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"Lupili 16", un relato de Laidi Fernández

Alberto Marrero, 10 de agosto de 2015

El relato que hoy me complace reseñar para los lectores de este espacio, se titula "Lupili 16" y  pertenece al libro Sucedió en Copperbelt (Ediciones Unión, 2014) de la conocida narradora Laidi Fernández de Juan (La Habana, 1961)  y que obtuviera el Premio de cuentos Luís Felipe Rodríguez de la UNEAC en el 2013.

Como miembro del jurado de dicho certamen, el libro me cautivó desde la primera lectura. Noté coherencia, oficio, sensibilidad, anécdotas seductoras y la belleza de un lenguaje limpio, preciso, sin jerigonzas verbales, en un tono que aparentaba ser testimonial ─como anotaciones de un diario de viaje─ y cuyo propósito era comunicar experiencias propias o ajenas. A medio camino entre lo ficcional y lo real, episodios intensos, simpáticos o delirantes vividos en tierras distantes, de entorno áspero y en definitiva extraño para el narrador que, por lo regular, mantenía cierto distanciamiento, tal vez para lograr un nivel mayor de objetividad; si bien en algunos de los relatos se involucrara abiertamente como personaje. Los textos develaban una mirada atenta y acuciosa, que no dejaba escapar detalles significativos en medio de la rutina cotidiana de un grupo de misioneros en la lejana Zambia, en una zona minera llamada Copperbelt (cinto de cobre). Siempre he pensado que un buen narrador es eso: una persona sensible de mirada escrutadora, inquieta y tenaz, que luego sabe armar una historia con lo que vio o imaginó a partir de lo que vio, conjugada (matizada, condimentada) con sus propias reminiscencias, fobias y también obsesiones.

Por otro lado, ninguno de los cuentos intentaba “experimentar” con estructuras alambicadas, esas que pierden al lector en una suerte de laberinto innecesario, sometiéndolo a sucesivas acrobacias que agotan y aburren. No soy enemigo de los juegos estructurales siempre que sean inteligentes, bien concebidos, incluso desconcertantes, sino de la orfandad narrativa que la mayoría de las veces termina en lo forzado. No es el caso. Estos cuentos fluyen sin obstáculos y tienen la virtud de conquistar a disimiles lectores, inclusive a los más exigentes. Me he extendido en consideraciones en torno al libro de modo general, sencillamente  porque el relato escogido por Laidi  para este espacio reúne algunas de las características del conjunto sin caer en una homogeneidad fatigosa. Cada uno tiene su propio aliento.

En el caso de "Lupili 16," un grupo de cooperantes como ya anuncié (en el texto se denominan “misioneros” un poco para universalizar el relato y descontextualizarlo de los cubanos en específico, aunque ciertos detalles de vida e idiosincrasia revelan nuestra nacionalidad) vive temporalmente en una casa que otrora perteneció a una familia rica y blanca, dueña o participante de la explotación de los abundantes yacimientos de cobre de la zona que ahora sufre un periodo de extrema pobreza y, sobre todo, de violencia. Tradiciones, costumbres, vestigios todavía reinantes de un pasado de humillaciones, barbarie e infamia van transcurriendo frente a los ojos del lector a través del personaje de un nativo que se hace llamar  Patrick, cuando su nombre sea probablemente Mwafe. Hambriento, descalzo y desempleado, se acerca a la casa en busca de trabajo cuya remuneración bien podría ser un simple plato de comida. Nada de dinero. Limpia los espaciosos jardines, el patio, corta los gajos de los arboles que impiden el acceso a la vivienda,  repara la cerca perimetral y hace de guardián cuando se lo piden.  Al mismo tiempo, en los momentos de ocio, cuenta historias de su pueblo, pero también habla de asaltos, crímenes, modus operandi de los delincuentes para robar en  moradas que conocen al dedillo, etc. Para hacerse imprescindible, insiste en  los relatos de horror y poco a poco los misioneros comienzan a intuir la conveniencia  de tener a un nativo que de cierta forma los proteja de la violencia  imperante en la zona, a pesar de la labor humanitaria que ellos ejercen. Un día son convocados urgentemente con motivo de una gran emergencia en un sitio distante (en el relato no se aclara de qué tipo, si bien uno supone que es de carácter médico) y deciden dejar a Patrick  al cuidado de la casa. Antes salir, les recuerdan las reglas que pactaron con él desde un inicio: jamás debía dejar abiertas las rejas de los jardines ni la del patio, jamás podría traer amigos adonde trabajaba, jamás debía ausentarse, jamás le sería permitido beber mientras hacía las labores, y sobre todo, puntualizaron, sobre todo, quedaba terminantemente prohibida la entrada a la casa. Lo que encontraron a su regreso no lo voy a contar. Solo añadiré que el desenlace es impactante, con un toque de amargura, sutileza y humor, algo muy típico en la narrativa de Laidi.

