Dos de un tiro
Siempre me he considerado un hombre con suerte. No se si de tanto decirlo, esa ánima farandulera y esquiva me ha permitido cumplir la mayoría de mis sueños, y conseguir los más importantes objetivos propuestos. Claro, que si no es porque triunfa una revolución social en Cuba, la voluble ánima quizás se hubiera instalado en otro cliente más adecuado.
Cuando joven quería lograr tres cosas: viajar a España, México y Brasil, y tener un pequeño auto Austin inglés color azul aqua. Lo de los viajes se me dio con creces exceptuando Brasil, que por desgracia no conozco, aunque todavía sueño con cierta corta estancia en Río y en Bahía. Lo del auto, no tuve un Austin, pero si un poderoso Moscovich pintado de amarillo, (mis hijos le decían “El pollo más veloz del sur” por cierta película de época).
Luego aspiré a navegar los océanos, y lo logré. Gracias a las circunstancias y por obra de Senel Paz, entonces director de Literatura del Ministerio de Cultura, una noche embarqué, junto a mi entrañable amigo Norberto Codina, en un barco pesquero, más bien un congelador llamado Océano Pacífico, y en él atravesé el Atlántico hasta Sudáfrica. Ya antes había hecho un viaje parecido, pero de ida y vuelta de Cuba a Angola, cuando la guerra. Es decir, también logré ese sueño.
Y bueno, lo demás fue tener una familia, enseñar a jóvenes, dirigir, quise ser escritor y creo haber hecho un buen intento al respecto, puesto que ya pronto sale mi décimo título.
Y en esas historias quizás tenga un record Guinness cuando les cuente esta, porque posiblemente soy uno de los pocos escritores cubanos que pueden decir que conocieron, con cierta intimidad, a dos premios Nobel de Literatura.
El primero de ellos fue García Márquez.
Han pasado 33 años de la primera vez que conversé con García Márquez, y fue en 1981 en Casa de Las Américas, en ocasión de la presentación de Crónica de una muerte anunciada. Todavía conservo el libro, y todavía recuerdo que solo le dije “gracias” cuando me escribió un “Para Emilio, del Gabo”, y él me regaló una sonrisa pícara.
Luego, finalizando la década del 50, hubo un segundo encuentro, este más íntimo.
Entonces era director de Ediciones UNION. Mi amigo Mario García Joya, director cinematográfico y director de fotografía de Titón en Fresa y Chocolate, que cuando aquello era también vicepresidente de la Asociación de Artistas Plásticos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) me invitó a una comida con el Gabo en su casa, De aquella reunión rememoro que tenía varios invitados importantes, entre ellos el propio Titón, el maestro Jesús Ortega, dos cineastas brasileros y otros. Una de las cosas que más me impresionó fue no solo la enjundia y picaresca caribeña del Gabo, quien también era un seductor de la palabra, sino la personalidad de Mercedes, su esposa, verdadera columna vertebral de aquella relación.
El tercer encuentro fue muy íntimo. Estaba en México, invitado por mis amigos Marrero y Zenaida, consejero político él y agregada cultural ella, de la Embajada nuestra. Y una tarde, con cierto sigilo me dijeron que habían invitado a comer al Gabo y a Mercedes, es decir, solo estaríamos ellos, y Marrero, Zenaida y yo. Después que obligué a mis amigos cubanos a prometer que nunca le dirían al Gabo que yo era escritor, nos preparamos para recibir a la pareja invitada.
Llegaron como a las nueve de la noche, y luego de los saludos sucedió algo que nunca se me borrará de la memoria. Marrero abrió una botella de Havana Club Siete Años e intentó brindarle al Gabo. Este se negó a aceptar con una enigmática frase: “no”, nos dijo, “ahora mismo estoy escribiendo y el alcohol me invierte los humores”. Estaba terminando de escribir El amor en los tiempos del cólera.
El otro escritor premiado que conocí fue Gunter Grass, el autor de El tambor de hojalata, esa obra cumbre de la literatura alemana de la post guerra. Su visita a Cuba fue entre los meses de febrero y marzo de 1993, en pleno Período Especial.
A pesar de ser una visita privada y de venir acompañado por su esposa y el hijo de esta, la UNEAC le organizó un programa, que incluyó entre otras actividades protocolares un encuentro informal, en una de las terrazas de la institución, ahora no recuerdo cual, donde compartimos con él un grupo de escritores cubanos, entre ellos recuerdo a Heras León, Miguel Mejides, Norberto Codina, Arturo Arango, Miguel Barnet, y por supuesto Abel Prieto, entonces presidente de la UNEAC.
En 1999 Gunter Grass recibió el Premio Nobel de Literatura y al poco tiempo el Príncipe de Asturias de las Letras.
Dígame usted qué cree, porque yo pienso que si esta historia no llega a ser un record, es innegable que tengo un buen average.
