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Poesía de Pedro LLanes

Roberto Manzano, 21 de julio de 2015

La poesía de Pedro Llanes sólo se parece a sí misma: vale decir, el poeta placeteño tiene muchos padres líricos, pero ha elaborado con la gloriosa suma de todas sus influencias una voz de timbre y color tan peculiares que tan sólo de poner los ojos en una línea lírica suya reconocemos de inmediato su identidad artística.

Esto, como lo sabe todo el que ha leído mucha poesía, es extraordinariamente difícil de lograr, y muchos menos desde el principio, como él lo ha alcanzado con tanta naturalidad y audacia. Voz de una distancia imperturbable, que monologa lo mismo en el palacete que en el terrón, necesita mucho arrojo expresivo en un país tan ancilar.

Sin embargo, la voz de Pedro Llanes ya posee abundante consenso, lo mismo de los que sólo le reconocen a la poesía su conciencia crítica como los que no quieren que se desborde de los planos personales de la experiencia. Es el milagro de la calidad tremenda de su poesía, que tiene la elocuencia grande de la imaginación.

                                                                                                                                                           Roberto Manzano


Pedro Llanes (Placetas, 1962). Poeta, narrador, ensayista, traductor. Es miembro de honor de la AHS y miembro de la Uneac. Algunos de sus libros publicados son: Diario del ángel (Casa Editora Abril, 1993); Icono y ubicuidad (Casa Editora Abril, 2000); Sonetos de la estrella rota, (Sed de Belleza, 2000); Pequeña balada (Ediciones Matanzas, 2001); El fundidor de espadas (Letras Cubanas, 2003) Diario del ángel (Antología poética, Letras Cubanas, 2007); Del norte y del sur (Editorial Capiro, 2008). Ha obtenido, entre otros, los siguientes premios: Premio de la Crítica 1994; Premio Frónesis 1999; Premio Abril 1995; Premio Calendario 1999, Premio Sed de Belleza 1999; Premio de Poesía de Amor de Varadero 2000; Premio Dador 2004; Premio Ser en el tiempo 2004; Premio Internacional de Poesía Absoluto Nosside Caribe 2005; Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara (teatro) 2008 y Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara (poesía) 2009. Posee la Distinción por la Cultura Nacional y la Medalla XX Aniversario de la AHS.

 


RES FINITA

               Chi guarderà già mai sanza paura
               ne li occhi d’ esta bella pargoletta,
      che m’ hanno concio sì, che non s’ aspetta
         per me se non la morte, che m’è dura?

                  Libro Quinto, LXXXIX
                  Rime, Dante




Es la hora en que los gamos braman a lo lejos,
la misma, querida, en que las luces incendian el delfín.
Como si no lo quisiera, la arista es trémula y yo hago este cántico a Katina.
Los gamos no escuchan, huyen veloces rumbo al sur.
Hay una bestia en el páramo, una bestia de ojos tan dulces, si la vieras.
Es por ello que los almiquíes se afinan, es por ello que el agua late y las carolinas arden.
Tengo un reloj en el fuego y cuatro caminos que no van a ningún sitio.
En el primer camino vas a encontrar, si miras bien, al gondolero.
Un tal Ponzini, diestro en las aguas, ojiclaro, tal vez lo recuerdes, de Messina.
Te digo que resulta estupendo, él también hizo nupcias con Marianny,
que si paras mientes es la chica del orquestrum en Cirene.
La bestia cruza: malva y violeta no puede cabriolar.
Después de todo la arista es trémula y los gamos huyen rumbo al sur.
De manera que nada serio, te lo aseguro, Katina, nada serio.
Marianny era algo así como un engaño, una vedette de cristal.
Como el primer camino es el del agua, el delfín azulea, muere, se evapora.
Ponzini va a hacer sus oficios, era un buen gondolero.
Lo conocimos en el junio silbante. Se te veía delgada y roja.
Cocteles, los emparedados, Katina, son tan buenos.
Tú sabes que una misma carta es una misma carta o lo que fuere.
Andar, no quedan más supuestos. Aliosha me dijo que eras sorprendente.
Escucha: ya es junio y estamos en la eternidad.
Donde estuviere vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.
Las tubas suenan: dile al mandarín Tsung que me he resfriado en Dorenmy,
que debo reposar una semana con estos untuosos cluniacenses.
Dile que estamos juntos, al lado de la viña, sospecho que del este viene soplando terral.
El Rialto, oropeles, minucias, lo aseguro, nada en serio.
Llueve sobre el asfalto en  que veo partirse la noche con su fuerza.
Sobre el parque, en Las Placetas, llueve una lluvia tan eterna.
Qué triste los laureles a la hora de la nada.
No hay otro camino, te juro que me he olvidado de Marianny.
A veces esas muchachas tienen la misma cara de los ángeles.
La luna del sexto mes pone fuego sobre los naipes.
Hay una bestia en el páramo, una bestia de ojos tan dulces, si la vieras.