Escritora que ha ganado premios y reconocimientos a golpe de esfuerzo y talento. Médico de profesión durante más de veinte años; cooperante internacionalista en África, y una de las voces más sugestivas de la actual literatura cubana, cuya obra abarca títulos como Dolly y otros cuentos africanos  (Premio Pinos Nuevos, 1994), Oh vida (Premio Luis Felipe Rodríguez de la UNEAC, 1998), La Hija de Darío (Premio Alejo Carpentier, 2005), Nadie es profeta, (Ediciones Unión  2006), La vida tomada de María E. (Ediciones Unión, 2008), entre otros.




  "Lupili 16"

Laidi Fernández

 

Es  probable que se llamara Mwafe  y que su medida de calzado fuera el 40, el 26 o el 9 según el modelo de zapato, pero a ciencia cierta nunca se supo.  Respondía al nombre de Patrick y a sus treinta años seguía tan descalzo como cuando llegó al mundo, en una de las aldeas de Ndola. En la más apartada de todas, dijo. Allí donde los  masayos sacrifican chivos para beber la sangre oscura  que sale a borbotones de la yugular. Cerca de donde colocan expansores en las orejas hasta  que se abre un agujero en el lóbulo que deja ver la luz del otro lado. En la aldea donde ya no quedan jóvenes sino abuelos  resignados a  morirse de fiebre. Allí  donde velan a los muertos comiendo milimili hirviente e insípido  mientras se grita tan alto como sea posible algo parecido a ngwe.

Ngwe, ngwe hasta el infinito, que es cuando salen todos en caravana hasta más allá de las minas de cobre, donde queda el cementerio de los pobres. Dijo Patrick que allí había nacido, y le creyeron. Su mirada triste, su andar lentísimo, el gesto  infantil con que acompañaba sus palabras,  lo hicieron acreedor de la confianza de los ocupantes  de la casa hasta entonces abandonada, de donde pendía un letrero carcomido donde se leía "Lupili 16". Nadie supo de donde había salido, qué hacía al atardecer por esa calle  sepultada entre árboles y ramas, ni como adivinó que resultaría tan necesario a la postre. Luego de presentarse hablando nerviosa y pausadamente, como si así mejorara la mala fonética del idioma que creía saber, empezó a trabajar en los alrededores de la casa, previo acuerdo con las personas que de forma temporal ocupaban las habitaciones. Una de las primeras labores a las que se dedicó fue a la limpieza del patio trasero. Para los ocupantes de la casa aquello era una pérdida de tiempo que justificaba el plato de comida que le daban en las tardes como pago, pero  no les importaba. La presencia de un nativo alrededor, aunque solo fuera en los límites del lugar que habitaban, les pareció  conveniente. Las historias de robos, asaltos, y crímenes corrían de boca en boca entre los extranjeros, víctimas de la violencia de los nativos. Algunos intentaban protegerse con armas que guardaban en lugares estratégicos de las casas por si eran asaltados a medianoche, pero de nada servía. Los delincuentes entraban de todas maneras porque conocían al dedillo la tabla de madera defectuosa en los  techos, el recoveco de los bajos o de los patios, la ventana mal reforzada del pasillo, la facilidad con que cedía la puerta que comunicaba el garaje con la sala de estar, los horarios en que permanecían vacías las mansiones, y porque, en última instancia, dominaban a la servidumbre. Los criados eran cómplices naturales o terminaban por ceder a las amenazas, a los chantajes y a las promesas de que el botín sería repartido. Ndola llevaba tiempo sumergida en la violencia luego de haber sido la ciudad más próspera del Copperbelt. La bonanza de los primeros decenios de su fundación dio paso, cuando el precio mundial del cobre cayó y dejó de ser un mineral  con valor cercano al oro, a una densa  aura  que flotaba sobre  las calles, los caminos, los carros y sobre todo, en los alrededores de las  casas ocupadas por extranjeros. En el idioma local llamaban a los ladrones kabualala, y el castigo tradicional que se aplicaba a los que eran sorprendidos en el acto de robar consistía en una paliza multitudinaria que provocaba la muerte. Un linchamiento público que se llevaba a cabo con la anuencia de las autoridades, las cuales por lo general no intervenían en ese asunto, ni en ningún otro. Los escasos  policías uniformados que recorrían las plazas se dedicaban a comprobar el estado de las licencias y los permisos que debían actualizar trimestralmente los hindúes, los italianos, los británicos y los pakistaníes dueños de tiendas, comercios y timbiriches de bisuterías, telas y confecciones variopintas.

