Una respuesta escurridiza
No es la primera vez que reseño un cuento de Ariel Sánchez (La Habana, 1974). Ya lo hice un par de años atrás con otro titulado "Calle 21". El que hoy les propongo se titula "Cuando la muerte huele a rosas", y es la historia de una muchacha muy joven que asesinó a su novio y cumple una sentencia de veinte años de prisión.
El argumento, como tal, no es novedoso, pero está bien narrado, con cierto aire de suspenso que mantiene en vilo al lector. Lo interesante del relato es la manera en que la protagonista describe los sucesos ocurridos y una no tan evidente (hasta al final) asociación con la tragedia íntima de su madre. Por tanto hay dos historias que se yuxtaponen y que constituyen la clave del relato que no voy a revelar.
Como en el relato "Calle 21" (el lector puede buscarlo en la memoria de este espacio), Ariel sabe encontrar lo significativo en las historias que cuenta. En este caso el narrador es un escritor periodista que anda detrás de una historia que lo saque de la parálisis espiritual que no lo deja escribir. La desdicha de una muchacha en prisión por un crimen pasional lo conmueve y busca en ella a la persona más que a la homicida que fue capaz de matar por celos, o por venganza, o porque al empujar al novio hacia el camión estaba pensando en lo que le hizo su padre a su propia madre. Los motivos pueden ser engañosos y arman una serie infinita, difícil de seguir. La frase de la madre al final puede tener muchas lecturas que van de un extremo a otro. He ahí una de las virtudes del texto: la ambigüedad. La literatura no da respuestas, sino hace preguntas. Las preguntas nos ponen a pensar, aunque las respuestas sean escurridizas, muchas veces inalcanzables.
Como expresé en mi reseña anterior, Ariel Sánchez es un narrador talentoso, cuya obra va ganando solidez. Es graduado del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso” en 2010. Miembro del Grupo de Creación Literaria Expedición. Su obra ha sido recogida en varias antologías de narrativa como Vértice (Concurso Nacional de Cuentos Breves 2004-2008, Ediciones Bayamo 2009.; Gallina y otros minicuentos (Concurso Internacional de Minicuentos El Dinosaurio 2008, Editorial Cajachina 2011); Instantes como islas (Haiku, Grupo Expedición, Ediciones Latin Heritage Foundation, 2012); Certamen Internacional de Relato Breve sobre vida Universitaria (Servicio de Publicaciones, Universidad de Córdoba, 2012, España). Ha recibido premios en concursos nacionales e internacionales.
"Cuando la muerte huele a rosas"
Ariel Sánchez
Esa tarde estuve sentado en el portal de la casa por más de cuatro horas. Las palabras de Chabelly me provocaban un intenso desasosiego. ¿Cómo se le había ocurrido matar a su novio de esa manera? ¿Qué podría llevar a una mujer a actuar de una forma tan espeluznante? ¿Lo volverías a hacer? Le pregunté antes de marcharme de la prisión, pero solo obtuve el silencio como respuesta. Chabelly cumpliría hoy veinte años, de no haber sido por aquella riña en el comedor de la penitenciaría.
Era una de las reclusas más solitarias del plantel, me explicaron las custodios durante una de las visitas que le permitían una vez al mes, siempre que hubiese mantenido buena conducta. Supe de ella por un compañero de trabajo una tarde lluviosa de agosto: “Mira, ve a ver a esta muchacha; cuando conozcas su historia, tendrás material para escribir” Atravesaba por esos días una resaca espiritual que me paralizaba por completo, al punto de no escribir más de media cuartilla en tres semanas. En mi vida había experimentado algo igual. Esperanzado con recobrar mi ritmo e inspiración, salí a buscar la historia jamás contada (hasta ese instante) de Chabelly, una muchacha de cabellos pálidos y nariz tupida.
Al principio nuestras miradas se cruzaron sin que ninguno de los dos dijera una palabra. Miradas exploratorias, tal vez. Yo era un escritor principiante, aturdido por la página en blanco y ella una homicida consumada. ¿Quién te mandó?, me preguntó de repente. Sorprendido, no supe qué responderle y entonces comencé a decir una sarta de palabras sin sentido que a ellas le parecieron evidentemente ridículas.
