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Marcelo Pogolotti: La cultura como proceso dinámico y el hombre como creador

Luis Álvarez, 13 de julio de 2015

Parte II

Habiendo alcanzado una sólida información sobre la cultura francesa, aquí y allá se advierten incorporaciones singulares y necesarias para el enriquecimiento de la perspectiva cubana. Un posible eco de ciertos aportes de la escuela de los Annales, en particular de su primera época —previa a la Segunda Guerra Mundial— parece resonar en el siguiente pasaje:

Con todo, resulta notable la sagacidad que algunos revelan en el examen y definición de la mentalidad cubana. Algunas de sus idiosincrasias más salientes y su etiología son estudiados por José Sixto de Sola en un penetrante trabajo titulado «El pesimismo cubano». Este ensayista situaba certeramente las raíces de dicho sentimiento en el efecto desmoralizador creado por el clima de provisionalidad propio del régimen de factoría que implantaron en Cuba los españoles durante más de tres siglos. La población que solo venía de tránsito para otras tierras o para enriquecerse y marcharse lo más pronto posible, no se identificaba con el país. La ignorancia y la pobreza en que el régimen colonial sumía a quienes se quedaban, entorpecía la floración del sentido cívico. Bajo la república, el desengaño de las masas deseosas de palpar el beneficio material […] contagió otras capas sociales (Pogolotti, 2002, pp. 60-61).

Es natural que Pogolotti se interesase por la cuestión de la mentalidad nacional. De hecho, uno de los tópicos que aborda con mayor insistencia es el de la identidad cultural cubana. Si La república de Cuba al través de sus escritores fuera un panorama literario —insisto en ello porque esa mala lectura ha contribuido no poco a pasar por alto uno de los libros cubanos más brillantes y agudos del siglo XX—, su autor se hubiera detenido más en la poesía y la crítica literaria de José Manuel Poveda, en vez de prestar atención a la obra en prosa que trasunta una determinada perspectiva estética y sobre todo cultural. Esa focalización permite a Pogolotti concluir su examen diciendo: “Sustenta un pesimismo que pone al desnudo certeros atisbos de nuestra endeblez social y moral, resbaladiza y cominera. Sus breves escritos sobre el carácter evasivo del cubano, siempre al acecho del camino más fácil, y sobre el humorismo salaz y burlón del «cubaneo», pueden contarse entre los juicios más agudos y atinados que hasta el presente se han hecho al respecto” (Pogolotti, 2002, p. 82). Por esta vía se ocupa de extraer de la escritura nacional importantes caracterizaciones de la vida rural (Cfr. Pogolotti, 2002, pp. 86-90). En busca de una captación del cubano a través de la escritura nacional, el ensayista revisa los más variados textos para extraer de ellos los retratos más certeros de los diversos tipos cubanos. Por ello se detiene en una desvaída novela de Rafael A. Cisneros, La danza de los millones, de la cual entresaca una caracterización genial:

Don Luis… un mal cubano perteneciente a la más alta chusma de eso, borroso y siniestro, que el vulgo llama con desprecio «la aristocracia de arriba»… Yeyo era la aristocracia de «abajo». Y Liborio y los suyos eran la Cuba de verdad, la Cuba honrada y fuerte: la de 1868 y la de la epopeya gloriosa del 1895. Un verdadero contraste de águilas y gusanos (Pogolotti, 2002, p. 105).

Entre los corruptos de la cúspide, los malvivientes de un hampa más o menos subterránea, se debaten, en esta hiriente visión sacada por Pogolotti de una mala novela, los hombres cabales de la nación. El ensayista no ignora que La danza de los millones carece de valor literario; su interés se centra en su valor documental para un panorama histórico y evaluador de la cultura cubana en su evolución. Por eso cierra ese capítulo diciendo: “Así termina La danza de los millones, trama elemental con actuación de personajes harto convencionales; recuento ingenuo y limitado, pero único, de una peripecia inolvidable de nuestra existencia nacional” (Pogolotti, 2002, p. 109). Su mirada se detiene en una serie de zonas vitales para la comprensión de los procesos nacionales; por eso dedica espacio a la industria ligera nacional y a la incorporación de la mujer a las filas de un proletariado vinculado a aquella. Se trata de un examen desprejuiciado, que le permite reflexionar, a partir de una novela de Félix Soloni, tanto sobre esa cuestión social como sobre el choteo como marca de la sicología social del cubano. Al choteo y a su caracterización por Jorge Mañach les dedicó un trabajo específico en La república de Cuba al través de sus escritores, donde estableció una interesante comparación entre los criterios del autor de Martí, el Apóstol y Fernando Ortiz. Su lectura de ambos, sagaz y meticulosa, le permitió apuntar también su criterio personal, más enraizado en una perspectiva culturológica enfocada en las consecuencias sicosociales de las redes institucionales de la nación:

