Vladimir Mayakovski: un poeta ruso extraviado en La Habana

"Por la mañana llegamos fritos, asados y hervidos al blanco puerto de La Habana, rocosa y edificada...," apunta Vladímir Mayakovski, uno de los casi 600 pasajeros del vapor francés Espagne, que atraca el soleado 4 de julio de 1925, en escala de 24 horas para proseguir el 5 hacia Veracruz.
Pertenece él, como casi todos, al grupo de viajeros que gusta de desembarcar y deambular por la ciudad, solo que apenas pone pies en tierra lo sacude un fenomenal aguacero tropical, que él asombrado describe humorísticamente como "un chorro poderoso de agua con un poquito de aire".
Echa a andar por "entre almacenes, sucias tabernas, bodegas, casas públicas, frutas podridas". Ningún periodista repara en él, nadie le conoce. Y parece que recorre bastante de la ciudad, al menos eso se colige de sus numerosas impresiones que plasma en un diario de viajes, lleno de escenas pintorescas y observaciones.
Camina tanto el extranjero solitario que más tarde tiene dificultades para regresar, porque ha grabado en la memoria, a manera de nombre de la calle, la palabra Tráfico, y esta aparece en todas las esquinas de La Habana. El viajero retorna al vapor y en la tranquilidad del camarote, el día 5, escribe un poema. Lo titula "Black and White" y es una alegoría de la imagen con que él parte del país: la de una sociedad dividida según la raza y la riqueza.
Véanse estos fragmentos, en versión del poeta y ensayista Ángel Augier:
A un vistazo La Habana se revela paraíso, país afortunado.
Flamencos en un pie bajo una palma.
Florece el coralillo en el Vedado.
En La Habana las cosas son muy claras:
blancos con dólares, negros -sin un centavo.
A Mayakovski se le conoce en Cuba después de su muerte, cuando José Antonio Fernández de Castro publica en la edición de mayo de 1930 de la Revista de La Habana unas notas sobre el poeta ruso, destaca su presencia en el país cinco años atrás e incluye dos poemas.
El trabajo se ilustra con un retrato de Mayakovski. Pudiiera ser que entonces algún lector residente por zonas aledañas al muelle le pareciera conocido el rostro del escritor. Y pensándolo bien, los cubanos perdieron entonces la oportunidad de entrar en contacto con una de las personalidades más atrayentes de la literatura ruso-soviética de los primeros 30 años del siglo XX, un intelectual de muy activa participación en la vida cultural, política y social de la Unión Soviética, y con incursiones —no se asombre, Mayakovski sentía una enorme curiosidad por todo lo humano— en la naciente cinematografía de su país, lo cual nos da la medida de cuan amplio fue el diapasón de sus empeños.
Editado por: Dino Allende
