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Marcelo Pogolotti: La cultura como proceso dinámico y el hombre como creador. (I parte)

Luis Álvarez, 23 de junio de 2015

La obra de Marcelo Pogolotti no ha recibido en su patria la atención concentrada que merece. Pintor, ensayista, narrador, periodista cultural, su legado tiene una magnitud que en los tiempos actuales alcanza un relieve aun mayor. En el terreno de la reflexión cultural, por otra parte, Pogolotti realiza lo que, en verdad, muy pocos intelectuales emprendieron en la Cuba del s. XX: escribe un verdadero y agudísimo panorama de la cultura cubana. Pogolotti publicó La República al través de sus escritores en 1958,  un año de crucial importancia histórica. En ese momento apenas apareció una reseña de libro —por Amado Palenque— en la revista Nuestro Tiempo. Su libro fue asumido como un panorama de la literatura cubana del siglo XX. Empero, aunque hay en él una visión muy penetrante del desarrollo de las letras nacionales, en realidad es un ensayo que tiene aspiraciones más altas. Pogolotti emprendió en ese ensayo un balance de la cultura cubana tal y como una serie de textos —no solo literarios— la había reflejado.

No le importan per se en ese libro los movimientos históricos ni las tendencias literarias; se detiene en cuestiones de estilo y calidad literarios, de precisión y agudeza historiográfica, de inteligencia y ética periodística, pero de una manera muy concisa. Porque no es la valoración del proceso literario lo que interesa a Pogolotti. Su propósito era exponer en qué medida los escritores de la Isla habían reflejado el fluir de la cultura nacional; su finalidad esencial, trazar los perfiles básicos de ese desarrollo. Por eso escribe con total claridad en un momento determinado del libro: “el proceso cultural de la república es lo que nos interesa aquí” (Pogolotti, 2002, p. 132).

Esta perspectiva de su valoración crítica se hace también evidente en un momento determinado cuando, al referirse a la escritura de Rafael Martínez Ortiz, apunta: “Si bien la obra es fundamentalmente política, resulta de suma utilidad para apuntalar los atisbos del ambiente social y en menor grado del cultural, los más interesantes para nosotros” [Pogolotti, 2002, p. 38]. Porque, de los cuatro pensadores que he examinado en el presente texto, debo reconocer que el más consciente de su reflexión culturológica, el más informado de las corrientes de pensamiento sobre la cultura durante el s. XX, el que dedica no ya un texto específico, sino nada menos que tres libros con esta focalización es Marcelo Pogolotti, quien, en este terreno específico, cierra una centuria que, abierta brillantemente por Fernando Ortiz —a quien Pogolotti leyó con atención, y cuyo concepto de transculturación manejó con conocimiento cabal (Cfr. 2002, pp. 132-135)— con sus estudios antropológicos, se clausura con una indagación ya no etnológica, sino esencialmente culturológica. Fue, en su momento, el único autor cubano que pudo hacer un balance inteligente de las consecuencias culturales del estructuralismo, el único que, en el período de los años sesenta, pudo referirse y aun criticar con cabal inteligencia a la nueva etapa de reflexión que se abría en el terreno de las ciencias humanísticas, incluida la obra, compleja y trepidante, de Michel Foucault.

Por esa amplitud y tenso calado de su personal cultura, Pogolotti pudo analizar con impresionante precisión los más diversos componentes de la difícil y atormentada cultura insular: la economía, la política, las ideologías, las clases sociales —un aspecto que siempre fue de particular interés para este penetrante intelectual cubano—; el gusto social —un elemento de importancia para la más elemental valoración de los procesos culturales—; la cuestión de los géneros en la cultura, y otros factores de relieve para comprender la dinámica cultural de la nación.

Si se lee La República al través de sus escritores es posible observar la presencia de una serie de ideas que, en aquella convulsa década del cincuenta en Cuba, resultan percepciones adelantadas a su propio tiempo, lo cual no es de extrañar si se tiene en cuenta que Pogolotti fue, sin la menor duda, uno de los artistas de mayor lucidez, capacidad intelectual y cultura de todo el s. XX cubano. De aquí que uno de los elementos que llama la atención de inmediato es que —aquí y allá en ese libro que fluye como un diálogo abierto con el receptor, en una tesitura de refinada cultura, sí, pero con una gracia coloquial que es una marca muy especial del estilo de este gran ensayista— hay una determinada perspectiva de los actuales estudios poscoloniales, vale decir, una revisión de las consecuencias culturales del estatus colonial.