La familiaridad, el chiqueo, la nivelación y el igualitarismo propios del choteo, señalados por el ensayista [Nota: se refiere a Mañach], nacieron sin duda de la convivencia en el barracón de los esclavos a la que se acercaron los demás cubanos para volverse contra el enemigo común. Mañach achaca la autoburla a nuestra debilidad como nación, pero sería más exacto atribuirla al desprestigio de nuestras instituciones republicanas y sus jerarcas, que ya vislumbraba Raimundo Cabrera en Sombras que pasan. Recuérdese que el cubano había pasado por los desengaños de la Enmienda [Nota: la Enmienda Platt], las bases carboneras, el Tratado de Reciprocidad, las intervenciones directas e indirectas, el derrumbe económico y la corrupción de sus adalides políticos, de suerte que la degradación actuaba más que la debilidad. Eso sí, como país pequeño que somos, todos nos conocemos y soportamos mal los alardes de los alardes de los impostores. De allí la terrible eficacia del choteo para poner al desnudo la pobre verdad de cuantos se cubren de fingida grandeza (Pogolotti, 2002, pp. 140-145).

Este pasaje deslumbra por su penetración. Todos nos conocemos: la frase es demoledora y devela muchos ángulos al parecer inextricables de la existencia de la nación. Pero sobre todo nos muestra la hondura con que Pogolotti conoció la dinámica profunda de su patria cubana. Porque él acumuló una extensísima cultura personal sobre el país, de modo que el panorama que traza en este libro ha sido conformado desde los más diversos ángulos, y no desde la enteca percepción del historiador, el ideólogo, el historiador del arte, el antropólogo cultural, el sicólogo social o el crítico literario. Por ello es capaz de escribir esta excepcional caracterización de la Cuba de inicios del s. XX:

Con la eclosión de la república se planteó el problema de quiénes debían ser los llamados a dirigir la política del país. La cuestión no pareció difícil, al extremo que la opinión unánime ponía en manos de los veteranos de la gesta emancipadora esa alta y ardua misión. No solo les correspondía ese honor por haber sido los artífices de la independencia, sino que el hecho mismo de haber participado voluntariamente en la sangrienta cuanto tesonera acción liberadora daba fe de que poseían en grado sumo los sentimientos patrióticos requeridos para regir los destinos de una nación recién nacida, vacilante e inexperimentada. Era lógico que los hombres fraguados en la lucha y animados por el ideal revolucionario fuesen los más idóneos para encabezar la vida republicana. A la sazón se preveía que el veteranismo iba a constituir un monopolio de la cosa pública, del tipo oligárquico, del que quedaba excluido el resto de la ciudadanía; y que, más preocupado por mantener sus fueros que deseoso de propiciar el bien común, drenaría el Tesoro, a más de entorpecer el desenvolvimiento social y económico (Pogolotti, 2002, p. 119).

Época y conciencia, publicado en México en 1961, significa una concentración meditativa, sobre todo en la dirección de la Estética y la teoría del arte. Ahora bien, como ya había ocurrido en La república de Cuba al través de sus escritores, el autor tiene intereses más anchos: “El arte ofrece un valioso punto de apoyo y referencia al par que un inestimable campo de investigación, tanto para la historia como para la filosofía” (Pogolotti, 1961, p. 9). Su complejidad mayor, su prioridad para la crítica literaria, me impiden en este brevísimo trabajo abordar un libro que, sin dudas, da testimonio de una superior entonación ensayística y una voluntad de interpretación de una época que, en las dos primeras décadas de su segunda mitad, exige un detenimiento mayor que el que ahora me permiten estas páginas.

En 1970 Pogolotti dio a conocer otro texto de enorme interés para la valoración de su pensamiento cultural. Me refiero a La clase media y la cultura. En esta obra la voluntad de reflexión culturológica es aun más señalada, y el discurso ensayístico aparece más consolidado si cabe desde el punto de vista teórico. Aquí y allá las ideas se desarrollan al socaire de una muy definida meditación de carácter teórico. Así, por ejemplo, el ensayista escribe:

El ser en sí, antropológico, tanto en el caso del hombre como en el del artista, es la resultante específica del conjunto estructural de la actividad superior de un cerebro determinado respondiendo con las interacciones que le son privativas a los estímulos externos e internos. Dejamos de lado los conceptos de la ontología dualista, los cuales no contribuyen a fundamentar el enfoque del problema de la conciencia no obstante su incuestionable riqueza de pensamiento, y tampoco procede imponerse las limitaciones idealistas de la fenomenología, cualquiera que sea su rigor lógico. Consideramos, empero, que la descripción existencial del hombre concreto en el mundo puede resultar compatible desde diversos puntos de vista con el materialismo dialéctico (Pogolotti, 1970, pp. 313-314).