El segundo camino es el del fuego, naipes, cebras quebradizas.
Kitty va a guiar, Mr. Hoos está cesante, no pudimos encontrarte un cicerone.
El camino tiene espejos, cendales, un laberinto y una reina, un auriga que dormita.
Las cebras resbalan contra el agua, la reina sonríe y sabe que está muerta.
Aquí encontrarás a Causerus, a Heriberto: espera al lado de la estación hacia el oeste.
Uno es el otro, los dos son los mismos, van a girarte las acciones por doscientos.
Alguien toca el piano, Mme. Rothschild, los honorarios son muy altos,
así que Katina, tendremos que pasarlas sin muebles este otoño.
El segundo camino es el del fuego, naipes, cebras, acuérdate de Bárbara,
cuando Pablo escribía a Los Pretiles y a ti te gustaban los paseos.
La reina sonríe pero está muerta, Katina, está muerta.
Mme. Rothschild dará apenas media libra por ese músico aquitano
organista de María Cristina, que como tú conoces, era rubicunda
y sentía pánico, no se sabe por qué, de los floreros.
Tú estuviste conmigo, Katina, en los puestos de Dunquerke
y recuerdas qué bellas parecían las caras de los muertos.
Pues bien, vienen a buscarte Angelos y un negrito con librea.
Se puede salir del laberinto: el de la librea insiste en que se puede.
El otro lo acompaña, como es de Acuario guarda mi foto y se me olvida.
Se me olvidaba decirte que Antonio comentó
con Madelaine haberte visto en Los Pretiles,
en los tiempos en que Juliette, la de una sola trenza era tan frágil.
Si recuerdas la casetera, Masha, la misma, bajo el agua, tililante.
El fuego baja por la montaña, toca a tu puerta, Katina, no podemos contra él.
Mme. Rothschild no quiere abaratar las caras de sus reyes.
Cuida tu cuerpo del aceite. El fuego broncea las figuras más finas.
A lo lejos veo a Bárbara. Ebria, como si lavara sus manos.
A lo lejos la veo, acelgas, exquisitos brodés. Díscola y grávida.
El auriga resbala contra el fuego y no puede sostenerse.
El camino tiene espejos, Kitty va a guiarte, naipes, cebras quebradizas.

El tercer camino, Katina, es el del aire: hay un mirlo, una niña, un ave que no canta.
Vas a encontrarte con Elías, él era mi intérprete en Cirene.
Lo conocí a una brazada del puente de los ahogados.
Voy a pedirle que te traiga
porque flotan demasiados cuerpos en la arena.
Es por ello que el ave calla sobre el álamo,
es por ello que la niña tiene las manos más violáceas.
Elías ha puesto monedas y cirios en el agua
para que el auriga tire del brazo de la reina
y juntos en octubre les echen gladiolos a los muertos.
Las abuelas azules son ázimas, Katina
sobre todo la vajilla, adiós desde la puerta
a tu padre sumergido en la luz, ahogado por la luz, a Evelyn, la transpirada.
Escríbele una carta al mandarín Tsung, dile que nos mande más té de su vergel,
que estoy muy agradecido por los sándalos,
dile que el tío compró la semana pasada los caballos
que son muy hermosos, afilados, de patas verdaderamente finas.
Prepara más resmas, ten, Katina, todo listo y si Mme. Magloire
pasa la tarjeta que esperaba, avísame, no dejes  de avisarme.
Te decía que las abuelas azules son ázimas, Katina,
y no es extraño que Rodolfo se acueste hacia la tarde
o que el corredor apueste al cuatro en los espejos.
Una vez hube de hablarte del recuerdo, tú sabes lo que valen
si son de manera especial las acederas y los encargos a mi amigo Tsung llegaren,
o Angelos tocara el claxon: hace luna, parezco nocturno y muy mojado
y te traigo naranjas, una sirena, tres jazmines para el pelo.
Pero Elías te lleva, y nos mira la mujer más alta: luego la abuela es quien vigila.
Si existieran otras puertas no serían necesarios los saludos.
Al otro lado ríen, todo está cálido, es mejor desodorarse,
después que pases tu pote bretigny, olor a sándalo, Katina.
Escríbele una carta al mandarín Tsung, dile que nos mande más té de su vergel
y en hoja aparte ponlo al corriente por si no supiere
que la paga de los Estérhazy raya en lo ridículo, que el équite
del tercero de dragones ha raptado a Elinora, que ahora viven en Teruel.
Lástima que no comprendieras cómo en el jabón se juntan los alephs.
Al caso da igual, estamos tan tranquilos, clarea hacia las siete.
Mme Magloire no ha pasado su tarjeta: pon en lo oscuro tus cabellos.
Te he dicho que la niña llora, parece una muñeca, tiene las manos más violáceas.