Cuando se escuchaba el grito de ¡kabualala! ¡kabualala! proveniente de las mansiones, algunos nativos acudían picados por la curiosidad de saber a quién habían sorprendido esa vez. No mostraban el más mínimo interés por aplicar el  castigo correspondiente, sino más bien por descubrir la identidad del ladrón cogido in fraganti. Reservaban el espectáculo del linchamiento para aquellos casos en que era  robada gente conocida, manteniendo el código tribal de que entre ellos no era permitido el hurto. Cuando  ocurría un asalto entre nativos  se abandonaba la calma africana, esa pasmosa lentitud con que realizan cada uno de los actos cotidianos de sus vidas, para aplicar la fuerza despiadada que han ido acumulando a lo largo de siglos. Entre cuatro cargaban con el ladrón hasta llegar a la plaza más abierta, y allí descargaban el bulto para darle infinidad de golpes con púas, ramas de bambú, cuerdas de fibra verde y los pies descalzos de todos. Cuando comprobaban que ya no existía señal de vida, abandonaban la plaza sin mirar atrás.

Cuentos como estos y muchos más hacía Patrick a los de la casa. Los ocupantes lo escuchaban entre aterrados y felices, primero por miedo a ser asaltados y luego por la conveniencia de que hubiera aparecido un nativo como él, decente y cooperador. No obstante, le impusieron varias reglas antes de ser contratado: jamás debía dejar abiertas las rejas de los jardines ni la del patio, jamás podría traer amigos adonde trabajaba, jamás debía ausentarse, jamás le sería permitido beber mientras hacía las labores, y sobre todo, puntualizaron, sobre todo, quedaba terminantemente prohibida la entrada a la casa. Patrick, probablemente llamado Mwafe, aceptó las condiciones y cumplió con eficacia la parte del acuerdo correspondiente al trabajo. Poco a poco, fue despejando el patio y los pasillos laterales al eliminar las descomunales ramas que se habían apoderado del lugar luego de la huida de los antiguos dueños , aquellos blancos que no fueron capaces de entender que los tiempos eran no sólo nuevos sino distintos. En las noches, antes de retirarse, comía con avidez  la harina blanca con pescado  que le daban en retribución a su esfuerzo, participando en el  juego del cual no estaba ajeno. A los ocupantes de la casa les era indiferente el estado de los jardines. Les bastaba con que estuviera expedita la entrada de  la casa, se conservara la privacidad de sus gestiones y  se mantuviera bien lejos la posibilidad de un atraco. No era mucho, por no decir casi nada lo que podrían llevarse en caso de ser invadida la mansión: unos cuantos pesos en moneda nacional, diez o doce libras de carne, tres o cuatro sacos de papas, y algunas botellas de ron que estuvieran dispersas en las habitaciones. Eran sus propias vidas las que corrían peligro, dada la ignorancia acerca de  la misión que cumplían. Les aterraba la idea de morirse allí, a manos de desconocidos que no tenían la más remota idea de la importancia de la presencia de ellos en el lugar. Les producía pavor la imagen de otros colegas asesinados; intentaban apartar de sus mentes las descripciones de los cuerpos mutilados con miradas de espanto que Patrick les narraba sin remordimiento por estar contando atrocidades de su propia gente. Así, con  historias espeluznantes y labores de jardinería él se fue instalando entre los misioneros de Lupili 16, hasta llegar a ser una figura de respeto. Fungía  como vínculo entre la fiereza de cuanto sucedía en el exterior, y la candidez de los ocupantes que se habían convertido en sus amos de manera transitoria.

