —y en cierto sentido también concurrentes para una perspectiva macrosocial frente a otra microsocial—, y no pretendo en serio que los puntos de vista metodológicos emic y etic resulten inconciliables. Necesito, empero, meditar de manera tropológica —tropocognitiva—sobre la situación de los estudios de perfil antropológico urbano en Cuba, para que tratar de que el lector comprenda el relieve de La ciencia en función del trabajo comunitario.

Así pues, desde un punto de vista tropocognitivo —asumiendo en particular el enfoque metonímico que Marx reveló, tantos componentes esenciales de la estructura y la dinámica sociales—, la oposición emic / etic, tan difícil de conciliar,  es la primera, pero no la única, de las dificultades en cuanto a investigar la cultura en tiempo actual y no desde un simbólico telescopio temporal —aun en una perspectiva diacrónica etic los anteojos de largo alcance permiten percibir como próxima una determinada imagen, pero incluso en casos de muy alta tecnología, no siempre garantiza una captación por completo cabal. En efecto, indagar el presente en términos etic es mucho más riesgoso, porque el investigador se enfrenta de inmediato a problemas cuyas causas y factores objetivos y subjetivos es necesario develar. Por otra parte, la meditación sobre un caso contemporáneo de dinámica cultural, por las razones ya dichas y por otras que no voy a detallar, suele ser asumido como de menor interés editorial. Por tanto, los frutos para el investigador pueden ser más limitados  en términos pragmáticos.

La otra cara del asunto es que sin investigación de los procesos del presente, no habrá un futuro cognitivo de entera solidez. Me atrevo a decir más aún: si no indagamos la actualidad, nuestras posibilidades de interpretar el pasado serán mucho más limitadas, dado que, si bien no del modo mecanicista que algunos historiadores y sociólogos a veces parecen pensar, cada presente es un resultado dialéctico —donde la cualidad de dialéctico es por completo decisiva—. Es aquí donde La ciencia en función del trabajo comunitario se presenta como obra de valor directo para la investigación cultural en Cuba. Couceiro no solamente se interesa en estas páginas por el presente en curso del trabajo en y desde la comunidad, sino que además hace un aporte invaluable para el desarrollo cubano desde el lado de las ciencias sociales: formaliza su experiencia y nos brinda una eficaz caracterización de métodos para la investigación científica de la comunidad.

Nuestra comunidad de científicos sociales —¿por qué será que tantos miembros de ella en Cuba utilizan un neologismo tan espantoso, tan innecesario y tan sobradamente anglicista como el de “cientistas sociales”, fútil calco lingüístico de la expresión inglesa Social scientist, mimetismo nítidamente criticado por Couceiro, en su condición de culturólogo coherente que sabe que la lengua, en tanto construcción cultural destinada a las funciones comunicativas y cognitivas, no solo modela, sino también refleja modelaciones específicas: la expresión “cientista social”1 no solo es un absurdo lingüístico: indica también una tendencia, consciente o no, al mimetismo cultural como manifestación nítida de subdesarrollo, algo peligroso en cualquier rama del saber, pero verdaderamente letal en un científico social—, nuestra comunidad de científicos sociales, pues, estaba muy necesitada de un libro que, como este, expusiese no minuciosas declaraciones dogmáticas, sino posibles vías de trabajo derivadas del sentido común y la experiencia investigativa. Las ciencias sociales en Cuba, durante muchas décadas, fueron focalizadas con cierta rigidez, incluso con una cierta parcialización —la de asumir como encarnación básica de ellas a la historia, la pedagogía, la economía, la politología y el derecho, mientras otras quedaban por distintas y no siempre sólidas razones más bien marginadas, como la sociolingüística, la semiótica de la cultura, los estudios poscoloniales, la comunicología, el urbanismo, la ecología humana, la traductología, la bibliotecología, la teología comparada, los estudios de género y otras. Este desequilibrio en la percepción del sistema de ciencias sociales no constituye precisamente un impulso al necesario desarrollo de las ciencias sociales cubanas, que deben integrar un conjunto polivalente, armónico, dialogante, colaborativo y multifuncional. De aquí que resulten tan importantes las consideraciones del ensayista en cuanto a la diferencia entre multidisciplinariedad e interdisciplinariedad, desarrolladas en el epígrafe “Ciencia y comunidad”:

Para el tema que nos ocupa, hemos de reflexionar desde ya sobre lo que la educación científica es y sus potencialidades para el desarrollo de las ciencias desde la comunidad: una educación científica no está dada solo por su contenido (cuya esencia cultural no hace falta enfatizar más), sino por sus métodos que incentiven el pensamiento propio en la comprensión del mundo que nos rodea y en captar (y definir) la esencia de cada fenómeno objeto de interés según cada momento. Se puede (tratar de) explicar matemáticas, química, biología y geografía, de una manera dogmática sin la menor capacidad de análisis (caso en el que se lacera su carácter científico), mientras que los idiomas, el arte, el periodismo, la historia, la sociedad, la comunidad, nunca se estudiarán seriamente si no emplean el análisis crítico y un constante cuestionamiento en busca de sus leyes particulares, de sus nexos, de sus motivaciones más raigales… lo que les imprime carácter científico, que a menudo exigen más valentía y visión, dada la complejidad de los sujetos objeto de estudio.

Como se sugiere en el pasaje anterior, un estudio científico de las comunidades es imprescindible para el sustento mismo de la nación. Se han venido dando pasos en este sentido, y entre los numerosos ejemplos que pueden aportarse me remito al interesante ¿Qué municipio queremos?, coordinado por la Dra. C. Lissette Díaz Hernández y el M. Sc. Orestes J. Díaz Legón —ambos profesores de la facultad de Derecho de la Universidad de La Habana— y en proceso de publicación por la editorial de esa alta casa de estudios.

