Justo Jorge Padrón con buen recuerdo
Conocí a Justo Jorge Padrón (Las Palmas de Gran Canaria, 1943) en el Festival Internacional Noches Poéticas, en Struga, Macedonia, en agosto de 1989. No fue difícil entablar amistad, estaba recién casado con la joven macedonia Kleopatra Filipovna, inteligente dama de espléndida belleza, y la participación de ambos en aquel Festival multitudinario era muy destacada. Cierto que pudimos conversar por entones muy poco, intercambiamos libros de poemas y la amistad pudo quedar allí. Recuerdo que le ofrecí El pan de Aser, recién salido del horno, y un estudio mío sobre la poesía coloquialista, llamado Palabras del trasfondo. Justo me ofreció un grupo de sus poemarios publicados en la década de 1980. Dos años después, lo encontré en Madrid, lo visité en su casa, y fue allí donde comenzó una amistad que me honra, grata y firme.
Justo Jorge Padrón es uno de los poetas cenitales de la España de hoy. Su reconocimiento mundial comprende todos los continentes, donde sus obras se han publicado con amplitud, en especial su libro maestro: Los círculos de infierno (1976), cuyas ediciones pasan de cuarenta en más de treinta idiomas y que alcanzó el Premio Fastenrath de la Real Academia de la Lengua, para el mejor libro publicado en España en el lapso de 1972-1977.
En 1994, tuve una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y permanecí poco más de tres meses en ese país. Allí nació mi plan de escribir todo un libro sobre veinte libros de Justo, que publiqué ya en el siglo siguiente en la madrileña Editorial Verbum, del poeta y editor cubano Pío E. Serrano. Luego, Justo mismo me invitó a la serie de festivales de poesía que él y su esposa organizaron en Las Palmas de Gran Canaria, a donde estuve viajando, incluso por otras razones anexas, hasta 2004. En ese lapso, varias veces viví con la familia Jorge-Filipovna, vi casi todo el proceso de embarazo de Kleo y el nacimiento de su única hija Lara, a quien he visto crecer hasta hacerse una bella muchacha.
En 2003, el poeta realizó una deseada visita a La Habana, en la ocasión de la Feria Internacional del Libro. En ella presentó su antología Alguien, yo mismo, editada por la Editorial Arte y Literatura, cuya selección, ordenamiento de los textos y prólogo me honré con firmar. En la tradición de visitas de grandes poetas españoles a Cuba, la llegada de Justo Jorge Padrón nos ofreció la posibilidad de relacionarnos mejor con una obra poética esencial, llena de puntos de contactos con nuestra tierra, por ser él un poeta insular, un poeta de las Islas Canarias. Los lazos canario-cubanos se fortifican al tener entre nosotros al mejor poeta de estas Islas tan entrañables para nuestro pueblo, y que tantos hijos donó en la formación de nuestra nacionalidad. Los poemas de Justo Jorge Padrón sobre las islas y el mar, así como sus temas del amor, de la infinitud cósmica, el dolor y las pasiones humanas, dejaron una honda huella entre los lectores cubanos.
Prefiero, antes que extenderme en un artículo sobre su obra, citar a algunos autores muy conocidos, que han dejado escritas sus opiniones al respecto de la poesía padroniana. Al decir de Jorge Luis Borges: «Padrón es un gran poeta. Ha conseguido con estos poemas de Los círculos del Infierno lo que hace mucho tiempo no me ocurría, emocionarme profundamente y hacerme llorar». Vicente Aleixandre afirmó del mismo poemario: «Para atreverse a escribir un libro así, fulminante, grandioso y cerrado, hay que poseer una gran conciencia de las aspiraciones posibles y con tensión y valor, abrirse paso en la indagación muda a la que el poeta sirve, con todas sus capacidades y todos sus dones de la invención y de la expresión». Aleixandre envió al entonces joven Justo Jorge Padrón como representante personal suyo, para recoger en el acto solemne, de manos del Rey de Suecia, el Premio Nobel de Literatura de 1977. Precisamente el eterno jurado de los Nobeles sueco, Artur Lundkvist, dejó escrito que «Los círculos del Infierno es uno de los libros más importantes de la nueva poesía europea, por su fuerza poética y por la originalidad visionaria que expresa». Sobre la poesía de amor de este poeta, escribió Camilo José Cela: «Pocas voces más puras que la de Justo Jorge en el firmamento de la poesía española. Su verso se nutre de muy antiguas y depuradas savias y por él corre un estremecimiento hermano del que temblaba, verdadero y rendido, en los versos de aquel otro gran amador que se llamó Pedro Salinas». Pocas veces el concierto de opiniones sobre una obra poética viva y fluyendo alcanzó tantos aplausos en los cinco continentes.