El cuarto camino, el del éter, por suerte es concéntrico.
Monsieur Fermat ha cerrado el libro de las ritmias, estamos en verano,
de manera que hace una noche muy clara, tenemos los rostros transpirados.
Le he escrito a la pargoletta Ángela, mi amiga, y te aseguro, Katina,
y ojalá sea que podamos casarnos pasada esta semana, en Sagitario.
La lluvia ceniza escarcha, lises del campo gris.
Mme. Rothschild no quiere abaratar las caras de sus reyes.
Hago entre tanto la valija, dentríficos, blasones, una crema magenta para ti.
Causerus vino a casa cuando tú y yo no estábamos
y el fantasma dormitaba en el jardín.
Sin que lo supieras he abierto la esquela: Ángela quiere casarse en Sagitario.
Es posible que asomes a la puerta y entren de pronto los gladiolos.
El vacío asalta nuestra puerta. No puedo hacer nada, Katina, contra él.
Voy a llamar a Heriberto, está en el bazar, Mr. Atman, sé que se rifan las tanagras
y los animales más menudos vienen junto al árbol para arder.
El intruso se acurruca en el arca, lee las cartas de Ángela, se ríe.
La hermana azulea, lleva azahares, es novia y parece regañarle.
Causerus, Katina, te aconseja llevarle gladiolos a los muertos
cuando llegue el ronroneo del tigre con la luna
y Luiggi eche vitriolo en el rostro de su amante.
Suena el tiembre, el negrito de la librea te envía una postal
por bocas de Laussot, el que vivía al lado de Isabel, en Santa Katherine, por las tardes,
el vacío asalta nuestra puerta, el cuarto camino es el del éter.



POR LA FUERZA DEL FUEGO

No importa que no estés. Ahora es que arden las bestias en la huida.
Déjenme decir cómo la amada era frágil y rojiza.
Junio es el mes en que pasea por la casa de cristal la reina.
Se le veía triste. Recuerdo sus ojos húmedos. Aún no te has ido.
Es por la fuerza del fuego que vienes desde lejos.
Casi no te veo. Hueles a naufragio. La pradera está ardiendo.
Tiembla el agua y abren las carolinas a la tarde.
La voz repica en el mármol, toda de cristal te evaporas.
Junio es el mes en que pasea por la casa de cristal la reina.


HABITACIÓN CIENTO SIETE

Habitación ciento siete del hotel Las Placetas,
sábana lila, dos vasos, el grifo, las almohadas.
Una muchacha a quien llamaban la hebrea
se había acostado en la penumbra
de las ventanas abiertas al norte, junto a mí.

Habitación ciento siete del hotel Las Placetas,
el aire nocturno, la llovizna
escalaban el cuerpo de la hebrea.
Yo veía su torso mojado por el grifo,
el agua resbalaba y luego refluía
a lo largo de sus rizos luminosos.

Habitación ciento siete del hotel Las Placetas,
una muchacha a quien llamaban la hebrea
se había acostado en la penumbra
de las ventanas abiertas al norte, junto a mí.


PARECIDA A LA PIEDRA

Mírame y dame tus manos,
señora  de las tinieblas,
deja que ondeen a lo lejos
tus sienes ensortijadas
y que así caiga el agua
oscura del corazón.
Me he sentado silencioso
en la noche donde tú
eras líquida y verde
luciérnaga sin cenizar.
Mírame y dame tus dedos,
señora de las tinieblas.
Abre con tu perfume,
la luz de los campanarios,
con tus manos a la una,
con tus manos a las dos.
Deseo tu cuello, seda
cuyo roce amarillento
se parece a la piedra
traslúcida y vesperal.
El agua ha mojado
tus sienes ensortijadas,
de las que nace el grito,
de la nada, de la nada.
Mírame y dame tus dedos,
señora de las tinieblas,
deja que ondeen a lo lejos,
tus sienes ensortijadas.