Pogolotti detiene su atención en la literatura de los primeros años de la República. Su valoración de Juan Criollo evidencia una concentrada observación del testimonio cultural que la novela de Loveira entraña y que la hace valiosa más allá de sus grandes limitaciones literarias:        

Con todo, Juan Criollo es una de las novelas cubanas más valiosas. Su interés principal reside en el panorama de la vida colonial y de los primeros años de la república. Su análisis de buena parte del material humano que nos legó el antiguo régimen es acabado y preciso, y de inestimable utilidad para la comprensión de nuestras idiosincrasias republicanas, cargadas de lacras del pasado (Pogolotti, 2002, p. 36).


En similar dirección se orientan las valoraciones de Pogolotti al examinar la significación de Enrique José Varona. Si La República al través de sus escritores hubiera sido pensado como un libro de ensayos literarios, su texto “Varona y la república” hubiera debido considerar la producción literaria del sabio camagüeyano. Pero este no es el tema real del texto de Pogolotti, quien se apoya en la trascendencia efectiva de Varona para iniciar sus consideraciones desde una óptica netamente poscolonial:

Varona tenía demasiado sentido crítico para hacerse ilusiones. Comprendió, es cierto, la necesidad perentoria de reemplazar el caduco régimen español por el republicano, el cual permitiría el pleno y libre desarrollo de los recursos del país, pero también se percataba de que las propias deficiencias del sistema colonial habían afectado la conformación mental de los cubanos. A más de diezmados y depauperados por la guerra, la incuria y la explotación, se hallaban en un enorme estado de atraso con respecto al resto del mundo civilizado (Pogolotti, 2002, p. 53).

Sobre la base de evaluar a Varona, Pogolotti desarrolla sus propias consideraciones sobre el problema del paso de la colonia a la república y, en particular, sobre la pervivencia de aquella en esta. Recuérdese que contaba ya 56 años cuando escribe lo siguiente sobre los cubanos en el momento de acceder a la república:      

A más de diezmados y depauperados por la guerra, la incuria y la explotación, se hallaban en un enorme estado de atraso con respecto al resto del mundo civilizado. El ilustre pensador, que a la sazón contaba ya con la ópima madurez de más de medio siglo pletórico de estudio, experiencia y observación, entendía que uno de los problemas más urgentes era, pues, el de la educación, complementado por el de la reeducación. Se trataba no solo de alfabetizar a las tres cuartas partes de la población, sino de sustituir la vieja enseñanza memorística y ergotizante por otra más a tono con las premisas del momento. Había, en suma, que preparar al cubano para la vida moderna (Pogolotti, 2002, p. 53).

Ciertamente se trata aquí de Varona, pero también de la propia percepción de Pogolotti hacia la necesidad de un cambio que, ya en la segunda mitad del s. XX, era imprescindible para su patria. Se trata, desde luego, en primera instancia, de una valoración poscolonial de la situación de Cuba a comienzos de la centuria; pero en nuestro presente es difícil no percibir allí una preocupación por el futuro inmediato de Cuba. Y es que Pogolotti tiene muy clara la importancia de la educación como uno de los instrumentos efectivos para el desarrollo social. Ahora bien, su imagen de Varona no podía estar, y no estuvo, exenta de una crítica clarividente sobre sus costados negativos. Por eso señala más adelante en ese texto una cuestión cuya validez advertidora sigue estando en pie en el presente. Analizando el proyecto educativo de Varona como enérgico intento de modernización brusca del país, Pogolotti concluye:     

Lo primordial era inculcar un sentido práctico al ciudadano que le permitiera atender a las ingentes necesidades materiales de su país, referidas por un régimen basado en la expoliación; precisando asimismo pertrecharlo de los imprescindibles conocimientos científicos de que le habían privado dos siglos de enseñanza anacrónica cuando no ausente por completo. Con este ánimo de preparar constructores para la patria suprimió del programa educacional todas las disciplinas del espíritu. Las consecuencias de este bien intencionado celo, justificable entonces, pero que con el andar de los años se mostró excesivamente unilateral, pueden palparse en la actual decadencia cultural (Pogolotti, 2002, pp. 53-54). 