Es de destacar que siendo uno de los poetas europeos más laureados en su continente natal, posee condecoraciones y premios de numerosos países de África, Asia y América. En nuestro continente (que conoce en su casi totalidad) ha sido distinguido como Doctor Honoris Causa de la Universidad Ricardo Palma de Lima, Perú, e igual doctorado en World Academy of Arts and Culture de Nueva York, así como otras distinciones peruanas, chilenas, mexicanas... Entre sus muchos galardones Justo Jorge posee la Corona de Oro del Festival Internacional de Poesía de Struga, Macedonia, país del que es Cónsul General Honorario en España.
En diciembre del 2002, tuve la alegría de presentar en el VII Festival Internacional de Poesía de Las Palmas de Gran Canaria mi libro Eros y Thanatos, la obra poética de Justo Jorge Padrón, quizás la monografía más extensa y detenida sobre tan notable poeta. Ya para entonces, la amistad con Justo se había convertido en familiaridad, he prologado libros suyos, he enriquecido mi visión crítica sobre su obra con nuevos textos analíticos, y si bien desde hace poco más de una década no hemos tenido contacto personal, nuestra correspondencia e intercambios no se han frenado nunca.
Justo es un buen amigo, sabe serlo, hay que entenderle su vena creativa, su susceptibilidad a flor de piel y su amor inmenso por la poesía y por la suya propia, que cultiva sin descanso. Obrero de la palabra lírica, trabaja día a día sobre su cada vez mayor obra literaria. Yo no sé si un día le otorgarán premios tan conspicuos como el Cervantes o hasta el Nobel, pero Justo premia él mismo con su amistad, y verlo trabajar sin descanso, con una entrega absoluta y una elocuencia enorme, realmente es siempre estimulante, pero es difícil secundar su fuego creativo y abarcar de un tirón todos sus libros. En pocos he visto esa fiebre poética tan metida dentro de la piel. Y muchos poetas he conocido. Él posee un espíritu romántico más allá de la palabra impresa, de su poesía sustantiva, de gran gama de interés. Romántico en el sentido de su pasión, de su entrega, que no siempre es bien comprendida, pues Justo no pone murallas para el trato humano, y, siendo un gran poeta, se siente como un ciudadano común, franco y serio en sus afectos.
Hoy es un hombre de raíces profundas en su Gran Canaria natal, pero ya es universal, no pertenece siquiera a una España que lo ha reconocido en mucho menos que su valía creativa. Como todo ser humano ha tenido instantes felices y otros menos gratos. Justo tiene dos hijos en Suecia, pero Lara es su niña de los años ya no mozos, y la adora, como a su poesía misma, Lara una vez, a sus cinco años de edad, le pidió que la enseñara a ver el mar. Supongo que Justo le ha mostrado cómo mira un poeta a la vida toda. Con él, he disfrutado no solo de la conversación sobre asuntos poéticos y privados, sino que compartimos puntos en común sobre cómo captar el hecho poético. Quizás por ello toda su poesía se me abre fácilmente a la comprensión, incluso la más oscura y densa por metafísica, ontológica, desesperada o serena.
Editado por Yaremis Pérez Dueñas
