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Del maridaje entre historia y poesía

Caridad Atencio  , 29 de junio de 2015

Si me preguntan qué une las diversas semblanzas martianas —publicadas en Patria— con los grandes héroes de la guerra cubana, diría que el afán proselitista, fundido al aliento épico y a la disposición poética del discurso. Un fruto cardinal del maduro pensamiento martiano es, sin duda, la semblanza “El general Gómez”, publicada el 26 de agosto de 1893 en el periódico aludido. En ella se advierten, además del retrato político y espiritual de dicha personalidad, importantes facetas del pensamiento ideopolítico de José Martí. El análisis de dichos aspectos –objeto del presente trabajo– permitirá evidenciar la gran capacidad de nuestro Héroe Nacional como líder político y pensador.

Un mismo panorama político es el telón de fondo de muchos de estos artículos: la preparación de la Guerra Necesaria, a la cual Martí se dedicará enteramente. En tal sentido, el autor se apoya en personalidades diferentes para desarrollar ideas que apuntan hacia la consolidación del espíritu patriótico del hombre que va a sumarse, de un modo u otro, a la contienda. Para el jefe militar supremo de esa impostergable contienda serán sus más hermosas palabras, en las que vibran el respeto y la admiración. Asistimos a la presentación humanizada del héroe y lo que me parece más importante: a través de imágenes, y por qué no decirlo, poéticas, y sobre todo célebres. Veamos ambos ejemplos.

De lo primero: “A caballo por el camino, con el maizal a un lado y las cañas a otro; apeándose en un recodo para componer con sus manos una cerca […] montando de un salto y arrancando veloz, como quien lleva clavado al alma un par de espuelas”. De lo segundo: “va por la tierra de Santo Domingo, del lado de Montecristi, en jinete pensativo, caído en su bruto como en su silla natural, obedientes los músculos bajo la ropa holgada, el pañuelo al cuello, de corbata campesina, y de sombra del rostro trigueño el fieltro veterano”.

Repárese sino en esta última frase de sintaxis compleja, de engranajes poéticos. Estas imágenes reconcentradas o célebres se repetirán a lo largo del artículo hasta un momento en que se muestran ambos tipos unidos a través de un breve párrafo en un alarde artístico de su pluma.1 La oposición de ambos tipos de tropo es un recurso mediante el cual la prosa se reviste de texturas y el discurso cobra originalidad. No podía ser otra la idea que Martí expresara en su artículo sobre Gómez que la de redentor, la de forjador de pueblos, del hombre que se da al hombre para hacerlo mejor. A los ojos de los cubanos lo propondrá como ideal de lo humano, como símbolo de lo heroico.

Para mostrar las cualidades de Gómez, José Martí recrea sus recuerdos sobre el encuentro reciente de ambos en Santo Domingo: entre líneas ha informado también al exiliado cubano que los nuevos jefes de la guerra se han reunido. Presenta a la familia del Generalísimo, también virtuosa, consagrada a la causa revolucionaria; a la esposa, a los hijos, hospitalarios para con la patria, deseosos de ayudar a Gómez y redimir a esta última. A través de efectivas anécdotas nos dice que sus hijos se educan con el ejemplo del Libertador, con el estudio de su vida: «Máximo, pálido, escucha en silencio: él se ha leído toda la vida de Bolívar, todos los volúmenes de su padre; él, de catorce años prefiere a todas las lecturas el Quijote, porque le parece que “es un libro donde se han defendido mejor los derechos del hombre pobre”». Véase también cómo sutilmente alude a la importancia de la cultura libresca en la preparación del patriota y del hombre que va a participar en la guerra. Así es como deben ser los hijos y la esposa del hombre que se da enteramente a la patria. Se induce esta enseñanza al leer el hermoso trabajo donde el principio de selección está muy vinculado con el objetivo que se persigue.

Ya hemos apuntado que la semblanza se escribe cuando se llevan a cabo los preparativos para la Guerra Necesaria; por eso no es casual que Martí introduzca las causas que llevaron al fracaso en la contienda del '68. Así, alude al regionalismo, a los celos y pretensiones de los jefes, a la falta de fuerza y madurez en la emigración, entre otras cuestiones. Lo que expresa el deseo martiano de trasmitir una clara advertencia a los patriotas cubanos: en la nueva guerra estos problemas no deben, ni pueden existir. Se evidencia también que Martí reconoce la importancia que tuvo la tregua fecunda para todos los cubanos, período en el cual pudieron ser comprendidos y estudiados los errores de la guerra grande.