Al cabo de un año, ya no quedaba jardín por  podar, ni ramas que entorpecieran la entrada a la mansión, ni rejas que necesitaran arreglos, ni candados cuyas llaves crujieran al penetrarlos, ni restos del maizal  que había crecido en el patio de forma impertinente, ni alfombras de flores azules que luego de unos pocos  días de belleza provocaban desagradables olores, ni musgos ni hiedras que debido a la humedad habían tapizado los bordes inferiores de las paredes, ni palmeras cuyos frutos amenazaran con caer, ni casi nada del follaje que rodeara la casa. Patrick había demorado el despliegue de sus habilidades como jardinero y auxiliar general cuanto pudo, hasta que resultó imposible continuar disimulando. Su parte del juego consistía en mantener el terror de los cuentos de peligro que transmitía a quienes le daban comida en las noches, para continuar siendo el protector de la casa durante el día.

Los misioneros se turnaban de manera que siempre quedara alguno de ellos cuando eran reclamados en horario nocturno. Desconfiando todo el tiempo, no admitían abandonar la estancia  salvo  por breve tiempo y con la condición de que al menos uno de ellos permaneciera  allí, ofreciendo a cambio que quienes se vieran en la obligación de salir, hicieran  la labor del que se quedaba. La posibilidad de que maleantes penetraran en los dormitorios y quedaran  escondidos hasta que ellos volvieran para descuartizarlos por la rabia de no haber encontrado ningún objeto de valor, les causaba una espantosa sensación de desamparo. Nadie fue capaz de imaginar que luego de doce meses de convivir de cierta manera con Patrick, este albergara la esperanza de penetrar los límites que, según el contrato verbal, habían establecido la tarde que llegó sin que nadie lo conociera. Parecía que todo iba bien, que no existía posibilidad de que traicionara  en algún momento la cordialidad que le habían ofrecido. Tampoco nadie imaginó que una noche serían  llamados  todos los misioneros a la vez, con premura,  sin posibilidad de negación dada la urgencia que de pronto se presentó en uno de los lugares donde realizaban sus funciones. Excusándose con Patrick debido a la tardanza con que recibiría su  ración habitual de comida, partieron sin tiempo para revisar bien los cerrojos de puertas y ventanas, pidiéndole por primera vez que permaneciera de noche en los jardines, con especial énfasis  en no dejar de vigilar ni por un instante los contornos de la casa.

La cuestión urgente por la que fueron llamados demoró en solucionarse. Hasta altas horas de la noche no les fue posible controlar la emergencia que  se había producido en el sitio distante donde se desempeñaban. Cuando exhaustos emprendieron el camino de regreso, se percataron de que el tiempo transcurrido había sido excesivo, y de que tal vez Patrick, hambriento, había abandonado la vigilancia.  Apuraron el paso, imaginando los destrozos  que pudieran haber ocurrido durante la ausencia del jardinero, y decidieron tomar por el atajo que acortaba la distancia hasta la casa, por el que casi nunca pasaban, temerosos de  ser asaltados en el trayecto. Las luces del recibidor  se divisaron al fin en medio de la madrugada, provocando un momentáneo alivio que pronto fue sustituido por la interrogante de quién habría olvidado accionar  los interruptores antes de salir. Tenuemente llegaron hasta ellos unos acordes de música que les resultaron familiares, y fue entonces cuando decidieron correr  a toda velocidad, venciendo ya el corto espacio que los separaba del  lugar donde vivían desde un año antes.

