Una Tarde hablando de Lydia Cabrera. Entrevista a Ramón Gaínza Pedroso
He estado vinculada a Ramón Gaínza Pedroso por espacio de más de una década. Quizás no parezca mucho, pero cuando se trata de personas como él, ese lapso de tiempo puede resultar sumamente fructífero, profesional y humano. Historiador de Marianao, periodista del periódico El Sol, promotor cultural, residente a lo largo de toda su vida en esta zona de la ciudad acudimos a él en muchas ocasiones, unas en busca de información, otras para contar con su colaboración en eventos o como jurado de concursos, y -en las ocasiones en que más se disfrutaba su presencia-, como conversador rememorando figuras populares, acontecimientos y personalidades, totalmente olvidados o cuyas obras aún reclaman el reconocimiento que en nuestra cultura merecen. Cuando supe los pormenores de su amistad con Lydia Cabrera, que nunca me había confesado, no dejé pasar la oportunidad de hablar sobre el tema en una de las tardes en su casa, antes de que falleciera recientemente. Quiero dedicar este pequeño trabajo a su memoria.
¿Cómo conoció usted a Lydia Cabrera?
Cuando en Cuba toma auge el arte afrocubano, Eusebia Cosme era la estrella. Ella empezó a recitar pregones y refranes de negros viejos que había recogido Lydia Cabrera. Yo conocí a Eusebia en los años cincuenta, ya hacía años que vivía en los Estados Unidos, pues se había casado allá y en esos días había venido por la conmemoración del centenario de José Martí. Antes de regresar a los Estados Unidos la entrevisté. Esa entrevista se publicó en el periódico El Sol, de Marianao. Recuerdo que actuó declamando aquellos refranes de negros viejos y yo le propuse que declamara también Los cuentos negros de Cuba, de Lydia Cabrera. Tiempo después en una visita que Lydia hizo a los Estados Unidos, visitó a Eusebia Cosme y esta le habló de mí, entonces Lydia se interesó en conocerme. Eusebia me escribió y me dio el teléfono de Lydia. Yo también vivía en Marianao donde he estado toda mi vida y al regreso de Lydia Cabrera la llamé. Ella vivía en la Quinta San José y yo trabajaba al fondo, en unas oficinas que todavía están ahí.
¿Cómo era aquella casa de la finca San José?
Era una casa preciosa. Lydia Cabrera vivía allí con María Teresa de Rojas. Ellas quisieron reproducir allí una casa al estilo colonial cubano. Me acuerdo que traían cosas de todas partes del país para ambientar la casa de esa manera,quinqués, farolas, rejas, puertas, cosas antiguas de Trinidad, y de otros lugares. Imagínate que mandaban a quitarle a una puerta las capas de pintura vieja para devolverle el color y el acabado que tenía cuando se fabricó, porque ellas querían tener una vivienda al estilo de las casonas del siglo XIX cubano, y lo lograron. Cuando uno entraba allí te parecía que viajabas en el tiempo. Me acuerdo de los mediopuntos, las rejas, las mamparas.
¿Esa es la casa de la que habla Lezama en Tratados en La Habana?
Esa misma, después vi como la demolían desde el lugar donde trabajaba. Les pidieron la casa y ellas se tuvieron que ir a vivir a La Lisa; la casa la destruyeron para hacer el círculo deportivo que ahora está allí. Ellas sacaron todo el material investigativo que tenían y se lo llevaron, con todo ese material Lydia Cabrera siguió trabajando y publicando en el extranjero.
¿Cómo era el carácter de Lydia Cabrera?
Era una persona encantadora, muy natural, campechana, ingeniosa, muy simpática. Desde el primer día que llegué me mandó a pasar muy sonriente y a partir de ahí no dejé de ir hasta que se fueron. Yo le dije a una amiga mía que Lydia Cabrera me había recibido en su casa y recuerdo que me contestó: oye qué milagro, porque ella no se da mucho con la gente. Para que tú veas, conmigo fue muy abierta desde el primer momento y yo no era nadie, no era una personalidad reconocida ni mucho menos, era solo un hombre joven que le gustaba el arte, la cultura. En aquellos años formaba parte del grupo Ariel,2de Marianao. El primer día estuvimos conversando toda la tarde y me contó cómo había hecho su primer libro, en el que influyó mucho su nana negra que le contaba todos aquellos cuentos y le cantaba aquellas canciones de los esclavos africanos. Ya ella tenía desde la cuna ese gusto y ese interés por las culturas africanas. Me brindaba té endulzado con azúcar prieta y me hablaba de todo porque estaba al día en todo. Por aquella época estaba vinculada al Museo de Bellas Artes.
Teresa de la Parra, la gran escritora venezolana que había escrito libros como Ifigenia y Memorias de Mamá Blanca fue muy amiga de Lydia Cabrera. En el período que estuvo en Cuba Lydia la visitaba mucho. Cuando Teresa de la Parra enfermó gravemente, ya radicada en Europa, Lydia la visitó allá y le empezó a leer sus cuentos, precisamente los cuentos que conforman el libro Cuentos negros de Cuba. Eso fue en la década del treinta porque Teresa de la Parra muere en el año 1936. Esos cuentos llegaron a las manos de Francis de Meomandre, un crítico francés de la época, gran divulgador de las letras hispanoamericanas en Francia, le gustaron y los publicó allá, precisamente en el 1936. Años después se publicaron en Cuba. Meomandre también publicó su libro Porqué. Después publicó otros libros, tengo varios ejemplares dedicados por ella. Cuando me regaló El monte escribió en la dedicatoria: “Para Ramón Gaínza, para que se lleve de este viejo patio un monte a cuestas.” Esos libros los editaban ellas mismas y aparecían como ediciones CR, por los apellidos de Lydia y de María Teresa Rojas. El segundo libro de Lydia,Porqué, me lo prestó María Villar Buceta y fue tanto lo que me gustó que me lo regaló.Cuando en el año treinta García Lorca vino a Cuba, Lydia Cabrera lo puso en contacto con la cultura africana, él le dio a leer el Romancero Gitano y ella le dijo que lo que más le gustaba era "La casada infiel".