Para la nueva guerra, eliminados los desaciertos, todos los elementos debían desempeñar su papel en la certeza del justo equilibrio: ni primacías al “militarismo” ni al “civilismo”. En el artículo, el genio remonta su mirada a las colinas ansiadas de lo porvenir, y señala el más cabal modo de asirlas: la guerra que se moldea con pasión de enamorado y exactitud de matemático ha de parir una república independiente, con política propia, una laboriosa república que viva “de su agua y de su maíz”, y asegure “en formas moldeadas sobre su cuerpo… los derechos que perecen o estallan en sangre venidera…”.2

Estas contiendas, que han de crear maneras nuevas de conducir la sociedad, también son de nuevo tipo. Si distinto es su fin, también lo será su forma de manifestarse; ya de nada valdrá sacar copia de las anteriores campañas americanas. De ellas se rescatarían lecciones, luego de un ajuste entre las estrategias que se pretenden y la naturaleza de la nación donde se llevará a cabo la guerra. Será fruto difícil, empresas adorables y peligrosas, cunas en que la mirada del error podría asomar, presta a desdorar válidas intenciones. La causa de la libertad cobra alientos sagrados en la obra martiana y es descrita en períodos donde resalta un fragmento apotegmático, sentencioso:

Quien ha servido a la libertad, del mismo crimen se salvaría por el santo recuerdo; de increíble degradación se levantaría como aturdido de un golpe de locura, a servir otra vez, ni en la riqueza, ni en el amor, ni en el respeto, ni en la fama halla descanso, mientras anden por el suelo los ojos donde chispeó el caballo, de día y de noche, hasta que, de una cerrada de muslos, se salta sobre la mar, y orea otra vez la frente, en servicio del hombre, el aire más puro y leve que haya jamás el pecho respirado.3

Al tiempo que refleja en “cinematográfico” desbordamiento el profundo espíritu independentista de Gómez, brinda Martí, a modo de aforismos, indicaciones acerca de cómo el hombre debe amar la libertad, cómo debe volcarse y crecerse sobre ella. No basta el ansia si no va en matrimonio sagaz con el empuje, que obliga al pecho a la indignación y al brazo a blandir el arma hasta que la independencia sea niño que nos saluda, torrente que lo humedece todo en trazos luminosos. Ya se ha informado que el importantísimo encuentro entre el jefe militar de la guerra necesaria y el máximo dirigente del Partido  Revolucionario Cubano aparece reflejado con toda intención. Dicha reunión hubo de durar tres días, así lo cita Martí. Y afirma que la unidad de todos los cubanos no podía dejar de ser la briosa e insustituible abanderada de aquella contienda que habíase vuelto amor, a razón del tanto entregado por sus más esforzados organizadores: “Y en tres días que duró aquella conversación […] no hubo palabra alguna por la que un hijo tuviera que avergonzarse de su padre, ni frase hueca ni mirada de soslayo, ni rasgo que desluciese, con la odiosa ambición, el amor hondo, y como sangre de las venas y médula de los huesos, con que el General Gómez se ha jurado a Cuba”.4

Vemos así cómo en breve párrafo Martí se reconoce hijo de Gómez, de toda su reciedumbre de héroe, sin aludirse abiertamente, usando con elegancia la elipsis –por tanto se recrean dos visitas de Martí a casa de Gómez– cómo se proclama la no inviabilidad, la profunda comprensión entre Gómez y Martí, y la entrega del Generalísimo a la causa independentista cubana. Y sigue el escritor describiendo el encuentro: “Se abrieron a la vez la puerta y los brazos del viejo General: en el alma sentía sus ojos, escudriñadores y tiernos, el recién llegado; y el viejo volvió a abrazar en largo silencio al caminante, que iba a verlo de muy lejos, y a decirle la demanda y cariño de su pueblo infeliz y a mostrar a la gente canija cómo era imposible que hubiese fatal pelea entre el heroísmo y la libertad”. Esta última oración parece más bien una reflexión del narrador omnisciente que mueve los hilos de la trama, y no una acción evidente de Gómez, con lo que Martí se delata como uno de los protagonistas. Es visible lo elíptico, la no transición entre acciones físicas y propósitos mediatos e intenciones de la voluntad y el pensamiento trascendente del escritor. En el trabajo, José Martí, bajo el apelativo de caminante, se define comou“un cubano que por primera vez sintió orgullo para ver mejor modo de servir a Cuba oprimida sin intrusión ni ceguera, ni soberbia...” 5 Él también se presenta, muestra sus credenciales, sus principios.