La puerta de entrada, abierta de par en par, dejaba salir melodías  que sólo ellos solían escuchar puesto que era ajena e incomprensible  para el resto de la comunidad, y no fueron capaces de entrar de inmediato.  Estupefactos, contemplaron desde el umbral  que  no sólo el recibidor, sino también los dormitorios, el comedor, la cocina, los pasillos, el baño, y el cuarto de desahogo estaban completamente iluminados, como si fuera de día, como si celebraran un cumpleaños colectivo, como si no estuvieran rodeados de kabualalas en un país extraño, como si un espíritu juguetón se hubiera adueñado de los techos  y de las paredes, como si tuvieran motivos para estar contentos, como si el ángel de la jiribilla estuviera de visita,  como si  hubiera llegado la primavera y  aquello fuera una fiesta innombrable.

Los mosaicos de los pisos de madera que alcanzaban a ver desde donde estaban, mostraban huellas de pies descalzos sin orden ni concierto. Marcas de dedos custodiadas por siluetas de talones se confundían unas con otras, aparentando coreografías  locas ejecutadas por varias personas en estado de frenesí. Los misioneros no daban crédito ni encontraban explicación juiciosa a lo que estaban contemplando. Tardaron varios minutos en acopiar fuerzas para entrar por completo en la casa, dispuestos a enfrentar el misterio que aun provocándoles  terror, debía ser esclarecido.  Bajo el influjo de la música que tanto amaban y que no les permitía pensar con claridad por el nivel que alcanzaban los acordes, avanzaron por el pasillo central sorteando las marcas de los pies desnudos del piso, por si era necesario  reconstruir más tarde los hechos  a través de las siluetas marcadas.

¡Patrick!, ¡Patrick! decían a coro en la  medida en que lentamente recorrían con cuidado los espacios libres de marcas en el piso, ¿estás dentro? ¿estás bien? ¿qué sucedió aquí?, y llegaron con  esa letanía hasta el baño luego de inspeccionar los dormitorios y el comedor sin encontrar nada más que huellas de pies en los listones de madera de cada suelo. Al abrir la puerta del baño  sin dejar de pronunciar el nombre del jardinero, se quedaron más  atónitos  que la incredulidad misma: una muchacha de aproximadamente veinte años, envuelta en  abundante espuma rosada, cabalgaba sobre Patrick en la bañadera al compás del son, con las piernas dobladas hacia afuera, los pechos orondos al aire y las manos entrelazadas con las de él, de forma que parecían pertenecer a una ilustración  del Kama Sutra. Ni ella ni él, que más que nunca pareció llamarse Mwafe, se percataron de la llegada de los extraños. Con los ojos cerrados continuaron el deleite de sus cuerpos enjabonados con champú de rosas, moviéndose según los altibajos de la música extranjera que seguía sonando desde el equipo que estaba en el cuarto de desahogo. Los recién llegados no atinaban a actuar, en parte consternados por la visión de placer que contemplaban como algo inalcanzable, hasta cierto punto aliviados de comprobar que no había  sido invadida la casa por gente extraña y peligrosa, en parte porque les costaba demasiado esfuerzo creer lo que estaban mirando y no sabían  como interrumpir tanta belleza, pero sobre todo porque durante  el breve instante que llevaban espiando el gozo ajeno y traidor, todo se les hizo clarísimo. Sin que mediara palabra alguna, cerraron la puerta con cuidado y detuvieron la cinta que giraba en el equipo de música. Acto seguido, se sentaron juntos en el sofá del recibidor a la espera de que los intrusos tomaran sus propias decisiones.

La muchacha fue la primera en salir del baño. Envuelta en una bata hecha jirones, con ojos de cierva asustada, dirigió a los presentes una mirada de súplica que ellos no llegaron a comprender del todo hasta que se acercó su pareja, ya sin nombre ni gestos infantiles en el rostro, la tomó de una mano obligándola a arrodillarse junto a él, al tiempo que extendía con la otra mano una vara larga de bambú a los nuevos dueños de la casa, adoptaba postura de plegaria y ofrecía a los misioneros la amplitud de su espalda. 

Edotado: por Yeni Rodríguez Valdés.

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