Beatriz Maggi o la profesora perfecta
La conocí en un aula. Ella impartía clases en el aula 15 del cuarto piso de la otrora Escuela de Letras y Artes, que por entonces, 1971, pertenecía a la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Habana. Yo tenía espacio fijo en el aula 14 y la misma materia que ella dictaba, la recibí de dos profesores poetas: Rolando López del Amo y Adolfo Martí Fuentes. Solo mi curiosidad me hizo entrar varias veces a la clase de Beatriz, «colado» por un colega, para escucharla casi recitar su tema, con un entusiasmo a veces más de actriz que de profesora.
Era memorable cuando la clase se refería a literatura inglesa, y jamás he escuchado a nadie disertar con tanto brío, profundidad y belleza como ella lo hacía sobre Shakespeare. No puedo compararla con Harold Bloom, porque no fui alumno del gran crítico estadounidense. Beatriz era original al grado de ser a veces un poco extravagante. Estoy seguro de que allí, en las aulas, nacieron algunos de sus ensayos capitales, en especial los de El cambio histórico de William Shakespeare. Muchos años después, ya graduado yo y trabajando en la Editorial Letras Cubanas, tuve la suerte de haber sido el editor de su primer libro: Panfleto y literatura. No puedo referir aquí con cuánta deferencia ella me trataba entonces y a partir de esos años, y por ella fue que conocí a su esposo Ezequiel Vieta, novelista que me llegó a parecer más loco que una cabra, simpático, mordaz, culto, que enloquecía más de varias veces a su esposa y a sus dos hijas.
En la década de 1980 visité mucho a Ezequiel y a Beatriz, si bien era él quien acaparaba la visita. Recuerdo en su compañía haber escuchado la lectura completa de una pieza teatral de Nicolás Dorr, en voz del propio Nicolás, quien nos pidió opiniones a todos los que lo escuchamos. En estas ocasiones, Beatriz usaba la discreción de la ama de casa y no nos regalaba su amplísima cultura, su conversación poderosa y su cualidad de magister.
Alguna vez tuve un incidente desagradable con Ezequiel, a raíz de la salida de mi libro de poemas El pan de Aser, a cuyo lanzamiento en Obispo y Bernaza me hizo el bien de asistir, pero otro joven poeta muy chismoso metió baza entre el narrador y yo, me disgusté por alguna tontería y Beatriz fue quien, al encontrarme, me ofreció un memorable regaño por dejarme influir por «lenguas viperinas». No fue dulce Beatriz conmigo, pero se lo agradecí hasta hoy en que, ya ella nonagenaria, la visito y la animo a su a veces decaído interés vital o natural temor por la muerte.
La salida de todos sus ensayos en La palabra conducente me animó a una nueva visita. Conversamos sobre el libro, que considero uno de los mejores del género ensayo publicados en Cuba a partir del siglo XXI. En este volumen se encuentra lo mejor de su inteligencia analítica. Todos sabemos que cuando ella mete su pulso en el corazón de las obras de Shakespeare se convierte de hecho en la cubana que mejor haya escrito, descrito, interpretado y ahondado en la obra del rey canónico, según Harold Bloom. La palabra conducente tiene un título apropiado, porque Beatriz ha sido una profesora de sagacidad como pocas he conocido, en el ejercicio de la sala de clases, ella lograba interpenetrar a sus alumnos con las obras estudiadas, hacérselas sentir desde adentro: enseñaba a leer, oficio que no todos sabemos realmente hacer. Su palabra fue asimismo orientadora, ejemplar.
Beatriz Maggi entraba a la clase como si no hubiese mucha gente frente a ella y se ponía a leer y a interpretar el texto como una posesa, porque la poseía entonces un hada, seguro que un hada lectora, y mostraba cómo se podía despiezar una obra literaria sin restarle su belleza, o el goce de leerla como algo más que un pasatiempo. No decía que su lectura fuese el único modo de leer. Para ella cada texto necesitaba un enfoque diferente, cada vez que se leía, además, se encontraría con nuevas aristas no vistas antes, de modo que enseñó el modo de releer, mucho más importante que el de una sola lectura apasionada o no. En esencia, esto es el conjunto de los ensayos de este libro antológico, antológico dentro de la crítica literaria cubana, pero también antología mayor de la obra de Beatriz.
Escribe como si hablase. Como si tuviese frente a sí a sus alumnos. Pero no escribe de manera «doctoral», sino tomando al texto como sabroso bocado, disfrutándolo, porque sin disfrute estético no hay lectura crítica de valor. Beatriz no es una interesada en el impresionismo, ni en el descriptivismo, pero los usa a ambos: muestra su impresión lectora y describe al texto, reseña para luego meter el bisturí de su mirada, de su cerebro.
El resultado es un ensayo sin aburrimiento, fuera de ese academicismo de tesis de grado, docentista o de perfil «científico», que en algunos casos es necesario, en otros abrumador.
Yo creo que donde ella ha puesto su mejor ojo es precisamente en el clásico inglés, pero su mirada sobre la literatura de lengua inglesa, de Inglaterra y de los Estados Unidos, la convierte en una autora casi excepcional en Cuba, entre las mejores que se hayan referido en la Isla al quehacer de un idioma que gozara tanto desde dentro nada menos que José Martí. Ella se convirtió en lo que llamamos una especialista. Pero Beatriz ha sabido mirar también a algunos hitos de la cultura cubana, y siempre que admira o lee con profundidad se encuentra uno con la cualidad de su cubanía. Su prosa es chispeante, lo que quiere decir que juega con las palabras y, aun con honda seriedad, hace que el texto baile delante de nosotros, se nos muestre en su valía; esa valía queda fulgente en el propio texto de Beatriz. O sea, digo que ella alcanza a que sus ensayos no queden por debajo de lo que analiza. Lo logra por la calidad de la prosa y de las ideas.
Es una mujer muy distraída. No siempre se preocupaba mucho por lucir elegante, por señalar su clase de gran doctora. Recuerdo en una ocasión en que me llevaba desde la Escuela de Letras y Artes (hoy Facultad de Artes y Letras) en su carro, de pronto, entusiasmada por lo que me hablaba, paró debajo mismo de un semáforo, por lo que se escucharon algunas bocinas de otros carros circulantes. El contenido en ella rebasa a las formas. Lo que no quiere decir que sea descuidada, sino eso: distraída, metida en sus análisis mentales, en sus líos de familia, creyéndose a veces una de las mujeres más infelices de la Tierra.
Ezequiel Vieta vivió junto a ella, como su esposo, le dio dos hijas, pero yo no sé bien si el notable narrador, sensible y un poco loco, haya descubierto a la gran Beatriz. Ella se desdobló mucho en sus aulas, ante sus alumnos, se realizó como una crítica literaria muy notable, una de las profesoras universitarias de saberes más sólidos en la época en que la Escuela de Letras tenía galas de Rosario Novoa, Camila Henríquez Ureña, Mirta Aguirre, Vicentina Antuña, Raimundo Lazo, Salvador Bueno. Ezequiel mismo se podría asombrar a la salida del volumen grueso que es La palabra conducente. Probablemente, de vivir, esto haya ocurrido. ¡Qué fuerte ejercicio de la inteligencia hay en esas páginas maestras!
Editado por Yaremis Pérez Dueñas