Estos tres sustantivos cobran una importancia cardinal a la hora de entender la idea martiana sobre la guerra necesaria: guerra para dar al pueblo de Cuba la posibilidad de gobernarse a sí mismo mejor, y por eso sin intromisiones de ningún interés o país extranjero, sin ímpetus anexionistas que aparecerían trocados en ayuda aparentemente desinteresada. Guerra que por lo compleja y la vastedad de sus principios y objetivos, debía ser preparada juiciosamente, analizando con mirada certera el pasado, y avizorando aún con más cuidado el futuro, por eso sin ceguera. Guerra sin pretensiones de enriquecimiento o de poder en una parte de sus hacedores, porque ellos no son más que fieles y eternos servidores de ese pueblo que es el verdadero dueño de las revoluciones, guerra sin aspiraciones interesadas, por eso sin soberbia.

En la semblanza se nos muestra un Gómez hospitalario, un Gómez patriota que se pone al servicio de los humildes y de la causa de la libertad, que llena el pecho de su amor por ellos, a quienes alude cuando prorrumpe conmovido:”Para estos trabajo yo”. 6 Resaltan también en la descripción los elementos simbólicos que adornan al General como aquel donde refiere que encima de la cama este tiene colgada la lámina de la tumba de sus dos hijos.

Es en tal momento cuando Martí, sabiamente, desborda en la visión sobre Gómez el importante concepto de pueblo. Para él da lo mejor de sí el Generalísimo, para esos sectores humildes de la nación, los que sufren, los trabajadores americanos que procuran el sustento de los opulentos, los enardecidos combatientes por la libertad de la patria, los hombres del mañana que harán de la república un sol de paz y un templo de riqueza material y espiritual, “para desatar a América y desuncir al hombre […]”.7

Este pueblo, que ha de ser partícipe imprescindible de la revolución, ha de velar porque en su república rijan el equilibrio, la justicia y sobre todo una tenaz consagración al trabajo lo que permitirá su mantenimiento. Clarividencia martiana esta que aparece en escritos sobre los más diversos temas, y que sigue siendo parte importante de las preocupaciones que el pueblo, sereno y consciente, debe hacer suyas. La hora de dar paso a las inevitables y por eso justas batallas que atraerán los aires de la libertad se aproxima, así lo reconoce el héroe, en prosa que embebe los ojos y acaricia el goce más supremo de la perfección estilística y literaria. El párrafo que cierra el trabajo contiene ideas que quizás otra pluma no tan genial como la martiana hubiera vertido en un extenso ensayo. Bastánle escasas líneas a José Martí, sin embargo, para establecer un contraste entre el ideario humano que propone Gómez y los motivos e ideas de hombres que no ven en la guerra un medio que permita, con el derrocamiento de la opresión colonial, consagrarse a la magna obra de la revolución y la república. En dicho párrafo también encontramos alusión al especial papel que desempeñaban en la guerra su objetivo más mediato y su cuerpo armado:”se quiere el principio seguro y la mano libre”.8 Es decir, que el ejército tiene libertad de hacer únicamente sobre la base de principios democráticos muy sólidos, con vista a forjar una nueva república. Idea similar encontraremos luego en el siguiente apunte martiano en su Diario de campaña: “[…] el ejército libre y el país, como país y con toda su dignidad representado”.9

La guerra es solo un medio para que el hombre se gobierne de la mejor manera. El hombre de armas ha de ponerse al servicio de esta sociedad de libertad y amor con que se sueña —tal y como el Generalísimo— y no perjudicar con intereses o caprichos particulares la gran obra de los pueblos.

Me llama la atención cómo en este artículo Martí prueba que ama la armonía no sólo en el discurso literario sino también en la manera de proyectarse e ideas de un héroe, de un General de la guerra. Lo que puede apreciarse cuando afirma: “Palabra vana no hay en lo que él dice, ni la lengua de miriñaque, toda inflada y de pega, que sale a libra de viento por adarme de armadura, sino un modo de hablar ceñido al caso, como el tahalí al cinto: u otras veces, cuando no es una terneza como de niño, la palabra centellea como el acero arrebatado de un golpe a la vaina.” 10 Con lo que comprobamos cómo toma los principios de su estética de la vida justa y sincera, y que de su poética vuelven al mundo, a reconocer como virtud lo que ha asimilado como principio.