Sabía, por medio de mi amigo, que Chabelly había asesinado a su novio y por esa causa cumplía una sentencia de veinte años. Pero yo no estaba interesado en una crónica periodística o en el simple relato de su desgracia. Mi intención iba más allá: quería conocer a la persona y entender los motivos que la llevaron a cometer un acto tan terrible. No me resultó fácil. En cada visita solo intercambiábamos comentarios triviales que nada tenían que ver con mi secreto objetivo. Ella parecía divertirse y a veces molestarse con algunas de mis preguntas. Y solo fue en la cuarta visita cuando me reveló: Amé a ese hombre como nunca en la vida volveré a amar a alguien (Chabelly pareció leer mi pensamiento). Tenía trece años cuando lo conocí, continuó. Era dueño de una tarima de viandas, a dos cuadras de mi casa. Cada vez que pasaba para ir a la secundaria, él no perdía tiempo para meterse conmigo. Me decía piropos que al inicio no entendía, aunque después me fueron agradando. Llegó el momento en que faltaba a clase por tal de escucharlo y dejarme acariciar con sus palabras. Cuando mi madre se enteró, armó como de costumbre un gran escándalo y me prohibió que continuara viéndolo, incluso durante varios días me acompañó a la escuela con la esperanza de que me olvidara de Darién, que así se llamaba él. Mira, todavía guardo una foto suya. ¿Ves que lindo? Si fueras gay te hubiera gustado, ¿verdad? Le encantaba tomarse una cerveza al final del día, después que recogía la tarima y guardaba las viandas sobrantes en casa de un pariente cercano que vivía a unas cuadras del agromercado. Pero Chabela, mi madre, sabía que yo no renunciaba con facilidad e incrementó su vigilancia. En algo extraño anda esta chiquilla, decía, pero a mí no me importaban sus recelos, sabes, estaba más enamorada que una perra; no tenía ojos ni para peinarme antes de salir de la casa –sonrió fugazmente-. Algunos vecinos le fueron con el chisme de yo continuaba visitando la tarima y ahí comenzaron mis problemas. Entonces decidió seguirme cada mañana, a ver si me desviaba del camino, pero ya para entonces yo había adquirido experiencia y lograba esquivar el acoso materno. El amor por Darién me hizo hábil y de cierta manera perversa, algo de lo que no me arrepiento. Nos veíamos siempre a media mañana, yo me daba una escapadita de la escuela y él alquilaba alguna habitación por allí cerca y ahí nos besábamos como locos. Bueno, eso fue en los primeros encuentros, después hacíamos más cosas. A pesar de las precauciones que yo tomaba, mi madre finalmente se enteró y armó otro de sus escándalos que estremecieron la casa y hasta el barrio. Yo apenas cumplía los catorce y ya andaba metida en trajines de adultos, cuando todavía mis amiguitas de la escuela no habían experimentado lo que ya para mí era normal (desnudarme sin miedo delante de un hombre y gozar con él las delicias del sexo, por ejemplo) y se tapaban la boca para reírse o proferir alguna palabrota delante de los varones. Pudiera parecerte triste esta historia, pero no lo fue, él era lo que más quería en esta perra vida. Nunca abusó de mí, todo lo contrario. Siempre esperó a que la decisión partiera de mí. Yo, como cualquier otra niña a esa edad, tenía ganas de conocer el mundo, de ser una mujer como Chabela y salir a cualquier hora de la casa sin darle explicaciones a nadie. Ese amor me enseñó que la vida tiene más de cuatro patas. Cuando todo parece que va a marchar según lo has planeado, siempre se atraviesa alguien y te lo echa a perder. Muchas veces es por envidia y otras por esos perjuicios que tanto daño hacen. Aquí adentro aprendí a lidiar con todo tipo de personas y ya no me interesa cómo soy o cómo me ven, ni siquiera usted. Solo me interesa sobrevivir, para despertarme al otro día y poderme mirar al espejo y comer y bañarme y volver a acostarme hasta el próximo amanecer. Chabela no fue una mala madre. No digo que fuese la mejor o la más preocupada, pero