Autorreflexivo
Al mirar los objetos que nos rondan existe esa provocación evocativa que aporta la colocación de uno en la realidad de los objetos. Una experiencia, siempre cualitativa, que se va como adicionando, en la contemplación, a través de los recuerdos, la(s) memoria(s), las deducciones que hacemos de cada objeto, a cada mirada al objeto, en cada facción descubierta mientras el tiempo nos juega la mala pasada de simular su detención.
Y porque el tiempo no se detiene la poesía es maravillosa. Hace relativamente poco (y digo “relativamente” con cierta desconfianza) llegó a mis manos esta especie de antología con añadiduras de Saint-Jonh Perse, de parte de una editorial que está desatascando la visualidad de los libros publicados en la Isla; una editorial que eleva el gusto por adquirir libros con cierto talante, que elabora visualidades capaces de extrañar cuando se encuentran, por su empecinada ternura hacia el libro, por su intención creadora respecto al diseño. Esta editorial se nombra La Luz, la reunión de los textos de Saint-John Perse: El mar como un cielo, y está enmarcada en la colección Rosetta. Su articulador fue Manuel García Verdecia (poeta, narrador, ensayista, profesor, traductor y editor)1, que desde el primer instante permite incidir, desde una especie de prólogo explorativo de cierta cosmogonía, con ideas sobre qué es traducir poesía, dónde están los límites del lenguaje, cómo no despedazar con la traducción la certidumbre poética ―y más en caso de Saint-John Perse.
Saint-John Perse es el seudónimo de Alexis Leger2, pero aquí el nombre rebasa lo que nombra (lo que significa), y el enmascaramiento que reside en el arte de renombrar (en este caso renombrarse) y supone la fragancia del arte de llevar al lenguaje las cosas verdaderas, la esencia. Su poesía, nos distingue Verdecia, “nos reconcilia con el mundo” y nos propone “otros aromas que nos lo vuelven sencillamente fabuloso”.
Hay en El mar…, como una pericia, la inmanencia del observador doble (o triple, pues llega desde la traducción), que destaca la presunción del que está atento a su pasado y presente, que desgaja cualquier rivalidad exterior con el lenguaje para deponer su fruto en imágenes que empastan en el sensible entronque de los nudos: el nudo posible que lo cotidiano aprieta hasta la asfixia, pero que Perse des(a)nuda, pues lo grácil de las cosas nombradas, también, define las instancias de la luz o, como leo en este libro: “árbol bien formado/ que pierde algunos pájaros/ en las lagunas del cielo abre un verde tan bello que no/ hay otro más verde que el de la chinche en el agua”3.
Su melodía es la de las pequeñas cosas, la vibración natural que nunca ha de detenerse. Por eso el vasto zoológico en los poemas de Perse, que dejan espacios para descorchar, de alguna manera, aquella fuerza inminente del poema donde la imagen no es el reflejo de la realidad sino la zona en que no existen las dudas de su pertinencia.
El Extranjero y el Peregrino, sujetos congénitos a la lírica de Perse, nos comenta Verdecia, “van y vienen por sitios que no conocen y que solo en su amoroso contacto e involucramiento llegan a tornarse paisaje”. Ambos son una criatura que no descansa, que les pareciera irrelevante esa fijeza, que hacen del recorrido, del camino, una experiencia capaz de suplir el paso propio. Estas conquistas del que deja, del que tiene siempre por delante la maravilla, renuevan la poesía con el descubrimiento, el descubrir puntos cardinales en fuga, rumbos totalmente refractarios. Esas figuras tienen su inflexión en la reticencia que deja como volando (y violando) espacios que no se permite Perse, para que el lector (el traductor) disfrute de su palabra en el texto.
Vuelvo por un momento a la mecánica de los objetos parciales que conforman la experiencia, puesto que en lsu poesía se encuentra una especie de querencia por lo que está fuera del hombre, un conflicto generador de imágenes proteicas. Mi ejemplo, el poema “La ciudad”, se percibe un palpitar, no del ojo escribidor, no de Crusoe, no del atenuante simulador que dice «¡Júbilo!», sino de los que serán intemporales en la ciudad, ciudad ―hay que decirlo― sin deidades, ciudad posesa de la naturaleza en crecimiento.
En este espacio, el de la ciudad, Perse entrevé el absurdo y el asco, su paisaje: un sanatorio (espacio vida), los márgenes enlodados de un río que se avivan con las burbujas preñadas: "Los lodos son fecundados"4.
Aquí aún no existe el nacimiento, sino su promesa; lo fecundado no pertenece a lo nacido, no está, solo está su proceso de concepción. Entonces, a partir de Perse, se puede especular con una realidad fecunda, una alegría en los objetos que conforman la realidad, tangible, conformando nuestros espacios siempre interrumpidos.
Su poesía reside en la mecánica de los objetos parciales, todo en él se vuelve símbolo de extrañeza y transitoriedad. Más allá del poema “La ciudad”, comienza el horror de la infancia, con todo y su regreso a la memoria. El horror se percibe, no se muestra. Tiene la audacia de construir dos niveles, uno en la significación superficial de la palabra y otro en el hades del sentido, siempre desde una evocación que se acomoda en la memoria como una experiencia propia y no ese asumir la historia individual que nos deja la ficción5.
Cada imagen de Perse tiene su autonomía, una distancia de todo(s) que la hace ―ya decía― eficaz. Lo presente en él, dice Baquero, en “Un cronista de su tiempo”6, un artículo dedicado a la entrega del Nobel al caribeño de nacimiento, va "hacia el mundo original, hacia la planta planta, la fruta fruta, la arena arena"7. Luego, continua Baquero: "Es un viaje hacia atrás, hacia el instante en que el hombre saboreaba todavía la sorpresa de una puesta de sol, el majestuoso musicar de las mareas, el milagro de contemplar su rostro en el espejo de las aguas"8.
Notas:
1- Lo recuerdo por su cuaderno Antífona de las Islas. Mención del Premio Casa de las Américas 2010, en el género de poesía.
2- Marie-René-Auguste-Alexis Leger (Pointe-à-Pitre, Guadalupe, 31 de mayo de 1887 - Hyères, Francia, 20 de septiembre de 1975), además, fue diplomático, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1960, siendo el segundo americano no estadounidense en ganarlo, tras Gabriela Mistral en 1945.
3- XVII, Elogios (pág. 70), El mar como un cielo, La Luz, 2014.
4- "La ciudad”, pág. 22, El mar como el cielo, Saint-John Perse.
5- La multinivelación de la lectura en Perse se recorta. Es visible que los puntos de anclaje que deja sobre el poema para que el lector busque su signo están como agotados de significación, ellos parecen proveer una exactitud que aleja la polisemia individual o las “diferentes lecturas que hacemos de acuerdo a lo vivido de cada variación en el espacio”.
6- También incluido en este libro, en la sección Epílogos.
7- “Un cronista de su tiempo”, Gastón Baquero, pág. 191, Epílogos, El mar como el cielo, Saint-John Perse.
8- Ibídem.