Como es fácil percibir el autor se expresa desde un conocimiento personal construido, no desde la repetición facilista —y muy a menudo letal— de manuales de tercera categoría. Pogolotti, siempre independiente, siempre obstinado en defender su libertad intelectual, la orienta hacia una creatividad conceptual que destaca mucho entre el panorama del pensamiento cubano de los años setenta.

Mucho más orientado hacia la indagación estética, La clase media y la cultura no se aleja de lo esencial de las ideas que sobre la cultura expresó en La república de Cuba al través de sus escritores. Pero en este libro de 1970 la perspectiva se ha enanchado y concede una mayor atención —tal como había ocurrido con Martí, Lezama y Carpentier— a la cultura latinoamericana. El ensayista continúa su análisis obsesivo de la cultura del s. XX, cuyos perfiles continúa ahondando:

Aumenta el interés en lo popular y lo autóctono. Se mira al gaucho y al campesino, en general, así como a los trabajadores de la ciudad, con nueva óptica. Fórmanse dos tendencias culturales paralelas, una sostenida por la alta burguesía derechista […], y la otra, izquierdista, con criterio social que al propio tiempo se da al rescate de los valores nacionales ante el crecimiento del poderío de los monopolios extranjeros. En la tercera década las dos corrientes están claramente delimitadas, recrudeciéndose su antagonismo (Pogolotti, 1970, p. 12).

El autor analiza, en ese contexto, la difícil situación del intelectual latinoamericano y en particular mexicana (cfr. pp. 23 y sig.), a la que de algún modo se ha incorporado al pasar a residir en ese país y cuya realidad conoce por vía directa. Esa convivencia lo lleva a indagar sobre las actitudes culturales de los intelectuales mexicanos en las convulsas primeras décadas del siglo (Cfr. pp. 50-51). Esa actividad febril como analista de una segunda cultura ahonda su perspectiva y le permite alcanzar un tono de cabal filosofía de la cultura:

Es imprescindible una adecuada conceptuación del hombre como creador, de inmensas repercusiones en la comprensión del arte y su papel en la vida, al par que en el terreno económico y sociológico. En vez de dejarse llevar por el cientifismo erróneo imperante en su tiempo, que inducía aspencer a establecer símiles biológicos y fisiológicos, y que aun en nuestro siglo hace que John Dewey, arrastrado por el biologismo, defina al hombre como una especie de animal que inventa y fabrica instrumentos, se debe situar al hombre en el nivel que le corresponde. En su aspiración a la libertad mediante la lucha contra la necesidad, el hombre ha ido creando distintos medios de producción y las correspondientes estructuraciones sociales, vale decir, sus propios mundos. La suya no es una sociedad de hormigas, tan complicada en ciertas especies que hasta llegan a comprender dieciséis clases, pero que es una organización formada por la naturaleza de una multitud de partes constituyendo un solo cuerpo animal, ordenamiento en que las hormigas en sí no hantomado parte. Las sociedades humanas, con sus mutaciones y transformaciones, responden a conceptos elaborados por el hombre que a su vez suscitan otros, todo lo cual se resume y expresa en múltiples culturas diferentes. El conjunto es una vasta, rica y compleja obra de creación. Las culturas pueden devenir con el andar del tiempo frenos conservadores, oponiéndose a otras que se levantan sobre el basamento de nuevas realidades. La historia del hombre es cambio, o sea, creación. No se trata, pues, de un fenómeno biológico, conforme opinaban ciertos pensadores influidos por el evolucionismo fatalista. Tampoco estamos en presencia de un determinismo fatalista, sino, antes bien, de un proceso creador (Pogolotti, 1970, p. 157).

He aquí in nuce el centro mismo del pensamiento cultural de Pogolotti. Como a Martí, le interesa una caracterización de esencias de la cultura cubana y latinoamericana. Semejante a Lezama, está convencido de que es necesario —voy a decirlo en términos de una hermenéutica contemporánea— explicar, comprender e interpretar nuestra macrocultura y nuestra cultura nacional tal como se expresa tanto a través de sus grandes monumentos —al modo en que entiende Michel Foucault la relación cambiante entre documentos  y monumentos (Cfr. Foucault, 1970)—, sus publicaciones periódicas, su historiografía, las investigaciones sobre economía de la región, los aportes de una indagación sociológica latinoamericana en su tiempo —como en el nuestro— no del todo suficiente, los aportes crecientes de una filosofía que en nuestra América —y en Cuba, particularmente— tiene todavía pendientes muchos problemas diversos de carácter general, y otros específicos de una filosofía de la cultura.
 

BIBLIOGRAFÍA

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Editado por: Maytee García

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