No, La República al través de sus escritores no es una inocente y sintética historia literaria más: muy al contrario, constituye una evaluación personal de la cultura en la patria. Una primera cuestión peculiar en sus ideas tiene que ver con su atención al problema de los orígenes coloniales de la nación cubana. El tránsito de ese estatus al de república es un tópico insistente en este libro. Juan Criollo le sirve plenamente para ese interés: “Su interés principal reside en el panorama de la vida colonial y de los primeros años de la república. Su análisis de buena parte del material humano que nos legó el antiguo régimen es acabado y preciso, y de inestimable utilidad para la comprensión de nuestras idiosincrasias republicanas, cargadas de lacras del pasado” (Pogolotti, 2002, p. 16). Su valoración sobre Enrique José Varona está marcada por esa perspectiva:     

Varona tenía demasiado sentido crítico para hacerse ilusiones. Comprendió, es cierto, la necesidad perentoria de reemplazar el caduco régimen español por el republicano, el cual permitiría el pleno y libre desarrollo de los recursos del país, pero también se percataba de que las propias deficiencias del sistema colonial habían afectado la conformación mental de los cubanos (Pogolotti, 2002, p. 53).


La valoración de Pogolotti es exacta: Varona carece de la convicción martiana acerca de la idiosincrasia nacional. Carente del componente krausista del ideario del Apóstol —componente impulsor de su convicción de la perfectibilidad como tendencia natural del carácter cubano— y de su apasionada fe en el buen cubano, retratado insistentemente por él en textos como “Vindicación de Cuba”. Varona está mucho más marcado por una peculiar actitud ecléctica —que nos remite implícitamente al tópico, esencial para Cuba, de electivismo— en el cual, si bien el positivismo tenía un peso específico relevante, también intervenían otras influencias y convicciones, tanto de esferas menos canónicas del pensamiento positivo —como Stuart Mill—, como de las ideas de Nietzche o de la filosofía sicologista de William James. Pogolotti, que intuye o sabe esta compleja urdimbre de las ideas de Varona, se interesa sobre todo por su perspectiva acerca de la idiosincrasia cubana en la posguerra colonial:    

A más de diezmados y depauperados por la guerra, la incuria y la explotación, [los cubanos] se hallaban en un enorme estado de atraso con respecto al resto del mundo civilizado. El ilustre pensador, que a la sazón contaba ya con la ópima madurez de más de medio siglo pletórico de estudio, experiencia y observación, entendía que uno de los problemas más urgentes era, pues, el de la educación, complementado por el de la reeducación (Pogolotti, 2002, p. 53).

Vale la pena detenerse en este pasaje inicial del capítulo dedicado al pensador camagüeyano. Hay que notar, ante todo, que Pogolotti tiene en el momento de escribir esas palabras, una edad semejante a la de Varona cuando se enfrenta a la realidad poscolonial cubana. Si el filósofo camagüeyano había adquirido las armas necesarias de vida, saber y agudeza, resulta que también ese era el caso de Pogolotti. El resultado, sin embargo, de la posición de ambos es una diferencia sensible que este texto pone de manifiesto de modo evidente cuando Pogolotti valora la magnitud de la tarea de Varona como reformador de la política educacional cubana:    
       

Se trataba no solo de alfabetizar a las tres cuartas partes de la población, sino de sustituir la vieja enseñanza memorística y ergotizante por otra más a tono con las premisas del momento. Había, en suma, que preparar al cubano para la vida moderna. Así, cuando le fue encomendada la reforma de la enseñanza, se inspiró en ese criterio, y lo hizo con energía y decisión. Lo primordial era inculcar un sentido práctico al ciudadano que le permitiera atender a las ingentes necesidades materiales de su país, preteridas por un régimen basado en la expoliación; precisando asimismo pertrecharlo de los imprescindibles conocimientos científicos de que le habían privado dos siglos de enseñanza anacrónica cuando no ausente por completo. Con este ánimo de preparar constructores para la patria, suprimió del programa educacional todas las disciplinas del espíritu. Las consecuencias de este bien intencionado celo, justificable entonces, pero que con el andar de los años se mostró excesivamente unilateral, pueden palparse en la actual decadencia cultural (Pogolotti, 2002, pp. 53-54).