Dos niveles de recepción del libro son particularmente importantes para sus receptores más directos, es decir, nosotros los científicos sociales; y en un segundo nivel de recepción, nuestro imprescindible relevo, que forma parte inalienable de la comunidad de los cientistas sociales en la Cuba de hoy, los estudiantes de las numerosas carreras especializadas en problemas humanos, cuya diversificación académica constituye uno de los méritos de la Educación Superior cubana a partir de 1959, en que han venido apareciendo licenciaturas de mayor nivel de especialización humanística que antes de esa fecha: Sociología, Teatrología, Comunicación Social, Estudios Socioculturales, entre otras. En efecto, uno de los rasgos más aportadores del libro es que llama la atención sobre un hecho hace décadas identificado por la teoría de las ciencias. Me refiero al proceso dialéctico que nos ha llevado a superar gradualmente el ámbito estricto de la ciencia —un objeto de estudio específico, un tipo específico de objetivos investigativos, un metalenguaje exclusivo, unos métodos peculiares—, para visualizar de manera teórica y práctica la impostergable dinámica social hacia el dominio científico, vale decir, la integración de las ciencias particulares en una dirección interdisciplinaria, en que convergen perspectivas científicas diversas hacia un proceso cognitivo común en el cual comparten objeto y campo científicos, macrobjetivos de conocimiento, metalenguajes, métodos y procedimientos. Es esto, desde luego, el espacio de la interdisciplinariedad, la cual hace algún tiempo es muy mencionada, pero poco aplicada y peor comprendida. De aquí que Couceiro señale con toda razón acerca de este problema que las universidades cubanas están llamadas a ir solucionando —proceso que ha comenzado ya, pero que no puede ser desarrollado orgánicamente en un abrir y cerrar de ojos, de aquí la importancia de llamar la atención al respecto—, tanto en la concepción de la ciencia en sí misma, como en la necesidad de orientarse también hacia el espacio del dominio científico. Por eso me permito citar in extenso un momento fundamental del libro:

Cada ciencia desarrolla su propio aparato categorial, que no sería científico si no fuera capaz de ser casuístico al acercarse a cada objeto de estudio. El estudio científico de la matemática difiere del de la historia, pero también difiere del de la física; el de la geometría difiere del de la trigonometría. No ha de estudiarse lo mismo un idioma que una comunidad; ni tampoco ha de estudiarse igual una comunidad, que otra; pero tampoco pueden divorciarse, pues la realidad es sistémica, y no divorciada. Las leyes generales son aplicables, pero siempre casuísticamente, y ello incluye al estudio de unas ciencias sobre otras: por ejemplo, la Historia de la Matemática, o la Historia de las investigaciones históricas (Historiografía) o de la Sociología o de la Antropología… un estudio antropológico, o sicológico, en una comunidad de biólogos, o de químicos, o de sociólogos; el estudio bioquímico en los científicos sociales de una u otra esfera (tan importante por ejemplo para los que trabajan con patrimonios tangibles y con el patrimonio natural), o de los artistas que filmen una película sobre alguna enfermedad, o de los geógrafos, biólogos y científicos sociales al multiplicarse en la transdisciplinaria Ecología, o la antropología física, que no puede obviar a la cultural, ni viceversa.

Todo ello, y más, exige de genuinas interdisciplinariedades, que tanto se dicen pero no más que como un cliché, porque tan raramente se aplican de veras, cuando la ciencia actual exige cada vez más (porque la realidad es una y diversa, objeto para diversas ciencias en cuyo sistema se explican a profundidad, y solo en tal sistema) ya no de la multidisciplinariedad (que empasta los resultados de diversas disciplinas) sino de una interdisciplinariedad donde se desdibujan tales resultados en una integración orgánica explicándose, complementándose y enriqueciéndose mutuamente, lo que por supuesto, exige una formación más integral y visión mucho más amplia de los expertos involucrados. A menudo se escucha otro cliché asumiendo la transdisciplinariedad como un objetivo, como si fuera un resultado supremo a obtener, lo cual constituye otro error pues ello implica el nacimiento de una nueva ciencia, y ello no ha de ser el objetivo si no el resultado orgánico del devenir epistemológico de la interdisciplinariedad, como aconteció con la Ecología, por solo citar ese ejemplo.

Este enfoque suscrito por el antropólogo se manifiesta en los momentos del libro en que, a manera de ejemplos sucintos, expone reflexiones derivadas de sus trabajos de investigación y sus intuiciones científicas personales en cuanto a comunidades. Son fascinantes los ejemplos de comunidades que analiza Couceiro en este sólido ensayo. Empero cada lector, cuando ha leído con fruición un determinado libro, empieza a ilusionarse con una segunda parte igualmente atractiva. Al terminar de leer  La ciencia en función del trabajo comunitario, me ilusiona pensar que, bien Couceiro bien otro científico social tan certero como él, ha de escribir más temprano que tarde un libro que analice las peculiaridades de la comunidad de científicos sociales cubanos —y claro que debería estudiarse de forma parigual otra comunidades científicas, cuyo estudio antropológico sería de enorme importancia para ir adentrándose más en el conocimiento de la identidad cultura cubana. Estoy seguro de que un libro de esa índole debe ayudar mucho a la concertación de voluntades, al intercambio de propuestas y, sobre todo, a una visión realmente equilibrada y justa de las distintas ciencias que integran el dominio científico dedicado al estudio de lo social cubano, es decir, la identidad esencial y cambiante, gallardamente histórica y cotidiana, del ser cubano.

1 Con toda razón, la Real Academia de la Lengua Española no acepta esta expresión, y, en mi opinión modesta, las editoriales cubanas no deberían emplearla jamás.

Editado por: Nora Lelyen Fernández

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