nunca me faltó la comida en la mesa o el jabón a la hora del baño o la mano que me acariciaba cuando el apagón me daba miedo. Pero la idea de perderme la enloqueció por completo. Después de papá, nunca volvió a meter otro hombre en la casa. Decía que todos estaban cortados por la misma tijera y que jamás se fijaría en ninguno. A mi padre apenas le conocí, eran raras las veces que estaba con nosotras y no fueron pocas las noches en que llegó tan borracho que ni siquiera sabía quienes éramos. Chabela se fue llenando de odio, un odio más grande que ella misma, hasta el punto de que no quiso saber más de nada que tuviera que ver con los hombres. Yo era todo lo contrario, ese olor fuerte de ustedes me vuelve loca. A veces, cuando Darién terminaba de vender sus viandas, ni siquiera lo dejaba quitarse la ropa de trabajo o bañarse. Le saltaba encima como una fiera –sus labios se humedecieron, espontáneos-. Era un fuego que no se me apagaba nunca, por lo menos eso pensé en los primeros meses. Chabela se encargó de hacerme la vida un yogurt, y no tardé mucho en marcharme de la casa, quizás nunca debió permitírmelo, como quiera ya es demasiado tarde para pensar en algo así. Nunca más volví a entrar en el solar. Si tenía que pasar por allí, daba la vuelta por otra cuadra. Con Darién no me fue mal, se encargaba de que nada me faltara y hasta donde yo sabía, solo tenía ojos para mí. Pero el amor es lindo cuando te lo cuentan, otra cosa es vivirlo, ¿sabe? La maldita profecía de Chabela no tardó en hacerse realidad. Darién empezó a llegar cada vez más tarde a la casa. Que si el trabajo, que si los jefes, que si la madre de los tomates, cada vez un cuento distinto. Por esos días lloré, lloré mucho en las noches, cuando esperaba por él, y llegaba sudado hasta los pelos y oliendo a putas y diciéndome que me amaba. Chabela supo de mis desamores, tampoco sé cómo, y no tardó en llegarse hasta la escuela y sacarme a regañadientes para decirme hasta del mal que me moriría. Yo no quería terminar como ella, los hombres me gustaban mucho como para despreciarlos de esa manera. Pero Darién no ayudaba. La burla a mis espaldas de algunas de mis mejores amigas de escuela, derramó la copa. Nunca lo planeé, si es lo que piensa. Fue como un rayo dentro de mi cabeza. La policía me preguntó hasta el cansancio, pero siempre les dije lo mismo: fue un maldito impulso. Habíamos salido de la discoteca de Río Club, bien entrada la noche. Nunca discutimos sobre el tema de sus llegadas tardías, no me considero mujer de muchas palabras. Chabela me enseñó a cortar de cuajo las cosas y a llamarlas por su nombre, por mucho que dolieran. A esa hora no había guaguas y en este país los taxis no circulan de madrugada. Decidimos caminar hasta el semáforo del entronque de la CUJAE, para probar suerte con las botellas. En el camino apenas nos hablamos, yo estaba muy cansada por el bailoteo y él tenía dos tragos de más como para que se le entendiera. El tiempo me ha borrado algunos detalles, pero recuerdo perfectamente su rostro. Como si la borrachera se le hubiese pasado en un instante, como si el miedo se lo tragara de un bocado. No gritó, quizás no tuvo tiempo, no sé. El camión paró unos metros más adelante, el chofer se bajó como un loco y me fue para arriba. Un hombre que pasaba por allí lo obligó a quitarme las manos de encima. No tenía nada que decir, me senté en el contén y esperé a la policía. En ese momento no tenía idea de la dimensión de lo que había hecho, solo me miraba las manos y apenas derramé un par de lágrimas. Al día siguiente, Chabela se apareció en la Unidad, me tiró un brazo por encima y con la mirada empedrada me dijo: El que por su gusto muere, la muerte le huele a rosas.
Cuando terminó su relato me miró fijamente a los ojos y me dijo: Ya tienes lo que quería, de ahora en adelante no vengas a visitarme más, lo último que desearías es que me enamorara de ti.
Editado por: Yeni Rodríguez Valdés