¿Y María Teresa Rojas?
Era de un carácter muy diferente, María Teresa Rojas era de las personas que prefiere escuchar a los demás. Las dos eran muy amables conmigo pero María Teresa era una persona muy reservada, muy contenida, todo lo contrario de Lydia. Se dedicaban a temas de investigación diferentes, vivían cada una dedicada a lo suyo. Aquí tengo dedicado por María Teresa su Índice y Extractos del Archivo de Protocolos de La Habana (1578-1585). A mí me daba mucha gracia, porque tenían caracteres muy distintos pero se llevaban muy bien y entonces cuando Cabrera se ponía a hacer cuentos y chistes, María Teresa me miraba y decía, ¡Ay, pero que Lydia esta!
¿Recuerda haber oído a Lydia Cabrera hablar de su padre, Raimundo Cabrera?
Lo mencionaba con mucho respeto y cariño. Ella me contaba muchas cosas de su infancia. Su familia era muy amiga del pintor Leopoldo Romañach y desde niña tuvo una relación muy estrecha con él. Contaba que él le decía que tenían un secreto en común: él era un chivo viejo y ella un chivo nuevo. Decía que él le permitía mojar los dedos en los colores de su paleta. Recordaba que veló al lado de su cama en una ocasión en que estuvo gravemente enferma y que tenía en la antesala de su casa la pintura La convaleciente y se pasaba mucho tiempo mirándola durante su enfermedad. Cuando murió Romañach, Lydia Cabrera le dedicó un trabajo que publicó en el periódico El Mundo.
¿Le hablaba de sus viajes?
Para ella fue una experiencia increíble conocer París. Decía que París define a cada cual, ubica a cada quien en el lugar que le corresponde según sus posibilidades y talento. Dice a cada cual, este es tu camino y esta es tu meta. El que la cumple, triunfa, el que titubea o se ofusca, da al traste con su vocación, o peor, con su falta de talento. En París fue donde publicó su primer libro. Conoció esta ciudad en la década del veinte. Era el período del triunfo del arte africano en Europa. Fue alumna, al igual que Amelia Peláez, de la pintora rusa Alexandra Exter. También me hablaba de España. Un día me habló de alguien que había conocido personalmente, una artista que yo admiraba mucho y tenía información de ella por crónicas y fotografías: la célebre bailarina Antonia Mercé, La Argentina. Me habló de su genio, de su figura, de su forma estilizada. La conoció en París, por cierto, Eusebia Cosme decía que cuando vio actuar a esa bailarina no pudo dormir esa noche.
¿Usted pudo ver en alguna ocasión a Lydia Cabrera con alguno de sus informantes?
Venían personas de diferentes lugares que se reunían con ella, no solo de la zona de Marianao y Pogolotti. Se pasaban horas y horas hablando, ella los invitaba a almorzar y cuando se entrevistaba con ellos iba haciendo unas tarjetas que ilustraba con dibujos por los márgenes.
Sé que la visitó en Miami.
La primera vez que fui, pocos días después de llegar me encontré con una amiga que me dio su teléfono. La llamé enseguida y le pregunté que cuándo podía verla y contestó que cuando yo quisiera. Le pregunté: ¿Puede ser mañana? Y me dijo que sí. Vivía en uno de esos barrios cerrados, un condominio. Ya estaba muy mayor y enferma, casi ciega pero no hablaba de eso, si uno no se fijaba bien, ni cuenta se daba. Allí conservaba el retrato que Wifredo Lam le hizo a María Teresa de Rojas. La visité dos veces en los años ochenta. En una de esas ocasiones me regaló una virgen de Regla, decorada por ella misma. Cuando todavía podía ver compraba las imágenes y después las decoraba con esas pinzas que se usan para el pelo y mostacillas que les iba pegando. Natalia Bolívar le dedicó su libro Los orishas en Cuba y yo se lo llevé.
¿Y no le habló de Cuba?
No, sé que no le gustaba Miami, pero de Cuba no me hablaba nada. Si tú supieras, cuando me hablan de ella no la recuerdo como la vi en Miami, la recuerdo siempre en aquella casa inolvidable de Marianao, en la finca San José.
*Notas*
1- Raquel Jacobino: profesora e investigadora del Departamento de Estudios Cubanos de la Universidad de las Artes.
2- El grupo Ariel estuvo integrado por varios jóvenes con inquietudes artísticas, vinculados al periódico El Sol, de Marianao, en el cual varios de ellos ejercían el periodismo. A finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta llevaron a cabo una labor de promoción cultural y trabajo comunitario importante en este municipio. A este grupo pertenecieron escritores como Imeldo Álvarez y Jaime Sarusky siendo muy jóvenes.
Agradezco al amigo Jorge Tomás Teijeiro y al ingeniero Lorenzo Rosado por sus colaboraciones en la realización de este trabajo.
Tomada de /La Habana del Centro/
Editado por: Patricia M. Peña