Me gustaría esbozar algunas breves reflexiones sobre la disposición poética del discurso. A ella contribuye un claro lenguaje de evocación en varios de los períodos o bloques que integran el artículo y el uso abierto del recurso de la elipsis. Son varios los momentos donde el espíritu queda suavemente entibiado por la imágenes en las que puede explorarse la dicotomía sombra / luz, procedimiento frecuentemente utilizado en su lírica. Sirva como ejemplo el siguiente: “y unos cuantos contornos en el aire, de patria y libertad, que en el caserón de puntal alto a la sombra de la pálida vela, parecían como tajos de luz” (p. 448) O algunas de corte expresionista: “Se aprietan al visitante los tres hijos mayores: uno le sirve de guía, otro de báculo”, y aquí la imagen referida: el otro se le cose a la mano libre” (p. 449). O impresionista: “hablaba como después de muerto" (p. 449). Encontramos imágenes tan originales como cuando afirma que a Manana “le echa luz el rostro de piedad, bajo la corona de sus canas juveniles” ( p. 449) 11; o cuando expresa que el “techo está colgado de rosas”, y curiosas y agudas observaciones, frutos de la mente y los ojos de un poeta: ”da el misterio del campo y de la noche toda su luz y fuerza natural a las grandezas que achica o desluce, en el dentelleo de la vida populosa, la complicidad o tentación del hombre”.

Para concluir este razonamiento deseo significar que el concepto de guerra que el escritor esboza y que es analizado desde el punto de vista ideotemático en el presente trabajo es, amén de sus otros valores, un período de profundo aliento poético por sus valores rítmicos y sus cualidades irruptoras y su cierre contundente: “Guerra es pujar, arremeter, revolver un caballo que no duerme sobre el enemigo en fuga, y echar pie a tierra con la última victoria” (p .451).

La presencia de la conmoración, que no es otra cosa que un recurso retórico a través del cual se expone, se repite un pensamiento en formas diversas, en el trabajo ayuda a la eficacia didáctica en él presente. Aunque se escribe para una época, los juicios trascienden lo inmediato y llegan a nuestros días. Las ideas vertidas por Martí acerca del pueblo y la libertad en “El general Gómez”, así como las ideas sobre el espíritu patriótico evidencian la hondura del pensamiento martiano. En las semblanzas el héroe encauza sus preocupaciones políticas; de ahí que ellas se incluyan dentro de su incansable labor propagandística en función de la preparación, no tan sólo de la guerra sino también de ese hombre que va a llevarla a cabo. Su preparación y apertrechamiento ideológico.

 

 

1Imágenes reconcentradas: “Gómez, indómito tras una prueba inútil, engañaba al desasosegado corazón midiendo los campos, cerrándolos con la cerca cruzada de Alemania, empujándolos inquieto al cultivo, como si tuviese delante a un ejército calmudo”.

Imágenes céleres: “¡Y de día y de noche se oye a la puerta relinchar el caballo, de día y de noche, hasta que, de una cerrada de muslos, se salta sobre la mar, y orea otra vez la frente, en servicio del hombre, el aire más leve y puro que haya jamás el pecho respirado" p .447 . Dichas imágenes se unen en el siguiente párrafo: “Se afirma de pronto en los estribos, como quien va a mandar la marcha. Se echa de un salto de la hamaca enojosa, como si tuviera delante a un pícaro. O mira largamente con profunda tristeza". Léase: José Martí: “El General Gómez”, en: Obras Completas, T. 4, p. 448.

2 Ibid., p. 446.
3 Ibíd., p. 447.
4 Ibíd., p. 448.
5 Ibíd., p. 449.
6 Ibíd., p. 450.
7 Ibíd., p. 450.
8 Ibíd., p. 450.
9 José Martí: ”Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos”, en Obras Completas, La Habana, Editora Nacional de Cuba, 1963 – 1966, T. 19, p. 229.
10 José Martí: “El General Gómez” en:  Obras Completas, T. 4, p. 450.
11 Siempre las canas para Martí engrandecen a los hombres en su visión, como el siguiente poema recogido en el tomo correspondiente a los Fragmentos:

    No me quites las canas
    Que son mi nobleza:
    Cada cana es la huella de un rayo
    Que pasó, sin dolor mi cabeza.
    Dame un beso en las canas, mi niña
    Que son mi nobleza.



 

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