MUCHACHA DE LA LLOVIZNA

Un barco viene del norte,
muchacha de la llovizna,
viene sin marinero,
muchacha de la llovizna.
No hago pacto contigo,
transfigurada, muerta,
muchacha de la llovizna.
Un barco viene del norte
muchacha de la llovizna,
la jarcia la trae herida,
muchacha de la llovizna.
¿Quién va a decir tu canción
para que la escuche yo?
¿Quién va a decir tu canción,
muchacha de la llovizna?
No hago pacto contigo,
muchacha de la llovizna.


CANSINOS NOMBRES

El tiempo guarda la cesación, sus centros
que el oidor escucha tras los vidrios.
Todo fluye, gráciles animales, los cuerpos y el oidor.
Yo tenía una amiga. Gráciles animales. Los cuerpos, el oidor.
Los encrespados aleros. El humo sube y la llovizna. La recuerdo.
Mi amiga era un animal de espaldas.
El humo sube. Yo tenía una amiga. Los helados ciruelos tras los vidrios.
Las líneas anudaban a la cera.
Un reino  murmurante e infinito.
La espuma desdibuja sus guantes en la orilla, el arrecife
sostiene la embestida, las delicadas fisuras de la espuma.
Con las manos del niño parecía que la ola fuera eterna.
Con las manos del niño construí en la arena los castillos.
La espuma bañaba los castillos, las soleadas claraboyas sobre el sur.
La ola lamía los cristales, las delicadas fisuras de la espuma.
Las palomas alitristes resbalan contra el fuego.
El relumbre de las dalias, las palomas alitristes. Yo tenía una amiga.
Los lucernarios traslucen las ágiles siluetas de la cera.
Por los campos roturados pasa el cielo.
Cruza el labriego. Cruza silencioso hacia la lluvia.
Hay un tesoro en el barro. La espuma bañaba los castillos.
Los bermejos arrecifes enguantan en la ola.
Alguien quería construir hipocampos y delfines tras la luz.
Escribid vuestros cansinos nombres en la arena.
Yo tenía una amiga, gráciles animales, los cuerpos, el oidor.
Yo tenía una amiga. El humo sube. Mi amiga era un animal de espaldas.


PEQUEÑA BALADA

                      For all that beauty that doth cover thee
                      Is but the  seemly  raiment of my heart.
                     
XXII, Sonnets, Shakespeare


Flautín:
El viento acaricia el cintillo
del rocío disperso por la planicie,
a lo lejos se siente su canturreo
doblar en la lluvia profusa.

Oboe:
Lo hemos pedido a nuestro hermano
que busque en el cofre las ropas oscuras
y se aliste para volver,
pues ha llegado a la casa el silencio.

Órgano, oboe:
Alguien viene quebrando los cáñamos cerosos,
a galope a través de la lluvia.

Sinsonte (tenor):
Voy por el camino que lleva  a la casa paterna,
mecida en los almácigos y los ciruelos,
junto al agua cantarina del estanque,
con la canción que canté para ti.

Oboe:
Una muchacha prístina te esperaba
a cada tarde en la oscuridad;
sus mantos eran  color de la  miel
y sus manos fragantes como la escarcha.

Sinsonte (tenor):
He venido de la tembladera,
cruzando los lugares de la muerte;
he vadeado las marismas y los pantanos
únicamente por verla otra vez.

Flautín:
La luz de las lámparas da contra su rostro,
aún embebido por la muerte.

Oboe:
La hemos adornado de jazmín y laurel.
Ya no se siente en lo oscuro al estanque.

Violín, oboe:
Aléjate para siempre de las aguas
y deja que el barco se vaya sobre la ola.

Arpa:
De hito a ola llegué cuando las sombras
repartían todo el invierno, cerca de un pozo,
vime a sus bordes y en las aguas absolutas leí estas palabras:
Las leyes del infierno son perfectas.

Sinsonte (tenor):
Siento dentro de mí el ronroneo del mar,
que me asedia con su tenaza sombría.

Flautín, oboe:
Haz pronto el camino que lleva al estanque
donde revolotean en el agua las mariposas,
y guárdate de las manos vacías
y las verdades que pesan en tu corazón.