La crítica de Pogolotti, más que certera, nos revela el sentido último de este capítulo del libro: el análisis de uno de los aspectos fundamentales de la vida en la república naciente, el Plan Varona, cuyo cuestionamiento parte de una evaluación ética del educador, pero que le impide expresar, con todas sus letras, una crítica de gran calibre. Pues, en efecto, el pensamiento y la labor de Varona estuvieron muy limitados por un afán de modernización a ultranza, no solo típico de la época, sino reiterado luego a lo largo de América Latina e incluso en Cuba. Varona configuró la educación no en términos de lograr un desarrollo armónico de la nación cubana, sino dirigido a producir un aceleramiento a ultranza en la educación, basado en  un determinado mimetismo que, si bien hoy podemos comprenderlo, no podemos, bajo ningún concepto, dejar de juzgarlo. El criterio de modernidad en la época de Varona estaba transido de un eurocentrismo triunfalista —que, por cierto, no se limitó a esa época—.

El hecho de que los europeos occidentales imaginaran ser la culminación de una trayectoria civilizatoria desde un estado de naturaleza, les llevó también a pensarse como los modernos de la humanidad y de su historia, esto es, como lo nuevo y al mismo tiempo lo más avanzado de la especie. Pero puesto que al mismo tiempo atribuían al resto de la especie la pertenencia a una categoría, por naturaleza, inferior y por eso anterior, esto es, el pasado en el proceso de la especie, los europeos imaginaron también ser no solamente los portadores exclusivos de tal modernidad, sino igualmente sus exclusivos creadores y protagonistas. Lo notable de eso no es que los europeos se imaginaran y pensaran a sí mismos y al resto de la especie de ese modo —eso no es un privilegio de los europeos— sino el hecho de que fueran capaces de difundir y de establecer esa perspectiva histórica como hegemónica dentro del nuevo universo intersubjetivo del patrón mundial de poder (Quijano, 2005, p. 227).

Pogolotti subraya que “Varona supo poner al desnudo la caducidad, ineptitud y corrupción del régimen colonial, vislumbró y denunció las flaquezas de la república” (Pogolotti, 2002, p. 54), pero simultáneamente nos advierte de que procuró —voy a emplear exactamente el vocablo que el ensayista utiliza— reeducar al pueblo cubano, vale decir, desarraigar un habitus cultural consolidado en las centurias anteriores, para sustituirlo por un esquema importado, cuya naturaleza eurocéntrica estaba relacionada con un criterio de modernidad no solo foráneo, sino en buena medida ajeno a la realidad cubana. He aquí que Pogolotti nos pide visualizar cómo el Plan Varona tuvo un costado negativo en un momento en que se precisaba una reconstrucción positiva de la cultura nacional. El funcionalismo pragmático que Pogolotti advierte en la entraña del Plan Varona se alejaba de la perspectiva martiana: en el proyecto del filósofo camagüeyano, lejos de injertar el mundo en el tronco insular, el ensayista advierte una peligrosa tendencia suicida a eliminar el tronco. Es uno de los momentos de espléndida lucidez en la ensayística toda de Pogolotti. Su convicción de que no puede abandonarse la formación espiritual en las políticas educacionales, su implícita convicción de que la modernidad de nuestra cultura no podía encaminarse sobre la base de la aplicación mimética, ingenua y acrítica de modelos culturales ajenos —menos aun cuando asumen, como los distintos modelos eurocéntricos, una posición de discriminatorio dogmatismo—.

Este botón de muestra hace evidente que La República al través de sus escritores no se ocupa de un panorama literario. No solo una valoración crítica de los aportes de Varona a la cultura aparecen aquí; también juicios sobre publicaciones periódicas, como Cuba Contemporánea, el periodismo, la historiografía, las corrientes ideológicas en el país, sirven al autor para trazar el panorama esencial de la cultura cubana en el siglo XX. Su defensa de una méduca idiosincrásica nacional está presente en los más variados artículos, pero sin excluir, eso sí, la utilización peculiar cubana de cualquier aportación teórica extranjera, pero a la manera martiana de injerto orgánico destinado a estimular y mejorar, y no como tala indiscriminada del acervo nacional.

Editado por: Maytee García

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