Flautín:
Ah, pálida señora de la noche,
tijera clavada contra el sepulcro.

Arpa, oboe:
Tú repartías el hilo de la espiral
y te asomabas de puntillas a ti mismo,
mientras ella iba despaciosa con sus cántaros,
por el agua empozada del estanque.

Oboe:
En sus manos susurra la transparencia,
que asalta a las cebras después de la lluvia.

Órgano:
Los labios de mi amada son como el vidrio en que cae el rocío
y su cuerpo afilado y elástico como el ciprés.

Flautín:
Las luces mortecinas de las lámparas,
están quemando el aceite del aire.

Sinsonte (tenor):
En el fondo de las sentinas
y en la cúpula de las jarcias
he visto sus ojos asustados,
que solo me pedían volver.

Órgano:
Una muchacha desmenuza el silencio,
con su amarga sonrisa de ciruela.

Oboe:
El rostro de mi amada es igual a la escarcha
y sus ojos son terrones en la oscuridad.

Sinsonte (tenor):
He recordado su cabellera,
como una extraña flor en el viento,
pero éramos itinerantes,
llevados por la fuerza del agua.

Oboe:
Deja que caiga el agua infinitamente,
y que vengan junto a ti los almiquíes azules.

Órgano:
Mi  amada se parece a la piedra fina
cuyas líneas ondulan sobre la luz.

Flautín, arpa:
Le traemos la fragancia de las dalias salvajes
y el rumor afelpado del vacío.

Arpa:
La hemos guarnecido con la música de los lirios,
sus ojos están cerrados: ya no nos pueden mirar.

Flautín:
¿Dónde escondes tu filo, cesación?

Oboe:
El silencio golpea nuestras ventanas,
recostadas al reloj de la hora infinita.
Siento los pasos del hermano,
cruzando los lugares de muerte.

Sinsonte (tenor):
Voy por el camino que lleva a la casa paterna,
mecida en los almácigos y los ciruelos,
junto al agua cantarina del estanque,
con la canción que canté para ti.

Oboe:
Los labios de mi amada son como el vidrio en que cae el rocío,
sus ojos están cerrados: ya no nos pueden mirar.


MUCHACHA SOBRE TINTA DORADA

Estoy sentado en el parque. La noche destroza las hojas oscuras,
va y vuelve hacia el sur. Mis dedos abanican animales de espuma.
A la luz de las farolas la muchacha se mece.
Las sombras esperan por ella.  Su cabello es dorado.
Dorado tal vez oscuro. Sus manos doradas danzan en la luz.
Ha llovido en Las Placetas. La noche va y vuelve hacia el sur.
La muchacha gira un poco. Puedo ver sus manos, sus ojos
por los que nadan pequeños peces de fuego.
La iglesia a la derecha cimbra. Cimbran las campanas
con el sonido del bronce en el que ha caído la lluvia.
Los pájaros ya no cantan. A la luz de las farolas la muchacha se mece.
La dibujo en índigo debajo de las ramas casi líquidas.
Sus ojos me buscan lentamente, me retan.
Dos mujeres y un niño pasan al puente del centro.
El niño se adelanta a las mujeres. Sube los peldaños.
La muchacha se aproxima. Levita, parece levitar.
Sus manos doradas danzan en la luz. Gira un poco
a la noche vacía. Las campanas se aquietan
derrumbadas por algún tren que estaciona. Las hojas
de los árboles achican las sombras. La muchacha se sienta junto a mí.
Es perfecta. Las ventanas como ojos la están mirando.
Los músicos de la glorieta ejecutan un blue.
Las tubas arden. Los músicos quedan petrificados.
Se escuchan los silbidos del tren que estaciona.
El niño baja los peldaños tensos por la luz.
Ella sin verlo gira un poco a la noche vacía.
En la jardinera palpitan los lirios. Las cigarras cantan,
saben que la muchacha es perfecta. Apenas respiro.
El tren arranca a marcha forzada al oeste.
Los músicos reclinan las tubas.
El niño se marcha con las mujeres. Se aquietan las campanas.
La noche destroza las hojas oscuras. Va y vuelve.
Oblicua, la muchacha eterniza. Sus manos son de laca dorada.
Los músicos que recesan la han descubierto.
Solo se podría comparar con las hojas.
Las sombras esperan por ella. Levita, parece levitar.
Gira un poco a la noche vacía. Sus manos doradas danzan en la luz.
 

María Virginia y yo
Sindo Pacheco
K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
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